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17.- En este capítulo nos proponemos examinar los momentos esenciales de los procesos de constitución de las categorías económicas correspondientes a los demás factores que hemos destacado, a saber, la administración o poder de gestión, los medios materiales de trabajo, la tecnología y el "factor C". Tratándose de procesos complejos, que experimentan movimientos de constitución y desconstitución y que han alcanzado diferentes grados de maduración, nuestro análisis resultará inevitablemente incompleto. Más que un estudio histórico de estos procesos expondremos los elementos esenciales que nos permitan identificar la constitución histórica de estas categorías y la racionalidad económica con que operan; de este modo obtendremos como producto intelectual algunos importantes instrumentos de análisis e interpretación histórica, pero no la reconstrucción de los procesos mismos. Por lo demás, no más que ésto es lo que acabamos de hacer respecto a las categorías capital y Trabajo. Comenzaremos con una categoría que ha alcanzado muy amplio desarrollo en las economías contemporáneas: aquella que se ha formado
a partir del factor administración o poder de gestión, y que en su manifestación más plena da lugar al
levantamiento y autonomízación del Estado, o más propiamente, del poder de "administración pública" como categoría económica. La elevación de este factor a la calidad de categoría ha seguido un proceso complejo, cuyas expresiones teóricas pueden encontrarse germinalmente en Schumpeter, más elaboradas en Keynes, y altamente racionalizadas -a partir de Marx- en las formulaciones científicas de la planificación centralizada y de los socialismos de Estado.
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A nivel microeconómico el proceso de autonomización del factor administración comienza con hechos y situaciones internos de la empresa capitalista, al interior de la cual se verifican los primeros movimientos de "separación" y "oposición" de este factor, que habrían de conducir a la autonomía y universalidad de una nueva categoría económica. Esos primeros hechos y fenómenos de separación del factor administrativo surgen como consecuencia de las tendencias a la racionalización de la producción y a la formación y combinación de grandes empresas, verdaderos gigantes microeconómicos. En efecto, las primeras manifestaciones directas de la germinación de la nueva categoría las podemos identificar en la separación entre la propiedad y el control que se va produciendo en esas empresas, y en el creciente poder que asumen en ellas los administradores managers.
Tales fenómenos y procesos de nivel microeconómico van aparejados a nivel mayor, con la expansión de las burocracias, en particular de la burocracia administrativa del Estado, que incrementa su poder de intervención en la economía junto con el crecimiento de la influencia de las políticas públicas sobre la economía global y en especial sobre las empresas más grandes y centrales (o estratégicas).
Tales procesos culminan en un fenómeno de la más alta importancia económica y que es la expresión más clara del dicho levantamiento del factor administrativo a la condición de elemento dirigente y organizador, cual es la difusión de la programación y planificación como mecanismos claves de coordinación de las decisiones económicas, tanto a nivel de las empresas como de las economías nacionales, e incluso a nivel internacional.
Estos fenómenos y procesos se verifican actualmente en todas las economías, aunque en distinto grado de expansión y consolidación. En las llamadas economías mixtas de mercado el Estado ha alcanzado el carácter de categoría en relación a un conjunto de empresas y a todo un sector económico, mientras que el capital sigue siendo categoría organizadora y predominante en otro vasto espacio y sector económico. La situación en que el factor administración se constituye madura y completamente como categoría organizadora, tanto a nivel micro como macroeconómico, es aquella conocida como socialismo de planificación central, donde el sujeto poseedor y aportador del factor que organiza la mayor parte y prácticamente la totalidad de las actividades y unidades económicas es el poder público, que se configura en el Estado y en sus aparatos burocráticos y administrativos. Para los efectos de la exposición, que requiere el uso de términos precisos y concisos, nos referiremos a dicha situación macroeconómica con la expresión centralismo de Estado, e identificaremos las expresiones microeconómicas organizadas por esta categoría -tanto al interior de las economías centralistas de Estado como en las mixtas- con los términos de empresa estatal o empresa burocrática o de administración pública.
Basándonos en las conclusiones principales en que coinciden numerosos análisis relativos a dichas formas económicas, nos proponemos poner de manifiesto el carácter de categoría económica organizadora que asume, en las empresas de administración pública y en el centralismo de Estado, el factor administrativo, entendido en los términos en que lo identificamos anteriormente, a saber, como el mecanismo de coordinación y adopción de decisiones en la empresa, como el elemento de poder que cristaliza en un sistema jerárquico y en un aparato burocrático.
La afirmación de que la categoría organizadora en las empresas públicas y en las economías centralistas de Estado es la que se forma en base al factor administrativo, implica, en lo esencial, que los sujetos que personifican este factor (los aparatos administrativos y burocráticos de las empresas y del Estado) son los que convocan y organizan a todos los demás factores necesarios, haciéndolos operar subordinadamente en función de un objetivo económico puesto por los mismos que organizan, objetivo que no es otro que la valorización y ampliación de la propia administración. En tales condiciones, los factores laboral, tecnológico, financiero, material y comunitario han de encontrarse subsumidos bajo la forma general de la categoría organizadora; lo que a su vez habrá de manifestarse en el tipo de cálculo económico que se efectúe, y en el modo de la contabilidad que se adopte.
ldentificaremos estas distintas condiciones en las denominadas economías socialistas reales, siendo en ellas que podemos esperar su realización más completa y paradigmática. Pero al analizar las características de dicha organización económica debemos tener en cuenta que -al igual que cualquier otra formación económica- el socialismo real presenta sus propias complejidades y diferenciaciones (en el sentido de que no todos los países con este sistema manifiestan idénticos mecanismos de planificación, y de que no todas las empresas de esos países tienen las mismas estructuras y modos de operación). Ello pone de manifiesto que también en las economías llamadas socialistas existe una cierta diversidad microeconómica interna y el consiguiente pluralismo a nivel macro. Hay que tener en cuenta, además, que se da todo un proceso a través del cual se constituye el tipo de economías en ó cuestión, pasando por etapas iniciales "de escisión y distinción" respecto de las formas económicas anteriores, y por fenómenos posteriores de transformación, que denotan el conflicto entre factores que buscan su autonomía, también al interior de estas economías centralizadas.
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En los análisis que siguen, dados nuestros propósitos más bien heurísticos que históricos, haremos abstracción de estas diferenciaciones y cambios, y procederemos a nivel del modelo que pone de manifiesto los rasgos esenciales y la racionalidad del comportamiento correspondiente.
Hay un conjunto de características y elementos distintivos de la planificación centralizada y de las empresas de administración, que confirman nuestra tesis sobre la categoría organizadora en ellas. Podemos partir de un aspecto aparentemente secundario, pero que nos conduce directamente a lo fundamental; es la cuestión del modo de la contabilidad y del tipo de cálculo económico, que nos lleva a identificar el objetivo económico de la empresa. y de sus organizadores. En efecto, al formular el concepto de categoría económica y al examinar los casos de las categorías capital y Trabajo, vimos que la medición económica y el cálculo en la empresa dependen directamente de la categoría que la organiza, que los marca con su propia naturaleza.
Una larga discusión entre los teóricos y planificadores socialistas se ha dado sobre el asunto de la medición. Partiendo de la crítica de la teoría clásica del valor y de los precios, los fundadores del marxismo postularon que en la economía socialista las mediciones y balances debían efectuarse en unidades naturales o físicas. En el pensamiento socialista posterior, y en la organización concreta del sistema de planificación, se reconoció la necesidad de los precios; pero no en el sentido de relación de intercambio entre mercancías, resultado del libre operar de las fuerzas de la oferta y demanda en el mercado, sino como índices que se formulan para orientar las opciones y evaluar las alternativas que tanto los productores como los consumidores enfrentan.
El precio de cada uno de los bienes y factores en estas economías no es, en efecto, un resultado espontáneo de las operaciones de cambio, que se establezca en el mercado, sino precios de cálculo, establecidos por el órgano administrativo que planifica. De este modo, los directores de empresa y los consumidores se encuentran ante precios dados sobre los cuales no tienen influencia, mientras que los planificadores los fijan en función de asegurar un equilibrio entre las cantidades ofertadas y demandadas, definidas con anterioridad en el plan. Así, en el plan se establecen todas las cuotas correspondientes a cada uno de los productos, asignándolas por partes a las distintas empresas que han de elaborarlas, y se fijan también todos los índices necesarios para que dichas cuotas de producción sean alcanzadas (por ejemplo, monto de los Salarios, tasa de acumulación, volúmenes de inversión, etc.).
Independientemente de si se utilizan unidades monetarias o físicas, el hecho teóricamente decisivo es que los precios, índices y cuotas son determinados por el órgano planificador. En otras palabras, lo teóricamente relevante es que la categoría organizadora —la Administración, personalizada en este caso en el Estado y su organismo encargado de la planificación-- determina las medidas y los criterios de evaluación, en función de sus propios objetivos, decisiones y preferencias. Visto en profundidad, es la administración misma que se constituye como instrumento de medida de todos los demás factores. En efecto, cada índice, cuota o precio es una orden administrativa; y la orden es la forma elemental y simple del poder de administración.
Lo anterior no quiere decir que las mediciones sean arbitrarias y que la economía proceda de manera irracional. Por el contrario, la administración es, por su propia naturaleza, un principio de coordinación y de orden: no es poder incondicionado sino poder de coordinación y regulación. Se realiza plenamente, en su esencia y objetivo, en la medida que todos los elementos de un sistema alcanzan un equilibrio y un orden, sin que queden elementos o fragmentos desocupados o sueltos, no sujetos al control del poder.
A nivel de las empresas individuales, cuya operación encuentra inserta formalmente en el plan económico global, encontramos análogo mecanismo de medición. Que el factor administrativo se constituye como categoría organizadora en las empresas públicas queda patente observando el tipo de cálculo que se realiza en ellas. En efecto, en las empresas de administración o burocráticas lo que se utiliza habitualmente es el denominado método de los balances que, como es sabido, es una forma de cálculo de coordinación, tendiente a alcanzar y a verificar la consistencia interna de la operación, y no un cálculo de optimización tendiente a identificar e incrementar la ganancias.
El objetivo económico de las empresas al interior de un circuito económico planificado es la ejecución y cumplimiento de los objetivos que se le han asignado en el plan. Lo importante para la empresa no es, por tanto, comparar sus costos con los resultados, a fin de incrementar su diferencia, sino comparar ambos elementos -costos y resultados- con el plan establecido. El cálculo económico, y en particular el método del balance, es sobre todo un instrumento para registrar y controlarla ejecución de las decisiones tomadas en el centro planificador. De este modo, el objetivo de la empresa de cada una de ellas- consiste en último análisis en valorizar la administración: incrementar el poder (factor) administrativo, asegurando la eficiencia global de la administración o -lo que es lo mismo- el cumplimiento de lo planificado por ésta. Valorización de la administración es, como hemos dicho, incremento y mejoramiento de la coordinación. Se alcanza en la medida que el máximo de elementos integrantes del sistema (sea éste la empresa, el país, o la economía global) estén funcionalmente integrados al conjunto, plenamente ocupados, operando con la máxima eficiencia, con el mínimo de dispersión de energías que sea posible. Como el sistema en cuestión se encuentra planificado centralmente (en otras palabras, como el órgano planificador es el factor administrativo), optimizar y maximizar la coordinación significa incrementar el poder del centro planificador sobre los demás elementos integrantes del sistema.
Así queda no sólo demostrado sino también explicado lo que significa el levantamiento de la Administración como categoría organizadora en las empresas de administración pública y en las economías centralistas de Estado, Es conveniente agregar, sin embargo, una serie de otros elementos que confirman que el objetivo económico es allí puesto por la indicada categoría organizadora, y que muestran el modo en que los demás factores quedan subordinados y subsumidos en aquella. Para ello no necesitamos efectuar algún estudio especial, pudiendo limitarnos a recoger las conclusiones principales a que han llegado los estudiosos p de la economía planificada en el "socialismo real”.
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A nivel del modelo teórico, las más importantes características reconocidas del centralismo de Estado son las siguientes:
a) Las decisiones económicas principales -relativas al que, cómo, cuánto y para quién
producir- son tomadas a nivel de la administración central. Aquí no importa tanto si hablarnos de la unidad económica, de un sector de la economía, o de la economía global, pues la concentración de las decisiones por el sistema administrativo central es válida cualquiera sea el nivel de referencia. En un caso será la administración central de la empresa, en otro la del sector o de la economía global, quien adoptará las decisiones correspondientes.
Es importante señalar, sin embargo, que la aplicación de este criterio de centralización implica precisamente una estricta integración de los niveles inferiores en los superiores, de modo que una aplicación plenamente coherente del criterio haría que las unidades económicas lleguen a estar hasta en sus detalles funcionalmente integradas en el plan de la economía global. Si esto no se logra de hecho, de modo que las unidades económicas mantienen grados de autonomía decisional y funcional, es debido a que una situación de planificación absoluta es técnicamente imposible.
Aún cuando tal situación extrema no se dé en la practica, es importante señalar que existe en las economías planificadas una
tendencia a la concentración de las decisiones relativas a crecientes espacios económicos. "A medida que se prolonga la duración del sistema basado en el modelo centralizado, crece la minuciosidad de las decisiones y la cantidad y la extensión de los actos de elección realizados por el centro. Este fenómeno, observado generalmente por los historiadores de la planificación, me parece conforme a la lógica del modelo (...). De ahí la tendencia a hacer universales y particularizadas las decisiones centrales (plan que comprende todos los aspectos)".
[4] Esta tendencia es teóricamente relevante, pues confirma por un lado que el objetivo de la categoría económica organizadora se va efectivamente cumpliendo, y pone de manifiesto —por otro lado- el proceso de universalización que caracteriza a las categorías económicas como tales. En efecto, la mencionada tendencia Significa que la administración se hace más fuerte o densa y que a la vez abarca crecientes espacios, a través de la integración de cada vez más aspectos de la realidad económica dentro de su ámbito de competencia y bajo su control.
b)
Los planes se estructuran jerárquicamente, y por su intermedio se estructuran también jerárquicamente las diversas instancias de administración económica. A esto se asocia la forma imperativa de trasmisión de las decisiones del nivel superior al inferior: "Los objetivos del plan Se trasmiten a las administraciones inferiores por medio de las llamadas "órdenes del plan". Esto significa que los objetivos del plan deben ser tratados por las administraciones inferiores como órdenes obligatorias, sin tener en cuenta eventuales preferencias derivadas de las condiciones económicas. Aparte de las órdenes del plan, los órganos superiores relativos recurren a medios administrativos para el desarrollo del plan mismo. Los medios administrativos están estrechamente relacionados con la centralización de las decisiones y con la jerarquía de los planes. Constituyen un elemento esencial de la llamada funcionalidad del modelo central, en el cual se observa una simbiosis de actividad estrictamente planificadora y de administración directa de la economía".
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c) La propiedad "social" o estatal de los medios materiales de producción. Ella asegura que la asignación, el control, la gestión y el uso de esos medios materiales queda en manos de la administración pública. Habría que agregar que en tales condiciones más que la propiedad jurídica de los medios materiales (que aparece como una relación muy abstracta porque el sujeto "social" representativo de toda la sociedad es una abstracción) importa su control; aún más, la relación que realmente tienen los sujetos organizadores con los medios materiales no es una relación de propiedad en sentido estricto, sino un poder de administración. Cualquiera sea el sentido que tenga teóricamente el nexo de propiedad "social", lo decisivo es el hecho que los medios materiales quedan bajo el dominio y control del Estado y sus órganos de poder, siendo de este modo que se verifica la Subsunción de este factor económico bajo la forma de la categoría económica en cuestión.
d) La distribución planificada del trabajo a escala Social. Ella es suficiente para asegurar la Subsunción del factor fuerza de trabajo, aún cuando los trabajadores individuales puedan escoger la profesión e incluso el lugar de trabajo. Lo que la administración pública asegura es una determinada estructura de la fuerza de trabajo social, estableciendo cuántas personas pueden escoger cada profesión, que requisitos deben cumplir en cada caso, y qué opciones de empleo tiene cada uno; haciendo esto, la administración consigue integrar las fuerzas de trabajo individuales en una fuerza de trabajo "social" gestionada administrativamente. Condición práctica de ello es una situación de pleno empleo con una estructura salarial integrada en el plan; en efecto, la existencia de fuerza de trabajo desocupada y de negociación salarial daría lugar a un mercado del trabajo en que éste factor podría comenzar a autonomizarse de la administración, o bien a formas de autoempleo y trabajo por cuenta propia que lo colocarían fuera del control de la administración como tal.
e)
La moneda cumple una función pasiva en la organización de la producción y en la asignación de los factores. "Las decisiones económicas del órgano central y de las administraciones r inferiores definen en forma de directivas todos los elementos de la actividad económica de la empresa que revisten cierta importancia, y en primer lugar la magnitud y la estructura de la producción, los métodos de producción, las fuentes de aprovisionamiento y las ventas. Por esto, la moneda no es un instrumento activo para influir sobre el movimiento de los factores materiales del proceso de reposición; al contrario, constituye su reflejo pasivo. La empresa efectúa el cálculo, no antes sino después de haber tomado (más propiamente, después de haber recibido) las decisiones, limitándose así a registrar los gastos reconocidos indispensables, habiendo sido establecidos ya desde lo alto los métodos de producción y los objetivos. El resultado financiero previsto (beneficio o pérdida) es el reflejo pasivo de un sistema de Índices y precios obligatorios. Por principio, se excluyen las posibilidades de realizar sustituciones entre los medios de producción y de modificar les coeficientes técnicos bajo la influencia del sistema de precios,
que la utilización de esta o de aquella instalación o materia prima está decidida por el plan de distribución. Por esto, no son los resultados financieros favorables de una empresa que motivan su expansión, ni los resultados negativos motivan una disminución de la actividad". [6] Es esta, claramente, una situación de subsunción del factor financiero bajo la Administración. Se demuestra así, de paso, que carecen de verdadero sentido teórico las interpretaciones del centralismo estatista como una forma de "capitalismo de Estado".
A estas alturas del análisis es casi redundar en la exposición afirmar que también el factor tecnológico Se encuentra subordinado a la Administración en las empresas burocráticas y en el centralismo estatista. La cuestión presenta, sin embargo, alguna complejidad. En la medida de lo posible el elemento tecnológico es integrado al plan: los aspectos técnicos y tecnológicos de la producción y de la actividad económica en general son programados y deben responder a las directivas del centro administrativo; pero ello no siempre es posible por la sencilla razón de que la tecnología es un factor particularmente dinámico que ofrece permanentes novedades (innovaciones) que no pueden ser previstas con la antelación requerida por la planificación. Cuando así sucede, Se verifica una suerte de conflicto entre lo tecnológico y lo administrativo (expresado ideológicamente como contradicción entre la técnica y la política). El factor tecnológico es, pues, probablemente el más difícil de subordinar en las economías de planificación central.
Para asegurar la subordinación de este factor la categoría organizadora se preocupa especialmente de asimilar el elemento tecnológico en la burocracia, mediante la cooptación de los sujetos que lo representan y a través del desarrollo de métodos de captación y control de la información. Con similar propósito, el ámbito de lo tecnológico es mantenido fuera de la esfera de los fines, Siendo afirmado como el lugar donde se preparan los medios alternativos de hacer las cosas, entre los cuales la administración se reserva siempre el derecho a elegir y seleccionar opciones, de acuerdo con propios criterios políticos y administrativos.
En estas empresas y sistemas económicos el mismo "factor C" tiende también a verse asimilado y subsumido bajo la Administración, en la medida que el Estado y los poderes públicos tienden a monopolizar la organización y ejecución de las obras que promueven el bienestar de la comunidad, a través de especiales políticas sociales que abarcan los servicios de salud, educación, cultura, entretención, etc. Logran el mismo objetivo integrando también en sus sistemas de acción planificados centralmente aquellas organizaciones y comunidades intermedias (las que se encuentran entre el Estado y los individuos) habitualmente portadoras y realizadoras de los valores comunitarios, Lo mismo puede observarse a nivel de las empresas, en que los servicios y actividades capaces de promover relaciones sociales integradoras y solidarias entre los distintos sectores del personal (actividades de bienestar, deportivas, culturales, etc.) se encuentran también integradas bajo la dirección del centro administrativo y político de la empresa.
En síntesis, en el centralismo estatista y en las empresas de administración pública la categoría Administración define y actúa una forma particular de racionalidad económica, conocida como de planificación y programación, que coordina, integra y subordina todas las demás funciones y actividades necesarias. Como es obvio, tal racionalidad es muy distinta ala que deriva de las otras categorías organizadoras, expresándose en criterios y normas peculiares y propias. La racionalidad económica se manifiesta aquí privilegiando los valores y principios de la organización, disciplina, dirección "científica" y administración "racional". Sobre la base de tales postulados y criterios, la autoridad del estamento administrativo tiende a prevalecer, asumiendo el papel de guía del proceso económico.
En esta economía el Estado, o más precisamente los sujetos que poseen y aportan el factor administrativo, o sea los grupos burocráticos, convocan y organizan la fuerza de trabajo, las tecnologías, los medios materiales, el financiamiento y las comunidades, subordinándolos y haciéndolos operar funcionalmente en orden al cumplimiento de los objetivos económicos puestos por la administración misma.
Y así como en las economías en que predomina el capital la racionalidad impuesta por éste tiende a traspasar las fronteras de lo económico para penetrar también en los procesos políticos y culturales, la lógica de la planificación tiende a subordinar al aparato administrativo un conjunto creciente de actividades sociales y culturales. Aquellos aspectos de la vida social que no quedan incorporados al plan son considerados residuales y se tiende a su reducción progresiva (de manera análoga a como en las economías en que predomina el capital todas las actividades humanas tienden a ser permeadas por el dinero). No es de extrañar, entonces, que los momentos de vida comunitaria, la solidaridad social, las asociaciones culturales y otras que se forman con fines recreativos y educacionales —en resumen, todos aquellos aspectos de vida grupal y asociativa que dan pie a la formación del factor comunitario-, tienden también a ser subsumidos bajo la dirección y el poder de la Administración.
Ahora bien, en los países denominados socialistas el predominio macroeconómico de la Administración parece estar declinando, después de que llegara a su expresión máxima con los planes quinquenales en los años sesenta y Setenta. Un conjunto de procesos sociales y de reformas económicas iniciadas en Hungría, Polonia, Unión Soviética, China Popular y otros países socialistas, ponen de manifiesto procesos de formación y emergencia de otras categorías (especialmente del capital, el Trabajo y la Tecnología), perfilándose una conformación crecientemente pluralista también en estas economías.
18.- Hemos observado al factor financiero constituido como categoría en las empresas capitalistas y -en la medida que éstas predominan en los circuitos económicos globales- en las economías capitalistas. Analizamos también el proceso de constitución del factor trabajo como categoría organizadora en las empresas de trabajadores y cooperativas de trabajo, proyectándose a nivel sectorial y macroeconómico en la perspectiva de lo que podría ser una economía autogestionaria y participativa centrada en el trabajo. Observamos, además, al factor administración constituido como categoría organizadora en las empresas de administración pública y —a nivel macroeconómico- en las economías estatistas y de planificación central.
Examinaremos ahora una cuarta categoría organizadora: aquella correspondiente a la autonomización y universalización del factor "medios materiales de producción". Nuestra hipótesis que entraremos inmediatamente a justificar- es que tal condición tuvo su verificación práctica más pura en la unidad económica feudal (sea el latifundio, el dominio feudal, la reserva señorial, la encomienda, etc.), manteniéndose a nivel microeconómico en algunos tipos de empresas actuales; mientras que el dominio de esta categoría a nivel macroeconómico corresponde a situaciones históricas ya superadas, conocidas como economías feudales y coloniales.
La situación de los medios materiales de producción como categoría organizadora tuvo diversas expresiones ideológicas, alcanzando una formulación teórica moderna —aunque no plenamente coherente dado que tal formulación se hizo cuando el predominio de la categoría estaba ya en franco retroceso- con las teorías fisiócratas. Podemos referirnos a esta categoría económica utilizando para ella el término Tierra, así como usamos el término Estado para individuar la categoría formada a partir del factor administrativo; pero lo hacemos sabiendo y no olvidando que -en ambos casos- dichos términos, si bien son, entre los utilizados habitualmente por la disciplina económica, los que parecen más próximos a las situaciones correspondientes, resultan restrictivos en relación al concepto que con ellos queremos denotar, pues no agotan ni los contenidos ni la forma que en realidad adoptan las categorías en cuestión.
La fundamentación de nuestra hipótesis ha de basarse necesariamente en las conclusiones a que hayan llegado los estudiosos de la economía feudal. Aunque sobre esta se mantienen interesantes polémicas entre los especialistas, podemos afirmar que hay un conjunto de hechos básicos reconocidos por todos, que son suficientes para nuestro propósito. Obviamente, tales hechos adquieren nuevos significados y dimensiones a la luz de nuestro marco conceptual: lo que haremos aquí, en efecto, es una interpretación teórica basada en datos y afirmaciones recogidas por la investigación histórica.
Sabemos que para identificar la categoría organizadora de una empresa es necesario ante todo conocer su objetivo económico y cómo se presenta éste ante quienes lo persiguen; ello supone observar el comportamiento económico de sus organizadores y el modo de funcionamiento de la empresa misma. Es el primer punto que trataremos de aclarar.
De los estudios históricos puede concluirse inequívocamente que el objetivo de las unidades económicas feudales notes la ganancia monetaria. A esta conclusión se llega por la observación de la imposibilidad de aplicar el cálculo capitalista a este tipo de unidades económicas. "En base al estado actual de la ciencia -escribe W. Kula, uno de los más serios estudiosos de la economía feudal- se puede formular la suposición de que si hiciéramos el balance de una "empresa" feudal cualquiera (latifundio, grandes dominios, reserva señorial o manufactura) utilizando métodos propios de la contabilidad capitalista, o sea asignando un precio a todos los elementos que entran en la producción sin ser adquiridos en el mercado (terreno, edificaciones, materias primas, etc.), casi siempre resultaría que dicha empresa funciona con pérdidas. Si en cambio lo calculáramos sin tener para nada en cuenta aquellos elementos, el balance arrojaría por lo general enormes ganancias. (...) Ante todo convengamos que el primero de estos resultados es evidentemente absurdo: todas o casi todas las "empresas" de un país no pueden a la larga funcionar casi constantemente con déficit, cuando al mismo tiempo no se observan indicios de una catastrófica decadencia económica del país. Asimismo es inverosímil el segundo resultado, en el cual todas o casi todas las empresas reportan constantemente enormes ganancias, sin que se observen mayores indicios de progreso de la economía nacional".
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Más allá del hecho de la inaplicabilidad del cálculo capitalista, un punto decisivo para nuestra hipótesis que identifica Kula es que gran parte de los elementos que participan en la actividad económica feudal carecen de expresión monetaria; y además, que los precios de mercado no son válidos para los factores de producción (ni para gran parte de los productos). Se habla, en tal sentido, de una "economía natural" en contraposición a una economía monetaria. Este hecho es muy relevante para nosotros, que sabemos que una de las connotaciones propias de las categorías organizadoras es constituirse como unidad de medida de los demás factores. Y una "economía natural" es aquella en que los procesos económicos son evaluados y controlados directamente en su materialidad, y más específicamente, a partir de los medios materiales que utiliza y de los bienes mismos que son elaborados.
Pero no se trata sólo de esto sino, además, de la imposibilidad de aplicar el cálculo monetario usando como referencia precios alternativos. Ante el simple hecho de que en la economía feudal no se efectuaba el cálculo monetario de importantes factores podría pensarse que la causa fuese el desconocimiento de los conceptos e instrumentos adecuados; pero el hecho relevado por Kula es que la aplicación correcta de dicho cálculo da resultados absurdos. Nosotros podemos indicar ahora la razón que lo explica. En la economía feudal no se puede hacer cálculo monetario de todos los factores porque éstos no se encuentran subsumidos bajo la forma capital.
En la economía feudal, el dinero existe, se usa normalmente, y las unidades económicas llevan a menudo contabilidad estricta de los ingresos y egresos monetarios. Esto demuestra que el financiamiento existe como factor, pero no como categoría. El dinero está presente en las empresas feudales pues se necesita para pagar ciertos insumos, cumplir con tributos e impuestos, solventar algunos servicios externos, y sobre todo proveer a las exigencias de consumo suntuario de los señores y nobles. Así también, las empresas feudales buscan generar excedentes monetarios, pero no es este el objetivo económico central de su actividad; por el contrario, esta búsqueda de excedentes monetarios se subordina a las exigencias de una racionalidad fundada en un objetivo económico distinto.
Cuando los requerimientos de dinero aumentan, por ejemplo cuando se impone el pago en dinero de los impuestos, de las prestaciones y del crédito, aparece el fenómeno conocido como "comercialización forzada": una parte de la producción mayor que la habitual se destina a obtener el dinero necesario para cubrir dichas obligaciones. Pero en este mismo hecho se descubre
la subordinación de la búsqueda de excedentes monetarios a un objetivo económico distinto. La comercialización es "forzada". Y como señala Kula, "1a reacción a los estímulos del mercado es contraria de lo que supondría la ciencia económica burguesa: Cuando los precios aumentan, venden menos; y cuando bajan, precisamente tienen que vender más. (...) En la conducta económica del campesino, el sector natural prevalece sobre el monetario, y los precios de mercado resultan inadecuados para reconstruir sus modalidades de cálculo o evaluar los resultados de su actividad productiva".
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¿Cuál es, pues, el objetivo económicamente racional de estas empresas? Que no sea factible el cálculo capitalista no significa, en efecto, que en la empresa feudal no exista una racionalidad económica. Para responder la pregunta debemos prestar atención a otros hechos y afirmaciones proporcionadas por los historiadores.
El primer elemento a considerar, dado su valor sintomático, es el hecho que el organizador de estas unidades económicas calcula en unidades naturales. En efecto, el principal material informativo al que pueden acceder los estudiosos de la economía feudal esta dado por los abundantes y minuciosos inventarios que los productores mantenían actualizados, relativos a todos los bienes y a todos los medios de producción utilizados en las unidades económicas.
Pero no es sólo el hecho de la contabilidad efectuada en unidades naturales lo que se observa en los inventarios: también hay que considerar la racionalidad implícita en ellos. el tipo de cálculo económico que se manifiesta en el modo en que esos inventarios eran hechos. "Cuando se leen los inventarios -observa Kula-, se tiene a veces la impresión de que se trata de una verdadera obsesión, al notarse con que minuciosidad son registrados hasta los goznes aherrumbados o "algo dañados" de ras puertas".
[9] Lo hacían así porque la preocupación de los productores “era que los bienes materiales de producción inventariados no experimentaran disminución ni deterioro sino que, al contrario,
aumentaran constantemente y se valorizaran (obviamente, en términos naturales y no monetarios}. Entre muchos otros elementos, lo demuestra la frecuencia de los pleitos por "degradación“ de la propiedad y demás bienes, de la que eran acusados tantas veces los administradores y arrendatarios. Tal degradación -consistente en la disminución de la capacidad productiva que representa potencialmente la propiedad- derivaba en gran medida, precisamente de la acentuación no racional del objetivo subordinado (que no era tanto objetivo del propietario sino del arrendador o administrador de esos medios materiales) de incrementar los excedentes monetarios. En efecto, uno de los modos de incrementar esos excedentes monetarios en aquellas condiciones económicas y tecnológicas no era otro que monetizar una mayor parte de la producción, e incluso vender los medios de producción mismos La consecuencia es que, a mayor excedente monetario, mayor es el riesgo o el hecho de la degradación. Se hace patente que el incremento de los excedentes monetarios implicaba una menor valorización de los medios materiales de producción, o directamente su reducción física, hasta el punto que podía significar la "quiebra" de la unidad productiva, el no el logro de su objetivo económico propio. En cierto modo, el interés por los ingresos monetarios entraba en contradicción con el objetivo económico empresarial de la valorización de los medios materiales de producción.
Que el objetivo económico de las empresas feudales sea la
valorización de los medios materiales puede corroborarse también en base a otros hechos destacados por los historiadores, y en particular por algunas tendencias que se manifiestan en la economía feudal considerando el mediano y largo plazo y no sólo hechos relativos al corto plazo. Al respecto nos limitamos a señalar dos tendencias manifiestas, a saber, "la tendencia a la concentración de la propiedad territorial en manos de la capa más rica de la nobleza",
[10] y la tendencia a la colonización, esto es, a la ampliación de las áreas cultivables mediante la roturación creciente de los terrenos incultos.
La afirmación de ambas tendencias tan en general puede no decir mucho a quienes estamos habituados a la inmensa variedad de tendencias de expansión y acumulación que caracterizan la vida moderna. Para valorar las que hemos mencionado como decisivas desde el punto de vista de la identificación del objetivo económico en la economía feudal es preciso destacar que ambas son señaladas por los historiadores como centrales en los períodos históricos correspondientes, sin que puedan identificarse otras tendencias que tengan un grado de relevancia que se les aproxime. "La historia socioeconómica de la Edad Media no es otra cosa que la historia de la colonización", observa F. Bujak, mientras que el proceso de concentración de la propiedad de la tierra en manos de los latifundistas es considerado por la mayoría de los investigadores como la principal herencia que deja la economía feudal a las sociedades que reorientan su producción y circulación por los modernos caminos capitalistas. Para comprender en profundidad el sentido de este hecho debemos recordar que en las distintas formaciones económicas, sea a nivel micro como macroeconómico, la acumulación tiende a darse en términos del factor constituido en categoría organizadora. Sobre ello volveremos más adelante.
El cálculo efectuado en unidades naturales, la racionalidad económica implícita en ello, la búsqueda del incremento y valorización de los medios materiales como objetivo de las unidades económicas, que se manifiestan tanto en la operación de corto plazo como en tendencias económicas de largo plazo, nos permiten concluir con sólidos fundamentos que la categoría económica era, en las empresas y en las economías feudales, aquella que corresponde a dichos medios materiales de producción constituidos como elemento organizador y dirigente que subordina la actividad global a la realización de sus propios fines, y que identificamos sintéticamente como la Tierra. Pero nuestro análisis no estaría acabado si no consideramos el modo en que los demás factores se encuentran subordinados a dicha categoría en ese tipo de unidades económicas.
La subordinación del factor financiero (del dinero) la acabamos de analizar y demostrar. Pero ¿qué sucede con la fuerza de trabajo, la tecnología, la administración y el factor comunidad? ¿Cuáles son sus respectivas situaciones en la empresa feudal, y de qué modo estos factores asumen la forma de la categoría Tierra? ¿Se presentan ellos efectivamente como expresiones subordinadas de los Medios materiales? También aquí un conjunto de datos y afirmaciones proporcionadas por los estudios históricos resultan esclarecedores.
La mayor abundancia de materiales se refiere a la situación del
factor trabajo, y por él comenzaremos. En la economía feudal los trabajadores se encuentran económicamente integrados a los medios materiales de producción —a la tierra, en particular- de manera muy clara: ellos son parte de las posesiones del señor, están incorporados y asimilados al conjunto de medios con que cuenta aquél para realizar la actividad. Como señala Kula "el ideal tácito del sistema feudal era que la vida del siervo debía desarrollarse, desde la cuna a la sepultura, en el marco territorial de la propiedad a la cual estaba adscrito".
[11] Como se trataba de una economía natural —en el sentido que señalamos anteriormente- la magnitud de los cultivos, la roturación de nuevas tierras, la provisión de mayores equipos e insumos, y en general la valorización de los medios materiales, requería que la fuerza de trabajo no fuese externa sino que estuviese ligada permanentemente a esos mismos bienes, hasta el punto que la vida de los trabajadores dependiera de éstos y que —en consecuencia- la mantención, cuidado y mejoramiento de tales medios de producción se presentara como un objetivo espontáneo y natural de los siervos-trabajadores.
Así se explica una serie de hechos y situaciones, que ponen de manifiesto la subsunción del factor trabajo bajo la forma de la categoría organizadora de las empresas feudales, a saber: los mecanismos destinados a prevenir e impedir la fuga de los siervos; la admisión y asentamiento de los siervos ajenos en fuga; la preferencia concedida a los matrimonios cuando una de las partes era siervo "transferible" al propio dominio; la admisión de la servidumbre voluntaria; la pequeña parcela concedida a los campesinos para que éstos proveyeran a la subsistencia y reproducción de sus familias; los mecanismos ideados para impedir la autonomización económica y socio-cultural de los siervos; etc.
Así incorporados al patrimonio —y al inventario de las unidades económicas feudales, sus propietarios organizadores se preocupaban de que este factor —los trabajadores- no experimentaran degradación ni reducción sino que se valorizaran también, al igual como se preocupaban por el ganado y demás medios materiales. La devastación de la fuerza de trabajo que en ocasiones se producía (debido a guerras, pestes, descuido por las condiciones de higiene ya salud, sobreexplotación de los siervos, etc.) puede considerarse como fenómeno de "degradación" económicamente irracional, tal como lo era la degradación de la tierra y demás medios materiales de producción. Y de hecho, en la mayoría de los casos, se evitaba involucrar a los siervos trabajadores en las guerras, y se buscaba prevenir con los medios entonces disponibles las demás causas de dicha eventual devastación.
Lo que sucedía con el factor fuerza de trabajo acontecía también con los demás factores económicos (en el grado relativo de diferenciación que en aquellas condiciones históricas hubieren alcanzado). En este sentido han de interpretarse, en efecto, las tendencias universalmente conocidas de las unidades feudales hacia la unificación y el aislamiento económico de la gran propiedad territorial (el latifundio y el dominio feudal), y hacia la "naturalización" de toda la actividad productiva. Ambas tendencias son inseparables, y se traducían en el esfuerzo constante y sistemático por reducir las relaciones de las personas que participan en la unidad económica, con el mercado y el mundo externo. Las empresas feudales tienden a la máxima diversificación de sus "inversiones" y de su producción: tenían colmenares para producir miel, crianza de ovejas y variados animales, hilandería y tejido, producción de vidrio, cerámica y variadas artesanías, herrería y forja, etc. Se trataba de desenvolver al interior de la unidad económica no sólo la producción básica sino todo un potencial de transformación que les permitiese abastecerse del máximo de artículos necesarios.
En esta unificación, aislamiento y naturalización de la actividad económica encontramos a los distintos factores integrados y asimilados a los Medios materiales de producción, incorporados al patrimonio y al inventario de la empresa feudal, subsumidos a la Tierra. "Todas las necesidades reconocidas del siervo -re1igiosas, sociales, económicas, etc.- debían ser satisfechas dentro de este marco. Si el siervo ha de ser bautizado y sepultado, si ha de concurrir a la iglesia, divertirse en la feria, efectuar pequeñas transacciones en el mercado, beber en taberna con los vecinos, bailar en una boda, etc., las instituciones que responden a todas estas necesidades deben existir en las tierras del mismo señor"
[12] y estar bajo el control de éste. ¿Que significa ésto a la luz de nuestro l marco Conceptual?
Es el "factor C" naturalizado, subsumido bajo la categoría organizadora, cristalizado en medios materiales incorporados a la empresa feudal: la parroquia o capilla, la taberna, las fiestas, diversos rituales, etc.
Es, también, el factor tecnológico naturalizado, cristalizado en medios de comunicación, enseñanza e información asimilados a la unidad económica: la escuela, los maestros, los procedimientos de aprendizaje y transmisión de conocimientos acumulados (especialmente aquellos tecnológicos relativos a los cultivos, sus rotaciones, los climas, los procedimientos de fabricación de arados y otros útiles, y todo tipo de informaciones técnicas). El saber práctico, el "saber hacer", se encontraba tan estrechamente asociado a la tierra y a los medios materiales de producción, que se perdían catastróficamente cuando desastres naturales o guerras provocaban la devastación de las propiedades feudales.
Lo mismo puede decirse del factor administrativo. Los señores propietarios de la tierra y demás medios materiales rara vez administraban directamente sus actividades económicas, sino que las encargaban a administradores a quienes proporcionaban precisas instrucciones sobre el modo de operar frente a distintas situaciones. Dicha administración se encontraba también naturalizada: puede considerársela también como parte de los medios patrimoniales del señor, precisamente aquella parte encargada de cuidar, proteger y extender dichos medios. En sentido más amplio, debe señalarse que rara vez existía en las sociedades feudales un ejército regular, magistraturas profesionales y administración pública estable. De algún modo dichas instituciones estaban también "naturalizadas", es decir, incorporadas a los dominios feudales, siendo convocadas por los señores cuando el ejercicio de sus funciones fuese necesario.
En fin, también el factor financiero es encapsulado en la propiedad feudal. De hecho, la pretensión era llegar a un sistema cerrado de circulación monetaria; y las sumas que inevitablemente debían ser transferidas a la aldea, se procuraba hacerlas volver rápidamente por medio de la taberna y demás negocios adscritos a la propiedad. Incluso en ciertos casos se llegaba a imprimir moneda propia, metálica o de papel, que era aceptada solamente en las operaciones internas al dominio feudal.
Nos queda por hacer sólo una observación general para evitar algún malentendido sobre lo planteado. Los hechos y fenómenos que hemos recogido para fundamentar nuestra hipótesis sobre la categoría organizadora en las empresas feudales son ampliamente conocidos y reconocidos entre los estudiosos de la edad media y de la economía feudal; pero éstos también relevan la existencia de otros hechos históricos que podrían contradecir algunos aspectos aquí señalados, siendo fuente de importantes controversias entre los historiadores del feudalismo. Debe notarse, sin embargo, que esos otros hechos no invalidan ni ponen en discusión nuestro argumento, sino demuestran solamente que la economía feudal era también ella una economía diversificada en lo microeconómico (algunos historiadores hablan de dualismo, distinguiendo un sector naturalizado y un sector monetizado y comercial) y pluralista en lo macroeconómico, situación que se acentúa a medida que el proceso avanza en la transición al capitalismo. Cabe nuevamente hacer aquí la advertencia metodológica de que nuestro análisis no constituye un paradigma de interpretación histórica totalizante, sino que en ese sentido proporciona solamente algunos instrumentos útiles para la investigación histórica de procesos particulares.
19.- Desde hace algunas décadas una nueva categoría organizadora se encuentra en formación: la Tecnología, construyéndose a partir del proceso de autonomización y universalización que experimenta el factor correspondiente. El proceso de ascenso del factor tecnológico a la condición de categoría organizadora, superando la subordinación en que se encontraba en las economías centradas en la Tierra, el capital y el Estado, ha sido postulado ideológicamente por diferentes autores que ponen de manifiesto la emergencia de un fenómeno tecnocrático y de una sociedad tecnológica (postindustrial y post-estatal) partir del desarrollo de la denominada revolución científico—técnica o revolución tecnológica.
A nivel de la teoría económica, los primeros esfuerzos de formulación científica de esta forma económica se han planteado en términos de una "economía cibernética". Al examinar aquí esta categoría emergente habremos de tener en cuenta no sólo que se trata de un proceso ascendente todavía en curso y por tanto no acabado, sino también el hecho que su proceso de formación se da en un contexto económico que desde el punto de vista de las categorías organizadoras es pluralista, esto es, en una situación histórica en que existen dos categorías sólidamente establecidas -el capital y el Estado-, una tercera que se encuentra en retroceso o en vías de desconstitución -la Tierra-, y al menos dos categorías emergiendo: el Trabajo junto a la Tecnología. Esta compleja situación determina que, si bien los rasgos del proceso de constitución de la categoría tecnológica son claramente observables e identificables, es preciso no olvidar que se manifiestan junto a otros fenómenos y procesos que operan en sentidos distintos y que en parte los contradicen.
Hicimos referencia anteriormente al proceso de individuación del factor tecnológico -en el contexto del desenvolvimiento general de la división social del trabajo-, identificando como expresiones maduras de aquél proceso la separación de especiales funciones técnicas y de ingeniería encargadas de la concepción y proyectación de innovaciones en los modos de hacer las cosas, como resultado de la aplicación sistemática de la investigación científica a la producción. Se constituyó de esa manera el factor tecnológico como tal, que se presenta como conjuntos de informaciones y conocimientos ensamblados relativos al modo de hacer las cosas (modelos operacionales) que se objetivan en mecanismos y sistemas técnicos organizados. La constitución actual de dicho factor como categoría puede entenderse como una acentuación del mencionado proceso, pero no sólo cuantitativa sino también cualitativa, es decir, que implica una transformación de fondo en su propio modo de ser y de presentarse.
Como hemos podido apreciar por los análisis anteriores, cada factor tiene su modo particular de autonomizarse y llegar a ser universal, que corresponde a las peculiares características que tiene. Así, a través de procesos de autonomización y universalización muy distintos, las categorías llegan al mismo resultado de constituirse en organizadoras de las actividades económicas, encaminándolas al objetivo de su propia valorización previa subordinación y con-formación de los demás factores económicos necesarios. Veremos ahora que el proceso de autonomización y universalización del factor tecnológico es coherente con lo que él es, con y su propia esencia y modo de ser.
Un primer momento importante de la autonomización del factor tecnológico a nivel microeconómico está dado por la emergencia de los mecanismos de regulación automática, fenómeno conocido también como automatizacíón, servo-mecanización, o tecnologías de control automático. En su esencia, la automación consiste en dotar a un sistema mecánico o técnico cualquiera de un mecanismo especial que lo regula y controla sin que sea necesaria la intervención de una voluntad exterior. El mecanismo regulador controla a los mecanismos regulados recibiendo directamente las señales que éstos le transmiten, Señales que a su vez amplifica, transforma y transmite de nuevo hacia ellos, de modo que incide en la operación de los mecanismos regulados, corrigiéndola cuando Sea necesario. El elemento clave de la regulación automática es el movimiento de retroalimentación o feedback, consistente en incorporar a las entradas (inputs) de un sistema una parte de sus salidas (outputs), recogidas como inputs (informaciones en entrada) por un mecanismo de control, cuyos outputs (informaciones en salida) vuelven a entrar al sistema.
De este modo, el control automático implica un aislamiento y una autonomía del sistema técnico como tal, resultado de su autorregulación tecnológica. En el momento en que eso sucede al interior de una empresa productiva, el factor tecnológico de ella deja de estar bajo el comando directo de algún elemento directivo externo.
Este movimiento de autonomización de los sistemas técnicos se complementa y amplia con un movimiento de universalización. En efecto, la introducción de los mecanismos de regulación automática permite comprender y tratar a todos los aspectos y variables de los procesos productivos como sistemas complejos de información que se acoplan o ensamblan no sólo linealmente sino con relaciones de causación recíprocas. Pero no es sólo eso. El tratamiento matemático de estos sistemas técnicos permite identificar analogías de estructura y función -llamadas también "isomorfismos"- entre fenómenos y procesos de órdenes muy distintos. Esto ha tenido dos efectos de extraordinaria relevancia, que ponen de manifiesto la rápida universalización del elemento tecnológico autónomo. Por un lado, ha abierto el paso a amplias y diferentes aplicaciones prácticas de los principios de la regulación automática, hacia campos muy distintos que el de las máquinas y mecanismos. Por otro lado, ha llevado a la formalización de una teoría general de la información -la informática- que permite analizar los más variados procesos utilizando modelos simplificados, según los cuales puede hacerse abstracción de lo que sucede al interior de los sistemas (considerados por ello "cajas negras"), siendo suficiente relevar las unidades de información que entran y salen de ellos.
Ha surgido así una manera tecnológica de tratamiento universal de todos los elementos involucrados en los procesos económicos: la computación, cuya principal expresión técnica son los ordenadores electrónicos. Y al mismo tiempo se desarrolla una capacidad de gobierno o dirección tecnológica de los procesos económicos y sociales: la cibernética, utilizando las técnicas de simulación y del cálculo analógico.
Con todo ello las empresas pueden ser analizadas, y comienzan a ser tratadas, como sistemas técnicos regulados tecnológicamente, esto es, por mecanismos que procesan, controlan y transforman la información. Los distintos factores y funciones que forman parte de la empresa, a su vez, pueden ser considerados y manejados como sub-sistemas acoplados dentro del sistema-empresa; y los circuitos económicos más amplios, como macro-sistemas complejos formados por sistemas-empresa, etc.
Todo esto implica que el elemento tecnológico asume una función dirigente decisiva en las actividades y procesos económicos. Sin embargo, algunos tienden a limitar el significado de esta función, sosteniendo que no va más allá de ser una realidad instrumental, en el sentido que se trataría sólo de un perfeccionamiento y sofisticación de las tecnologías que los empresarios capitalistas o la administración pública utilizan en la organización y dirección de sus empresas. Sin negar que efectivamente así sucede en muchas empresas en que las categorías organizadoras siguen siendo el capital y el Estado, el proceso que estamos analizando tiene claramente un sentido (dirección y significado) diferentes, que implica la autonomización y universalización del factor tecnológico, tal que este se pone en condiciones de subordinar a los factores financiero, administrativo, y a los otros con ellos.
Una manifestación de esto es el hecho que los sujetos que personifican al factor tecnológico ven enormemente incrementadas sus capacidades y poderes decisionales. Si los procesos técnicos y económicos son regulados en base a informaciones e instrumentos cuyo control permanece en manos de los sujetos particulares que los crean y aportan, de hecho son éstos quienes asumen la función reguladora. Pero no se trata sólo de ésto. Junto al incremento de la capacidad organizativa y del poder de los técnicos, ingenieros y demás sujetos que personifican y son portadores del factor tecnológico, emerge y se difunde un nuevo modo de organización de las unidades y actividades económicas, que impregna de nuevos contenidos y formas a los distintos factores. Surgen también nuevos modos de relacionar esos factores, y nuevos modos de concebir y ejecutar el control y la dirección del conjunto. Nuevos modos marcados precisamente por lo tecnológico, y que implican el despliegue de una racionalidad económica especial.
La esencia de esta racionalidad emergente consiste en considerar a todos los elementos de la realidad económica como sistemas conectados unos con otros a través de líneas de informaciones, e integrados unos dentro de otros -los menores en los mayores- en términos estrictamente funcionales y sistémicos. Lo que interesa -desde el punto de vista de la organización, dirección y control de los sistemas-, no es tanto su constitución interna sino su comportamiento definido y evaluado a través de las cualidades clave de conectividad, acoplamiento, cohesión, flexibilidad y velocidad de respuesta, a través de las cuales queda determinada la eficiencia operacional que tengan. Lo relevante son los nexos, que ahora se presentan como informaciones. Todos los subsistemas, sistemas y macrosistemas son entendidos y tratados como redes de informaciones tejidas apretadamente, integradas de manera que las operaciones puedan verificarse sin interferencias, ruidos o roces, es decir, sin errores o diferencias respecto a lo programado.
Subsumida bajo esta forma tecnológica, la fuerza de trabajo de una empresa., y cada trabajador en particular, son considerados como "cajas negras" capaces de recepcionar informaciones y de responder a ellas de manera funcional al conjunto. No importa quien sea el hombre o la mujer, y cuáles características o cualidades personales tenga; lo que importa es la conexión de cada "caja negra" con los demás mecanismos y elementos del sistema, su velocidad de respuesta ante las informaciones que entran en ella, su flexibilidad, su grado de cohesión y acoplamiento en todos sus nexos. Esto se manifiesta también en las transformaciones que se producen a nivel de los contenidos mismos de las actividades laborales y del trabajo. Mientras algunos oficios, funciones y actividades son reemplazados mecánica o electrónicamente, otras labores son alteradas, a veces incrementando su contenido informático y otras veces vinculando estrechamente las operaciones laborales a máquinas con alto contenido de información. La operación de muchos sistemas electrónicos, por ejemplo, no requiere destreza física ni habilidad intelectual, sino una capacidad especialmente afinada para discriminar señales simples y para reaccionar velozmente ante estímulos visuales y auditivos. La formación de estas cualidades, que puede considerarse como todo un proceso de capacitación y adiestramiento laboral, se realiza en gran parte fuera tanto de las aulas de clase como de los talleres de fabricación, a saber, en los parques de entretenciones y juegos electrónicos. Pero sobre estos temas se han escrito volúmenes, y aquí no podemos detenernos mayormente.
Los medios materiales de producción también han sido subsumidos bajo la forma tecnológica, allí donde esta categoría ha alcanzado el predominio. Puede incluso decirse que la subsunción de factores por la Tecnología comenzó precisamente por el factor material, a través de un proceso por el cual complejos elementos mecánicos son sustituidos primero por sistemas electromecánicos y luego por componentes microelectrónicos. En general, se trata de la sustitución de componentes y partes complejas por microelementos que tienen un alto contenido informático, que se ensamblan a través de nexos electrónicos. Un ejemplo ilustrativo del sentido y del modo de este cambio son los relojes: tradicionalmente estructurados con cientos de partes articuladas mecánicamente, se componen ahora de apenas cinco elementos básicos, a saber, una batería, un cristal líquido, un diodo que emite luz, un circuito integrado, y una caja que los contiene.
La subsunción del factor financiero bajo la forma tecnológica es un fenómeno interesante de analizar. El contenido informático del dinero y del crédito ha venido desplegándose progresivamente. Al comienzo casi no se le reconoce como dinero, en cuanto los intercambios implicaban el establecimiento de las equivalencias directamente por medio de bienes físicos. Asume ya una forma particular cuando se le identifica con uno o pocos de tales bienes, especialmente metales preciosos, escasos, maleables y fácilmente subdivisibles. Hasta hace un tiempo el valor del papel moneda estaba sostenido por bienes tangibles que establecían su equivalencia, y que se guardaban como "el tesoro" que respaldaba y que daba el verdadero contenido al dinero. Bajo la forma capitalista, el dinero se presenta como un medio universal de pago, que no tiene en sí mismo alguna base material con valor propio, pero que es capaz de medir a todos los elementos de la economía. Bajo la categoría Administración, vimos ya como el Estado además de emitir el dinero es quien le fija su valor. Ahora, en su nueva forma tecnológica, el dinero y el crédito se muestran como información pura. Si antes la moneda metálica fue sustituida por el papel moneda, ahora éste es reemplazado cada vez más por simples unidades de información y cifras manejadas por computadoras. Bajo esta nueva forma (la que le da la categoría tecnología) el factor financiero alcanza -podemos decir- su perfección técnica, en cuanto puede ahora cumplir su función específica en el proceso de circulación, con la mayor velocidad posible: por simples operaciones en sistemas computacionales conectados, se desplazan de un país o continente a otro, y de una persona a otra, masas gigantescas de dinero, sin que ningún elemento tangible acompañe el desplazamiento. Podemos decir, en realidad, que la esencia de la subsunción del factor financiero bajo la forma Tecnología consiste, precisamente, en perfeccionar la función técnica específicas del dinero —aquella de conectar dinámicamente los distintos aspectos y momentos del proceso económico- elevando al máximo la velocidad de circulación monetaria.
También el factor administrativo resulta subsumido tecnológicamente. Este fenómeno ha sido anunciado y previsto desde hace mucho tiempo por algunos intelectuales visionarios, toda vez que se ha puesto en evidencia como las jerarquías políticas y burocráticas son reemplazadas por ordenamientos técnicos en los que no importa tanto que los niveles inferiores se subordinen a los superiores jerárquicos, sino que todos los elementos de un sistema se armonicen y funcionen conforme a precisas especificaciones técnicas.
Una manifestación externa pero significativa de esta subsunción es el hecho que las decisiones administrativas tienden a ser, cada vez más, notificadas como informaciones neutras, carentes de todo contenido personal, valórico e incluso de autoridad: no llevan firma, no se hace ninguna referencia al que ha tomado la decisión, no se precisan los destinatarios individuales, pues se difunden a través de canales comunes a todo el sistema o a algún subsistema especial, debiendo ser asumidas "por quien corresponda". Ya en 1949 escribía F.G. Junger, adelantándose a procesos tan estudiados posteriormente: "Hemos de aprender a discriminar entre la organización (administración) técnica y otras organizaciones. Su característica es el dominio exclusivo de las determinaciones causales y de las deducciones, a cuyo severo mecanismo someten al hombre. Así también su racionalidad es mecánica. Se diferencia, de este modo, de organizaciones (administraciones) de otra índole, especialmente de la del Estado. Su relación con el Estado, que debe entenderse como la organización (administración) por excelencia, como aquel
status por el cual todos los demás quedan determinados y ordenados, se comprende tanto menos cuanto mayor es la vaguedad, la falta de claridad que reina hoy día en lo referente a las metas de la técnica. La ambición del poder del técnico tiene por fin poner bajo sus órdenes también al Estado y reemplazar la organización estatal por una organización técnica. A ese respecto no puede haber dudas"
[13]. Tal subordinación no consiste en que los técnicos asuman visiblemente el poder administrativo en las empresas o en el Estado, sino en que la administración adquiere un nuevo carácter y un distinto contenido cuando su función coordinadora y gestora se objetiva en sistemas de información procesados cibernéticamente.
Por último, incluso el "factor C" tiende a ser subsumido bajo la categoría tecnológica, allí donde la comunidad y las relaciones de cooperación son valoradas exclusivamente por su función conectiva y en vistas de la mayor o menor flexibilidad que pueden proporcionar a las empresas y a los procesos económicos. Al respecto existe una ilustrativa literatura reciente, que se inició con el estudio de la economía japonesa contemporánea.
Subsumidos los factores bajo la nueva categoría organizadora, e integrados en una operación que procede conforme a una racionalidad económica especial, las empresas tecnocráticas persiguen un objetivo económico particular, distinto al de las empresas organizadas por las otras categorías. A este nuevo objetivo económico encontramos asociado su correspondiente nuevo modo de evaluar y medir las actividades económicas y sus distintos factores y productos. Resultado de lo anterior es que el hecho mismo de organizar asume un contenido y un significado peculiar. Debemos detenernos todavía sobre estos aspectos.
El recientemente citado F.G. Junger, utilizando una terminología y bases teóricas distintas a las nuestras, alcanza una formulación bastante precisa en torno al punto, especialmente notable si tenemos en cuenta la fecha en que escribe el libro (1949). "No se discute que el pensamiento técnico es racional –dice- y que los procesos de trabajo técnicos son determinados y conducidos por consideraciones racionales. La racionalización es una exigencia a la cual queda sometido todo proceso técnico, sin poder sustraerse a ella. En este incesante esfuerzo por mejorar las disposiciones técnicas mediante el pensamiento racional se hace patente el anhelo del proceso de trabajo de alcanzar la perfección. Tal proceso debe ser liberado de las imperfecciones que lo afectan, para que rinda a la perfección aquello que constituye su fin. Pero su imperfección no consiste, por lo pronto, en lo que lo encarece y lo hace costoso (...) sino que, conforme a las nociones técnicas, no cumple su finalidad porque no ha alcanzado aún el tecnicismo absoluto. Tal tecnicismo es el objetivo al que aspira dicho proceso. Una máquina que convierte calor en trabajo no es imperfecta por el hecho de ser muy cara, sino porque su rendimiento esta muy por debajo del grado de eficiencia del proceso de Carnot, que determina el máximo de su capacidad de rendimiento. Hasta ahora el hecho de que la ratio técnica y la económica no son idénticas ha sido apenas notado y valorado: ese hecho consiste en que difieren en propósito y finalidad. (...) La meta del técnico es la perfección técnica. El economista se ocupa de la rentabilidad del proceso de trabajo. Para el técnico, en cambio, la administración económica es, como cualquier trabajo, una actividad que ha de ser subordinada al pensamiento técnico racional. (...) Para el técnico, la rentabilidad de una planta no es tampoco motivo para abandonar su aspiración a la perfección. (...) No se trata de que la técnica sirva a leyes económicas, sino de que la economía Se ve sometida a un grado creciente de tecnicidad. El timón nos lleva hacia un estado —ya alcanzado en uno que otro punto-, en el cual la racionalidad del proceso de trabajo resulta más importante que la ganancia que arroja. Vale decir que este proceso ha de ejecutarse aún cuando origine pérdidas".
[14]
La idea del autor apunta en la dirección verdadera, pero los conceptos que usa para expresarla son inapropiados. No se trata de que exista una racionalidad técnica en contraposición a una racionalidad económica, sino que estamos ante dos racionalidades igualmente económicas, pero distintas en cuanto derivadas de categorías organizadoras diferentes: el capital y la Tecnología.
El objetivo económico racional de las empresas organizadas por la Tecnología no es otro que la valorización máxima de la tecnología misma. Pero ¿qué significa, y en que consiste concretamente, esta valorización del factor tecnológico? Se trata de aquello a que apunta Junger en el texto citado, allí donde señala que la finalidad de los técnicos en la producción es el tecnicismo puro, esto es, el esfuerzo por mejorar las disposiciones técnicas de modo que los procesos rindan conforme a las especificaciones científicas. En otros términos, lo que se busca es el perfeccionamiento de las conexiones sistemáticas, el incremento de la flexibilidad y de la integración informática de las unidades y procesos económicos, el aceleramiento de la velocidad de respuesta de cada elemento, de modo que con todo ello resulte maximizado el valor de la información.
La información se pone como el principal valor perseguido por la actividad económica, sustituyendo en dicha posición a los medios materiales, al dinero, al poder y al trabajo. Con este nuevo objetivo se renueva también el contenido mismo de la organización económica. Racionalizar, organizar, significa en este caso perfeccionar los sistemas de información. La actividad organizativa se realiza utilizando la información como instrumento de control de los procesos económicos. Las informaciones son órdenes, y las órdenes se presentan como informaciones; dicho más ampliamente, las decisiones son descriptibles en términos de información. Pero no de informaciones aisladas, sino conectadas en modelos y programas, en los cuales adquieren su sentido y función precisa.
Los programas son conjuntos organizados de información dispuestos en vistas de un objetivo operacional; en otras palabras, son modelos tecnológicos a los que deben adecuarse los procesos y actividades económicas. La medición económica consiste, entonces, en recoger la información -formalizada y estandarizada en lenguaje tecnológico- relativa a las diferencias y adiciones que manifiesten los procesos económicos respecto de los programas previstos. Medición que se efectúa, como en cualquier otro tipo de medición económica, con el propósito de valorar los resultados obtenidos y tomar las decisiones correctivas convenientes. Los mecanismos de evaluación y medición de todos los aspectos del proceso económico y de sus resultados serán, consecuencia, formalizados y estructurados en términos de información, de cantidades de información, cuya unidad elemental de medida es el bit, y a nivel de los nexos, el link o enlace.
La elevación del factor tecnológico a categoría organizadora, cuyo contenido esencial hemos expuesto, se verifica históricamente a través de procesos económicos y sociales complejos, de modo análogo a cuanto hemos observado en los casos de las otras categorías. El proceso tiene una dimensión microeconómica, dada por la formación de empresas que operan crecientemente con una racionalidad tecnológica, y una dimensión macroeconómica, dada por la emergencia de lo tecnológico a funciones dirigentes a nivel de los mercados determinados y de los circuitos económicos globales.
La dimensión macroeconómica ha sido ampliamente estudiada y analizada por numerosos autores, que destacan fenómenos asociados a la revolución científico-técnica, la cibernética y la tecnocracia. Mucho menos analizado ha sido el proceso a nivel de las empresas y actividades económicas particulares, aunque existe una cierta bibliografía creciendo en los últimos años. A este nivel micro la conformación de la Tecnología como categoría organizadora comienza a verificarse normalmente
través de transformaciones internas en empresas dotadas de un elevado coeficiente técnico, que implican una "racionalización técnica" de sus operaciones en el plano del equipamiento, la organización del trabajo, la administración, el manejo financiero, etc. Se trata de una reorganización tecnológica paulatina o acelerada de empresas constituidas bajo el control de alguna de las otras categorías predominantes (el capital o el Estado), de modo que la nueva racionalidad penetra e impregna a la organización sin que el cambio de los fines económicos sea explicitado formalmente. Pero también se forman empresas nuevas, organizadas por sujetos aportadores de la tecnología, que en cuanto tales asumen el rol empresarial. Es éste un fenómeno creciente en las economías desarrolladas, que ha sido bautizado por M.I. Bianco y A. Luciano con el sugestivo nombre de "síndrome de Arquímedes". Consiste en el hecho de que técnicos de alto nivel que trabajaban en empresas modernas, especialmente en el sector de la electrónica, salen de aquellas y desarrollan iniciativas empresariales por propia cuenta. Según las mencionadas autoras, la lógica implícita en la acción de estos especialistas se encuentra más cercana a la de los inventores del pasado que a la de los empresarios industriales. Lo que prevalece es una orientación hacia la calidad del trabajo, considerado satisfactorio sólo si es innovador y sofisticado técnicamente; las iniciativas se forman en gran parte por el gusto de inventar poniendo a prueba continuamente las propias competencias y Capacidades creativas; el desafío hace referencia más a la comunidad científica que a las instituciones económicas.[15]
En verdad, la lógica operacional de estas nuevas empresas fundadas en la Tecnología requiere observaciones y análisis más profundos, que no estamos en condiciones de realizar aquí; pero podemos estar ciertos que son parte del proceso que estamos enfocando. Otro fenómeno digno de relevarse en la misma dirección es la conformación creciente de redes de información independientes, que se forman utilizando los modernos medios de la computación y la telemática. Las capacidades de conexión tecnológica entre redes similares relativas a un mismo o a distintos ámbitos temáticos, permiten postular la emergencia de un nivel intermedio entre lo micro y lo macroeconómico, en que la categoría tecnológica se constituye como organizadora en dimensiones sectoriales.
20.- Nos queda por analizar el levantamiento de la Comunidad como categoría económica, a partir del "factor C" constituyéndose en elemento organizador de unidades y actividades económicas. Aunque esta situación corresponde probablemente a una pequeña parte de la economía global, es interesante considerarla también en este análisis, aunque sea brevemente, por su importancia desde un punto de vista conceptual en el marco de un estudio que se inició enfocando las experiencias de economía de la solidaridad, y en la perspectiva de buscar formas de empresas alternativas que permitan el desarrollo de nuevos modos de hacer economía.
Por cierto, ni la economía de solidaridad ni las formas alternativas de empresa se agotan en las eventuales unidades y actividades económicas organizadas por la categoría Comunidad. Forman parte de la economía solidaria, y pueden considerarse como empresas alternativas, también las empresas organizadas por las otras categorías económicas, cuando en ellas los flujos de aportaciones y retribuciones entre sus integrantes proceden conforme a relaciones económicas de comensalidad, cooperación, reciprocidad y donación. En muchas de ellas el "factor C" tiene una presencia relevante, aunque no llegue a constituirse como el elemento organizador y dirigente. Así lo hemos destacado anteriormente y lo precisaremos más adelante. Pero parece al menos razonable y legítimo postular que las empresas en que el factor comunitario se levanta como categoría organizadora que pone los objetivos y define la racionalidad de su operación, sean consideradas como un componente central del sector solidario.
El caso típico de unidad económica organizada por la Comunidad es el que analizamos en el Libro primero bajo la denominación de "economía de comunidades", y su ejemplar más característico es el de las comunidades religiosas (u otras formas de vida comunitaria integral). Naturalmente, cuando hablamos de las comunidades de vida religiosa como unidades económicas no estamos reduciendo aquellas a éstas, sino relevando aquél aspecto económico inherente e insoslayable en toda vida social, y que también está presente en la vida cenobítica. Allí todos los factores económicos necesarios se encuentran subordinados a la comunidad que los organiza, subsumidos e integrados en ella, y ciertamente funcionalizados al logro del objetivo general de incremento del valor comunitario y solidario. Se trata de una lógica económica toda centrada en la vida comunitaria, la que, especialmente en el caso de las instituciones conventuales tradicionales, se encuentra regulada y reglamentada conforme a criterios y normas precisas que apuntan sistemáticamente a resaltar el carácter comunitario ya la fraternidad de los participantes en ella.
La fuerza de trabajo es en estas unidades económicas la de los integrantes de la comunidad, y opera como expresión activa de la comunidad como tal, que la regula, organiza y controla conforme a los criterios constitutivos de la vida en común. Los medios materiales que se utilizan son las posesiones de la comunidad, sus tierras, herramientas y demás equipos e implementos de que dispone, y se encuentran subsumidos bajo la categoría comunitaria no sólo en el sentido de que son de su propiedad, sino más hondamente en cuanto se les considera, en cierto sentido, parte de la comunidad misma. Lo mismo cabe decir de los factoras tecnológico y administrativo, configurados por todo el saber práctico y las capacidades organizativas y directivas inherentes a la organización comunitaria.
El objetivo de la actividad económica en estas unidades no es ni el incremento de sus bienes materiales, ni de sus ganancias monetarias, ni la valorización máxima del trabajo, ni tampoco la integración funcional de todos sus componentes en una administración eficiente, o el perfeccionamiento y flexibilización de las conexiones informáticas de un sistema, sino el incremento y perfeccionamiento de los nexos de amor y solidaridad entre todos. Acumulación de amor, perfeccionamiento de los vínculos solidarios, que se evalúan y miden no tanto por la cantidad de los bienes producidos y donados sino por la cualidad de los sentimientos y vínculos que los acompañan o que la misma actividad logra despertar e instaurar. Existe en esta racionalidad económica su peculiar persecución de la eficiencia, que consiste en la búsqueda del mayor beneficio comunitario y social, en relación a los sacrificios personales y colectivos implicados en la actividad.
Ahora bien, si en las comunidades religiosas de vida cenobítica encontramos probablemente la expresión más plena de actividades económicas organizadas por la Comunidad -—y cabe recordar que también en este caso, al igual que en Él de todas las demás categorías analizadas, una cosa es el modelo puro que expresa la racionalidad esencial y otra distinta sus manifestaciones concretas en que la racionalidad se encuentra inevitablemente afectada por incrustaciones y distorsiones de mayor o menor magnitud-, no debemos olvidar que esta economía de comunidades tiene numerosas y amplias manifestaciones "laicas" o seculares. En cualquier lugar o circunstancia donde una comunidad local, con base territorial o de cualquier otra naturaleza, organiza actividades económicas en vistas a perfeccionar sus vínculos comunitarios y valorizar la comunidad como tal, se encuentra allí en formación la categoría comunitaria. En general, puede identificarse a menudo un proceso, casi imperceptible pero real, de ascenso de la comunidad a la condición de categoría allí donde el "factor C" tiene una presencia significativa y creciente, aún tratándose de empresas inicialmente organizadas por otras categorías. Ello se da más fácilmente en los casos de empresas organizadas por categorías que se combinan en formas especialmente fluidas con el elemento solidario, como es el caso de la categoría laboral.
Estas últimas afirmaciones merecen una más atenta consideración, pues nos ayudan a comprender importantes aspectos relativos al desarrollo de la economía de solidaridad. Sabemos que las categorías se constituyen a partir de los factores, y estos a partir de los recursos; esto significa que la formación de una categoría implica un desarrollo cuantitativo y cualitativo del sujeto que la va personificando y aportando a la economía. En el caso de la categoría Comunidad su origen debemos buscarlo en los recursos a partir de los cuales se forma el "factor C". Esos recursos Son, decíamos, todas aquellas situaciones y condiciones que favorecen el potenciamiento de la comunidad, de la cooperación, de la solidaridad y confianza entre las personas y al interior de los grupos humanos. En términos generales podemos afirmar que el recurso fundamental del "factor C" no es otro que la existencia de una cultura de la solidaridad. esto es, el conjunto de relaciones sociales, de valores incorporados a la vida individual y social, de motivaciones y voluntades, de ideas y modos de pensar, de sentir y de comportarse, que crean y favorecen el desarrollo de agrupaciones humanas integradas por la libre y voluntaria decisión de sus miembros.
Ahora bien, las manifestaciones primarias de la solidaridad humana en la economía tienden a manifestarse ante todo en el plano de la distribución y del consumo, a través de flujos y relaciones de donación, comensalidad, cooperación y reciprocidad. Dan lugar, por ejemplo, a las tradicionales obras de caridad y beneficencia con las cuales algunos sujetos económicos (personas o asociaciones) distribuyen bienes y servicios entre los más necesitados. La participación de la solidaridad y del amor en los procesos de producción mediante la ejecución de iniciativas económicas especiales organizadas comunitariamente, puede ser considerada como una manifestación económica más avanzada y completa del mismo espíritu de solidaridad, en cuanto supone un grado de activación superior del sujeto, que se compromete a organizar, impulsar y sostener en el tiempo organizaciones económicas permanentes en las cuales el fin perseguido no es otro que el desarrollo de más avanzadas relaciones solidarias, fin que se busca alcanzar mediante el trabajo realizado y gestionado en común y mediante la satisfacción conjunta de las necesidades económicas.
Esto no puede pensarse y realizarse sino en aquellas comunidades y sociedades donde exista una consistente cultura solidaria, que previamente haya permeado el funcionamiento de las unidades y actividades económicas dadas haciendo presente en ellas un "factor C" intensivo. En ese contexto sería posible la expansión rápida de esta nueva categoría; de no darse estas condiciones, es obvio que su desarrollo se encontrará limitado a experiencias económicas menores y excepcionales. Naturalmente, el propio desarrollo de estas experiencias de economía comunitaria favorece la reproducción y expansión de esas condiciones culturales y de ese indispensable "factor C", análogamente a como las empresas organizadas por cualquier categoría favorecen la reproducción ampliada del factor correspondiente.
Una economía capitalista favorece la expansión de los capitales, incentiva la creación de empresas capitalistas, y fomenta el desarrollo de las cualidades culturales y éticas del comportamiento requerido para su propia reproducción. Se configura así una "civilización capitalista? El desarrollo de empresas de Tecnología favorece la reproducción de los factores y recursos tecnológicos, incentivando e l desarrollo de una cultura y de una economía tecnológica. Tiende así a la configuración de una civilización tecnológica. El desarrollo de unidades y actividades económicas comunitarias ayuda a la reproducción ampliada de las relaciones, valores, informaciones y energías solidarias, incentivando la activación económica de las mismas (creando nuestro "factor C"), y favoreciendo el desarrollo de una economía comunitaria. La expansión de la cultura y la economía de solidaridad pueden entenderse, así, como procesos que apuntan a la construcción de una civilización solidaria.
En una economía donde predominan otras categorías la expansión del "factor C" y la creación de empresas de Comunidad pueden verse dificultadas, pero también favorecidas, según el caso. El predominio del capital ha demostrado ser particularmente desfavorable al desarrollo de la comunidad y de las relaciones solidarias, por los rasgos fuertemente competitivos e individualistas que fomenta y que hace predominar en el mercado; excepción a ello es el hecho que en los sectores sociales que el mismo predominio del capital ha llevado a la marginación y pobreza, la formación del elemento comunitario aparece como respuesta defensiva y como esfuerzo por construir alternativas económicas no-capitalistas.
El predominio del Estado y de la administración tampoco muestra ser favorable al desarrollo de la categoría Comunidad. Si bien aquí se integran los distintos sujetos individuales y sociales en un "sistema" económico unificado, el nexo que cementa la construcción económica y social y que liga a los individuos en la colectividad no son los valores y relaciones solidarios, los vínculos comunitarios fundados en la decisión libre de las personas, sino relaciones de poder, conforme a las cuales se estructura un orden jerarquizado que motiva comportamientos de lucha y conflicto, o de subordinación y adaptación, a través de los cuales se puede dar el escalamiento en las posiciones de la estructura jerárquica o acceder al poder.
El levantamiento de la categoría comunitaria es, en cambio, favorecida especialmente por el Trabajo. En efecto, en las empresas organizadas por. el trabajo (cooperativas de trabajo y empresas de trabajadores) el "factor C” es uno de los factores que tiende a ser utilizado intensivamente, y encuentra condiciones muy favorables para su desarrollo. La creación de relaciones comunitarias que van configurando aquella cultura de solidaridad que identificamos como el recurso fundamental del que se origina el factor comunitario, comienza a manifestarse ya en las fases primarias del proceso i de levantamiento del Trabajo, incluso durante las etapas iniciales de su proceso de autonomización, esto es, en los movimientos de separación, antagonismo e identidad correspondientes a las experiencias del sindicalismo y agremiación de las fuerzas laborales. Como dice Juan Pablo II en Laborem Exercens, "El trabajo tiene como característica propia que, antes que nada, une a los hombres y en esto consiste su fuerza social: la fuerza de construir una comunidad”.
En realidad, hay un nexo sustancial entre los factores trabajo y comunidad, que se mantiene y refuerza cuando uno de ellos o ambos se constituyen como categorías organizadoras. Al examinar la formación histórica de los factores observamos, en efecto, que el proceso de división social del trabajo se origina a partir de una hipotética situación inicial en que todos los elementos necesarios para producir se encuentran integrados en una comunidad de trabajo, en que el trabajo es efectuado comunitariamente sin que se haya dado todavía la apropiación de factores particulares por parte de personas o grupos diferentes. En el proceso de separación e individuación de estos otros factores, el trabajo y la comunidad van quedando como factores residuales: ellos se van empobreciendo de contenidos específicos a medida que ciertas capacidades y cualidades más complejas van siendo apropiadas y desarrolladas por personas y grupos particulares. Así, el trabajo y la comunidad experimentan y sufren a lo largo de la historia similares experiencias y un mismo destino.
Ahora bien, la formación de la categoría Trabajo implica un proceso de recomposición del trabajo social, la progresiva superación de la división social, que no es sino la integración entre los factores, su cooperación en la actividad económica. El trabajo va creando comunidad. A su vez, la formación de la categoría Comunidad implica un proceso de reapropiación por parte de la comunidad, de las cualidades que, separadas, configuran los distintos factores. La comunidad va generando un proceso de recomposición social del trabajo.
Así, el nexo entre el trabajo y la comunidad no está dado sólo por el pasado común, sino también por la común perspectiva futura. El proceso de recomposición social del trabajo que a ambos interesa y cuya concreción histórica puede ser asumida como proyecto estratégico compartido por las fuerzas del trabajo y por las voluntades comunitarias, puede pensarse como posible e iniciarse prácticamente sólo si los sujetos que personifican a ambos factores y a las respectivas categorías se potencian recíprocamente y favorecen su desarrollo mutuo. De hecho se observa que el nexo se mantiene en los procesos de ascenso de las dos categorías: así como el Trabajo (categoría) favorece la incorporación y ocupación intensiva del "factor C" en las empresas y actividades económicas que organiza, así también la Comunidad (categoría) tiende a operar con una dotación de factores intensiva en fuerza laboral. Y no se trata solo de la dimensión cuantitativa, sino también de las condiciones en que los factores son puestos a operar en las respectivas empresas. En las empresas de trabajadores el "factor C" ocupa una especial centralidad, análogamente a como en las empresas de comunidad se manifiesta una tendencia a la centralidad del trabajo. En general, el proceso de crecimiento subjetivo implicado en el paso de la condición de recurso a la de factor y a la de categoría, tiende a verificarse simultáneamente para ambos factores, que se refuerzan y potencian mutuamente.
En este reforzamiento recíproco radica una de las fuerzas especiales de los factores trabajo y comunidad, que pueden ir accediendo a la condición de categorías organizadoras de unidades y actividades económicas sólo superando muy difíciles obstáculos y fuerzas antagónicas que se les oponen en aquellos mercados concentrados donde predominan las fuerzas del capital y de la administración. Es así que el levantamiento del Trabajo y de la Comunidad como categorías a nivel sectorial se materializa en la conformación de un mismo sector económico que hemos denominado sector solidario o de economía de solidaridad, y que podría denominarse también sector de economía del Trabajo.
¿Y en que puede consistir la Comunidad constituida como categoría predominante a nivel macroeconómico? ¿Es tal situación al menos pensable teóricamente? La pregunta merece ser reflexionada, aunque más no sea en orden al imaginar aquella utopía Social que sabemos irrealizable en nuestro tiempo histórico, pero que nos hace imaginar lo que tal vez sea posible en el horizonte último de la historia, y que en todo caso se manifiesta en nuestra condición real y actual en la forma de esperanza, de fuerza presente y viva que motiva e impulsa nuestra búsqueda y nuestra acción.
Ser categoría -decíamos- significa no sólo que el factor dirige y organiza las actividades económicas sino que además impregna con su propia forma a todos los demás factores necesarios, convirtiéndolos en porciones de la misma categoría organizadora. Este proceso lo hemos concebido como el movimiento de universalización, por el cual la categoría subsume e integra en sí a todos los factores que ocupa. A nivel macroeconómico, significa articular los flujos y relaciones económicas que configuran el mercado determinado, en conformidad con los valores, procedimientos y modos de ser y comportarse propios de la categoría organizadora. Así, el predominio del capital a nivel macroeconómico se manifiesta en la universalización del dinero, por la cual todos los factores y bienes económicos se presentan como mercancías identificables y valorizadas por su equivalente monetario. El predominio macroeconómico de la Comunidad no puede manifestarse sino por la expansión de las relaciones económicas integradoras, y más en general por la constitución de un mercado perfectamente integrado. Esto es, lo hemos sostenido y analizado en el Libro segundo y lo profundizaremos en la tercera sección, el que denominamos mercado democrático. Tal sería, pues, la situación en que podamos apreciar el predominio de la categoría Comunidad a nivel global.
Se presentan, sin embargo, elementos aparentemente contradictorios. En efecto, el mercado democrático es aquel en que todos los tipos de relaciones económicas se encuentran ampliamente difundidos, y en que no una sola sino todas las seis categorías económicas se encuentran desarrolladas, haciendo posible que cualquier sujeto pueda hacer su aporte y participar de la riqueza social en cualquiera de los distintos tipos de empresa y mediante cualquiera de los tipos de relaciones económicas. Tal es un mercado pluralista en cuanto a las categorías, lo que supone que ninguna de ellas resulta predominante macroeconómicamente. Esta sería la contradicción, que parece inevitable. Y en cierto modo lo es, de hecho; pero es natural que así sea, porque estamos proyectando el análisis a una hipotética situación final a partir de conceptos elaborados en base a realidades actuales que contradicen efectivamente aquellas eventuales situaciones futuras, Si llevado el análisis a las situaciones límites no apareciera contradicción alguna en el instrumental conceptual elaborado, éste se haría sospechoso de ideologismo pre-científico.
Aún así pero abandonando la pretensión de un pleno esclarecimiento teórico del asunto aunque no renunciado al máximo esfuerzo posible por entender aún lo que sabemos utópico, podemos dar todavía un paso en la reflexión. El mercado democrático es pluralista porque no habría democracia económica verdadera si una sola Categoría predominara, caso en el cual todos los demás factores se encontrarían subordinados, dominados, lejos de participar libre, igualitaria y justamente en la producción, distribución y consumo económicos. El mercado democrático es pluralista también porque sólo si todos los sujetos tienen la posibilidad real de ser categorías estamos frente a una situación en que todos los hombres, comunidades y grupos sociales hayan desplegado plenamente sus capacidades y se hayan desarrollado como sujetos, Pues bien, sólo en tal caso la Comunidad humana se hallaría plenamente constituida: en el máximo de diferenciación interna, y al mismo tiempo en las más completa integración y cooperación entre sus partes. Esto Significa que la plenitud de la Comunidad sólo puede realizarse en la plena diferenciación y pluralismo, tanto de las categorías como de las relaciones económicas. Hacia dicha meta se avanza, pues, no solamente por el levantamiento de las categorías Trabajo y Comunidad, que son las que perfeccionan el proceso de integración, sino también mediante el perfeccionamiento de la Tierra, el capital, el Estado y la Tecnología, como categorías que van cumpliendo el proceso de diferenciación y enriquecimiento de la vida social.
Lo que encontramos, pues, en este horizonte utópico de la historia, no es otra cosa que la Comunidad de Trabajo integrada, la perfecta recomposición del trabajo social, sólo que no en el estado de indiferenciación primitiva en que el trabajo era realizado por una hipotética comunidad simple de trabajo integrado, sino después de que la economía hubiere alcanzado su más completa diferenciación, pluralismo y complejidad. La recomposición social del trabajo que se observaría en el proceso de producción, se encontraría consolidada en el proceso de circulación en la forma del Mercado Democrático.
Dejemos hasta aquí esta breve consideración de la categoría comunitaria; otros elementos para comprender su contenido y significado los hemos venido exponiendo a lo largo de esta obra y seguiremos encontrándolos más adelante. Dejemos también aquí el terna de los factores y categorías económicas, y pasemos a considerar otro Conjunto de conceptos importantes que también requieren ser reelaborados.
[1] En Crítica de la Economía ..., parágrafos 79 y 80, explicamos y fundamentamos esta afirmación y en términos más generales vinculamos la evolución del pensamiento económico a los procesos de levantamiento histórico de ciertas categorías organizadoras.
[2] Sucesivos intentos de reforma de la empresa y de los mecanismos de planificación y regulación económica, que se irnplementaron en varios países socialistas durante los años ochenta, parecían ir en este sentido. En particular el fenómeno de la perestroika quiso ser portador de novedades interesantes, y tal vez deberá ser interpretado como un intento de ascenso de la categoría tecnológica (quizás en alianza con las fuerzas del trabajo que también buscaban su emancipación) en estas economías dominadas tan fuertemente por la Administración. En el Plenario del Comité Central del PCUS en Enero de 1987, M. Gorvachov definió la tesis central de ia Perestroiiăa en estos términos: "
La idea central de nuestra estrategia es conectar los logros de la revolución científico-técnica con la economía dirigida y movilizar el potencial conjunto del socialismo". Los movimientos del sindicato
Solidaridad en Polonia, por su parte, quizás sean interpretables como intentos de separación y escisión del factor trabajo, primeros pasos del levantamiento de la categoría correspondiente. La evolución posterior de dichas economías ha evidenciado la fuerza organizada del capital, dándose lugar a economías categóricamente pluralistas.
[3] En esta presentación de los rasgos esenciales de la economía Socialista nos basamos principalmente en la investigación de Wlodzimierz Brus. El funcionamiento de la economía Socialista, versión castellana editada por Oikos-tau S.A., Barcelona 1969. El ordenamiento de los rasgos destacados y la responsabilidad por su interpretación son nuestros.
[4] W. Brus,
El funcionamiento de la economía Socialista,
cit., pág. 89.
[5] W. Brus,
cit., págs. 90-91.
[6] W. Brus,
cit. págs. l00-101.
[7] Witold Kula,
Teoría económica del sistema feudal, Siglo XXI editores, México-España, 1976, págs. 33—34.
[8] W. Kula, cit. pág. 45.
[9] W. Kula, cit. pág. 29.
[10] W. Kula, cit., pág. 182.
[11] W. Kula, cit., pág. 179.
[12] W. Kula, cit.. pág. 179-180.
[13] Friedrich Georg Junger,
Perfección y fracaso de la técnica, SUR Buenos Aires, 1968, pág. 78.
[14] F. G. Junger, cit., págs. 23-25.
[15] M.L. Bianco e A. Luciano,
La Síndrome dí Arquimede, Il Mulino, Bogona 1982.