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43. El concepto de eficiencia es uno de los más importantes del análisis económico. Aparece a nivel microeconómico cuando se examina la eficiencia de las empresas, y aparece a nivel macroeconómico cuando se estudia la cuestión de la más eficiente asignación de los factores y de los productos. Aunque no se ha puesto suficientemente de relieve, porque las teorías micro y macroeconómicas han sido formuladas con diferentes instrumentos conceptuales y a diverso nivel de abstracción, es obvio que la eficiencia de las empresas y de los mercados se encuentran estrechamente relacionadas. A nivel microeconómico exige la búsqueda de las óptimas combinaciones de factores en una empresa; a nivel macroeconómico requiere una asignación óptima de los factores entre las empresas. Sin embargo, la eficiencia macroeconómica está lejos de ser -y de obtenerse mediante- la sumatoria de las eficiencias particulares de todas las empresas. La razón es que los objetivos en función de los cuáles se define y se estudia la eficiencia son distintos en los mencionados niveles micro y macroeconómico. Se trata, pues, de eficiencias no homogéneas. En el caso de la empresa se habla de combinación eficiente de los factores en función de la maximización de los beneficios de la empresa. En el caso de los mercados los objetivos son otros; incluso en cierto modo opuestos, pues como veremos, un mercado es más eficiente cuando lleva a reducir los beneficios extraordinarios de las empresas. Pero aquí precisamente se hace necesario tener en cuenta las diferencias entre los mercados de factores y de productos.
Como puede a estas alturas sospecharse, en el análisis de la eficiencia de los mercados nos alejaremos sustancialmente de los enfoques económicos convencionales. Aunque se observarán puntos de contacto, "reminiscencias" e incluso en varios casos el uso de los mismos términos, estamos tan lejos de las construcciones que al respecto han avanzado las teorías económicas conocidas, que es conveniente predisponernos a un replanteamiento global del tema. Ello por varias razones. Una es que las teorías económicas convencionales trabajan el tema de la eficiencia (o del "equilibrio") en base a un modelo simplificado de mercado que considera solamente las relaciones de intercambio. Tal simplificación ha permitido elaborar formalizaciones matemáticas cuya utilidad no desconocemos; pero nosotros buscamos una comprensión conceptual del problema en su complejidad.
Además, el análisis neo-clásico hace otra reducción que, si bien se muestra útil a los efectos de la formalización matemática, no queremos asumir en la formulación conceptual. El modelo del equilibrio de los mercados parte del supuesto de que existen factores dados y deseos dados, que no crecen ni se desarrollan. En base a ello proporciona una visión estática de la economía. Buscando una mayor aproximación a la realidad y como un modo de comprenderla dinámica económica, introduce una distinción entre equilibrio de corto y de largo plazo. Reconoce de este modo que puede haber sustituciones y cambios en las combinaciones de factores, como también modificaciones en los deseos y en las estructuras de la oferta y de la demanda. Pero la distinción entre equilibrio de corto y de largo. plazo no pasa de ser una abstracción conforme a la cual se distingue un instante inmóvil en el presente y otro momento, también inmóvil, proyectado hacia un futuro lejano. En nuestro análisis preferimos no darle a la distinción entre el corto y el largo plazo el alcance interpretativo que se le atribuye, e intentamos considerar directamente el proceso, en el cual no hay corto ni largo plazo sino un presente en movimiento, que se proyecta hacia un futuro que va ya construyendo.
Por lo demás, si bien la distinción entre equilibrio de corto y de largo plazo permite simplificar el análisis matemático, genera nuevos problemas conceptuales que quedan sin solución, y que en último termino han llevado a la economía a distinguir entre una teoría del equilibrio y una teoría del crecimiento, como si fueran dos cosas distintas, que llegan a ser en algunos aspectos incluso incompatibles.
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Asumir que los factores y los deseos no están dados sino que se encuentran en permanente cambio y expansión es hoy más necesario que nunca. En efecto, actualmente los principales problemas económicos derivan precisamente del hecho que las necesidades y deseos de la gente están en permanente y rápida expansión, debido tanto al crecimiento demográfico como a la explosión de las aspiraciones; junto a ello esta el problema de darle ocupación oportuna a recursos y factores económicos que también se encuentran en constante crecimiento. Si son estos los principales problemas de política económica que deben ser hoy resueltos ¿cómo conformarnos con teorías y modelos que adoptan como supuesto precisamente que los factores y deseos están dados? Verdaderamente se hace necesario un nuevo enfoque teórico de la cuestión de la eficiencia de los mercados.
Preguntémonos, pues, ¿que significa el termino "eficiencia" cuando se lo refiere a un mercado? ¿Que se identifica con el concepto de eficiencia aplicado al proceso de circulación? ¿Puede evaluarse con los mismos criterios y métodos la eficiencia en los mercados de factores y en los de productos?
Para definir cualquier concepto de eficiencia es preciso, ante todo, afirmar un objetivo en relación a cuyo cumplimiento se identificará el grado de eficiencia de los medios y actividades que se organicen para alcanzarlo. Debemos entonces preguntarnos cuáles son los objetivos del mercado. Y acaso sean iguales los objetivos de los mercados de factores y de los mercados de productos. Y aún, acaso coincidan los objetivos de cada uno de los mercados de factores con los objetivos atribuibles al mercado de factores en su conjunto.
Hablar de objetivos es referirse a propósitos (explícitos o implícitos) perseguidos por determinados sujetos, agentes de una determinada actividad. Los objetivos no están ahí _sino que son propuestos. Para decirlo paradójicamente con un juego de palabras, los objetivos no son objetivos sino subjetivos. En el caso de las unidades económicas el concepto de eficiencia no presenta grandes dificultades, pues en las empresas predominan los objetivos de los sujetos que las organizan: estos persiguen obtener beneficios, los máximos posibles. Que cada categoría organizadora entienda los beneficios de distinta manera complica el análisis, e impide que pueda servir un solo método de evaluación de la eficiencia para los distintos tipos de empresas; pero al menos queda claro que las empresas tienen siempre objetivos definidos, que coinciden con los objetivos particulares de quienes las organizan.
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En el caso del o de los mercados el problema cambia sustancialmente, porque aquí no estamos ante un sujeto que toma decisiones en función de sus intereses y objetivos particulares, sino ante una correlación de fuerzas entre muchos sujetos independientes que toman decisiones en orden al cumplimiento de muy distintos e incluso opuestos objetivos e intereses. Cuando nos preguntamos, entonces, por la eficiencia de un mercado no podemos simplemente tomar como objetivo el de alguno de los sujetos particulares que participan en él, por muy dominante que sea la posición que tenga. Al contrario, quizás lo eficiente sea poner límites y reducir el cumplimiento de los objetivos de los sujetos dominantes.
Cuando nos planteamos la pregunta por la eficiencia de los mercados la identificación y definición de los objetivos surge, pues, como una "cuestión teórica" que debe ser resuelta mediante un análisis. No sabemos siquiera si exista un solo objetivo que deban cumplir indistintamente todos los mercados. Podemos, al contrario, sospechar que los objetivos a perseguir en los mercados de productos y en los mercados de factores sean bien distintos, e incluso que no coincidan los objetivos en función de los cuales se defina la eficiencia en cada uno de los mercados de factores. ¿Por que no lo hipotetizamos al menos, puesto que sabemos que los sujetos aportadores de los diferentes factores tienen intereses distintos en el mercado determinado, y que el beneficio que persiguen como objetivo las varias categorías organizadoras de empresas asume diferentes contenidos, teniendo también ellas distintas maneras de concebir y de evaluar la eficiencia de los factores que contratan? Por otro lado, ¿no estamos ya advertidos por el análisis que hiciéramos sobre el problema de la eficiencia en el mercado de las donaciones,
[3] que los objetivos en función de los cuáles debe evaluarse tal eficiencia son distintos a los que hacen a la eficiencia en el mercado de intercambios? Debemos, pues, avanzar cuidadosamente en el análisis.
Si los mercados de factores operan en función del proceso de producción, y los mercados de productos en función de los procesos de consumo, podemos sostener que la eficiencia de los primeros debe considerarse en orden a sus efectos sobre la producción, mientras que la eficiencia de los segundos deberá evaluarse desde sus efectos sobre el consumo. En otras palabras, los objetivos del mercado de factores se encuentran en los procesos de producción, mientras que los objetivos del mercado de productos se encuentran en los procesos de consumo.
Esto es de estricta lógica; pero podría objetarse argumentando que la producción no tiene su fin en sí misma, sino que se produce en función del consumo. Y es cierto; pero esto no niega las afirmaciones que acabamos de hacer, aunque agrega algo importante de tener en cuenta y no olvidar: que los objetivos de la producción han de subordinarse a los objetivos del consumo -y los del mercado de factores a los del mercado de productos- en una visión comprensiva de la eficiencia del mercado global. Además, tampoco los objetivos del consumo son objetivos últimos, terminales, porque no se satisfacen las necesidades solamente por hacerlo, sino para poder cumplir a su vez otros objetivos y realizar otras tareas. Lo cual también deberá tenerse en cuenta, para comprender y no olvidar que la economía es una actividad que teniendo objetivos propios no corresponden a ella los objetivos últimos de la vida individual y social, debiendo encontrarse también subordinada a otras dimensiones de la experiencia humana.
Podemos considerar sólidamente establecido que los mercados de factores y de productos tienen
un primer nivel de objetivos económicos específicos, distintos entre sí, que les determinan diferentes conceptos y condiciones de eficiencia. ¿Cuáles son estos objetivos que corresponder'; a los respectivos mercados? Podemos expresarlos muy abstractamente diciendo que un mercado de factores es eficiente
cuando optimiza el proceso de producción, y que un mercado de productos lo es
cuando optimiza el proceso de consumo. Podemos expresarlos más concreta y sugestivamente aprovechándonos de una aguda observación que M. Friedman hace en su
Teoría de los Precios a propósito de un problema completamente distinto al que aquí nos interesa, pero que sirve muy bien para nuestro asunto: "Los deseos, en nuestro análisis, son considerados como datos. Hay que admitir, sin embargo (…), que los deseos pueden ser tanto el motivo de una acción como el resultado de ella. Una escuela, "trabajar para vivir", considera los deseos como fines; y otra, "vivir para trabajar", acepta la acción como fin. Esta distinción es muy importante por muchos motivos. Por ejemplo, quien, como Alvin Hansen, adopta, aunque sea implícitamente la primera tesis, tenderá a considerar los deseos existentes como lo primordial y al consumidor como el agente económico dominante. De aquí a la idea de una función de consumo estable y de esta a la tesis del estancamiento económico apenas hay un paso. Por otro lado, un economista que adopta la otra posición, como Schumpeter, por ejemplo, concebirá la acción como lo principal. El productor-innovador es el agente económico dominante, las innovaciones son lo esencial, aunque aparezcan en forma cíclica, y así se llega a una teoría del desarrollo económico".
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De estas observaciones de M. Friedman nos quedamos sólo con la idea de que tanto los deseos ("vivir") como la acción ("trabajar") pueden ser considerados como objetivos de la economía. Para nosotros no se trata de dos enfoques ("escuelas") económicos distintos, sino que asumimos como válidos ambos objetivos, comprendiendo que con esas expresiones ("vivir para trabajar" y "trabajar para vivir") pueden identificarse y definirse las lógicas correspondientes, respectivamente, a los mercados de factores y de productos. (Digamos de paso que no aceptamos las conclusiones de Friedman en el sentido que el "trabajar para vivir" lleva a una concepción estática, de consumo estable, pues no consideramos los deseos como datos; ni tampoco afirmamos que el productor sea el agente económico dominante, porque ya dijimos como junto al "vivir para trabajar" debemos destacar con igual o mayor fuerza el "trabajar para vivir").
Como en el sentido común se ha difundido la afirmación de que "no vivimos para trabajar sino que trabajamos para vivir", quizás sea oportuno advertir que el primer término de la relación -"vivir para trabajar"- tiene un sentido lógico y humano importante, y que no es una distorsión del sentido de la vida ni una deformación ética del comportamiento. Es cierto que trabajamos para vivir, y que la vida es un valor superior al del trabajo, encontrándose éste subordinado a aquella. Pero también es cierto que el trabajo es un elemento esencial de la vida humana; que la vida sin trabajo, sin actividad creativa, sin aportación de las propias capacidades y recursos a la obra social, carece de mucho sentido. Si por "trabajo" entendemos la activación de nuestras capacidades y recursos en función del desarrollo de la vida individual y social, entonces es cierto que también "vivimos para trabajar".
En el plano del análisis económico en que estamos, el "vivir para trabajar" significa que el mercado de factores tiene un objetivo real e importante en torno al cual debe ser eficiente: permitir que todos los factores "trabajen" y que contribuyan con su máximo aporte al desarrollo de la producción. Por su parte, el "trabajar para vivir" significa que el objetivo del mercado de productos en función del cual debe buscarse su eficiencia, es la satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos económicos de la gente.
44.- Aclarado en estos términos el objetivo económico en función del cual ha de plantearse la cuestión de la eficiencia en el mercado de factores, nos preguntamos ahora más específicamente: ¿cuándo el mercado de un factor puede considerarse eficiente?
A partir del mencionado objetivo general del mercado de factores, podemos ahora entender la eficiencia de un mercado de factor como su capacidad para desarrollar las disponibilidades de ese factor en una economía; para darle ocupación a todas las unidades y porciones disponibles de ese factor, de manera que no queden ofertas del mismo sin empleo y utilización; y para asignarlo en forma que su productividad agregada sea la más alta posible.
Hay aquí enunciadas tres ideas complementarias que apuntan a especificar lo que podamos entender como eficiencia cuando nos referimos al mercado de un factor cualquiera. Debemos analizarlas más de cerca, para comprender mejor su contenido, encontrar las relaciones que tienen entre si, y ver como se integran en un criterio único. Después buscaremos el modo de operacionalizar dicho criterio en vistas de evaluar y buscar las formas de incrementar la eficiencia en estos mercados.
La primera idea -eficiencia como capacidad para desarrollar las disponibilidades del factor en la economía- hace referencia al tamaño y amplitud del mercado de un factor, en cuanto al volumen total de dicho factor que se haga presente en el mercado y a la cantidad y variedad de flujos y transferencias que de ese factor se efectúen en un mercado determinado. La eficiencia del mercado de un factor consiste, así, en atraer permanentemente nuevos recursos que se conviertan en unidades activas de ese factor. Desde este punto de vista, puede considerarse eficiente aquel mercado que logra una mayor presencia del factor en la economía global, porque no pone trabas a la incorporación de nuevas unidades, permite una creciente velocidad de circulación y promueve su diversificación y perfeccionamiento cualitativo. En esto está implicada, naturalmente, la facilitación para que la mayor cantidad de personas o sujetos se haga presente en el mercado aportando sus capacidades y fuerzas económicas.
La segunda idea -eficiencia como capacidad de darle ocupación a todas las unidades y porciones disponibles del factor-, se relaciona estrechamente pero no es coincidente con la primera. Si con la primera idea apuntamos al volumen de activos y flujos económicos que entran al mercado, con la segunda se hace referencia a la cantidad y a la capacidad de absorción y empleo de esas unidades y porciones del factor por parte de las unidades económicas existentes. La eficiencia del mercado de un factor se manifiesta, así, en darle pronta utilización y empleo a todas las unidades o porciones del factor que se hagan presente en el mercado. Desde este punto de vista, puede considerarse eficiente aquel mercado que permite que las nuevas unidades del factor que se ofrecen en el mercado encuentren rápidamente ocupación en las empresas, que las porciones ya empleadas que deseen cambiar de ocupación puedan también hacerlo, y en general, que las ofertas del factor en cuestión, correspondientes a los distintos tipos de circuitos y relaciones económicas, encuentren en el menor tiempo posible las contrapartes deseadas y buscadas.
La tercera idea -eficiencia como capacidad de asignar un factor de manera que su productividad agregada sea la más alta posible- se refiere a la distribución de las distintas unidades y porciones del factor entre las diferentes empresas que se hacen presente en el mercado de ese factor. Esta idea también se relaciona con las dos anteriores, y en cierto modo las resume, por cuanto la productividad -en términos agregados- de un factor tenderá a ser mayor cuando la cantidad y variedad de ese factor que ocupe la economía sea más alto, y cuando no permanezcan porciones del mismo desocupadas. Ahora bien, el hecho que todas las ofertas encuentren una demanda correspondiente no garantiza por sí solo que las especificas colocaciones que se hagan de ese factor sean siempre las de más alta productividad. Entre las varias utilizaciones alternativas de un factor, algunas significarán un mejor rendimiento y aprovechamiento del mismo que otras. En algunos casos es más eficiente colocar un factor a través de relaciones de intercambios, mientras que en otras ocasiones lo es hacerlo en un circuito de asignaciones jerárquicas o de donaciones. En unos casos ciertas unidades del factor producirán más si están insertas en empresas organizadas por el capital, y en otros casos lo harán mejor en empresas organizadas por otra categoría distinta. Desde el punto de vista de la eficiencia del mercado de un factor, lo que interesa es la productividad agregada, o sea la contribución al producto que efectúen en conjunto todas las unidades o porciones existentes de ese factor en la economía global. Esta última consideración nos permite ver la estrecha relación que existe entre las tres ideas. que se integran así en un solo criterio válido para el mercado de un factor. En efecto, la capacidad que muestre un mercado para asignar las unidades de un factor entre las distintas empresas de manera que la productividad agregada de ese factor en la economía sea la mayor posible, incluye la capacidad para hacer fluir hacia el mercado nuevas unidades de ese factor incrementando al máximo sus disponibilidades en la economía. y también la capacidad de hacer corresponder las ofertas y demandas de manera que no queden ofertantes ociosos ni demandantes insatisfechos. A la noción de "máxima" (plena y creciente) ocupación del factor se agrega la noción de una "óptima" ocupación de todas sus unidades.
Precisado en estos términos el sentido y el criterio de la eficiencia que ha de buscarse en el mercado de. cada factor cabe observar que el mercado de factores en general será eficiente en la medida que los mercados particulares de los distintos factores funcionen eficientemente. Pero esto, que es formalmente simple de afirmar, presenta sus propias complejidades, porque en los mercados de los distintos factores intervienen diferentes sujetos, y cuando son los mismos Sujetos que participan en más de un mercado de factor lo hacen desde distinto lugar: pueden Ser ofertantes de un factor en el mercado de este y demandantes de otro factor en su mercado. Los mercados de los distintos factores, entonces, entran a veces y en cierto modo en conflicto. Un mercado del factor tecnológico que permita una muy rápida expansión de este factor en la economía puede generar problemas en el mercado del trabajo, dificultando la presencia creciente de este otro factor. Un mercado del trabajo que asegure una valoración de este factor tal que fomente su expansión acelerada, puede dificultar la expansión del mercado del factor financiero; o a la inversa, un mercado financiero muy dinámico puede inhibir la participación del factor trabajo en el mercado.
Esto significa que los mercados particulares de los distintos factores deben crecer simultánea y equilibradamente para que podamos considerar eficiente el mercado de factores. En realidad, un crecimiento desmesurado del mercado de un factor, o una sobrevaloración de un factor cualquiera, no es indicio de eficiencia de dicho mercado sino de una situación desajustada que impide maximizar y optimizar el proceso de producción. En tales casos lo que sucede es un desequilibrio que afecta simultáneamente dos o más mercados de factores: mientras crece desmesuradamente la presencia de un factor en la economía, otro factor permanece estancado o incluso se reduce. Ambos muestran ser ineficientes, uno por exceso y otro por carencia.
Podemos concluir que la eficiencia del mercado de factores considerado en conjunto se verifica cuando en la economía se alcanza una plena y creciente ocupación de todos los factores, optimizándose la producción global. Estamos, pues, ante las mismas tres ideas integradas que individuamos para el mercado de un factor, sólo que ahora las consideramos en referencia al mercado de factores en general. No hay, pues, contradicción alguna entre las eficiencias a lograr en el funcionamiento de los distintos factores. La eficiencia del mercado de factores Se construye a través de la estructuración eficiente de los mercados particulares de cada uno de los factores. Este punto resultará ulteriormente esclarecido con lo que sigue.
45 .- Conocer el criterio con que debe evaluarse la eficiencia en el mercado de factores sirve para orientar las acciones tendientes a incrementarla, pero no proporciona por si solo los mecanismos o procedimientos con los que ir evaluando dicha eficiencia. Al respecto, la teoría económica convencional dispone de indicadores que considera precisos -los precios-, y de un concepto operacional apto para discernir si el mercado de un factor, y el de factores en general, está operando eficientemente, a saber, el concepto de "precios de equilibrio".
Nosotros necesitamos un concepto operacional e indicadores que cumplan análogas funciones. Naturalmente, los precios son indicadores reales y válidos; pero en el contexto de nuestra elaboración resultan parciales e insuficientes, en la medida que corresponden solamente a las relaciones de intercambio mientras que nosotros reconocemos el fluir de los factores a través de los varios tipos de relaciones económicas. Sin embargo, extendiendo su significado podemos aprovechar el concepto de valor económico, y a partir de él formular el criterio operacional de la "valoracíón conveniente" para discernir si el mercado de un factor, y el de factores en general, está funcionando eficientemente. Veamos de qué modo.
El problema del valor económico de los factores (y de los bienes económicos en general) presenta una especial complejidad en la medida que reconocemos su fluir a través de los varios tipos de relaciones económicas. En efecto, el valor de un bien económico (sea un factor o un producto) expresa las apreciaciones que de él hacen los sujetos económicos en el mercado determinado; pero esta valoración será cualitativa y cuantitativamente diferente según dicho bien económico fluya y se encuentre inserto en los distintos tipos de relaciones económicas. Así, no es igual el valor que adquiere una unidad de un factor o de un producto en el circuito de intercambios, en el de donaciones o en el de tributaciones y asignaciones jerárquicas.
Como sabemos, la ciencia económica ha prestado atención y estudiado exclusivamente el valor en el circuito de intercambios, allí donde resulta expresado en el precio en que se transan los bienes económicos. En tal circuito, el valor corresponde al equivalente monetario (o al equivalente en la mercancía por la que se transe) en que los sujetos están dispuestos a intercambiar un bien económico, y refleja -como lo expusimos en el
Libro Segundo [5]- las fuerzas que los sujetos están en condiciones de desplegar durante la transacción incluidas las inherentes a las mismas mercancías que se intercambien.
En el contexto de otras relaciones económicas las valoraciones que los sujetos hacen de los bienes económicos no se expresan necesariamente en la forma del precio. En las donaciones, por ejemplo, los factores y los productos tienen un determinado valor pero no un precio en el sentido estricto d el concepto. Dicho valor será también el reflejo de condiciones subjetivas y objetivas (incluidas la productividad, las relaciones de poder, etc.) que llevan a los sujetos a efectuar donaciones y a recibirlas. Aunque tales valoraciones tienen un marcado carácter subjetivo, no es imposible encontrar formas de medición del valor resultante, como de hecho hicimos oportunamente al examinar la "tasas de propensión a donar" y la respectivas "tasas de propensión a recibir" que se manifiestan en las relaciones de donación.
[6] En éstas un bien económico tendrá un valor más alto mientras menor sea la propensión a donar y mayor la propensión a recibir. En efecto, a mayor propensión a donar es más alta la oferta de donaciones, y a mayor propensión a recibir es más alta la demanda. Naturalmente, la valoración de los bienes en el mercado de donaciones aumenta cuando la oferta es baja y la demanda alta, porque entonces se manifiesta escasez de esos bienes en ese mercado. Perfeccionar el estudio del valor en el mercado de donaciones es una tarea por hacer, como lo es también examinar la valoración de los bienes económicos en el mercado de tributaciones y asignaciones jerárquicas.
En el contexto de este análisis sobre la eficiencia de los mercados nos basta saber que, en cualquiera de los circuitos económicos, el valor de un factor o de un bien económico es un dato relativo -en el sentido que no es un elemento intrínseco al factor o bien, sino que se define en el sistema de relaciones en que participa con todos los demás factores y elementos de la economía-, y que está influido por múltiples elementos y fuerzas. Las ofertas y demandas de un factor que se hagan presente en el mercado -no sólo en el circuito de intercambios sino en el mercado determinado global- determinan oscilaciones en sus valores, que se desplazan hacia arriba o abajo en un rango en cuya definición intervienen también otras fuerzas y variables. Pues bien, diremos que cuando el mercado de un factor funciona eficientemente dicho factor manifestará valores convenientes en los distintos circuitos económicos; o bien, a la inversa, que criando un factor alcance una valoración conveniente en los varios circuitos económicos por los que fluye, el mercado de dicho factor estará funcionando eficientemente.
En términos generales podemos considerar que las valoraciones de un factor son convenientes cuando favorecen el máximo y óptimo aporte de dicho factor a la economía. Esto implica, más específicamente, que un valor es conveniente en la medida que favorece una presencia creciente del factor en el mercado, que lo lleva a su plena ocupación, y que tiende a que las distintas unidades del factor sean colocadas en aquellas actividades donde su rendimiento sea más elevado. Este criterio general vale respecto a cada uno de los circuitos correspondientes a los tipos de relaciones económicas. Por ejemplo, en el circuito de donaciones el valor de un factor (fuerza de trabajo, financiamiento, etc.) es conveniente cuando las unidades ofertadas de dichos factores tienden a ser crecientes, a estar plenamente ocupadas, y al colocarse en aquellas empresas donde su rendimiento sea elevado.
Dicho valor conveniente no será simplemente un valor "de equilibrio" en el sentido que garantice solamente que la oferta y la demanda del factor se correspondan; además de eso, debiera tender a aumentar para incentivar la incorporación de nuevas unidades del factor a ese mercado y para perfeccionar y buscar un uso óptimo de las ya presentes en él, pero no tanto como para motivar en los demandantes (empresarios) el interés y la voluntad de sustituirlas por unidades de algún factor distinto. En efecto, si aumenta el valor de un factor los ofertantes tendrán estímulos para incrementar su oferta y los demandantes estarán incentivados para perfeccionar y optimizar su utilización en la empresa; si el factor cuesta menos no habrá estímulos suficientes para incrementar su oferta y el empresario tenderá a utilizarlo poco productivamente. Pero si el valor resulta demasiado elevado los empresarios buscarán reemplazarlo mediante otras combinaciones tecnológicas menos extensivas en el uso de ese factor, y la demanda del mismo disminuirá.
Podemos decir, en general, que el mercado de un factor se muestra eficiente cuando permite y obtiene valores convenientes para los ofertantes de dicho factor (en los varios circuitos), que al mismo tiempo resultan aceptables para sus demandantes. Tal puede ser entendida como una situación de equilibrio dinámico. De equilibrio, porque los valores son tales que aseguran que la oferta y la demanda se correspondan. Dinámico, porque favorece la expansión del mercado incentivando en cada momento el incremento de la oferta y consecutivamente de la demanda.
En términos de lógica matemática diríase que sólo es posible el equilibrio dinámico si oferta y demanda se incrementan juntos y simultáneamente. Pero la realidad económica no es una simple ecuación matemática, porque la oferta y la demanda no son simples variables sino fuerzas sociales distintas que aunque están conectadas mantienen una relativa independencia recíproca. Es decir, la oferta no depende completamente de la demanda ni esta totalmente separada de aquella. Aun más, debe tenerse presente que el valor económico de un factor no siempre refleja la relación entre oferta y demanda, y que sólo en el circuito de intercambios es la expresión monetaria de una relación bi-direccional entre los ofertantes y los demandantes. Así se explica que el dinamismo (crecimiento) de un mercado pueda ser desencadenado por valores que incentivan el incremento de la oferta, siendo ésta capaz de ir creando su propia demanda. Más claro resulta esto si recordarnos que los aportadores de un factor cualquiera tienen ante sí dos posibilidades de ocuparlo: heterónoma, respondiendo a una demanda que proviene de un empresario, o autónoma, poniéndose como base para la creación de una empresa propia.
Como puede apreciarse, esta formulación conceptual de la "valoración conveniente" no coincide exactamente con lo que la teoría económica convencional define como "precios de equilibrio". No es, sin embargo, contradictoria con ésta. La diferencia deriva básicamente del hecho que la formulación de los precios de equilibrio se ha hecho en el supuesto de que existan solamente relaciones de intercambio, y con un modelo analítico del mercado indiferente a las cantidades disponibles del factor en cuestión. Según eso, habría un precio de equilibrio para cada cantidad del factor, precio que se desplazaría a lo largo de una curva en función de los incrementos o disminuciones de las ofertas y demandas del mismo. Aunque en este sentido acepta variaciones en las cantidades ofertadas y demandadas, la formulación corresponde a una teoría económica estática. Con todo, el concepto de precios de equilibrio y la formulación teórica que lo sustenta constituyen una simplificación bastante apropiada y útil -en ausencia de un modelo analítico mejor- a los efectos de operacionalizar la "valoración conveniente" en lo que al circuito de intercambios se refiere.
Pero no sólo en éste tiene relevancia. Aunque digan relación solamente con una parte del mercado del factor, a saber, con los flujos y transferencias que proceden en base a relaciones de intercambio, los precios (como indicadores) y el "precio de equilibrio" (como criterio operacional de eficiencia) conservan especial importancia para la cuestión de la eficiencia en el mercado de factores global. En dos sentidos. En un sentido operacional, porque el circuito de intercambios proporciona a través de los precios un importante indicador empírico de los movimientos del mercado global, no sólo de los flujos de intercambios sino también de los que proceden por otras relaciones económicas, ante cuyas fluctuaciones y desplazamientos los precios también reaccionan oportunamente. También en un sentido teórico, porque el mercado de intercambios cumple una función reguladora especial en el mercado determinado en su conjunto. Indudablemente la parte de intercambios del mercado del factor es eficiente cuando se integra coherentemente y favorece el objetivo económico del mercado global: la valoración del factor en el mercado de intercambios debe ser tal que favorezca el máximo y óptimo aporte de ese factor a la economía, lo cual teóricamente se alcanza allí donde se verifiquen "precios de equilibrio". En ambos sentidos —operacional y teórico- el sistema de precios constituye un destacado elemento de evaluación y medición de la eficiencia de los mercados. El punto merece ulterior desarrollo porque entrega luces respecto a un problema al que aludimos en el parágrafo anterior.
El problema al que nos referimos es el de la eficiencia simultánea que deben alcanzar los mercados de los distintos factores. En efecto, el valor y la valoración de los factores nos ponen ante el hecho de la conexión e interacción en que se encuentran todos los mercados, y en particular, aquí, los mercados particulares de los distintos factores. No sólo en el circuito de intercambios sino también en los de donaciones, asignaciones, etc., el valor de los ‘ bienes económicos es siempre el resultado de comparaciones y opciones efectuadas por los sujetos entre las distintas alternativas que enfrentan. Así, la valoración de un factor en el circuito de donaciones implica comparar ese factor con otros que eventualmente podrían sustituirlo, evaluando sus respectivos usos, servicios, productividades, etc.
Ahora bien, la valoración que así se efectúa tiene un campo de validez diferente según el tipo de relaciones económicas a que corresponda. El valor de los factores en el circuito de tributaciones y asignaciones jerárquicas tiene validez en el marco definido por un plan o programa presupuestario. El valor en un circuito de relaciones de cooperación tiene validez en el contexto definido por los mecanismos e instancias de asociación e integración cooperativa realmente funcionantes. En los circuitos de donaciones la valoración de los factores mantiene validez dentro de las redes de donantes, intermediarios y beneficiarios en las que llegan a ponerse en contacto determinadas ofertas y demandas de donaciones. Sólo los intercambios se encuentran todos conectados, porque hay un elemento común -el dinero- que opera en todos ellos y que establece el encadenamiento espacial y temporal de todas las operaciones. Así, el ámbito de validez del valor asignado a los factores es, en este circuito, amplísimo. Y cualquier variación de valor (precio) en el mercado de cualquiera de los factores repercute muy rápidamente en los valores de los otros mercados.
Los valores de todos los bienes económicos que fluyen en el circuito de intercambios se encuentran todos relacionados, constituyendo el sistema de precios. Este es especialmente sensible a las variaciones y movimientos que se produzcan en cualquier sector del circuito, porque los sujetos que participan en el operan permanentemente calculando costos y beneficios, y buscando equivalencias y oportunidades de ganancia. Además hay que considerar que en los valores del circuito de intercambios -en los precios- se reflejan no solamente los flujos de mercancías que circulan por el, sino también los movimientos y transferencias de bienes económicos a través de cualquiera de los demás circuitos y relaciones económicas. Como sabemos, los precios reaccionan no solamente ante variaciones de la oferta y demanda en el circuito de intercambios, sino también ante las donaciones, tributaciones, asignaciones jerárquicas, incidencias redistributivas, robos, guerras, etc.
La función reguladora que cumple el circuito de intercambios -a través de su sistema de precios- en el mercado determinado, no tiene entonces nada de misterioso y se explica por las características peculiares de las relaciones económicas que lo constituyen. Cuando los economistas han resaltado esta función han puesto de manifiesto una realidad de extraordinaria importancia; y cuando a través del análisis de los movimientos que se verifican en el sistema de precios evalúan la eficiencia de los mercados y logran predicciones sobre la marcha del mercado general que pueden ser muy exactas, hacen uso precisamente de dicha función reguladora. El error está en considerar la parte como si fuera el todo, en confundir el mecanismo regulador con el sistema completo.
46. Pasemos a examinar ahora la cuestión de la eficiencia en el mercado de productos. Ya indicamos el objetivo general que debe guiar el análisis de la eficiencia en este mercado, objetivo muy diferente del que presidió nuestro análisis de la eficiencia en los mercados de factores. En el mercado de productos el objetivo en función del cual debe evaluarse la eficiencia es la satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente.
A partir de este objetivo general podemos entender la eficiencia del mercado de productos como su capacidad para que se hagan presente en el mercado, con la mayor cantidad y variedad de sus necesidades, deseos y aspiraciones, todas las personas y sujetos económicos; para suscitar la más abundante y diferenciada producción de bienes y servicios de manera que esas demandas puedan encontrar las correspondientes ofertas de productos; y para distribuirlos de modo que lleguen a quienes más los necesiten y deseen, optimizando la satisfacción y el bienestar general").
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Estamos también aquí, como en los mercados de factores, frente a tres ideas que especifican la eficiencia del mercado de productos. Pero hay diferencias sustantivas entre éstas y aquellas, a las que es preciso prestar atención.
Si en el mercado de factores interesa el incremento de la oferta mediante la presencia creciente de personas que pueden aportarlos, en el mercado de productos interesa ante todo la expansión de la demanda. En este sentido se muestra eficiente aquél mercado de productos que permite que la mayor cantidad y variedad de necesidades, aspiraciones y deseos de la gente se conviertan en demanda efectiva en el mercado. Sabemos que las necesidades y los deseos de las personas son recurrentes y crecientes, y que normalmente muchas de ellas no se hacen presente en el mercado. La eficiencia del mercado de productos podrá evaluarse precisamente por la capacidad que tenga para que se manifiesten concretamente como demanda efectiva -a través de alguno de los varios tipos de flujos y relaciones económicas-, una creciente cantidad y variedad de esas necesidades, aspiraciones y deseos de la gente. Esto implica, naturalmente, que todas las personas se hagan presente en el mercado de productos como demandantes.
La segunda idea -eficiencia como capacidad de incentivar y suscitar la producción de más abundantes, mejores y nuevos bienes y servicios útiles- se refiere al volumen, variedad y calidad de activos que fluyen en el mercado de productos. Si con la primera idea apuntamos a la cantidad de personas y a la variedad de sus necesidades y deseos que se convierten en demanda efectiva, con ésta se hace referencia a la capacidad de responder a dichas demandas mediante correspondientes ofertas de bienes y servicios producidos por las unidades económicas. La eficiencia del mercado de productos se manifiesta, así, en darle pronta satisfacción a las demandas que lleguen al mercado. Lo que aquí interesa es que no queden consumidores sin satisfacer ni productores sin colocar su producción. Que no suceda que mientras ciertos productos son excedentarios otros resulten deficitarios; que mientras algunos productores acumulen stocks de productos que no logran colocar, muchos consumidores no puedan encontrar los productos que necesitan. Esto implica, por un lado, que el contacto y comunicación entre demandantes y ofertantes sea ágil y fluido, consiguiéndose una adecuada velocidad de circulación de los productos, y por otro lado, que el mercado estimule la creación de bienes y servicios nuevos para hacer frente a necesidades y deseos que antes no estaban presentes en el mercado, como también el perfeccionamiento cualitativo de los productos existentes a fin de que las necesidades deseos recurrentes sean cada vez más cumplidamente satisfechos. En general, un mercado de productos es eficiente cuando las demandas correspondientes a los distintos tipos de circuitos y relaciones económicas pueden encontrar en el menor tiempo posible las contrapartes deseadas y buscadas.
La tercera idea -eficiencia como capacidad para distribuir los productos de manera que se optimice la satisfacción de las necesidades y deseos de la gente- se refiere a la distribución de los bienes y servicios entre las diferentes personas que se hacen presente en el mercado como demandantes, a través de los varios tipos de relaciones económicas. En efecto, entre los varios consumos alternativos de un mismo producto, algunos significarán un mejor aprovechamiento que otros desde el punto de vista de las necesidades que satisfagan. En otras palabras, un mercado es eficiente cuando logra una distribución de los productos tal que maximiza la satisfacción de las necesidades económicas, optimizando el consumo. Desde este punto de vista, en algunos casos será más conveniente hacer fluir un producto a través de relaciones de intercambio, mientras que en otros será mejor hacerlo mediante relaciones de asignación jerárquica, donación, comensalidad, etc. Ahora bien, que los productos se distribuyan de modo que se optimice el consumo implica que se produzcan aquellos bienes y servicios que más y mejor satisfacen las necesidades de la gente, teniendo en cuenta que las capacidades de producción son limitadas. La eficiencia de un mercado exige, pues, que la producción se encuentre supeditada y orientada por la demanda; pero no solamente por la demanda que se efectúa en el circuito de intercambios sino por la demanda global, que incluye las demandas correspondientes a los varios tipos de relaciones económicas.
Este criterio sintetiza los dos anteriores, y agrega un nuevo elemento que también apunta al objetivo y a la función primordial que debe cumplir el mercado de productos: permitir la mayor satisfacción de las necesidades económicas con los bienes y servicios que puede generar una economía. En efecto, la mayor satisfacción de necesidades supone no solamente que aumente la cantidad y variedad de las demandas, y que no queden demandas sin satisfacer, sino además, que la producción se oriente en función de las necesidades y deseos los demandantes, y que los productos lleguen a los consumidores que más los necesiten y deseen. Lo que interesa es, aquí, una suerte de "satisfacción agregada de necesidades y deseos" -lo que en algunas formulaciones económicas se define como bienestar social-, a lograrse con el conjunto de bienes y servicios que pueden ser producidos. Se integran, así, las tres ideas en un único criterio de eficiencia para los mercados de productos, con el cual pueden orientarse las acciones tendientes a incrementarla.
La combinación de las tres ideas en este único criterio significa estructurar una situación de equilibrio dinámico, en que se mantiene la ecuación entre oferta y demanda en un proceso de expansión del mercado.
También aquí debemos preguntarnos cómo operacionalizar el criterio de eficiencia. de manera que puedan efectuarse las evaluaciones pertinentes. El concepto de "valoración conveniente" vuelve a sernos útiles, referido esta vez al valor que adquieren los productos en los distintos circuitos económicos. ¿En que sentido hablarnos de valor "conveniente" en el mercado de productos?
El valor de un producto puede considerarse conveniente cuando, en el marco de una dinámica de expansión del mercado, resulta conveniente para sus demandantes y al mismo tiempo aceptable para productores. Be acuerdo a esto, la eficiencia del mercado de productos esta dada por aquellos valores que favorezcan un equilibrio dinámico entre las ofertas y las demandas, el que se alcanza cuando el valor económico de los productos es suficientemente bajo (decreciente) como para permitir un creciente consumo, pero no tanto como para inhibir en los productores el interés y la voluntad de producir. Esto implica una disminución tendencial del valor unitario de los productos, en cualquiera de los circuitos económicos, acompañada de un aumento en las cantidades de los mismos fluyendo en el mercado.
En el mercado de intercambios este equilibrio dinámico comporta una disminución tendencial del nivel general de precios de los productos, que supone la disminución del valor unitario de cada producto, en relación a la capacidad global de adquisición. Es una disminución de los precios acompañada por una expansión de la oferta (y/o por una mayor eficiencia empresarial, tal que los ingresos de los productores no disminuyan). (Para comprender correctamente lo que esto significa téngase en cuenta que un producto que mejora su calidad manteniendo el mismo valor unitario anterior -o incluso aumentándolo en alguna medida implica de hecho una más conveniente valoración, desde el punto de vista de los consumidores. Así, en lo que al circuito de intercambios se refiere, no es incompatible un incremento en la eficiencia del mercado de productos con la persistencia de un moderado Índice de inflación, siempre que el incremento de precios esté reflejando una mejor calidad y variedad de los bienes y servicios ofrecidos y no otra cosa). Lo que indicamos respecto al concepto convencional de "precios de equilibrio" en relación a los factores, vale también en relación a este criterio de la valoración conveniente en el mercado de productos: es una simplificación que puede resultar analíticamente útil, pero que es preciso corregir conceptualmente e integrar en una perspectiva más amplia.
47.- Estos análisis sobre la eficiencia en los mercados de factores y en el mercado de productos nos llevan de nuevo a las relaciones existentes entre ellos. Ambos mercados -vimos— están estrechamente relacionados y conforman un único mercado determinado. Se presenta la cuestión de cómo se relacionan las eficiencias de los mercados de factores y de productos, y de cómo puede definirse la eficiencia del mercado global constituido por todos los mercados de factores y de productos. Para entenderlo es preciso apreciar primeramente el mecanismo que conecta ambos mercados.
Hay un nexo que va del mercado de productos al de factores, y está dado por el hecho que cualquier incremento en las cantidades demandadas de productos repercute inmediatamente en un incremento en la demanda de factores (la demanda de factores se manifiesta, así, no sólo como una demanda conjunta sino también como una demanda derivada). Hay también un nexo en el sentido inverso, que va del mercado de factores al de productos, y consiste en que cualquier mejoramiento en las condiciones que obtienen los ofertantes de factores en su mercado repercute en un mejoramiento en las condiciones de los sujetos que en el mercado de productos operan como demandantes. Más concretamente, aumenta la demanda de productos cuando los factores obtienen mejores remuneraciones. En este sentido, se coaligan los ofertantes de factores y los demandantes de productos, como fuerzas cuyo desarrollo va aparejado. Y se hace manifiesto que los criterios de eficiencia de los mercados de factores se enlazan dialécticamente con los criterios de eficiencia de los mercados de productos, aunque formalmente sean diametralmente opuestos.
En efecto, al considerar en conjunto los análisis que hicimos sobre la eficiencia se hace manifiesta una singular "simetría" entre los mercados de factores y los de productos. Diríamos que Se encuentran uno frente al otro como las imágenes invertidas por un espejo. Un mercado de factores eficiente crece impulsado por el desarrollo de los elementos de oferta, mientras que un mercado de productos eficiente crece en función del desarrollo de los elementos de demanda. Dicho al revés, el mercado de factores eficiente debe favorecer especialmente los objetivos de los ofertantes, mientras que el de productos debe favorecer los objetivos de los demandantes. Claro que estas afirmaciones pueden ser engañosas. Cuando decimos que "favorece especialmente" a unos u otros, aludimos al hecho que el equilibrio entre oferta y demanda -requisito de mercados eficientes- es dinámico en el entendido que el movimiento está dado por el desarrollo y valoración creciente de los elementos de oferta en un caso, y por los de demanda en el otro. En efecto, la eficiencia de los mercados de factores está dada por la capacidad de incrementar las disponibilidades de esos factores, mientras que la eficiencia de los mercados de productos exige la capacidad de satisfacer crecientemente las necesidades y deseos de los consumidores.
Lo anterior puede expresarse de otra manera, más simple: los mercados van incrementando su eficiencia en la medida que van favoreciendo a las personas naturales más que a las empresas. A las personas en cuanto ofertantes de factores económicos y en cuanto consumidoras de productos. Más que a las empresas, demandantes de factores y ofertantes de productos. El mercado se desarrolla e incrementa su eficiencia impulsado por un lado por los consumidores, o sea por los demandantes de productos, y por el otro lado por los ofertantes de factores: trabajadores, ahorrantes, dueños de medios materiales de trabajo, tecnólogos, administradores, comunidades. En el medio, las empresas buscan sus propios beneficios y ganancias, enfrentando ambas fuerzas que se le oponen, una (los consumidores) en el mercado de productos y la otra (de los ofertantes de los distintos factores) en el mercado de factores.
Las empresas, sin embargo, en los hechos tienen fuerzas especiales que despliegan tanto en sus relaciones con los aportadores de factores como con los consumidores de productos. Fuerzas que son manifestación del poder que tienen las categorías económicas por ser organizadoras. En base a esas especiales fuerzas de contratación, los organizadores de empresas logran a menudo recompensar o remunerar a los ofertantes de factores por debajo de sus efectivos aportes, y al mismo tiempo logran entregar sus productos a los consumidores a precios superiores a los de equilibrio. Así, desde ambos mercados, las empresas logran acumular beneficios extraordinarios.
Pues bien, un mercado determinado perfectamente eficiente es aquél en que las empresas no pueden obtener beneficios extraordinarios, debiendo limitarse a remunerar a los factores conforme a su respectiva productividad (que se manifiesta creciente), y cobrar por sus productos precios "convenientes" ( de equilibrio dinámico). Estamos así, de nuevo, próximos al modelo de mercado de competencia perfecta, naturalmente con todas las correcciones derivadas del hecho de considerar un proceso en desarrollo y no una situación estática.
No es difícil comprender que un mercado que permite a las empresas alcanzar elevados beneficios extraordinarios es ineficiente, tanto en función de los objetivos del mercado de factores como del mercado de productos. Los que se llaman habitualmente beneficios extraordinarios Son, precisamente, beneficios superiores a los de equilibrio que logran las empresas cuando enfrentan, o bien situaciones en que pueden contratar factores a precios muy bajos, o bien situaciones que les permiten vender sus productos a precios muy elevados. En otras palabras, las empresas obtienen beneficios extraordinarios cuando los objetivos de ambos mercados dejan de cumplirse adecuadamente. La dinámica económica la presiden, en tales casos, las empresas; pero no es una dinámica expansiva sino decreciente: las empresas pagan menos . remuneraciones a los factores, y los consumidores demandan menos productos a las empresas.
La situación de equilibrio dinámico que definimos como propia de mercados eficientes es la inversa: incrementos en las remuneraciones de los factores (asociados a incrementos en su productividad) generan incrementos en la demanda de productos. Las empresas no presiden la dinámica económica, sino que aumentan su productividad impulsadas desde fuera, por la exigencia de no ver disminuidas sus ganancias como consecuencia de las alzas en los costos de los factores, y por la conveniencia de incrementar, diversificar y perfeccionar la producción para aprovechar las oportunidades creadas por el desarrollo de la demanda. Así, guiadas por sus propios criterios de eficiencia, las empresas participan en la construcción de mercados eficientes. Se conectan, entonces, las eficiencias microeconómicas particulares de las empresas, con la eficiencia macroeconómica general del mercado determinado, a través de las especiales eficiencias de los mercados de factores y de productos.
Los precedentes análisis de la eficiencia de los mercados resultarán probablemente difíciles de comprender y parecerán contradictorios, para los economistas habituados a considerarlos mercados como sistemas de variables, relacionadas matemáticamente bajo el supuesto de que los flujos de intercambio en el mercado determinan equivalencias de valor entre las variables de oferta y de demanda. Indudablemente, en tales condiciones poco sentido tiene hablar de estos equilibrios dinámicos construidos en base al privilegiamiento de las personas (ofertantes de factores y demandantes de productos) sobre las empresas. Pero el análisis resulta claro y coherente una vez que se comprende y se asimila que los mercados son siempre correlaciones de fuerzas en permanente conflicto, que sin embargo se necesitan recíprocamente. En definitiva, todos nuestros análisis de la eficiencia apuntan a identificar cuáles sean las correlaciones de fuerzas que mejor favorecen el bienestar general y la satisfacción de las necesidades, en conexión al desarrollo de los recursos y factores económicos. Definidos los criterios, la tarea es ahora identificar esas correlaciones de fuerza y esas estructuras de los mercados en que más perfectamente se realicen.
[1] Cfr.
Crítica dela Economía..., paràgs 26 y 27.
[2] Si entramos en análisis más sutiles este concepto debe ser corregido. Teniendo en cuenta que los distintos sujetos que participan en las empresas -aportando diferentes factores- tienen también objetivos que deben ser cumplidos en y por la empresa, aunque en posición subordinada respecto a los objetivos de los organizadores, puede sosteneşse que la eficiencia de una empresa no debe evaluarse exclusivamente en función de los obj etivos de la categoría organizadora sino en vistas de una combinación de objetivos integrados. Será más eficiente aquella organización empresarial que maximice el cumplimiento de todos los objetivos .dominantes y subordinados- que se hacen presentes y que convergen en las empresas. Introducir este criterio podría revolucionar toda la teoría de la empresa. Dejamos anotada la idea esperando retomarla en algún momento.
[3] Cfr.
Las Donaciones..., parágs. 40 al 44.
[4] M. Friedman,
Teoría de los Precios, Alianza Editorial, Madrid 1972, pág.2l.
[5] Cfr.
Crítica de la Economía"…, cap. II.
[6] Cfr.
Las Donaciones ..., parág. 14.
[7] Esta formulación escueta de la eficiencia del mercado de productos puede suscitar objeciones en la medida que no se califican las necesidades y deseos de las personas ni los bienes que las satisfacen. En efecto, hay necesidades, aspiraciones y deseos que no pueden. ser considerados convenientes para las personas y para la sociedad, como hay productos que directamente las dañan. Siendo así surge la cuestión de si sea mejor un mercado de productos que favorezca el desarrollo de necesidades y deseos positivos y desincentive el consumo y la producción de "bienes" y "servicios" dañinos. La respuesta que implícitamente darnos a la cuestión es que no le corresponde al mercado, o más precisamente, que no es función específica de la circulación, discriminar entre necesidades y productos desde el punto de vista de su conveniencia y eticidad. Esto deben hacerlo y lo hacen las personas, que optan tanto en su calidad de productoras como de consumidoras de t bienes y servicios, y teniendo en cuenta las recomendaciones, restricciones, mandatos, etc. que efectúen los sujetos institucionales que la sociedad ha creado con esos propósitos (instituciones religiosas, políticas, etc.) Esto no significa que el mercado sea un espacio éticamente neutro. Al contrario, en él se hacen presente múltiples dimensiones axiológicas y éticas; entre otras, la libertad para que todos hagan presente en el mercado sus necesidades y busquen cumplir sus aspiraciones; la justicia en la asignación y distribución de la riqueza; la solidaridad y califican las necesi cooperación entre las personas y grupos sociales que pueda alcanzarse a partir de los distintos tipos de relaciones económicas, etc. Incluso la cuestión planteada sobre la cualidad de las necesidades y de los bienes económicos queda incorporada allí donde se habla del bienestar general como meta de la circulación. Lo que sostenemos es que la cuestión teórica sobre los bienes que han de circular en la economía no ha de ser resuelta al nivel de la pregunta por la eficiencia de los mercados, sino al nivel de la teoría del consumo y del desarrollo, porque cuáles bienes circulan depende de cuáles son producidos y consumidos. Al analizar el consumo y el desarrollo precisaremos mejor lo que son las "necesidades económicas", que clasificamos, jerarquizamos y calificamos en función de los objetivos últimos de la economía; examinaremos lo que es el consumo y sus distintas racionalidades, incluyendo una clasificación y jerarquización de los productos económicosğ finalmente precisaremos la cuestión del desarrollo como l meta a alcanzar al nivel de la producción, la circulación y el consumo, y que implica plantearse la cuestión de los objetivos últimos de la economía. Todo ello proporcionará el contenido ético y axiológico que ahora echamos de menos -pero que está implícitamente presente- en la abstracta formulación de las "necesidades, aspiraciones y deseos de la gente".