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63. Es preciso partir por los objetivos del proceso. En efecto, las "racionalidades del consumo" son la expresión teórica de los comportamientos especiales con que se busca realizar sus objetivos, y la "optimización del consumo" es la búsqueda de los mejores modos de alcanzar esos objetivos con los medios disponibles.
Por el análisis del acto y del proceso de consumo sabemos que sus objetivos no pueden residir sino en los sujetos que lo realizan. Puesto que en el proceso de consumo se utilizan múltiples bienes y servicios en la satisfacción de variadas necesidades, aspiraciones y deseos de manera "sistémica", la pregunta por los objetivos del consumo consiste en identificar qué persiguen los sujetos al preferir una determinada combinación de actos de consumo, o sea al utilizar unos conjuntos de bienes y servicios en la satisfacción de ciertos complejos de necesidades y deseos.
Así formulada la pregunta, la identificación del objetivo del consumo debe ser hecha en dos niveles: el de las unidades de consumo (nivel microeconómico) y el del proceso de consumo en la economía en general (nivel macroeconómico). A nivel microeconómico la respuesta debemos encontrarla en los sujetos mismos; a nivel macroeconómico el problema es más difícil, pues no existe un sujeto general que piense y decida por todos; a este nivel entonces se requieren análisis teóricos previos. Empecemos por el nivel micro.
Sabemos que las unidades de consumo son, básicamente, personas individuales, grupos o comunidades, y la sociedad como un todo. Entre los grupos incluimos desde las unidades familiares hasta las grandes organizaciones e instituciones que manifiestan unidad de gestión. Pues bien, los objetivos de unos y otros al utilizar los productos y satisfacer sus necesidades no son otros que el bienestar y el desarrollo de sí mismos.
Esta formulación puede prestarse a equívocos si no la precisamos. En efecto, las personas y comunidades suelen efectuar numerosas actividades -y entre ellas las de consumo- en orden a favorecer el bienestar de otras personas, comunidades y de la sociedad en general, y a menudo se muestran dispuestas incluso a sacrificar su propio provecho y conveniencia por objetivos altruistas, comunitarios y sociales. ¿Es esto contradictorio con la afirmación de que el objetivo de los consumidores sea el bienestar y el desarrollo de sí mismos? No lo es, en la medida que comprendamos que las necesidades del sujeto no son sólo las del yo individual, sino también las comunitarias, relacionales, sociales, políticas, espirituales, religiosas, culturales, etc. Así, el bienestar y desarrollo de un sujeto no depende sólo del consumo efectuado en beneficio propio, sino también del servicio a los demás, de las relaciones sociales, de la participación en actividades comunes, de la acción transformadora, etc. En la medida que un sujeto actúa con estos propósitos, está realizando lo que constituye su bienestar y crecimiento; y ello no solamente porque sabemos que el bienestar de los demás y de la comunidad y sociedad en que estamos insertos recae también sobre cada uno beneficiándolo efectivamente, sino por el hecho mismo que el actuar en esas direcciones significa la satisfacción de sus propias necesidades, aspiraciones y deseos. Hay simplemente que reconocer que las necesidades y aspiraciones de unas personas son más altruistas que las de otros.
Una segunda pregunta surge de observar que las personas y comunidades realizan a menudo actos de consumo que las perjudican, o que hacen daño a otras, estando conscientes de ello. ¿,Niega esto que el objetivo del consumo sea el bienestar y crecimiento de los que efectúan el consumo? Al respecto hay que considerar varios aspectos.
En primer lugar, están los actos de consumo cuyos efectos negativos son desconocidos por el sujeto, o que siendo conocidos son considerados de menor importancia que los concomitantes efectos positivos en la satisfacción de necesidades y deseos perseguidos con mayor intensidad. En tales casos es evidente que el objetivo del consumidor es el propio bienestar y crecimiento, aunque su logro pueda ser buscado por medios equivocados. La situación límite sería la del consumidor masoquista, que encuentra placer y satisfacción en el propio dolor; habrá que entender que para tal sujeto la experiencia del dolor se presenta como una necesidad o un deseo psicopático al que le otorga mayor importancia que el daño físico que pueda acompañarlo.
En segundo lugar, están los actos de consumo efectuados en beneficio propio sin importar e incluso buscando simultáneamente el daño para terceros; en tal caso podríamos estar ante una distorsión moral del comportamiento del sujeto, el cual sin embargo actúa movido por lo que considera su beneficio propio. La situación límite sería la del consumidor sádico, que encuentra placer en el sufrimiento de los otros. También aquí el sujeto persigue como objetivo la satisfacción de sus propias necesidades. En tercer lugar podemos considerar la hipotética situación en que el sujeto consuma productos que le producen sólo daño y deterioro sabiendo que tal es el efecto y buscándolo; en tal caso estaríamos ante un comportamiento irracional, que no podemos considerar en la identificación teórica de los objetivos racionales del consumo.
Con estas aclaraciones reafirmamos los mencionados objetivos del consumo; pero no puede extraerse de ellas que los consumidores actúen siempre de manera que su bienestar y crecimiento personal sean de hecho maximizados. En efecto, el comportamiento humano, tanto individual como grupal y social, a menudo se distancia del cumplimiento de sus objetivos racionales debido tanto a las limitaciones del conocimiento (incertezas) como a las distorsiones de la voluntad. De ahí que la pregunta por las formas de optimizar el consumo sea cuestión relevante a resolver teóricamente.
Identificado el objetivo del consumo a nivel microeconómico (de las unidades de consumo), surge la pregunta por el objetivo económicamente racional del proceso de consumo a nivel societal, esto es, el objetivo macroeconómico del consumo. No se trata aquí de identificar el objetivo de un sujeto determinado que esté en condiciones de proponer un objetivo general para la sociedad toda, sino de una cuestión que debe resolverse teóricamente partiendo del análisis y comprensión del proceso de consumo como tal.
Existe al respecto una significativa elaboración en el marco de la denominada “economía de bienestar”. Se consideraba tradicionalmente que el bienestar general está configurado por la suma de las necesidades individuales cardinales, intuitivamente mensurables y comparables. Este concepto ha sido criticado por diversos autores, que resaltan que las utilidades individuales tienen una connotación subjetiva, determinada psicológica y éticamente por cada individuo, lo que impide su agregación. Por otro lado se sostiene que suponer que el bienestar social es función creciente de las utilidades de los individuos implica aceptar un juicio de valor individualista carente de cientificidad. Por último, se ha puesto de manifiesto que la sumatoria de las satisfacciones individuales esconde las diferencias interpersonales: evaluar por la simple agregación lleva a concluir que el bienestar general se incrementa cuando aumenta mucho el bienestar de un sujeto aunque disminuya el de uno o de varios otros. La suma puede dar un resultado mayor, cuando en realidad el bienestar humano subjetivamente considerado disminuye.
Estas críticas llevaron a una nueva línea de búsqueda en la que el bienestar es identificado en términos del “óptimo de Pareto”. Este es definido como aquella situación en que ninguna persona puede incrementar su utilidad sin que otra disminuya la propia. No es difícil percibir que un punto óptimo paretiano cualquiera no constituye una situación de máximo bienestar social, porque a partir de él es posible todavía incrementarlo, por ejemplo, mejorando la satisfacción de las necesidades de varios consumidores pobres sacrificando algo de la utilidad que obtiene un consumidor muy rico. En efecto, la satisfacción de las necesidades no es "a suma cero", pudiendo verificarse un gran incremento en el bienestar de varios sujetos a costa de una reducida disminución en el de uno solo. La razón de ello es la utilidad marginal decreciente para el consumidor a medida que aumenta la cantidad de bienes, por lo cual una unidad cualquiera de un bien puede prestar más utilidad para un consumidor que lo posee en poca cantidad que para otro que lo posea en mucha. En realidad, el óptimo de Pareto supone una distribución dada del ingreso, caso en el cual es cierto que el consumo es óptimo cuando nadie puede incrementar su utilidad sin que ningún otro la disminuya (en el supuesto que las utilidades de los distintos sujetos sean independientes, supuesto que no se da en la realidad pero que para efectos analíticos podría aceptarse).
Ahora bien, si partimos de una distribución dada del ingreso, lo que el óptimo paretiano identifica es sólo aquel punto en que, suponiendo dos sujetos A y B con ingresos dados, consumen los bienes x e y de manera tal que obtienen de ellos, ambos sujetos el máximo de utilidad. ¿Qué significa esto? Solamente que, en el caso de los sujetos A y B y supuestos dados sus ingresos, se optimiza el consumo de ambos en la medida que puedan intercambiar libremente entre sí las unidades de x e y que posean. (Para que el concepto no resulte contradictorio habría que hacer otro supuesto fuerte: que los bienes son intercambiados exactamente por su valor, pues de lo contrario en el mismo intercambio de ellos se altera la distribución del ingreso, lo que contradice el supuesto de la distribución dada del ingreso).
Pues bien, esta conclusión resulta bastante poco útil para una teoría del bienestar que precisamente busca identificar cual sea la mejor forma de distribuir los gastos de consumo en la economía. En efecto, poco sentido tiene preguntarse por la mejor forma de distribución de los gastos, que dependen muy directamente de los ingresos, si en el análisis consideramos éstos como dados.
Pero la teoría del bienestar, especialmente con Tibor Scitovsky, ha pretendido ir más allá de esto, llegando a identificar el bienestar social no como un punto paretiano sino como una serie de óptimos de Pareto que definen una curva en la que cada punto identifica el óptimo para cada distinta distribución del ingreso. Con esto se reconoce el hecho que desde un punto paretiano cualquiera es posible mejorar el bienestar general sacrificando el bienestar del sujeto A e incrementando el de B. Naturalmente, esto contradice la situación del primer óptimo de Pareto, pero conduce a una nueva posición paretiana. Constituye un desplazamiento dentro de la curva definida por los óptimos de Pareto correspondientes alas distintas distribuciones del ingreso. ¿Qué se ha avanzado con esto? Bastante poco en realidad: sigue sosteniéndose que los Sujetos A y B pueden optimizar su consumo en la medida que puedan intercambiar libremente entre las unidades de los bienes x e y, cualquiera sea la distribución dada del ingreso; pero no podemos aun decir nada respecto a cual sea la distribución del ingreso en que el bienestar social sea maximizado.
El mismo Scitovsky y otros teóricos de la teoría del bienestar han intentado avanzar a partir de aquí, en la búsqueda del criterio para identificar el punto de la curva de los óptimos paretianos en que se encuentre el bienestar social. Esto supone identificar la mejor distribución del ingreso entre los sujetos. Los resultados de tal búsqueda, en la que distintas elaboraciones polemizan desde hace varias décadas, han sido hasta ahora bastante magros. Sin embargo no todo el esfuerzo es inútil, y desde el punto de vista de nuestra elaboración teórica podemos recuperar sus conceptos básicos.
El concepto del óptimo de Pareto puede, en efecto, resultar útil en el marco de una teoría comprensiva del consumo en la que uno de los aspectos que interesa es la optimización del bienestar de cada sujeto mediante la utilización de los bienes y servicios que dispone. En efecto, habiendo distinguido analíticamente el proceso de consumo del de circulación, nos preguntamos específicamente por el mejor modo en que los sujetos puedan efectuar su consumo. En tal contexto teórico, es válida la afirmación de que cada sujeto efectúa de manera óptima su consumo cuando al hacerlo está obteniendo con los bienes que dispone el máximo de beneficio para sí mismo sacrificando lo menos posible el bienestar de otro sujeto, sea individual, comunitario o de la sociedad global.
A nivel del consumo global la curva de los óptimos paretianos tiene la utilidad de decirnos conceptualmente que, dados los bienes producidos y distribuidos en la economía, el bienestar social depende de que en el consumo mismo los bienes y servicios sean combinados y utilizados por y entre los distintos sujetos de manera que se cumpla la condición de que nadie pueda aumentar la satisfacción de sus propias necesidades sin afectar negativamente la de los demás. Ello depende no del libre intercambio y contratación -que está referido al proceso de circulación- sino de que se cumplan otras condiciones y características del consumo mismo, a las que nos referiremos seguidamente.
Las dificultades encontradas por la economía del bienestar se originan en tres problemas, cuya aclaración allana el camino a la identificación apropiada del objetivos macroeconómico del bienestar. En primer término, se ha hecho un supuesto individualista según el cual las utilidades que se agregan son las de las personas individualmente consideradas. En segundo lugar, se ha identificado la satisfacción de las necesidades (y el bienestar) con una medida de la utilidad correspondiente a los gastos de consumo. En tercer lugar, se ha creado una confusión entre lo que sería una supuesta utilidad objetiva y el bienestar considerado subjetivamente por cada sujeto.
Pues bien, si nosotros abandonamos cualquier pretensión de medir y comparar objetivamente el bienestar de cada sujeto, reconociendo que cada uno tiene sus propios criterios de evaluación que corresponden a sus estructuras de necesidades y deseos, deja de sernos relevante operacionalizar matemáticamente la formulación del bienestar; La identificación del objetivo racional del proceso de consumo se convierte en una cuestión conceptual abierta a una reflexión mucho más amplia del asunto. En segundo lugar, si abandonamos la idea de que los sujetos que satisfacen necesidades y deseos son Sólo los individuos y reconocemos como sujetos del consumo también alas organizaciones, grupos y comunidades y a la sociedad en general, pensar el bienestar macroeconómico como función de los bienestares de todos los sujetos no implica adoptar un prejuicio individualista ni hacer a priori una opción que privilegie el consumo individual por sobre el comunitario o societal. En el concepto de bienestar general se considerarán tanto los bienestares y desarrollos de los sujetos individuales como de los comunitarios y societales, interrelacionados.
En tercer lugar, si no confundimos el objetivo del consumo con una variable única de utilidad fundada en los " gastos de consumo", el objetivo de este proceso se nos muestra en su verdadera complejidad, haciéndonos abandonar toda pretensión de llegar a definir técnicamente algún criterio simple de optimización. Perseguir el objetivo racional del consumo se nos mostrará como un proceso altamente complejo en cuya realización se encuentran involucrados todos los sujetos que participan del proceso en la sociedad determinada.
Hechas estas aclaraciones, no tenemos dificultad en concebir el objetivo macroeconómico racional del proceso de consumo como una síntesis de los objetivos de las unidades de consumo que forman parte de la sociedad global. Diremos, a este nivel, que los objetivos del consumo son el bienestar general y el desarrollo integral, como expresión de la búsqueda de una mejor calidad de vida y de una expansión del sujeto, para todas y cada una de las personas, comunidades y grupos que forman parte de la sociedad, y para ésta como un todo.
Bienestar y desarrollo, calidad de vida y expansión del sujeto, son expresiones en cierto modo equivalentes y complementarias, que sintetizan la satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, en los términos que las planteamos en el capítulo anterior: considerando sus distintos tipos, sus recíprocas interrelaciones, su estructuración sistémica, y asumiendo que no se las identifica bien como carencias sino como fuerzas, capacidades y potencialidades del sujeto.
Pues bien, en cuanto cada cual persigue su propio bienestar y desarrollo, también el proceso de consumo se configura como una correlación de fuerzas, que puede ser más o menos favorable al bienestar general. El objetivo macroeconómico del consumo se manifiesta, así, como un objetivo cuya realización debe alcanzarse mediante alguna determinada estructuración del proceso. Cual sea ella lo examinaremos luego.
64. Identificado el objetivo del consumo en los niveles micro y macroeconómico nos preguntamos por la manera en que podamos evaluar su respectiva realización, asunto decisivo para juzgar las diferentes racionalidades del consumo y encontrar los modos de optimizarlo. El problema es diferente referido a las a unidades de consumo y al proceso de consumo en la sociedad global.
A nivel de las
unidades de consumo evaluar la perfección del proceso no puede ser objeto de mediciones cuantitativas efectuadas por alguien externo a la persona o comunidad que lo realiza. Evaluar la perfección del consumo es tarea fundamentalmente cualitativa, en que la apreciación subjetiva será determinante porque nadie mejor que el mismo sujeto conoce sus necesidades, aspiraciones y deseos y el nivel alcanzado en su satisfacción. Pero la teoría puede -y es su tarea específica- formular algunos criterios que permiten en cierta medida objetivar y hacer intersubjetiva la evaluación y el análisis.
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Una primera y muy general evaluación la podemos efectuar distinguiendo tres niveles en la satisfacción de las necesidades y el desarrollo del sujeto. Un primer nivel que llamaremos de sobrevivencia, implica que las necesidades son satisfechas en el nivel mínimo necesario para que el sujeto continúe viviendo, aunque de modo tan insuficiente que se verifica un deterioro tendencial de su situación (por subnutrición, vivienda muy deteriorada, malas condiciones de higiene y salud, decadencia cultural, etc.).
Un segundo nivel que denominaremos de subsistencia supone un grado de satisfacción de las necesidades en que el sujeto logra reproducir sus condiciones de existencia sin experimentar deterioro ni crecimiento; no hay posibilidad de que satisfaga nuevas y más complejas necesidades que las que - satisface actualmente, pero tampoco hay deterioro progresivo.
Un tercer nivel que consideraremos de crecimiento, es aquél en que el sujeto expande su existencia y se desarrolla, aumentando la provisión de bienes y servicios a que accede, y persiguiendo sucesivamente la satisfacción de necesidades o deseos crecientemente complejos, elevados o sofisticados.
A pesar de ser tan genérica y de suponer varias simplificaciones conceptuales (ya vimos que la satisfacción de necesidades es siempre un proceso dinámico en que no hay situaciones de plena estabilidad; que el sujeto se va transformando con cada acto de consumo siendo diferente el sentido del cambio dependiendo de las características de las necesidades y de los bienes y servicios que consume; que un mismo sujeto suele experimentar procesos de crecimiento y deterioro simultáneos, referidos a distintas necesidades, etc.), la distinción entre sobrevivencia, subsistencia y crecimiento tiene cierta utilidad teórica porque recoge varios aspectos esenciales: permite evaluar el consumo no por la provisión de bienes y servicios sino por las transformaciones que experimenta el sujeto en el curso del proceso; visualiza la satisfacción combinada de las necesidades como una situación sistémica; reconoce la existencia de un nexo constitutivo y esencial entre necesidades y capacidades; etc.
De una evaluación tan genérica podemos acceder a análisis más refinados atendiendo al conjunto de aspectos del consumo que destacamos en el capítulo anterior. Si vamos a evaluar el consumo por los efectos que tiene en los sujetos debemos atender más detalladamente a las características, dimensiones y modos de satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente; prestaremos atención a las distintas maneras en que se efectúe el consumo mismo, a los modos en que se utilicen los productos, y a la relación entre la satisfacción de las necesidades y la utilización de los bienes, pues sabemos que todo esto también incide en la satisfacción de las necesidades.
Considerando, entonces, de manera sintética estos conjuntos de aspectos podemos identificar una serie de cualidades cuyo grado de presencia y cumplimiento en los procesos de consumo que efectúen los sujetos implicará su mayor o menor perfección. Estas que podemos considerar cualidades del consumo perfecto son:
a) Moderación, es decir, que la cantidad de bienes y servicios que se consuma sea proporcionada a las reales necesidades de los sujetos. La inadecuación puede provenir tanto de un consumo deficitario como de uno sobreabundante. Si mediante el consumo se verifica un proceso de transferencias de información y energía desde los bienes y servicios a los sujetos, podemos comprender que éste puede resultar saturado y alterado negativamente por la recepción e incorporación de excesivas cantidades de energía o de información que no logra procesar y asimilar adecuadamente, como puede también quedar insatisfecho porque las energías e informaciones recibidas resultan menores que las requeridas. Esta cualidad de la moderación tiene relación también con el modo de efectuar la utilización de los productos, que ha de ser cuidadoso y conservador para evitar el deterioro exagerado de los productos y para favorecer la prolongación de su vida útil. Al respecto, puede haber una transformación inadecuada del producto tanto por un consumo intensivo y acelerado que destruye prematuramente el producto, como por un consumo laxo y desaprensivo que lo descuida y deteriora.
b) Correspondencia, o sea, que los productos utilizados en la satisfacción de las necesidades y deseos sean de la calidad y del . tipo adecuado, en el sentido de que sean aptos para satisfacer específicamente las necesidades que con ellos se pretende satisfacer y se correspondan con las características que en el sujeto presentan esas necesidades. A menudo el consumo es insatisfactorio e incluso resulta inconveniente debido a la baja calidad de los productos utilizados, o a que se consumen bienes y servicios destinados a otros fines. En tales casos, la transformación que experimenta el sujeto es el resultado de la asimilación de energías e informaciones que no son aquellas necesitadas y verdaderamente útiles. Esta cualidad del consumo depende no solo del tipo y cualidad de los bienes consumidos sino también del modo en que se los consuma. A menudo el consumo es inadecuado porque se dejan sin utilizar una serie de aspectos y capacidades esenciales del producto; piénsese, por ejemplo, en un curso de capacitación, o en un libro, que pueden no llegar a satisfacer los deseos del sujeto no porque en sí sean inadecuados sino porque son objeto de un consumo parcial. Cada producto está constituido por un conjunto de informaciones y energías útiles, y su consumo será más o menos completo dependiendo de cuántas y cuales de esas energías e informaciones sean activadas y aprovechadas en el acto del consumo. Mientras más complejo sea el producto, más resulta importante que su consumo sea integral, al tiempo que se hace más difícil que lo sea efectivamente. No se olvidará que también los productos pueden contener energías e informaciones dañinas, que en vez de satisfacer positivamente al sujeto lo afectan negativamente. Evidentemente, el consumo apropiado será aquél que sepa utilizar lo positivo y desechar todo aquello que produce efectos negativos, sea para el consumidor primario como para eventuales consumidores secundarios.
c) Persistencia, es decir, que la satisfacción de la necesidad dure y se sostenga en el tiempo cuanto sea normal y apropiado en cada caso, de modo que no se vuelva a presentar antes de lo previsto y esperado. Sucede a veces que las necesidades satisfechas de un cierto modo o con algún determinado tipo de bienes y servicios se reiteran antes de lo normal, o vuelven a presentarse
cuando debieran haber sido satisfechas permanentemente. Ello hace suponer que el consumo no ha sido efectuado convenientemente. La causa de esto puede ser un deterioro anticipado de las unidades de energía e información transferidas en el consumo, o bien que la asimilación de las mismas por el sujeto haya sido defectuosa.
d) Globalidad, esto es, que se satisfagan todas las necesidades importantes del sujeto y no solamente algunas de ellas. Para evaluar esta cualidad podemos utilizar la clasificación de las necesidades que propusimos en base a las dimensiones cruciales en que se mueve la existencia humana, a saber, las del cuerpo y las del espíritu, las del yo individual y las de la comunidad. El consumo apropiado será aquél que proporcione satisfacción al conjunto de estas necesidades del sujeto, incluyéndose entre ellas las capacidades o potencialidades que el sujeto desee y pueda actualizar y desarrollar. La parcialidad, en tal sentido, es la más corriente y habitual de las imperfecciones del consumo. Al considerar esta cualidad será conveniente tener presente el carácter dinámico y en cierto modo dialéctico de la experiencia humana, en el sentido que la satisfacción de ciertas necesidades l y el desarrollo de ciertas capacidades incrementa la valoración e importancia que esas necesidades y capacidades tienen para el sujeto. Lo que queremos decir es que es preciso evaluar la globalidad del consumo yendo más allá de la simple constatación de las necesidades, aspiraciones y deseos de hecho manifestados por el sujeto ("relevados", dicen los economistas). Si, por ejemplo, un sujeto manifiesta escasas necesidades y deseos de orden espiritual o relacional, es probablemente porque ha satisfecho y potenciado de manera muy pobre esas dimensiones de su existencia. Su consumo relativo a esas dimensiones lo consideraremos pobre e insuficiente, aunque los bienes y servicios que utilice con esos fines sean adecuados para satisfacer sus magras necesidades y aspiraciones al respecto. Con esto no queremos decir que todas las personas y todos los grupos humanos tengan una misma estructura de necesidades que desarrollar; pero nos cuidaremos de evaluar las necesidades, aspiraciones y deseos del sujeto por las que de hecho haya satisfecho y potenciado. La cualidad o criterio de la globalidad quedará especificado y precisado por las cualidades que siguen.
e) Equilibrio, a saber, que en la satisfacción de sus necesidades, aspiraciones y deseos los sujetos equilibren el desarrollo d e · sus distintas capacidades y satisfagan proporcionadamente sus diferentes necesidades, atendiendo a la provisión de bienes y servicios a que pueden acceder. Como las capacidades productivas son limitadas y los bienes y servicios disponibles escasos, es de gran importancia el modo de su consumo para mantener un equilibrio en la satisfacción y desarrollo del sujeto. El consumo se muestra inadecuado cuando se dejan de satisfacer ciertas necesidades, y cuando se sobresatisfacen otras. Ciertos excesos del consumo de determinados bienes y servicios, por los cuales se sobresatisfacen o hiperdesarrollan determinados aspectos del sujeto, pueden obstaculizar o inhibir la manifestación de otras necesidades y capacidades importantes. En general, cuando la satisfacción de algunas particulares necesidades y deseos se efectúa en detrimento o contradicción con la satisfacción de otras, el consumo efectuado puede considerarse inadecuado e incluso llegar a ser negativo desde el punto del vista del sujeto. En este sentido deberán tenerse en cuenta las características de complementariedad y compensación que distinguen a las necesidades humanas. También es importante en función de esta cualidad del consumo el modo en que se efectúe la utilización de los productos. En efecto, para el equilibrio del consumo es preciso que los bienes y servicios sean utilizados de manera que sus distintos elementos, capacidades y características conserven dinámicamente su proporcionalidad original. En tal sentido, el consumo puede ser desequilibrado tanto si en su transcurso el producto va perdiendo más rápidamente unas energías que otras, como por ir acrecentando unilateralmente unos aspectos dejando otros que también son importantes sin el correspondiente desarrollo.
f) Jerarquía, con lo que entendemos que en la satisfacción de las necesidades y deseos no sólo se persiga la completitud y el equilibrio sino que, además, se respete el orden de prioridades que le asigna el sujeto, en conformidad con su naturaleza (del hombre, de la comunidad o de la sociedad global según el caso), y en base al carácter mismo de las necesidades. Hay que tener en cuenta, por un lado, que algunas necesidades son "vitales" porque de su satisfacción depende la propia sobrevivencia, y por otro lado que ciertas necesidades y aspiraciones son "superiores" a otras en el orden ontológico, ético y axiológico. Desde ambos lados el concepto de jerarquía en la satisfacción de las necesidades resulta connotado y precisado. Cuando a través del consumo se priorizan necesidades o deseos accesorios y secundarios sobre los principales y vitales, o se le otorga mayor ` importancia a los deseos y capacidades inferiores que a los superiores, el consumo tiene serias deficiencias que se manifiestan en un menor bienestar y desarrollo del sujeto.
g) Integración, cualidad que complementa las anteriores y que apunta a relevar la conveniencia de que mediante el proceso de consumo distintas necesidades y deseos alcancen satisfacción y desarrollo simultánea y combinadamente, atendiendo al hecho que ellas no se encuentran aisladas y separadas unas de otras sino que se refuerzan, complementan, compensan y potencian recíprocamente. Esta integración vale entenderla tanto en relación a las varias necesidades y capacidades de un mismo sujeto, como a las de distintos sujetos que pueden satisfacerse y potenciarse conjuntamente a través de procesos de consumo integrados.
h) Potenciación, entendiendo que las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente son fuerzas que a través del consumo pueden ser ampliadas y perfeccionadas. Cuando el consumo realiza esta cualidad, la satisfacción de las necesidades deja al sujeto en condiciones mejores que antes para satisfacer en el futuro esas mismas u otras necesidades y deseos. A menudo satisfacer ciertas necesidades es previo a la satisfacción de otras y el desarrollo de ciertas capacidades se presenta como requisito de la manifestación y actualización de potencialidades nuevas. Cuando tales situaciones se cumplen a través de un consumo apropiado, podemos decir que se trata de un consumo que potencia y desarrolla al sujeto: las informaciones y energías asimiladas lo dejan en condiciones de perseguir nuevas metas y de alcanzar un ulterior crecimiento. Al contrario, hay formas de consumo que en vez de expandir al sujeto lo inhiben y empequeñecen. La potenciación del sujeto por el consumo tiene que ver en ciertos casos con el modo en que se utilicen y transformen los productos. A menudo la actividad del consumidor sobre el objeto del consumo lo hace perfeccionar sus propias cualidades. Ejemplo de ello es la retroalimentación que experimentan un profesor, un médico o un ingeniero de parte de los mismos sujetos a quienes prestan sus respectivos servicios, y que redundan en que el mismo servicio puede ser efectuado sucesivamente con más perfección. A la inversa, entendiendo que en el acto de consumo hay un intercambio entre el sujeto y el objeto, el consumo resulta potenciador de éste último cuando al aprovechar sus energías e informaciones el sujeto lo retroalimenta y revaloriza con otras nuevas que lo hacen capaz de servir otra vez y aún mejor en futuros actos de consumo.
La presencia (o ausencia) de estas cualidades del consumo en diferentes proporciones y grados permite distinguir y analizar críticamente diferentes calidades en el consumo que efectúan los sujetos en las economías determinadas. En base a ellas no sólo distinguiremos -como se hace habitualmente- según la dimensión cuantitativa entre consumo insuficiente, adecuado o excesivo, sino también entre distintos niveles de moderación, correspondencia, persistencia, globalidad, equilibrio, jerarquía, integración y potenciación.
El proceso de optimización del consumo a nivel microeconómico consistirá, obviamente, en aproximar el conjunto de los actos de consumo que efectúa el sujeto a la mejor realización de estas cualidades. Ello implica que en cada acto de consumo ha de buscarse utilizar y potenciar las energías e informaciones contenidas en los productos de manera tal que los beneficios que obtienen en el tiempo (beneficios actuales y futuros) los consumidores sean los máximos. Para perfeccionar su consumo el sujeto puede trabajar sobre sí mismo, sobre sus necesidades, aspiraciones y deseos, simplificándolas, equilibrándolas, jerarquizándolas, integrándolas, potenciándolas, etc.; puede también trabajar sobre los bienes y servicios que utiliza buscando aquellos que mejor se correspondan a sus necesidades, que favorezcan su desarrollo y no lo dañen, que lo enriquezcan en varios sentidos; y puede trabajar sobre su propio modo de consumir, para que el aprovechamiento de los productos sea más completo, equilibrado, duradero, etc. Expresándolo sintéticamente, el óptimo del consumo se verifica allí donde se alcanza la mayor personalización del sujeto con el mínimo de destrucción de los productos.
Las diferentes calidades del consumo implican que los sujetos experimentan procesos de transformación diferenciados, que inciden en sus respectivos niveles de bienestar, calidad de vida y expansión de sí mismos. Pues bien, como las transformaciones del sujeto son materia de juicios extraeconómicos -biológico, ético, estético, axiológico, metafísico- la evaluación de la calidad del consumo trasciende en último análisis los marcos de lo que puede objetivar la ciencia económica, por amplia e interrelacionada con las demás disciplinas sociales que se encuentre elaborada. Pero en la evaluación subjetiva que efectúa cada sujeto todas estas dimensiones de algún modo aparecen, aunque sea implícitamente. La teoría económica, sin extralimitarse de los espacios propios de una teoría comprensiva, mediante la consideración de las mencionadas cualidades y condiciones del consumo perfecto nos permite entender que se trata de una actividad humana en la cual es posible mayor o menor racionalidad, e incluso la manifestación de diferentes racionalidades. Es lo que examinaremos a continuación. Después de ello estaremos en condiciones de analizar-la optimización del consumo a nivel macroeconómico, puesto que es un requisito de su adecuada intelección -como lo ha sido también respecto a los procesos de producción y circulación- examinar previamente el proceso en sus dimensiones sectoriales.
65. Entenderemos por racionalidades del consumo las expresiones teóricas de los distintos modos especiales de comportamiento que se manifiestan en la utilización de los productos y en la satisfacción de las necesidades.
Decimos modos de consumir "especiales" y no "particulares" para distinguir dos niveles de abstracción diferentes. En efecto, cada unidad de consumo, cada Sujeto individual o grupal manifiesta peculiaridades en su modo de utilizar los productos y satisfacer sus necesidades, dependiendo de sus propios modos de ser, de pensar, de sentir, de relacionarse y de actuar. Esos comportamientos pueden ser expresados teóricamente considerando los distintos tipos de sujetos que presentan similares "lógicas de consumo". Estas serían, entonces, elaboraciones teóricas microeconómicas, análogas a las "lógicas operacionales" que distinguimos en los distintos tipos de unidades de producción. El nivel de las "racionalidades especiales" corresponde al de los sectores económicos, refiriéndose al comportamiento de aquellos sujetos que interactúan entre sí y se asemejan por el hecho de encontrarse vinculados por las categorías económicas organizadoras, las formas de propiedad o dominio y las relaciones económicas, y por ello forman parte de los sectores de intercambio, regulado y solidario.
Las especificidades y diferencias recíprocas de estos tres sectores no se circunscriben sólo a los procesos de producción y distribución sino que alcanzan también al proceso de consumo. Desde éste, por tanto, esos mismos tres sectores resultan también cualificados, debiéndose incorporar a su identificación y análisis los rasgos y elementos que individuaremos en este ámbito.
En efecto, puede apreciarse que en cada uno de estos sectores se manifiestan especificidades en varios planos principales, a saber: a) en el tipo de unidades de consumo (de sujetos) que prefieren satisfacer sus necesidades preferentemente en ellos; b) en el tipo de necesidades que son mejor satisfechas en cada sector y que los sujetos tienden a satisfacer en ellos, o que podrían hacerlo con el resultado de que su bienestar y desarrollo serían más elevados; c) en los tipos de bienes y servicios que son mejor utilizados en cada sector; y con los cuales se prefiere satisfacer determinadas necesidades, aspiraciones y deseos; d) en los modos de utilización de los productos y de satisfacción de las necesidades, deseos y aspiraciones de la gente. Considerando integradamente estos cuatro aspectos, examinaremos los rasgos y elementos que definen la racionalidad especial de cada sector.
En el sector de intercambios el proceso de consumo tiende a presentar las siguientes características y tendencias:
a) Preferencia por el consumo individual por sobre las formas de consumo social y comunitario. Esta preferencia es consecuencia natural del hecho que en el sector de intercambios las personas y sujetos económicos tienden a hacerse presente como individuos privados, tanto en el proceso de producción (en la aportación de factores y en la organización de empresas) como en el proceso de circulación económica (en el mercado). Como en las relaciones de intercambio los sujetos participantes se enfrentan uno al otro como individuos que tienen intereses particulares y distintos, el acceso de los consumidores a los productos se verifica también en términos individuales, con el consiguiente fomento del consumo individual. Efectuar colectivamente el consumo de bienes a los que se ha accedido individualmente mediante el pago de un precio, supone repartir gratuitamente y compartir con otros los beneficios de la actividad económica, lo cual no es coherente con la lógica esencial del sector de intercambios que persigue en cada acto maximizar los beneficios privados. Esta característica determina una presencia muy acentuada en el sector de aquellos consumidores que muestran rasgos psicológicos, culturales y éticos proclives al personalismo e individualismo, rasgos que se ven reforzados por la habituación al consumo en el sector; pero obviamente todos los individuos por el hecho de ser tales participan ampliamente en esta forma del consumo.
b) Distanciamiento temporal y espacial del consumo respecto a los procesos de producción y circulación. Los actos de consumo por los cuales se extrae de los productos su utilidad tienden a encontrarse muy distantes de los actos de elaboración y producción de los mismos, separados ambos momentos por una sucesión de flujos de intercambio encadenados. El producto que sale de manos del productor tiende a pasar por varias manos intermediarias -mayoristas y minoristas- antes de llegar a manos del consumidor; y aún cuando así no sea, los actos de producir y de consumir se hayan separados por el hecho de ser realizados por sujetos diferentes, porque en este sector se produce normalmente para el mercado y no para el autoconsumo. Así, los consumidores de un producto habitualmente no conocen a quienes lo produjeron, ni éstos saben quienes utilizarán los productos que han hecho. Por tal motivo, el consumo en el sector de intercambios se encuentra fuertemente condicionado por la publicidad y propaganda, y se manifiesta una especial preocupación por la confección y presentación del producto. En efecto, como no conoce al productor el consumidor no tiene otro modo de orientarse entre las distintas alternativas a su alcance que el confiar en la presentación exterior del producto, en la publicidad que de él se haga y en el prestigio social de la marca.
c) Subdivisión y especialización de necesidades y productos. En este sector existe una marcada tendencia a especializar crecientemente los productos en función de satisfacer necesidades y deseos también crecientemente especializados. Al tiempo que cada necesidad y cada deseo tiende a individuarse y a separarse de los otros, cada producto tiende a ser cada vez más especializado en orden a la satisfacción de necesidades diferentes. De este modo, el consumo tiende a manifestarse altamente subdividido, esto es, a verificarse a través de innumerables actos de consumo separados unos de otros, en cada uno de los cuales se consume cada vez un producto para satisfacer una necesidad en particular. Podemos decir que de este modo el consumo se diversifica, tanto desde el punto de vista de las necesidades y deseos del consumidor como de los bienes y servicios consumidos. Tiende a darse en este sector una suerte de "correspondencia bi-unívoca entre necesidades y productos", en el sentido de que a cada necesidad corresponde un producto en particular y a cada producto una necesidad determinada.
d) Predominio del consumo de bienes y servicios materiales en orden a la satisfacción de necesidades fisiológicas y de autoconservación. De los varios tipos de productos económicos fluyen con especial profusidad en el sector de intercambios aquellos orientados a la satisfacción de las necesidades y deseos fisiológicos, así como los productos de tipo material orientados hacia las necesidades de autoconservación. Estos tipos de bienes y servicios son los mismos para los cuales este sector se muestra especialmente eficiente en la producción y en la distribución. Más en general, la jerarquización del consumo se efectúa aquí de manera que las necesidades fisiológicas predominan sobre las necesidades espirituales, así como las necesidades de conservación y desarrollo individual prevalecen sobre las de convivencia y relación con los demás.
e) Tendencia a la sofisticación, exuberancia y artificialidad del consumo. Esta tendencia -que puede asociarse al fenómeno conocido con el nombre de "consumismo"- es una consecuencia de varias de las características ya señaladas. La preferencia por l el consumo individual hace surgir una inmensa variedad de necesidades, deseos y aspiraciones que, por efecto demostración, se extienden entre la gente de diferentes condiciones y clases. La subdivisión de las necesidades y la especialización de los productos multiplica enormemente los actos de consumo indispensables para que el sujeto se encuentre satisfecho. En el mismo sentido, la preferencia por los bienes y servicios materiales lleva a que sea a través de la sofisticación de éstos que se persiga -siempre imperfecta e insuficientemente- la satisfacción de las necesidades espirituales y relacionales. Por todo esto, en el sector de intercambios el consumo tiende a sofisticarse crecientemente, a tornarse cada vez más diversificado, complejo y exuberante, y con ello también más artificial, esto es, más alejado de los bienes originales ofrecidos al hombre por la naturaleza.
f) Preferencia por bienes y servicios que presentan utilidad positiva inmediata para el consumidor primario y descuido de eventuales efectos negativos para los consumidores secundarios. Esta tendencia es consecuencia del modo de adquisición de los productos en el sector: puesto que los sujetos deben efectuar pagos por los productos que utilizan, que les significan sacrificios y renuncias de utilidades alternativas, puede suponerse que los bienes y servicios consumidos en el sector sean normalmente los deseados por los sujetos que los consumen, que los prefieren a otros productos alternativos que podrían satisfacer análogas necesidades.
En la medida que el consumo responde a las preferencias del consumidor, se manifestará en el sector una adecuada correspondencia entre las necesidades de los sujetos y los productos que utilizan. En contrapartida, existirá escasa preocupación por los efectos (externalidades) que la utilización de esos productos tengan sobre terceros que se constituyen como sus consumidores secundarios, debido a que el consumidor primario tenderá a hacer el gasto y a consumir teniendo en consideración sólo su propia satisfacción y bienestar. ·
g) Desigualdad cuantitativa y diversificación cualitativa del consumo. Como consecuencia de las mismas características anteriores, en el sector de intercambios tienden a manifestarse niveles de consumo muy diferenciados, en atención a los diferentes niveles de ingreso de las personas. Del mismo modo, y siendo el consumo decidido cada vez por cada sujeto individual, el consumo tiende a diversificarse cualitativamente conforme a las diferentes estructuras de necesidades, aspiraciones y deseos de las personas.
66. En el sector regulado las características y tendencias del consumo son muy distintas. Podemos destacar las siguientes:
a) Preferencia por el consumo social y público por sobre el individual y el comunitario. Exactamente al contrario que en el sector de intercambios, aquí el consumo tiende a orientarse a la satisfacción de las necesidades colectivas, que requieren bienes y servicios de uso común: caminos, medios de transporte colectivo, cementerios, plazas públicas, escuelas, hospitales, servicios administrativos, judiciales, policiales, de defensa nacional, etc. Y es natural que así sea; en efecto, sería ilógico (y probablemente injusto) orientar hacia el consumo individual bienes producidos socialmente bajo la dirección del Estado y bienes de propiedad nacional, como son gran parte de los productos generados por este sector. Esta tendencia hacia el consumo social tiene como efecto la generación de agrupamientos sociales masivos, grupos de presión y públicos organizados, que se hacen presente en el sector regulado buscando la satisfacción de sus necesidades y aspiraciones (que suelen aparecer como "derechos" -a la vivienda, al trabajo, a la salud, a la alimentación, a la recreación, etc.- cuyo cumplimiento es reivindicado frente al Estado). En general, el consumo social de masas tiende a favorecer procesos de socialización de varios tipos, incentivando en los individuos y grupos la participación en instancias colectivas y favoreciendo el desarrollo de organizaciones y actividades masivas.
b) Vinculación orgánica del consumo a la producción por intermedio de la planificación. En efecto, en el sector regulado ambos procesos son en gran medida programados y administrados conjuntamente, estando concentradas —y distribuidas jerárquicamente- las decisiones en un mismo aparato burocrático. En el limite de la racionalidad del sector y al menos en grandes líneas y cifras agregadas, quien decide las cuotas de producción que han de asignarse a los distintos productores establece también las raciones del consumo permitidas a los consumidores. Así, aunque los productores y los consumidores sean habitualmente sujetos distintos, lejanos y desconocidos . entre sí, los procesos del consumo y de la producción están orgánicamente conectados.
c) Tendencia a concentrar el consumo en un conjunto esencial de necesidades universales. En vez de la tendencia a la diversificación y especialización del consumo en orden a satisfacer las necesidades y deseos de los individuos con una creciente variedad de productos que observamos en el sector de intercambios, en el sector regulado el consumo tiende a la satisfacción de aquellas necesidades comunes a todos los hombres y que todos deben satisfacer más o menos igualitariamente. Por cierto, esto no significa que en este sector los consumidores no tengan la oportunidad de escoger entre diferentes productos y modos de consumo, pero el rango de estas opciones tiende a ser menor, dado que aquí priman los intereses generales de la colectividad sobre los deseos particulares de los individuos.
d) Predominio de las necesidades de autoconservación y protección y de los bienes y servicios correspondientes. En cuanto a las necesidades fisiológicas, la preferencia del sector es por aquellas consideradas necesidades básicas o imprescindibles para las personas; y en lo que a las necesidades espirituales se refiere el sector tiende a garantizar un cierto mínimo común de productos a disposición de las personas en función de conservar un patrimonio cultural poseído socialmente, lo que se traduce en la mantención de escuelas públicas, museos, bibliotecas populares, festivales musicales, etc.
e) Tendencia a la homogenización, racionamiento y masificación del consumo. Es esta una consecuencia de varias de las características anteriores que apuntan a que sea a través de este sector que se garantice a toda la población niveles de consumo básico, proveyendo a la sociedad de los bienes y servicios que utilizan en común. Por cierto, esto no favorece la sofisticación ni la exuberancia del consumo sino una cierta opacidad, discreción y sobriedad.
f) Preferencia por bienes y servicios que prestan utilidad prolongada a los consumidores colectivos o públicos y descuido de eventuales efectos negativos para los consumidores secundarios individuales. Esta tendencia se explica por el hecho que los bienes y servicios consumidos en el sector son proporcionados normalmente por el Estado, que ejerce sus funciones propias en función de los intereses generales de la sociedad (el "bien común") y que debe atender al desarrollo de largo plazo de la colectividad nacional. Al tener en vista el vasto campo de las necesidades y aspiraciones generales, en el sector regulado a menudo se descuidan o menosprecian las preferencias directas de los consumidores individuales e incluso positivamente se inhiben necesidades y deseos de personas y de grupos particulares. En el sector se consumen ciertos bienes públicos que significan amenazas y posibles castigos y males para los individuos, tales como servicios carcelarios, armas y elementos de disuación, sistemas de control, etc. En contrapartida, en el consumo que se efectúa en el sector suele estarse atento a las externalidades sociales, esto es, a los efectos que la utilización de los productos pueda tener sobre consumidores secundarios públicos. En la medida que el consumo no responde a las preferencias individuales sino a las necesidades colectivas y públicas, es natural que se verifiquen correspondencias de los bienes con las necesidades sociales y distancias respecto a las necesidades y deseos personales.
g) Tendencia a la igualdad en los niveles de consumo y énfasis en lo cuantitativo sobre lo cualitativo. En este sector se manifiesta una menor diversificación de los productos que se consumen, junto a una relativa igualación en los niveles del consumo al que acceden los distintos sujetos y grupos. Se observa especial interés por incrementar cuantitativamente el consumo de la población más que por su perfeccionamiento cualitativo.
67. En el sector solidario las características y tendencias más peculiares y destacadas del consumo son las siguientes:
a) Preferencia por el consumo comunitario por sobre el consumo individual y el consumo social de masas. En este sector, allí donde es posible y efectivamente favorable para la mejor satisfacción de las necesidades de las personas involucradas, tiende a preferirse la utilización en común, compartida y comunitaria de los bienes y servicios disponibles. Esta preferencia se explica porque en los procesos de producción y circulación propios del sector tienen significativa presencia las asociaciones y comunidades intermedias; como el "factor C" adquiere especial relevancia y la propiedad de los factores suele ser grupal o asociativa, etc., también el consumo tiende a adoptar formas comunitarias. En otras palabras, lo producido comunitariamente tiende a ser consumido comunitariamente. El consumo comunitario incide en que se hagan presente como consumidores en el sector solidario ciertos tipos de sujetos de rasgos psicológicos, culturales y éticos favorables a la vida comunitaria y social, a la vez que la habituación a esta forma de consumo favorece en los individuos su predisposición a participar en asociaciones y organizaciones comunitarias, incentivando en ellos el desarrollo de actitudes de cooperación y solidaridad.
b) Proximidad y relación directa entre el consumo y la producción. Al no mediar entre ambos procesos largos encadenamientos de intercambios ni una sucesión de escalones jerárquicos, y tampoco instancias de intermediación complejas, en el sector solidario el consumo se encuentra próximo a la producción. Los consumidores a menudo saben quienes elaboraron los productos y estos conocen a quienes los consumirán. En muchos casos los mismos productores son los destinatarios y consumidores de los resultados de su trabajo. El consumidor suele entrar en cooperación con el productor, lo que no sucede en los otros sectores en los que aparecen más bien en conflicto de intereses. Tal cooperación se manifiesta en una preferencia por la utilización de los productos locales por sobre los más lejanos y externos, y en que a menudo los consumidores ayudan a los productores a ser más eficientes en su trabajo, del mismo modo que los productores orientan a los consumidores locales a aprovechar y consumir de manera más integral los bienes y servicios que les proporcionan.
c) Tendencia a la satisfacción simultánea de distintas necesidades, mediante actos de consumo integrados. Aquí tiende a revertirse el proceso de subdivisión de las necesidades en función de productos cada vez más especializados, manifestándose en cambio una tendencia a integrar diversas necesidades en un proceso de satisfacción combinada. Así, en el seno de una misma asociación comunitaria y a través de una programación compleja de actividades, se desenvuelven convivencias, actos culturales, consumo de alimentos, aprendizajes varios, cuidado de la salud, etc. Relacionado con esto, cabe señalar también que el consumo en comunidad corrientemente favorece la utilización más completa y equilibrada de los productos.
d) Predominio del consumo de bienes y servicios relacionales y culturales. Este sector se muestra especialmente favorable para la satisfacción de necesidades de convivencia y relación con los demás, y también para la satisfacción de las necesidades y aspiraciones espirituales que precisan de bienes y servicios culturales. Tanto es así que a menudo se prefiere satisfacer en este sector ciertas necesidades fisiológicas y de protección para las cuales no es tan apto como los otros sectores, porque se espera en el mismo proceso de consumo comunitario establecer mejores y más ricas relaciones y convivencia entre las personas.
e) Tendencia a la naturalidad y simplicidad. En este sector el consumo rehuye simultáneamente tanto la sofisticación como la estandarización y homogenización, buscando alcanzarse una mejor satisfacción de las necesidades y una superior calidad de vida mediante un consumo relativamente simple, armónico y natural, donde se respeten las diferencias individuales pero donde se atienda equilibradamente a las necesidades y deseos de todos. En efecto, el consumo en comunidad exige a menudo decisiones grupales que suelen adoptarse por consenso, lo que favorece la moderación: las decisiones grupales suelen inhibir la exacerbación de las particularidades individuales en los gustos y preferencias de algunos miembros, al mismo tiempo que se promueve un enriquecimiento recíproco por la vía del intercambio de informaciones y experiencias.
f) Preferencia por bienes y servicios que presten utilidad inmediata y prolongada tanto a los consumidores primarios como a eventuales consumidores secundarios. Esta característica del consumo es consecuencia directa del carácter solidario e integrador de las relaciones que se verifican en el sector, y expresión de los valores de solidaridad y cooperación que lo distinguen. La participación en experiencias comunitarias ayuda a comprender que los beneficios y perjuicios que recaen sobre los demás siempre inciden sobre uno mismo, y que los beneficios individuales favorecen a la colectividad análogamente a como los beneficios de la comunidad terminan beneficiando a los individuos que la forman, estando todos involucrados en un mismo ambiente y teniendo un destino común. La participación en el sector solidario permite comprender que todos los fenómenos se encuentran relacionados tanto temporal como especialmente, por lo que tiende a acentuarse la preocupación por las "externalidades" de todo tipo. Esta característica del consumo solidario tiende a determinar la búsqueda permanente de una mejor adecuación de los productos que se utilizan a las necesidades tanto individuales como comunitarias y sociales que se quiere satisfacer con ellos.
g) Preferencia por la calidad más que por la cantidad del consumo. Como consecuencia de las características anotadas, en el sector solidario se busca perfeccionar el consumo especialmente por la vía de elevar la calidad de los productos consumidos y de las necesidades que se prefiere satisfacer. Más que consumiendo mayores cantidades y variedades de bienes y servicios, se busca incrementar la satisfacción de las necesidades mejorando la calidad del proceso de consumo, haciéndolo más integrado y convivial, buscando adecuarse mejor a la jerarquización de las necesidades manifestada por las personas, equilibrando la satisfacción de necesidades de distinto tipo, etc. Como la opción por la calidad implica siempre el sacrificio de la cantidad, el consumo en este sector tiende a aparecer como austero y frugal; pero ello no debe entenderse como una predilección por el sacrificio y la pobreza sino como consecuencia del descubrimiento de las posibilidades que esas opciones por lo simple, natural, integrado, equilibrado, etc. abren en términos de calidad de vida, tan afectada en la sociedad moderna por el consumismo y la sofisticación.
Estas diferentes y en cierto modo contrarias características que muestra el proceso de consumo en los tres sectores económicos no deben ser absolutizadas ni consideradas excluyentes (en el sentido de que si las encontramos en un sector no puedan estar presentes en algún grado en los otros). Al contrario, ellas han de ser relativizadas y entendidas como preferencias, tendencias, énfasis y acentuaciones más que como rasgos esenciales que diferencien netamente unos modos de consumo de los otros. Pero detrás y más allá de las características indicadas en cada caso, se evidencia tipos de comportamiento que suponen "distintas racionalidades" del consumo. Por eso, para comprender tales racionalidades será preciso atender al conjunto de características del sector correspondiente más que a cada una de ellas consideradas aisladamente. En otras palabras, la racionalidad especial de cada sector se pone de manifiesto de manera "sistémica", en cuanto las tendencias y características anotadas para cada sector implican que en ellos tienden a manifestarse ciertas "estructuras de necesidades" asociadas a ciertos conjuntos de bienes y servicios que las satisfacen, a través de actos de consumo relacionados que manifiestan coherencia interna.
68. De la exposición de estas tres racionalidades del consumo surge espontánea la pregunta por cual de ellas constituya un modo mejor de efectuarlo. Una manera primaria de intentar una respuesta consiste en comparar las características y tendencias que relevamos en cada uno de los sectores; el resultado de tal ejercicio no será, sin embargo, una cabal respuesta al interrogante sino un distinto planteo de la cuestión. En efecto, los tres sectores presentan características y cualidades que no son homogéneas e inmediatamente comparables con una misma escala de valoración; al contrario, los vemos complementarse recíprocamente, siendo bastante obvio que entre ellos pueden compensar sus respectivas debilidades, insuficiencias y defectos. La interrogante que aparece como relevante es, entonces, aquella que interroga por la optimización del consumo a nivel macroeconómico, y que como lo habíamos adelantado consiste en la identificación de aquella estructuración del consumo que mejor permita la realización del objetivo macroeconómico del proceso, a saber, el bienestar general y el desarrollo integral como expresiones de la búsqueda de una mejor calidad de vida y de la expansión del sujeto.
Buscando satisfacer mejor sus propias necesidades cada persona y cada sujeto económico efectúa múltiples actos de consumo, algunos de manera individual, otros grupalmente y los demás integrados en el consumo social o público. Cada sujeto participa así en los distintos sectores y combina en su comportamiento elementos de las tres racionalidades sectoriales del consumo. El grado de participación de cada sujeto —persona, comunidad o sociedad global- en cada sector, la combinación y proporcionalidad que entre ellos establezca en su proceso de consumo, pone de manifiesto tanto su peculiar estructura de necesidades como sus preferencias por determinados conjuntos de bienes y servicios.
Pero la realidad que en este sentido muestren los sujetos no expresa necesariamente una situación de consumo apropiada, puesto que todo consumidor se encuentra condicionado por múltiples circunstancias que lo alejan de lo que sería su óptimo para alcanzar su bienestar y desarrollo. Entre tales condicionamientos se encuentran, naturalmente, las diferentes estructuraciones de la producción y de la circulación. Respecto a éstas ya sabemos cuales sean las condiciones que, favoreciendo un mejor funcionamiento de la producción y de la circulación, han de ser también capaces de facilitar el mejor desenvolvimiento del consumo. Pero hay todavía un aspecto que profundizar. En efecto, sabemos que el consumo de cada uno se encuentra influido y condicionado por el de los demás, y el de todos por la estructuración del consumo global.
Al analizar las necesidades vimos que el elemento subjetivo del consumo se constituye siempre como fuerzas humanas y sociales que al buscar su bienestar y desarrollo entran en relaciones, interactúan, se integran unas con otras y entablan conflictos entre sí. Al igual que los procesos globales de producción y circulación, también el consumo se presenta como una relación de fuerzas sociales, que puede encontrarse conformada de diferentes maneras y formas: con mayor o menor concentración o diseminación democrática del poder, con mayor o menor integración o conflictualidad entre las partes, con mayor o menor presencia de los sujetos individuales, de las comunidades y de las instancias públicas. Todos estos elementos inciden cuantitativa y cualitativamente en el consumo de cada sujeto y de la sociedad en su conjunto.
Consideraremos que el consumo será superior y más perfecto cuando la más amplia cantidad y diversidad de sujetos, individuales y colectivos, puedan satisfacer la más vasta gama de sus necesidades y deseos mediante la utilización de los bienes y servicios disponibles. Diremos en tal situación que el consumo ha llegado a ser integral. La integralidad será la expresión del grado de perfeccionamiento y de la eficiencia que haya alcanzado el proceso de consumo, así como la democratización expresa la perfección y el nivel de eficiencia en el proceso de circulación, y como el crecimiento indica la perfección y eficiencia del proceso de producción. A la teoría podemos pedirle que identifique las condiciones en que la integralidad del consumo pueda realizarse más cabalmente.
Por los antecedentes que hemos expuesto en esta sección no es difícil concluir que tal integralidad del consumo depende fundamentalmente de su composición sectorial y del grado de perfeccionamiento existente en cada uno de los sectores. La cuestión es, entonces, identificar los modos en que pueda llevarse el consumo de las economías determinadas a aquella combinación de sectores que permita un más cabal cumplimiento -por parte de cada sujeto que lo integra y de todos ellos en conjunto de aquellas cualidades de moderación, correspondencia, persistencia, globalidad, equilibrio, jerarquía, integración y potenciación que definen el consumo perfecto de los sujetos.
Una primera y casi evidente afirmación -que sin embargo debemos explicitar y argumentar debido a que en el estado actual de la cultura subsisten y a veces predominan ideologías totalizantes que tienden a absolutizar enfoques unilaterales- es la del necesario y conveniente pluralismo en cuanto a los sectores. La conveniencia y necesidad del pluralismo en el proceso de consumo resulta ante todo de la consideración de los distintos tipos de sujetos que lo efectúan: personas individuales, grupos organizados y comunidades, unidades económicas de los distintos tipos, naciones y sociedades en general. A lo largo de esta investigación hemos destacado diversos nexos que permiten establecer correlaciones significativas entre los individuos, las comunidades y la sociedad global con los sectores de intercambio, solidario y regulado respectivamente; tal correlación volvió a manifestarse cuando al examinar las racionalidades del consumo en los tres sectores observamos sus respectivas preferencias tendenciales por el consumo individual, comunitario y público.
Si el bienestar general y el desarrollo integral involucran y suponen el bienestar y desarrollo de todos los sujetos individuales y colectivos, la presencia simultánea de los tres sectores en el consumo es, más que la postulación de algo conveniente, un hecho lógico y necesario.
Vimos, además, en la racionalidad especial de cada uno de los sectores, sus particulares aptitudes y predisposición para satisfacer tipos de necesidades y deseos diferentes. Como el bienestar general y el desarrollo integral requieren la satisfacción proporcionada y equilibrada de todas las necesidades -las del cuerpo, del yo individual, del ser social y las del espíritu- no cabe más que concluir nuevamente que el pluralismo de los sectores es indispensable para que el proceso de consumo sea conforme con sus objetivos. Bienestar y calidad de vida, expansión del sujeto y desarrollo integral, son expresiones que por sí mismas suponen la más amplia diferenciación y diversificación de los actos de consumo en cuanto a sus modos y lógicas de realización.
También por el lado de los objetos del consumo el pluralismo de los sectores encuentra fundamentos. En efecto, la satisfacción de las necesidades de todos en sus más diversas manifestaciones requiere que los bienes y servicios utilizados por los sujetos sean de los más variados tipos y cualidades. Pues bien, si algunos de esos bienes y servicios son mejor procesados y consumidos en un sector, mientras otros lo son en los demás, no cabe pensar en un consumo apropiado sin el necesario pluralismo. A mayor pluralismo en cuanto a los sectores mayores serán las posibilidades que los bienes y servicios sean mejor utilizados.
Llegamos, pues, a la conclusión de que sólo la presencia simultánea y combinada de los tres sectores permite que a nivel de la sociedad global se verifique una apropiada satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente. Pero no es sólo esto lo que podemos concluir. En efecto, si cada sector manifiesta ventajas y aptitudes especiales para el consumo de determinados tipos de sujetos, para la satisfacción de determinas das necesidades y para la utilización de determinados tipos de bienes y servicios, es claro que cada uno de los sectores deberá tener un cierto tamaño o dimensión que sea óptima, y en consecuencia la perfección del proceso de consumo a nivel macroeconómico implicará alguna proporcionalidad y combinación entre los tres sectores y sus racionalidades. Junto al pluralismo de los sectores afirmamos, pues, su combinación equilibrada.
Si, por otro lado, tenemos en cuenta que las necesidades, aspiraciones y deseos de los distintos tipos de sujetos presentan conexiones e interacciones sistémicas, al igual que los productos con que pueden satisfacerlas, concluiremos que el equilibrio del proceso debe ser tal que los consumos de los tres sectores no sólo estén co-presentes sino que además se compongan y articulen sistémicamente, lo cual supone que estos procesos de consumo sectoriales no estén separados entre sí.
Así formulada, la optimización del consumo y la combinación de los sectores guarda relación y mantiene cabal coherencia con los análisis que hicimos antes sobre el perfeccionamiento y la composición óptima de los sectores en los procesos de producción y circulación. La afirmación del necesario pluralismo y equilibrio en el consumo no sólo es coherente con las análogas afirmaciones del pluralismo en cuanto a las categorías organizadoras, formas de propiedad y. tipos de flujos y relaciones económicas necesario para optimizar los procesos de producción y de circulación, sino que revierte sobre ellos proporcionándole nuevos y profundos fundamentos. En efecto, entre la producción, la circulación y el consumo hay nexos sustanciales y recíprocas influencias y dependencias, de manera que la comprensión del necesario pluralismo, equilibrio y composición sistémica de los sectores respecto al proceso de consumo, viene a reforzar las exigencias de pluralismo y equilibrio que habíamos identificado cuando nos preguntamos por la eficiencia en el logro de los objetivos de la producción y de la circulación.
Y tal como lo afirmamos para esos procesos observamos ahora -con mayores y más amplias razones- que también respecto al consumo "la mejor combinación" entre los sectores no puede ser una determinada que sea válida para cualquier sociedad y circunstancia, pudiendo existir varias combinaciones posibles según las características económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad de que se trate, según las particulares conformaciones de las economías y de los mercados determinados, y según los rasgos peculiares que presenten los sectores mismos y los sujetos que los conforman.
La diversidad y diferenciación que encontramos a nivel de los sujetos del consumo, tanto entre las personas individuales como en las agrupaciones, comunidades y sociedades en general, es mucho mayor que la que observamos en los procesos de producción y circulación. Las necesidades, aspiraciones y deseos son variados en grado sumo, y variadísimos son también los bienes y servicios con los cuales pueden ser satisfechos. Si cada sujeto manifiesta una propia y peculiar estructura de necesidades, las estructuras de las necesidades serán también diferenciadas a nivel societal. Estando tales diferentes estructuras condicionadas por las circunstancias históricas, económicas, políticas y culturales particulares, la combinación óptima de los sectores no podrá ser la misma para cada sociedad ni en sus distintas fases o etapas de desarrollo.
Lo que podemos sostener en general es que la presencia de cada sector en el consumo podrá ser tanto más extendida -como proporción respecto al consumo global- según el grado de perfección que haya alcanzado él mismo. Si el consumo a nivel del sector de intercambios muestra ser deficiente -escasamente moderado, parcial, desequilibrado, demasiado poco integrado, etc.-, no será conveniente que este sector se encuentre muy extendido, debiendo sus limitaciones e imperfecciones ser compensadas o suplidas por una presencia mayor de los otros tipos de consumo. Lo mismo podemos decir, por ejemplo, si el consumo en el sector regulado (el consumo público) muestra deficiencias y no es suficiente para proporcionar adecuada satisfacción a las personas y sujetos económicos. En general, cuando el consumo en un sector es deficiente, cuanto mayor sea su presencia como proporción del consumo global menos podremos reconocer el consumo general como adecuado e integral. A la inversa si un sector se encuentra mejor estructurado, mayor podrá ser su presencia en el consumo global sin afectar sino, al revés, favoreciendo el perfeccionamiento del proceso de consumo en la economía determinada.
La tarea de perfeccionar el proceso de consumo a nivel macroeconómico corresponde, pues, a cada sector y, más concretamente, a cada sujeto particular, que colaborará al bienestar general y al desarrollo integral en la medida que aproxime su propio consumo a las cualidades de moderación, correspondencia, persistencia, globalidad, equilibrio, jerarquía, integración y potenciación, según las cuales él mismo puede esperar una mejor calidad de vida y una expansión y desarrollo de sí.
[1] Surge aquí una cuestión teórica de la mayor importancia cuyo análisis trasciende, sin embargo, las posibilidades de la ciencia económica. Es el problema de carácter filosófico y antropológico relativo a la naturaleza del hombre, de las comunidades y de la sociedad, del cual derivan diferentes y opuestas maneras de entender su desarrollo y bienestar. En la cultura moderna y contemporánea se ha difundido una concepción del hombre y de la sociedad que Suele denominarse subjetivista y relativista, y que es la que ha impregnado el pensamiento económico y las principales tendencias de las ciencias sociales actualmente predominantes. Según esa concepción, el hombre no posee una esencia natural constitutiva sino que se hace a sí mismo en base a sus propias formas de conciencia, a sus decisiones libres y a su voluntad particular. Esto que se afirma del hombre se extiende también a las asociaciones que forma y a la sociedad en su conjunto, que se encontrarían completamente indeterminadas y sujetas a la simple evolución de los acontecimientos históricos. Tal modo de concebir al hombre determina una visión de lo que sería su bienestar, potenciamiento y desarrollo en la que no es posible identificar criterios o normas generales y objetivos, válidos para todos los hombres, comunidades y sociedades; como consecuencia de ello no parece haber otro modo de identificar lo que son su bienestar y desarrollo que a través de la simple observación de sus preferencias reveladas, y la optimización del consumo dependería fundamentalmente de que los hombres y asociaciones humanas puedan alcanzar los bienes y servicios que libremente desean, con el mínimo de obstáculos posibles.
El problema puede ser enfocado de otra manera, ateniéndonos a las concepciones del hombre y de la sociedad propuestas por las grandes filosofías que el hombre mismo ha desarrollado en la historia. La concepción aristotélico-tomista en que se basa la principal de las corrientes tradicionales de la antropología cristiana, sostiene que el hombre posee una esencia natural que es común a todos, y que su plena realización consiste en actuar conforme a esa esencia natural. Las necesidades y aspiraciones del hombre estarían dadas por esa naturaleza esencial, y su bienestar y desarrollo -su felicidad, dicen los filósofos- dependería fundamentalmente de su satisfacción según el orden y jerarquía también naturales, dados por la conformación ontológica del ser humano, que es espiritual y corporal, individual y social. También la familia, como célula natural y primaria en que se realiza el ser social del hombre, y la sociedad política como expresión natural del ser político de los hombres, serían entidades naturales cuyas necesidades y aspiraciones deben ser definidas en base a la comprensión de sus respectivas naturalezas esenciales.
De esta concepción surge una visión del bienestar y desarrollo como un proceso que depende básicamente de ser y actuar conforme a la naturaleza del hombre y de la cosas. Las pautas para un consumo que asegure el bienestar y desarrollo del hombre y de sus agrupaciones sociales estarían dadas principalmente por la ética, que indica el camino de la virtud y de la perfección.
De esta antropología se ha dicho que es estática, en cuanto no podría reconocer adecuadamente la dinámica de la existencia humana y de la historia, ni comprender el significado profundo de la subjetividad y libertad características de la experiencia individual y social. La crítica, sin embargo, puede ser superada en la medida que se desarrolle teóricamente un elemento sustancial de la referida filosofía al que se ha prestado escasa atención. Es la afirmación de que la naturaleza esencial del hombre, con ser tal y precisamente por serlo, se encuentra en los hombres reales y particulares como la potencia de un acto siempre imperfectamente realizado, de tal manera que la existencia del hombre es la experiencia de búsqueda de realización o actualización de su esencia. Se supera así de manera radical la supuesta estaticidad de la concepción del hombre en cuestión, toda vez que, sin negar que el hombre tiene una esencia o naturaleza común, se la concibe en permanente construcción, como un proceso y no como un dato.
Esto todavía no implica el cabal reconocimiento de la subjetividad y libertad del ser humano. Para ello se hace necesario rescatar otro elemento descuidado pero también presente en la filosofía en referencia: que el hombre es subjetivo y libre esencialmente, esto es, precisamente en lo más radical de su propia esencia y naturaleza, de manera que su proceso de realización es obra de su propia subjetividad y libertad. Como consecuencia de esto, la naturaleza humana se manifiesta como esencialmente abierta, y el proceso de su actualización como la realización de un proyecto que se encuentra sujeto a su propia libre subjetividad. La apertura, sin embargo, no es indeterminación pura, pues la esencia constituitiva del hombre, por abierta y potencial que sea, es también en alguna medida acto, el acto de su potencia, lo que en otras palabras significa que la experiencia humana está volcada y llamada a realizar lo que potencialmente es, y no cualquier cosa. Esta concepción abierta de la naturaleza humana -que aquí apenas enunciamos en términos generales- impacta la concepción de las expresiones de su ser social y político (la familia, las comunidades, la sociedad) llevando a pensarlas también de manera abierta y proyectual. Nuestro análisis de las necesidades, del bienestar y de la expansión del sujeto resultan coherentes con esta concepción antropológica.