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59. En las secciones anteriores examinamos los procesos de producción y circulación y expusimos los fundamentos de las respectivas teorías generales. Abordaremos ahora las cuestiones centrales de una teoría general del consumo económico.
El tema del consumo casi no ha sido considerado teóricamente por la ciencia económica, aunque existen análisis particulares sobre aspectos determinados del mismo. El consumo es considerado como variable relevante de la economía, pero se lo entiende en una acepción especialmente restringida -como "gastos de consumo"- que lo contrapone al ahorro y la acumulación. A nivel microeconómico ha interesado el comportamiento de los consumidores, entendiéndose por esto sn disposición a consumir como proporción de los ingresos y de la riqueza y como respuesta a variaciones en los precios. A. nivel macroeconómico el consumo es entendido como la variable agregada del total de los gastos de consumo que se efectúan en una economía, que sumados a los gastos de inversión componen el ingreso total. Estas cuestiones constituyen un aspecto secundario en nuestra elaboración y quedan absorbidas dentro de una temática más vasta que examinamos con muy diferente marco conceptual.
Desde un punto de vista teórico han sido consideradas sólo algunas dimensiones del proceso de consumo, destacando las elaboraciones conocidas como "economía del bienestar"; éstas, sin embargo, entremezclan aspectos propios de una teoría del consumo con otros que forman parte del análisis de la circulación, y todo se reduce en definitiva a criterios de política que aproximen la distribución al óptimo de Pareto. En todo caso, los temas y asuntos que aquí consideramos formando parte de la teoría del consumo no han sido objeto de estudios teóricos sistemáticos, y nuestras propias elaboraciones no han de considerarse más que como un comienzo.
El consumo es, sin embargo, de la máxima importancia para la teoría y la práctica de la economía en general, siendo uno de los aspectos constitutivos esenciales de la actividad económica, precisamente aquél en que sus objetivos últimos se cumplen. Es un momento fundamental del proceso económico sin el cual no se verifica ni se puede comprender la circularidad de la economía.
Al descuidar su estudio la economía corre el riesgo de olvidar la perspectiva de los fines, concentrándose en la sola dimensión de los medias y llegando a ser una disciplina meramente instrumental, "fragmento subordinado" del cientismo positivista. Al descuidar el tema del consumo, última fase de la economía en la que todo el proceso alcanza su cumplimiento y su sentido, la ciencia económica ha renunciado a orientar la actividad de los hombres, dejando la responsabilidad a otras instancias y disciplinas como la teoría política o las ideologías. Sostenemos que no es a la ciencia económica que le corresponde pronunciarse sobre los fines y objetivos últimos de la actividad humana y social, incluirla la económica, pero esta disciplina convenientemente ampliada puede proporcionar importantes elementos para un mejor discernimiento de tan decisiva cuestión. Una teoría del consumo adquiere en esta perspectiva importancia especial.
No solamente está comprometida la cuestión de los objetivos y del sentido de la economía, sino también importantísimos aspectos y opciones concernientes a los procesos de producción y circulación. Disponer de una teoría del consumo permite reformular relevantes dimensiones del crecimiento y desarrollo económico, que no depende sólo de los porcentajes del ingreso destinados a los gastos de consumo y de inversión, sino en medida considerable de cuales sean los modos y racionalidades en que se verifiquen los procesos y actividades del consumo mismo.
Ahora bien, al distinguir el proceso de consumo de los procesos de producción y circulación lo hacemos en el mismo sentido en que efectuamos antes la distinción entre los dos últimos, a saber, entendiendo que es una distinción analítica con fundamento en la realidad: se trata de aspectos y momentos de un mismo proceso económico global que se condicionan y requieren recíprocamente. En los procesos de producción y circulación se dan muchas actividades de consumo, del mismo modo como el consumo incluye actividades de producción y circulación; pero si consideramos como unidad de análisis un producto distinguimos una secuencia de etapas y actividades: primero es producido, luego circula y se distribuye, y finalmente es consumido. En tal sentido el consumo constituye el momento terminal del proceso económico, aunque no deberá olvidarse que con el consumo se inicia un nuevo ciclo.
Tanto en la producción como en la circulación y en el consumo se verifican movimientos de bienes económicos, y en los mismos tres procesos esos bienes experimentan transformaciones; pero dichos movimientos y transformaciones tienen un diferente significado económico en cuanto quedan definidos por distintas estructuras o sistemas relacionales. La teoría los identifica y los distingue precisamente en y por éstas. ¿Qué es, pues, el consumo?
Entendemos por consumo la utilización de los bienes y servicios en la satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de los sujetos económicos. A través del consumo los productos prestan aquella utilidad en función de la cual fueron elaborados.
Como todo proceso económico el consumo está constituido por conjuntos de actividades y relaciones. El consumo es él mismo una actividad económica, y su forma elemental es el acto de consumo. Puesto que el consumo considerado en general es un proceso complejo, es preciso comenzar su análisis por su forma simple.
En el acto de consumo participan dos elementos constitutivos: el sujeto que consume y el bien económico consumido. De ambos, el elemento subjetivo es el principal por ser el que realiza la actividad y en orden al cual el bien económico presta su utilidad. El sujeto es también el elemento activo del acto y relación de consumo, que se constituye como su principio y su fin. Sobre el bien económico recae la actividad del sujeto, por lo que puede considerársele como el elemento pasivo de la relación, y también como el medio a través del cual se cumple la satisfacción del sujeto. Ambos elementos deben ser considerados por la teoría; pero no sólo ellos, sino también las relaciones que establecen y lo que les sucede en el acto del consumo.
Una primera cuestión teóricamente relevante es la identificación de los sujetos del consumo. Para ello es preciso observar quienes utilizan bienes y servicios económicos efectuando los correspondientes actos de consumo. En términos generales, sujetos del consumo pueden ser las personas naturales, las comunidades, los grupos sociales de cualquier tipo, las instituciones, las empresas, el Estado, o cualquier otra realidad que utilizando productos económicos satisface alguna necesidad, aspiración o deseo humano. El consumo lo entendemos, pues, como una actividad esencialmente humana, y no reconocemos el carácter de acto de consumo a la actividad de una máquina que utiliza aceite y combustible, o de una planta que asimila fertilizantes y recibe insecticidas, o de un animal que se alimenta con productos envasados. Tales modos de utilización de los productos del trabajo humano son actos de consumo, cuyos sujetos no son la máquina, la planta o el animal sino los hombres que deciden que esos bienes sean utilizados en esa forma, satisfaciendo así sus propias necesidades o deseos de poner en marcha las máquinas, de fertilizar las plantas y de alimentar a los animales.
Con ser siempre realidades humanas, los sujetos del consumo no son siempre personas o grupos individualizados. Las realidades humanas a veces tienen contornos indefinidos, presentándose como conglomerados carentes de identidad. Determinados productos son utilizados difusivamente y prestan servicios mediante una progresiva expansión de su radio de acción. Pensemos, por ejemplo, en el consumo que se efectúa a lo largo del tiempo, de un camino, de una obra cultural, de los servicios policiales, de un método de descontaminación atmosférica, etc.
La observación de los sujetos que utilizan y se benefician (o perjudican) con los bienes y servicios nos lleva a distinguir entre consumidores primarios y secundarios, esto es, entre quienes utilizan directamente los productos mediante un acto voluntario en tal sentido, y quienes también los utilizan y consumen pero indirectamente, no dependiendo de su propia decisión el hacerlo.
La percepción de este hecho ha llevado a formular el concepto de las "externalidades" (positivas y negativas). Con este concepto -que se aplica no sólo a los productos sino también a I los procesos de producción y distribución- los economistas identifican aquellos efectos que determinados bienes y actividades tienen más allá de los percibidos y buscados por los sujetos que efectúan el gasto correspondiente. Son los efectos que recaen sobre terceros no directamente involucrados en el gasto, o sobre la colectividad en su conjunto. Tal concepto de las externalidades tiene indudable utilidad en la economía convencional, pues permite incorporar una inmensa cantidad y variedad de efectos económicos que no aparecen explicitados en los modelos de análisis centrados en los procesos de intercambios y en las actividades y bienes valorizados monetariamente. Pero dicho concepto, justamente al cumplir esa función, de hecho sirve para ocultar realidades económicas sustanciales a las que se deja de prestar la atención que merecen creyendo haber dado suficiente cuenta y explicación de ellas al nombrarlas de ese modo. Si la noción de las externalidades pone de manifiesto que no está completamente adormecida la sensibilidad ante los efectos sociales de las actividades económicas, lo hace de manera tan insuficiente y "vergonzante" que termina sirviendo más bien para justificar una estructura conceptual incapaz de asumir verdaderamente todas las dimensiones sociales del consumo (y de la producción y circulación).
Decíamos, pues, que sujetos del consumo son las personas, las empresas, las comunidades y agrupamientos humanos, y la sociedad toda. Ahora bien, podemos especificar mejor este elemento subjetivo y activo al considerar que los actos de consumo se encuentran encadenados, tanto en una secuencia temporal como en una articulación espacial, constituyendo un proceso de consumo complejo.
La "secuencia temporal" la identificamos cuando los bienes y servicios experimentan una serie de transformaciones sucesivas, en cada una de las cuales prestan total o parcialmente su utilidad y son consumidos. El hecho lo anotamos ya al examinar la distinción entre los mercados de factores y de productos. Vimos entonces que los productos de la actividad económica a menudo son utilizados secuencialmente en distintas empresas, bajo la forma de insumos de producción y de factores. Recordamos la distinción entre el consumo productivo y el consumo terminal. Y observamos que ciertos bienes y servicios son consumidos por diferentes sujetos económicos, en un encadenamiento que no es sólo el de las unidades de producción sino también el de sucesivas unidades de consumo.
Una secuencia que podemos denominar "espacial" se verifica también con numerosos tipos de productos allí donde el mismo bien o servicio es utilizado de igual o similar manera por una diversidad de sujetos económicos, cada uno de los cuales no agota la utilidad del producto sino que lo deja disponible para que continúe prestando su utilidad en la satisfacción de las necesidades y deseos de otros.
Considerar estos encadenamientos temporal y espacial permite identificar más concretamente los diversos tipos de sujetos que intervienen en el consumo económico, y la dimensión social del proceso. Pero esta misma observación de los encadenamientos nos lleva a comprender que el consumo manifiesta su esencia o forma pura en la utilización de los productos económicos terminados, aquellos que dan lugar a esa última transformación en la cual prestan su utilidad definitiva y directa a la gente, y en función de la cual todas las transformaciones y consumos anteriores eran efectuados. En este sentido podemos decir que los sujetos últimos o definitivos del consumo son las personas naturales que satisfacen con los productos económicos sus necesidades, aspiraciones y deseos.
El sujeto del consumo resultará ulteriormente esclarecido cuando nos detengamos en el concepto y la realidad de las necesidades humanas. Examinemos ahora el elemento objetivo del acto de consumo.
Objeto del consumo es, en términos generales, todo producto de la actividad económica, es decir, todos los bienes y servicios, materiales e inmateriales, tangibles e intangibles, elaborados en las unidades económicas a través de algún proceso productivo y distribuidos en el mercado a través de algún circuito de relaciones económicas. La identificación del "elemento objetivo" del consumo también tiene su complejidad y debemos detenernos en ella.
Con todo lo amplia que resulta, esta formulación del objeto del consumo puede dar lugar a una comprensión restrictiva si se olvidan algunos importantes aspectos que hemos venido destacando a lo largo de nuestra investigación. En primer lugar, el concepto resulta notablemente extendido respecto a las concepciones convencionales toda vez que hemos ampliado considerablemente los conceptos de "unidad económica" y de "mercado".
En segundo lugar, un peligro de reducción puede resultar del uso de la expresión "elemento objetivo" u "objeto" del consumo. A lo largo de nuestro estudio hemos destacado el carácter subjetivo de las realidades económicas, especialmente en relación a los recursos, factores y categorías económicas y a las formas del dominio sobre los bienes económicos en general. Este carácter subjetivo debemos extenderlo también a los productos de la actividad económica, porque son el resultado de la actividad en la cual los hombres y comunidades de trabajo han "vaciado" e incorporado su subjetividad: sus conocimientos, su imaginación, su memoria, su voluntad, su fuerza, su sensibilidad y sus afectos. Los productos de algún modo son una combinación de los recursos, factores y categorías que participaron en su producción, recogiendo y sintetizando así aquella subjetividad propia de esos elementos cuyo carácter subjetivo documentamos ampliamente. Profundizaremos el análisis de la dimensión subjetiva de los productos luego de considerar los distintos tipos de necesidades humanas en cuya satisfacción son utilizados.
Cuando identificamos los productos como el "elemento objetivo" y como "objeto" del acto del consumo no aludimos a la naturaleza intrínseca de los productos mismos -recordemos que nos referimos tanto a los bienes materiales y tangibles como a los inmateriales e intangibles que los hombres crean para satisfacer sus necesidades espirituales, culturales, relacionales, etc.- sino que al hecho que en el acto del consumo y en el marco de las relaciones que éste implica, los productos son la parte pasiva de la relación, la que experimenta y sobre la cual recae la decisión del sujeto que decide su consumo.
En tercer lugar, la misma ampliación que hicimos respecto al sujeto del consumo revierte sobre su objeto dando lugar a una extraordinaria ampliación del concepto de éste. En efecto, si como elemento subjetivo del consumo consideramos todos los sujetos encadenados temporal y espacialmente por los efectos que sobre ellos tienen los bienes y servicios involucrados en el proceso del consumo (incluidas las llamadas "externalidades"), el elemento objetivo del consumo debe contemplar todos los elementos y aspectos de los productos que generan y manifiestan esa complejidad y variedad de efectos. El bien o servicio económico está configurado no solamente por esa parte del objeto del consumo que proporciona satisfacción directa a la necesidad o deseo del que efectúa el gasto, sino por todas sus diversas dimensiones y aspectos en la medida que tienen efectos sobre las necesidades y deseos humanos. Por ejemplo, son parte del consumo de combustible en los automóviles también los efectos que produce en los ciudadanos el anhídrido carbónico que contamina el ambiente. De hecho, tales dimensiones y aspectos son también consumidos, para bien o para mal, habiendo sido producidos junto a y como parte del bien o servicio en cuestión.
Volveremos sobre el objeto del consumo después de examinar el proceso de su transformación y las necesidades humanas en función de las cuales es producido. Con tales antecedentes podremos ahondar la cuestión de la "bondad" de los bienes y la "servicialidad" de los servicios, que dejamos anotada cuando tratamos la eficiencia de los mercados de productos y que ha vuelto a aparecer al mencionar los efectos y "externalidades" negativas de algunos productos.
Identificados el sujeto y el objeto examinemos ahora lo que sucede en y con ellos a través del acto de consumo. Visto desde su elemento objetivo el acto del consumo es la última etapa del proceso de transformación que experimentan los bienes y servicios producidos, aquella en que dejan de ser lo que son y salen definitivamente del circuito económico, o bien se reintegran a éste bajo una forma diferente (como parte de un nuevo factor económico).
Los productos experimentan algo así como un ciclo vital por el cual atraviesan diferentes fases. La primera es aquella en que son elaborados o creados, y puede consistir en un único proceso de producción o en una secuencia de sucesivas transformaciones. La segunda fase la constituye el movimiento por el cual el producto llega a manos de quien lo ha demandado, y también puede darse en un solo momento o como una sucesión de desplazamientos y transferencias en las que pasa de un sujeto a otro hasta llegar al destinatario. La tercera fase es la del consumo, en que a través de un acto simple o de una secuencia de pequeñas transformaciones que se suceden en el tiempo, el producto deja de serlo que es, se desintegra como tal o bien se modifica e incorpora a una realidad diferente. Consumido, o sea agotado, terminado, puede decirse que el producto ha cumplido su finalidad, que no era otra que entregar su utilidad (su valor de uso) a quienes lo han consumido.
Debe observarse, sin embargo, que la utilización de los productos asume muy variadas formas y modos dependiendo del tipo de bienes y servicios de que se trate, y de las necesidades que satisfagan. En algunos casos su utilización consiste simplemente en un "estar ahí" del objeto, que cumple su función por el sólo hecho de su presencia. Es el caso de un objeto decorativo que presta su utilidad al estar expuesto en un lugar, o de una cierta cantidad de riqueza que satisface necesidades de seguridad o deseos de prestigio social por el sólo hecho de que el sujeto las "tiene" y considera de su propiedad.
En otros casos la utilidad la proporciona el bien o servicio mediante un "hacer" algo, una acción particular por la cual produce efectos directos en la realidad. Es el caso de un fertilizante, o de un servicio de asesoría, de un acto cultural o de un tratamiento adelgazante.
También puede obtenerse la utilidad del producto "haciéndose algo con él". Así sucede, por ejemplo, con los alimentos que han de ser comidos, o con una bicicleta cuya utilidad se da cuando se anda en ella, o con un libro que satisface necesidades en la medida que sea leído.
En fin, la utilidad puede ser proporcionada cuando el mismo bien o servicio "crece y se desarrolla", consistiendo su utilización en ese mismo crecer y desarrollarse del elemento objetivo del consumo. Tal es el caso de una relación social, de una situación de prestigio, de una organización cultural, de un proceso de aprendizaje, etc.
Estos y aun otros distintos modos de utilización de los productos suelen verificarse combinados entre sí, en el sentido que los bienes prestan su utilidad (y sus varias utilidades) en la medida que estén ahí, que actúen, que se actúe en y con ellos, y que crezcan y desplieguen sus propias potencialidades. Lo importante es entender que hay tantos modos de utilización de los bienes y servicios como los tipos de ellos que existen, y como los modos de satisfacerse las necesidades y deseos de la gente.
Visto ahora desde su elemento subjetivo, el acto de consumo es la satisfacción de una o varias necesidades o deseos por parte de los sujetos que lo efectúan. La satisfacción del sujeto también puede ser un acto simple o un proceso complejo, presentar diferentes intensidades y tener distintos significados.
Por cierto, la transformación del sujeto no ha de entenderse necesariamente como una transformación física, resultante de la asimilación material de las energías e informaciones contenidas en los productos. Esto sucede sólo en algunas formas del consumo relativas a tipos particulares de bienes, como los alimentos y otros bienes materiales. Pero ya sabemos que bienes los hay de muchas clases, y que diferentes son también los modos de utilizarlos y las necesidades que satisfacen. Deberá entenderse, pues, que en el acto de consumo, así como la transformación de los objetos se verifica según su manera de ser, así también la transformación de los sujetos se verifica a la manera de ser de ellos. Efectos del consumo en el sujeto pueden ser una enfermedad, un cambio en la apariencia, un crecimiento personal, un despliegue de las propias capacidades, el establecimiento de nuevas relaciones sociales, una maduración cultural, etc.
Una mirada de conjunto sobre el acto de consumo nos lo muestra, en esencia, como un proceso de transformación, o más exactamente, como un doble proceso de transformaciones relacionadas que experimentan, concomitantemente, los sujetos que consumen y los bienes y servicios consumidos. En cierto modo el consumo puede ser entendido como un proceso de intercambio e interacción entre sujetos y productos a través del cual, por un lado unidades de energías e informaciones que están en los productos económicos son transferidas de algún modo (físico, simbólico, relacional, valórico, etc.) a los sujetos y por otro lado ciertas energías e informaciones del sujeto recaen y son transferidas a los objetos del consumo. Son estos intercambios de energías e informaciones los que producen las transformaciones que experimentan tanto el sujeto como el objeto del consumo. Se tendrá en cuenta que en estas interacciones lo que sale del objeto no es lo mismo que recibe el sujeto, y viceversa.
Estas transformaciones concomitantes e interrelacionadas las debemos ahora examinar más allá de la forma simple del acto de consumo, a nivel del proceso en su globalidad. Hacerlo significa ahondar varios conceptos que ya hemos expuesto, empezando por el de las necesidades, deseos y aspiraciones humanas.
60. El concepto de "necesidad" ha sido objeto de importantes reflexiones y se han desarrollado recientemente interesantes estudios sobre las necesidades humanas, de los que resulta una concepción muy amplia de lo que el hombre requiere para vivir y desarrollarse. De todas maneras, el concepto de "necesidad" nos resulta insuficiente para identificar las motivaciones e impulsos de donde surgen las demandas económicas, y por ello hemos preferido adoptar la expresión "necesidades, aspiraciones y deseos", con la que resumimos el conjunto de las motivaciones y fuerzas que llevan al consumo.
"Necesidad" es una noción estrechamente ligada a la de "carencias" y tiene una connotación de imperiosidad en la exigencia de satisfacción que no siempre tienen los requerimientos humanos de consumo. Por ello, y si bien el concepto de necesidades utilizado en economía engloba todas las otras motivaciones que explicitamos al agregarle las aspiraciones y deseos, preferimos formularlas en estos términos más amplios, porque permite una mejor percepción de la variabilidad, multiplicidad e indeterminación de los motivos e impulsos que están a la base de todo el edificio de la economía. De todas maneras y a los efectos de evitar redundancias en la exposición nos referimos a veces a las "necesidades", en el entendido que bajo tal noción englobamos todas las motivaciones e impulsos que son capaces de convertirse en demandas económicas (a través de cualquiera de los circuitos) y de promover la producción de bienes y servicios orientados a satisfacerlas (en cualquiera de los tipos de unidades económicas). Así deberá entenderse no sólo respecto a lo que sigue sino en todo nuestro estudio.
No pretendemos desenvolver una teoría sobre las necesidades, aspiraciones y deseos humanos, que es tarea interdisciplinaria en la cual un papel central ha de cumplir la psicología. Pero en el estricto marco de la economía es indispensable disponer de alguna clasificación que permita orientar tanto el análisis del proceso de consumo como las propuestas de acción tendientes a perfeccionarlo. Si el bienestar y la calidad de vida dependen del grado y del modo en que sean satisfechas todas las necesidades humanas, es decisivo adquirir una visión de conjunto de ellas.
Quizá no ha sido ajena a esta cuestión terminológica la polémica que existe entre quienes piensan que las necesidades humanas son definidas, pocas, universales y permanentes (aunque histórica y socialmente determinadas) y quienes sostienen que ellas son indefinidas, innumerables y cambiantes. Al primer punto de vista suelen adscribirse quienes adhieren a posiciones constructivistas que aspiran a la planificación centralizada, técnica y política de la economía, mientras el segundo enfoque provee de argumentos a quienes sostienen que son los individuos quienes deben libremente decidir lo que deba producirse mediante la manifestación de sus particulares preferencias en el libre mercado.
Nuestro enfoque se basa en una concepción abierta pero no indeterminada del hombre y de la sociedad, según la cual sus necesidades, deseos y aspiraciones son innumerables, complejas y cambiantes, existiendo sin embargo un conjunto -bastante amplio- de necesidades y deseos universales, permanentes y recurrentes. Unas y otras se entrecruzan y articulan dando lugar a diferentes "combinaciones" de necesidades y motivaciones, siempre distintas unas de otras, no existiendo dos sujetos —individuales o grupales- que sean iguales. Ahora bien, todas las necesidades, a pesar de su multiplicidad, complejidad y combinación, pueden ser clasificadas en pocos grupos o categorías, pudiendo en consecuencia alcanzarse un ordenamiento racional de ellas que sirva para orientar las decisiones de los sujetos económicos, sean éstos los individuos, las comunidades, las empresas o el Estado.
Son posibles diferentes clasificaciones. En el
Libro primero hicimos referencia a la distinción que se ha hecho entre necesidades
básicas o esenciales y necesidades
prescindibles o no esenciales, y entre necesidades cuya satisfacción es individual, o sea individuales y aquellas que son satisfechas socialmente, o colectivas. Buscando superar las restricciones que la ciencia económica ha hecho de su campo de análisis propusimos otras distinciones: entre necesidades
fisiológicas y necesidades
espirituales, y entre necesidades
de autoconservación y necesidades
de convivencia y relación con los demás, configurando así un esquema de cuatro tipos o conjuntos de necesidades humanas fundamentales.
[1] Un modelo más complejo de las necesidades que permite igualmente una ampliación del ámbito del análisis económico más allá de los marcos tradicionales ha sido propuesto por M. Max-Neef, quien construye una "matriz de necesidades" sobre la base de distinguirlas con dos criterios complementarios: según "categorías existenciales", en base a lo cual distingue necesidades de ser, tener, hacer y estar, y según "categorías axiológicas", con lo que distingue las necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Combinando ambos criterios resulta una matriz de 36 tipos de necesidades distintas.
[2] Varias otras clasificaciones son posibles y han sido hechas con mayor o menor éxito.
Sin desconocer los méritos de otras nos parece especialmente útil para el análisis económico nuestra distinción de los cuatro tipos de necesidades, porque a su simplicidad se asocian dos cualidades decisivas: el ser completa, en el sentido de que todas las necesidades, aspiraciones y deseos humanos, tanto individuales como grupales y sociales pueden efectivamente ser ordenadas y clasificadas en alguno de sus tipos, y el estar construida relevando las dos dimensiones cruciales en que se mueve la experiencia humana y que definen sus tensiones existenciales, pragmáticas, axiológicas y éticas fundamentales: por un lado el eje cuerpo-espíritu que es también el que va de lo fisiológico a lo psicológico y cultural, y por otro lado el eje individuo-comunidad, que va de la exigencia de autoconservación a la de proyección social y participación en la vida colectiva.
En efecto, podemos concebir todas las necesidades, aspiraciones y deseos del ser humano y de sus comunidades y agrupamientos como tensiones hacia la conservación y desarrollo del cuerpo y del espíritu, del ser individual y del ser social. Del cuerpo -o más exactamente de la dimensión corporal de las personas-, por el que somos parte y nos integramos a la naturaleza y al mundo material, y que nos plantea exigencias, necesidades y deseos cuya satisfacción se alcanza mediante bienes y servicios materiales que implican un intercambio entre el hombre y la naturaleza. Del espíritu -o de la dimensión espiritual de las personas-, por el que buscamos la trascendencia y en último término la unión con la totalidad del ser y con Dios, y que nos plantea exigencias, necesidades y aspiraciones radicales cuya satisfacción se pretende alcanzar mediante actividades creativas, culturales, religiosas, etc. que ponen en tensión las capacidades de la inteligencia, voluntad, imaginación, memoria, intuición, sentido estético y demás facultades superiores del hombre. Del yo individual -de la dimensión individual de las personas-, que pretende conservarse, defenderse, manifestarse, crecer y desarrollarse en sus distintos aspectos, y que plantea exigencias de autonomía y libertad y es fuente de intereses, motivaciones, ansias y pasiones particulares a partir del más elemental instinto de autoconservación. De la comunidad a que toda persona pertenece -como expresión de su dimensión social-, en la que necesitamos integramos, participar, proyectarnos y encontrar satisfacción a nuestros requerimientos y deseos de afecto y convivencia, y que buscan satisfacción a través del establecimiento de vínculos subjetivos, de la vida en común y de la acción colectiva.
Todas estas necesidades y deseos humanos van más allá de lo estrictamente económico, y su satisfacción se efectúa a través de un complejo de actividades de distinto tipo que no siempre involucran la realización de actos de consumo. Respirar es una necesidad fisiológica que sólo en circunstancias muy especiales implica la utilización de productos económicamente producidos. La contemplación estética, la meditación filosófica, la conversación amistosa, son actividades que ponen en juego aspectos y dimensiones extraeconómicas de la acción. Sin embargo, gran parte de las necesidades fisiológicas, espirituales, de autoconservación y de convivencia implican en su satisfacción el uso y consumo de bienes y servicios que han sido producidos mediante la utilización de factores y la ejecución de trabajos.
Hay necesidades y deseos que tienen dimensiones y contenido económico pero que no parecen satisfacerse en el proceso de consumo sino en los procesos de producción y circulación. Por ejemplo, la necesidad o el deseo de trabajar, de compartir, de hacer cosas junto a otras personas, etc. Además, las necesidades y deseos individuales y comunitarios están condicionados en su intensidad y en sus modos de satisfacción por el contexto tecnológico y por el mercado, e implican el uso de tiempos que tienen valores económicos alternativos. ¿Hemos de considerar la satisfacción de esas necesidades y la influencia de estos aspectos como formando parte del proceso de consumo? Nuestra respuesta es positiva. En efecto, la duda surge de una distinción inadecuada que considera la producción, circulación y consumo como procesos separados. Ya vimos que no ha de entenderse así, y por qué en los procesos de producción y circulación se verifican actividades de consumo, así como en el proceso de consumo se efectúan actividades de producción y circulación. Es así como esas necesidades de trabajar y de compartir son satisfechas utilizando más de algunos bienes y servicios económicos: los factores y las empresas mismas, que han de ser consideradas también como productos de actividades económicas.
Desde el punto de vista del proceso de consumo lo que interesa relevar son las necesidades y deseos de las personas y grupos en cuanto se hacen presente en la economía como exigencias, demandas, motivaciones o preferencias por determinados bienes y servicios producidos, cuya utilización permite, favorece, condiciona o contribuye de algún modo cualquiera a su satisfacción.
Entenderlo así nos permite profundizar la comprensión del lado subjetivo del consumo. La "necesidad" alude a una carencia manifestada por un sujeto y que requiere imperiosamente ser satisfecha porque aparece como imprescindible para la vida humana. Bien sabemos que gran parte de las actividades económicas están motivadas por necesidades imperiosas; pero no solo por éstas, siendo probable que la mayor parte de la producción esté orientada actualmente a dar cumplimiento a deseos y aspiraciones que son fuertes, que las personas desean con intensidad, pero que no comprometen en absoluto la continuidad de la existencia individual o social. La distinción entre lo que es una necesidad y lo que es un simple deseo o aspiración resulta, en todo caso, difícil de hacer. Por ejemplo, tenemos necesidad de alimentarnos, lo que supone ingerir una cierta cantidad de proteínas, calorías, vitaminas, etc. Pero alimentarnos más allá de un cierto mínimo y hacerlo mediante determina. dos alimentos que nos apetecen especialmente no puede decirse que siga siendo una necesidad sino sólo un deseo. Por otro lado, el convivir con otras personas, el vivir en libertad, pueden ser tan necesarios para la subsistencia como otras necesidades consideradas básicas, pues su ausencia también lleva a las personas a morir.
Más que precisar la distinción entre lo indispensable y lo accesorio, para comprender el consumo importa saber que encuentra su punto de partida en todas aquellas situaciones objetivas o subjetivas que impulsan a los sujetos a la obtención y utilización de bienes y servicios económicos. El origen del consumo no son "carencias" sino fuerzas humanas y sociales positivamente actuantes, entre las cuales han de considerarse también las carencias, pues ellas no dejan de constituirse en fuerzas activas que exigen satisfacción.
Entenderlo así es fundamental para comprender el proceso de transformación del sujeto que significa el consumo. La idea de "carencia" lleva a entenderlo como una actividad por cuyo intermedio se llena un vacío, al menos por un tiempo, hasta que por el uso y desgaste del producto el vacío o carencia vuelve a manifestarse. El consumo aparece entonces como un proceso permanentemente reiterativo y recurrente frente a necesidades que reaparecen periódicamente con iguales características. Aunque hay algunos actos de consumo que pueden ser así explicados (es el caso, en parte, de la alimentación), la generalización de esta idea implica una reducción mecanicista de un proceso que presenta muchas otras formas, características y cualidades.
Las personas y las comunidades no están motivadas sólo por sus carencias sino también por las potencialidades y capacidades que quieren actualizar, a fin de ser más y de poder hacer nuevas y mayores obras que expresen lo que son y los proyecten más allá de lo que han llegado a ser hasta el presente. La actualización de potencialidades y el desarrollo de capacidades son energías que motivan la búsqueda permanente de los medios capaces de lograrlo, constituyéndose en fuerzas orientadas al consumo de siempre nuevos bienes y servicios. Se comprende así el consumo como un proceso dinámico, que no se manifiesta sólo reiterativo sino creciente y cambiante, dando lugar a procesos de crecimiento y desarrollo.
Se comprende también que las transformaciones que experimentan los sujetos del consumo son de varios tipos y presentan dimensiones y cualidades diferentes. El resultado de cualquier acto de consumo es siempre algún cambio, por infinitesimal que sea, en el sujeto que lo efectúa. Siendo así, cada acto de consumo se verifica en condiciones que en alguna medida son diferentes a las que se dieron en el acto de consumo anterior. Si he comido determinado alimento estaré orientado a comer algo distinto en la ocasión siguiente, o seré más o menos exigente respecto a la cantidad y calidad de la alimentación. Si he tenido ocasión de visitar un museo de arte probablemente habré perfeccionado mis capacidades de apreciación estética, y estaré diferentemente dispuesto en el futuro a utilizar determinadas obras de arte en la satisfacción de mis necesidades culturales. Si mis experiencias de convivencia y relación con los demás han tenido determinadas características, mis orientaciones hacia el consumo de bienes y servicios relacionales serán probablemente diferentes a las que tendría si esas experiencias hubiesen sido otras. Y así en todos los casos, lo que explica la producción de siempre nuevos y más variados bienes y servicios.
El consumo por parte de un sujeto -individual o social- ya a nivel microeconómico debe, pues, entenderse como un proceso, que puede calificarse de diferentes modos: como de crecimiento, pero también de deterioro progresivo, o de mantención y estabilidad relativa. Y que puede orientarse en diferentes direcciones, dando lugar a la extraordinaria variedad que se observa entre las preferencias y pautas de consumo en los individuos y en las comunidades.
Ahora bien, si las necesidades que dan lugar al consumo son fuerzas de las más variadas clases que las personas y los grupos despliegan voluntariamente, el consumo puede ser cualificado ética y axiológicamente. En otras palabras, en los actos y procesos de consumo están en juego los valores y las normas y principios que determinan el comportamiento humano como bueno o malo, justo o injusto, constructivo o destructivo, etc. No todas las "necesidades" económicas son, entonces, positivas, ni siempre es conveniente su satisfacción. Aunque no sea el económico el criterio último de discernimiento respecto a estas cualidades del consumo, podemos encontrar un elemento de juicio en el análisis de las transformaciones que experimentan los sujetos que lo efectúan. El consumo de bienes y servicios, tanto al nivel del individuo, del grupo o de la sociedad global, no siempre genera bienestar y crecimiento pudiendo también implicar deterioros, desequilibrios, desajustes u otros efectos negativos por los cuales en vez de satisfacer incrementan las carencias, o en vez de hacer crecer empequeñecen.
Entre tales transformaciones deberán considerarse también los efectos de la utilización de los bienes y servicios sobre otras personas, grupos, comunidades y sociedades. En realidad, cada acto de consumo afecta en alguna medida -aunque sea infinitesimal- a todos los miembros de la sociedad, cuyas relaciones vinculan estrechamente sus respectivas existencias. La afirmación de Hegel que citamos en el epígrafe de este Libro tercero muestra ser válida también respecto al proceso del consumo. Los economistas han resaltado bastante las conexiones que se dan entre los distintos elementos del proceso de circulación, y también destacan las interconexiones en el proceso de producción; el reconocimiento de estas interrelaciones e interacciones debe extenderse análogamente a los procesos de consumo.
Comprender las necesidades, aspiraciones y deseos como fuerzas nos lleva a percibir que las necesidades se manifiestan con distintas intensidades e imperiosidad, y que a menudo "chocan" unas con otras, no solamente las de personas y grupos distintos entre sí, sino al interior de un mismo sujeto, individual o colectivo que sea. La interconexión entre las necesidades muestra así nuevas dimensiones que es preciso explicitar.
Aparece en primer término la jerarquización de las necesidades y deseos de la gente, que tiene indudables implicaciones para el consumo, y a partir de este para la producción y circulación. Pero no todos los sujetos presentan la misma jerarquía de necesidades: diferentes estructuras ideológicas, rasgos de personalidad, formaciones cultural es, adscripciones ideológicas y axiológicas, etc. hacen que los sujetos prioricen de muy distintas maneras sus necesidades, aspiraciones y deseos, buscando satisfacer cada una de ellas con diversa intensidad y considerando cumplidos sus deseos en distintos niveles y con diferentes cantidades, tipos y calidades de bienes y servicios.
Otro aspecto digno de destacarse es que las necesidades no se presentan ni pueden ser satisfechas todas simultáneamente, sino que se encuentran distribuidas en el tiempo y a lo largo de la vida de los sujetos que las experimentan. Son distintas las necesidades y deseos en la mañana y en la noche, como distintas son las del niño, del joven y del anciano. Lo mismo vale para las comunidades, para las empresas, para las instituciones y los Estados, en sus respectivas dimensiones y momentos históricos. Esto implica que es preciso organizar el consumo en el tiempo, teniendo en cuenta que los ritmos de la producción no son los mismos que los del consumo, lo cual exige un proceso de racionalización.
Además, las necesidades no se presentan independientes o aisladas unas de otras sino que se articulan en lo que puede considerarse como una estructura de necesidades, también diferente en cada individuo, en cada clase social, en cada empresa, en cada grupo y comunidad, en cada cultura y en cada civilización. En efecto, entre unas necesidades otras existen diferentes articulaciones: unas se complementan con otras, la satisfacción de unas puede compensar la satisfacción de otras, o la sobresatisfacción de alguna inhibir el aparecimiento de una nueva necesidad. Por todo ello, se produce una inmensa diversificación no sólo en el grado sino también en la calidad de su satisfacción.
La jerarquización de las necesidades, su distribución en el tiempo y su integración en estructuras complejas y diversificadas implica que cada una de ellas, aún las universales y las que ocupan un lugar más alto en la jerarquía, pueden ser satisfechas de formas muy distintas, a través de bienes y servicios que se presentan ante los sujetos como alternativas entre las que pueden optar. Y a través de también muy distintas combinaciones de bienes y servicios. Esto es válido tanto en términos cuantitativos como cualitativos. En efecto, dadas las diversas intensidades con que los sujetos experimentan las necesidades y deseos, la provisión de bienes y servicios capaces de satisfacerlas puede oscilar entre rangos notablemente alejados. Una persona o una comunidad pueden necesitar más alimentos que otras, desear más libros e inforrnaciones, requerir una vida social más intensa, etc. A la inversa, con una misma provisión de bienes y servicios personas y comunidades distintas alcanzarán grados diferentes de satisfacción. También las necesidades pueden ser mejor o peor satisfechas dependiendo de la mayor o menor correspondencia y adaptación que se alcance entre los bienes y servicios utilizados y las necesidades mismas. Porque las necesidades son siempre bastante amplias y flexibles en cuanto al tipo de bienes o servicios con que puedan ser satisfechas, así como los productos pueden haber alcanzado niveles de calidad notablemente diferenciados. Por ejemplo, la necesidad de ser apreciado por los demás y sentirse integrado a la comunidad puede satisfacerse vistiendo la ropa de moda, participando en un club social, solidarizando y ayudando a los más necesitados, etc.
De este modo el proceso de consumo -aún más que los procesos de producción y circulación- se manifiesta como un ámbito de alternativas y de opciones libres, dentro de rangos delimitados por las disponibilidades de bienes y servicios y por las condiciones en que surgen las necesidades, deseos y aspiraciones de la gente. Las personas, comunidades y sociedades pueden establecer, a su vez, diferentes mecanismos y sistemas de determinación de objetivos y medios, lo que se manifestará en distintos modos de organización del consumo; la participación de los individuos, del Estado, de las comunidades y cuerpos intermedios, de los organismos técnicos, etc. pueden ser varios y estar combinados diferentemente. También éste es un campo de alternativas y de opciones a nivel individual y social. surge, pues, la cuestión de las posibles racionalidades del consumo y la pregunta sobre los modos en que el proceso pueda ser optimizado. Pero antes debemos examinar el otro aspecto del consumo, a saber, la utilización de los productos.
61.- Los economistas no se han preocupado mucho de profundizar la distinción y el concepto de los bienes y servicios. Como ejemplo tomemos la formulación de R.G. Lipsey, aunque podríamos citar cualquier otro texto con igual resultado: "Las cosas producidas por los factores de producción son los llamados Bienes y Servicios. Los primeros son cosas tangibles, tales como zapatos o coches; los segundos son intangibles, como un corte de pelo o la educación". El autor, sin embargo, parece , darse cuenta de la debilidad inherente a esta distinción en que "tangible" e "intangible" son términos de una imprecisión sorprendente si nos atenemos a los ejemplos mencionados. Agrega, dando por zanjada definitivamente la cuestión: "Sin embargo, no deberíamos exagerar esta distinción: cualquier bien está valorado de acuerdo con el servicio que produce a su propietario. En el caso del coche, por ejemplo, los servicios consisten en cosas tales como el transporte, la movilidad y, posiblemente, el nivel o prestigio social que confiere".
[3]
Por nuestra parte, la distinción entre bienes y servicios tampoco es decisiva, sirviendo la expresión "bienes y servicios" considerada unidamente para reconocer la amplitud de la producción económica, que no se reduce a las cosas materiales sino también a un conjunto de acciones que proporcionan satisfacción a las necesidades humanas. En tal sentido, hablamos de bienes para referirnos a productos económicos tangibles e intangibles, y hablamos de servicios para referirnos a acciones económicamente producidas, que también pueden Ser tangibles e intangibles. La clasificación de los productos debe hacerse con más complejos criterios, y hacia ello nos encaminamos.
Entendiendo la urgencia de adquirir una perspectiva amplia de la actividad económica y de las necesidades que deben ser satisfechas por su intermedio, M. Max-Neef adoptó la noción de satisfactores para referirse a las "formas de ser, tener, hacer y estar, de carácter individual y colectivo, conducentes a la actualización de necesidades", entendiendo por
bienes económicos los "objetos y artefactos que permiten afectar la eficiencia de un satisfactor, alterando así el umbral de actualización de una necesidad, ya sea en sentido positivo o negativo".
[4] Según este autor "los satisfactores no son los bienes económicos disponibles sino que están referidos a todo aquello que, por representar formas de ser, tener, hacer y estar, contribuye a la realización de necesidades humanas. Puede incluir, entre otras, formas de organización, estructuras políticas, prácticas sociales, condiciones subjetivas, valores y normas, espacios, contextos, comportamientos y actitudes; todas en una tensión permanente entre consolidación y cambio (...) Mientras un satisfactor es en sentido último el modo por el cual se expresa una necesidad, los bienes son en sentido estricto el medio por el cual el sujeto potencia los satisfactores para vivir sus necesidades.(...) Suponer una relación directa entre necesidades y bienes económicos permite la construcción de una disciplina objetiva, tal como la disciplina tradicional supone serlo. Es decir, d e una disciplina mecanicista en que el supuesto central es el de que las necesidades se manifiestan a través de la demanda que, a su vez, está determinada por las preferencias individuales en relación a los bienes producidos. El incluir los satisfactores como parte del proceso económico implica reivindicar lo subjetivo más allá de las puras preferencias respecto de objetos y artefactos".
[5]
Indudablemente la intención de MaX-Neef coincide con nuestro propósito de "reivindicar lo subjetivo" en la economía y de superar una visión mecanicista de la disciplina, ampliando sus horizontes en muchos sentidos. Sin embargo, la introducción del concepto de "satisfactor" como elemento decisivo de tal propósito no parece adecuada. Por un lado, el concepto nos resulta impreciso, ambiguo y difícilmente operacionable. Por otro, en el afán de destacar su centralidad y de distinguirlo tanto de las necesidades como de los bienes económicos, reduce estos últimos a solo los "objetos y artefactos" concretos, y Supone un concepto de las necesidades extremadamente abstracto y genérico que le permite suponer que ellas son "finitas, pocas y clasificables (...), las mismas en todas las culturas y en todos los períodos históricos.”
[6] Así, por ejemplo, una necesidad sería la "subsistencia", siendo satisfactores de la misma la salud física y mental, la alimentación, el abrigo y el trabajo, procrear, descansar y trabajar, el entorno vital y social, etc. Los bienes serían aquellos objetos y artefactos que inciden en la eficiencia de eSo s satisfactores, como el pan, un chaleco, una cama, etc. Pero "subsistencia" no es sino una noción genérica con la que se engloba un conjunto de necesidades (de alimentación, abrigo, trabajo, procreación, descanso, etc.), y lo mismo puede decirse de las necesidades de entendimiento, identidad, creación, etc. y sus respectivos "satisfactores". Encontramos así que en varios casos los llamados "satisfactores" son en realidad necesidades y deseos más específicos, mientras en otros casos identifican de hecho bienes y servicios.
En otras palabras, el concepto de necesidad en Max-Neef es del mismo nivel de abstracción con que hemos distinguido los tipos de necesidades fisiológicas, espirituales, de autoconservación y de convivencia. O sea, son categorías sintéticas con las que se agrupan, ordenan y clasifican numerosas necesidades. Por otro lado, la reducción de los bienes económicos a sólo objetos y artefactos (para hacer lo cual ha descuidado la noción de los "servicios") contiene el germen de eventuales nuevas visiones reduccionistas de la producción y del mercado.
Con todo, el intento de Max-Neef tiene el valor de buscar un nuevo paradigma teórico que, en lo que al proceso de consumo se refiere, apunta a comprender dos hechos sustanciales relevantes. El primero, que las necesidades no son independientes y aisladas unas de otras sino que se articulan, se complementan, se integran y se compensan formando las "estructuras de necesidades" características de cada sujeto individual o social. El segundo, que los bienes y servicios producidos económicamente no son sólo aquellos que se intercambian a precios determinados sino que abarcan bienes y servicios culturales, espirituales y sociales a menudo inmateriales, los que a su vez se articulan, integran y combinan conformando conjuntos y estructuras de bienes que permiten la satisfacción combinada de necesidades también complejas.
Más allá de la distinción entre bienes y servicios, entendemos por producto -y elemento objetivo del consumo- cualquier tipo de energías e informaciones, individuales o combinadas, simples o compuestas, que habiendo sido procesadas económicamente tengan la cualidad de ser útiles a la satisfacción de necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, o al desarrollo de sus capacidades y a la actualización de sus fuerzas y potencialidades. Productos económicos pueden ser, en consecuencia, además de los bienes y servicios de los más variados tipos que circulan en el mercado, también una organización social, una actividad, una situación compleja, un ambiente, una realidad cultural, etc., creadas mediante actividades económicas determinadas.
Así definidos, los productos pueden ser clasificados de diferentes maneras, unas mejores que otras para el análisis y orientación de los procesos de consumo. Dos criterios estrechamente relacionados permiten formular clasificaciones teóricamente útiles. Los clasificaremos según el tipo de necesidades que satisfacen y según el modo en que son transformados en el consumo.
Según el tipo de necesidades que satisfacen distinguimos los productos en base a la clasificación de las necesidades que adoptamos. Tenemos, pues:
a) Bienes y servicios materiales orientados a la satisfacción de necesidades fisiológicas; en este grupo se encuentran los alimentos, vestidos, atención médica, elementos deportivos, útiles de cocina, artefactos domésticos, etc.
b) Bienes y servicios culturales que sirven para la satisfacción de necesidades espirituales; se incluyen en este grupo los bienes y servicios relativos a la enseñanza, capacitación y formación, las obras de arte, los conocimientos científicos y técnicos, las informaciones, estadísticas y programas, los templos, banderas y otros símbolos, obras literarias, etc.
c) Bienes y servicios proteccionales que satisfacen necesidades de autoconservación; incluyen las viviendas, los sistemas de seguridad y protección, servicios policiales, instrumentos de defensa, armas, servicios públicos de protección de las personas y de la propiedad, organizaciones e instituciones políticas, etc.
d) Bienes y servicios relacionales orientados a la satisfacción de necesidades de convivencia y relación con los demás, tales como clubes, círculos de amigos, fiestas, encuentros deportivos, centros y servicios de entretención y convivencia, servicios de correo, teléfonos y otros medios de comunicación, organizaciones comunitarias y muchos otros.
Todos los bienes y servicios, materiales e inmateriales, producidos por los hombres en las unidades económicas y distribuidos a través de algún tipo de relaciones económicas en el mercado, tienen cabida en esta clasificación. Naturalmente y como profundizaremos más adelante, ciertos productos tienen la cualidad de servir simultáneamente a más de una necesidad, o se encuentran combinados e integrados con otros de modo que aportan a la satisfacción conjunta de varias necesidades. Un caso ejemplar de ello puede ser la vivienda, que sirve para la satisfacción de los cuatro tipos de necesidades señaladas, y donde se entremezclan bienes y servicios de varias clases. Otro ejemplo lo constituye una organización o institución social, que es un producto económico en cuanto su implementación ha exigido múltiples trabajos y el uso de distintos factores por parte de varias unidades económicas, y que está constituida por una variada gama de bienes y servicios integrados que sirven a l a satisfacción de muchas necesidades.
Por otro lado, el nexo entre el tipo de bienes y el tipo de necesidades que satisfacen se encuentra afectado por el carácter "sistémico" de las necesidades y de los bienes mismos. Por ejemplo, un templo es un bien material que satisface las necesidades del cuerpo, que precisa cobijarse, sentarse, etc. también cuando las personas alaban a Dios; pero una serie de características arquitectónicas y culturales de los templos hacen que favorezca directamente la satisfacción de necesidades y aspiraciones relacionales y espirituales, de manera que en su misma conformación material el templo sea considerado como un bien que es también proteccional, relacional y espiritual. En otro ejemplo, el arte culinario es un bien de tipo cultural constituido básicamente de conocimientos y destrezas; pero se encuentra indisolublemente unido a la satisfacción de necesidades y deseos del cuerpo. Concluimos, pues, que esta primera clasificación de los productos no deja de presentar complejidades. Veamos ahora el otro criterio de clasificación.
Según el modo en que son transformados por el consumo pueden distinguirse los siguientes tipos de productos:
a) Bienes y servicios perecibles, que son consumidos de una vez y luego se acaban o dejan de ser útiles para el propósito que fueron creados. Tales son muchos de los productos orientados a la satisfacción de necesidades fisiológicas.
b) Bienes y servicios durables, que prestan su utilidad en forma sostenida en el tiempo o que pueden ser utilizados reiteradamente en distintas oportunidades, des gastándose o perdiendo su utilidad muy lentamente a lo largo del tiempo. Muchos de los bienes y servicios que sirven para la satisfacción de necesidades de autoconservación son de este tipo.
c) Bienes y servicios potenciables, aquellos que mediante su utilización va perfeccionándose e incrementando su capacidad de continuar satisfaciendo las necesidades: en esta situación se encuentran todos aquellos productos que son consumidos mediante -o cuyos actos de consumo implican- la realización de actividades creativas y el desarrollo de las capacidades del sujeto. Gran parte de los bienes y servicios orientados a la satisfacción de necesidades espirituales presentan estas características.
c) Bienes y servicios variables, es decir, que existen en la medida que se mantengan las actividades que los crean y que sigan siendo utilizados, por lo que experimentan variaciones a lo largo del tiempo, pudiendo crecer y potenciarse o decrecer y perecer según las circunstancias. Muchos de los bienes y servicios que sirven a las necesidades de convivencia son de este tipo.
Más allá de la clasificación misma a lo que apunta este criterio es a mostrar que la transformación que experimenta el elemento objetivo del consumo puede verificarse de muy distintos modos, pudiendo ser instantánea, rápida, lenta o progresiva y pudiendo el producto trasformarse tanto por deterioro y pérdida de sus energías e informaciones originales como por crecimiento, maduración o integración en una realidad superior.
Combinando ambos criterios de clasificación se forma una matriz que individua 16 tipos de productos posibles. En ella destacamos -por medio de casilleros en tonalidades grises que indican grados de frecuencia para las respectivas combinaciones- las correspondencias que tienden a darse entre el tipo de necesidades que esos productos satisfacen y los modos en que son trasformados al ser consumidos.
Cuadro 2.
Ahora bien, la transformación que experimentan los distintos productos durante su consumo no depende sólo de las características y cualidades intrínsecas del bien o servicio sino también y de manera muchas veces decisiva del modo en que se efectúe el acto del consumo. En efecto, ya vimos que en el acto del consumo el sujeto es el elemento activo, el que realiza la acción, mientras el producto es el elemento pasivo, sobre el cual recae la acción. Es así como, dependiendo del modo de la acción del sujeto, el consumo de un mismo producto puede ser efectuado de manera que se destruya rápidamente o que perdure en el tiempo, que se deteriore o se perfeccione y valorice. Pensemos, por ejemplo, en los modos en que es posible utilizar una bicicleta, una vivienda, una institución, una obra de arte. Podremos discernir, para cada uno de esos bienes, modos de consumirlos destructivo, conservador, valorizador, creativo, etc.
Cuando se evalúe la calidad del consumo deberá, pues, tenerse en cuenta no solamente las transformaciones que experimenten los sujetos sino también las que se verifiquen en los bienes y servicios consumidos. Especialmente porque del modo como éstos se transformen depende la cantidad y calidad de satisfacción de necesidades y deseos que pueden proporcionar. Una bicicleta mejor cuidada podrá proporcionar mayor satisfacción a la necesidad de transporte y recreación, aunque un uso desconsiderado de la misma pueda significar la satisfacción de una necesidad de agresión o del deseo de hacerle un daño al dueño de la bicicleta. En otro ejemplo, es indudable que la lectura atenta y cuidadosa de un libro puede proporcionar una satisfacción mucho más alta de la necesidad de conocer, mientras que su lectura veloz y descuidada es suficiente para satisfacer la necesidad de mostrar a los colegas que se leyó ese libro y que se está incluso en condiciones de criticarlo.
Del modo en que se efectúe el acto del consumo depende también cuántos bienes sean necesarios para satisfacer una determinada necesidad o deseo: si de un bien o servicio se extraen y utilizan ampliamente sus energías e informaciones, es probable que pueda satisfacerse la necesidad en cuestión utilizándolo en menor cantidad.
La cuestión de las racionalidades del consumo queda también cualificada desde el punto de vista de la utilización de los productos. Antes de entrar de lleno en la cuestión nos queda por examinar todavía un aspecto de las relaciones que se dan entre los concomitantes procesos de transformación de los elementos subjetivo y objetivo del proceso de consumo.
62. El punto que nos interesa enfocar aquí se refiere específicamente a los nexos existentes entre las necesidades económicas de los sujetos y los bienes y servicios destinados a satisfacerlas.
Este tema ha sido enfocado por la economía convencional en el marco de lo que denomina "teorías del comportamiento de la economía doméstica" o "teoría de las preferencias, utilidad y opciones del consumidor". El asunto específico en que se interesan esas teorías se refiere a las opciones que hacen los consumidores entre los distintos bienes disponibles en función de maximizar la utilidad que pueden obtener, teniendo en cuenta las restricciones dadas por la renta que perciben y por los precios relativos. Las elaboraciones teóricas principales al respecto son: la teoría de la utilidad marginal, la teoría de las preferencias reveladas y la teoría de la indiferencia.
Las principales conclusiones de esas teorías respecto a la relación entre la utilidad del consumidor (satisfacción de necesidades) y los bienes y servicios ofrecidos en el mercado son las siguientes:
a) A medida que aumenta la cantidad de un bien su utilidad marginal para el consumidor (la de la última unidad del bien que consume) va disminuyendo. Algunos bienes pueden incluso tener una utilidad marginal negativa: el consumo de nuevas unidades en vez de aumentar la satisfacción produce desutilidades. Para cada bien existe una "curva de utilidad" que expresa la utilidad que obtiene el consumidor en distintas cantidades del bien.
b) Si los bienes fueran gratuitos y abundantes, las personas los consumirían hasta la cantidad en que su utilidad marginal sea igual a cero. Pero como tienen un costo, es preciso distribuir el gasto entre los distintos bienes y servicios útiles, de manera de alcanzar el máximo de utilidad posible con los recursos disponibles. Teóricamente esto se obtiene en el punto en que la utilidad marginal del último centavo gastado en cada bien sea la misma.
c) Los consumidores al efectuar sus gastos de consumo escogen entre distintos bienes. Para cada bien existe una tasa marginal de sustitución, que expresa cuántas unidades el consumidor esta dispuesto a sacrificar a fin de utilizar una unidad de otro bien. Cuando se consideran las sustituibilidades de dos bienes, se encuentran diferentes proporciones entre ellos cuyo consumo es considerado de igual utilidad; estas correspondencias dan lugar a un mapa de indiferencia. Al revelar sus preferencias, el consumidor pone de manifiesto que su opción entre las varias combinaciones de igual utilidad para él estarán determinadas tanto por las variaciones en su renta como por las variaciones en los precios relativos.
c) Al efectuar sus opciones el consumidor está condicionado por las características de los bienes y de sus propias necesidades. Esto se manifiesta en que ciertos bienes son más sustituibles que otros, lo que se refleja en distintas tasas marginales de sustituibilidad. Hay bienes que son perfectamente sustituibles y bienes que manifiestan ser perfectamente complementarios (ninguna sustituibilidad es posible entre ellos). Ello da lugar a la noción de elasticidad, que indica cuan sensibles son las cantidades en que varía el consume de un bien cuando se modifica su precio relativo.
Hasta aquí llega en lo sustancial la teoría económica; los desarrollos ulteriores sobre el tema no hacen más que complejizar el problema entrando en detalles y particularidades que no cambian el marco analítico y que han llevado progresivamente a incorporar nuevas variables, como el stock de riqueza, las preferencias por consumo en el tiempo y la incertidumbre. Pero se mantiene como base teórica la identificación de una relación bastante simple entre les bienes económicos y la utilidad que prestan en la satisfacción de las necesidades: hay una correspondencia entre bienes y necesidades, que no es tan estricta que no acepte que la misma necesidad sea satisfecha por bienes distintos; hay una relación entre cantidad de bienes y satisfacción de la necesidad, que no es de proporcionalidad directa sino que adopta la forma de una curva de utilidad, que acepta incluso desutilidades; y en la combinación de los bienes el consumidor busca optimizar el resultado conjunto de todos sus actos (gastos) de consumo. (En realidad, a la economía convencional no le interesan las necesidades como tales sino la utilidad que les bienes y servicios proporcionan a los consumidores; la "utilidad" es en ella una noción genérica que sintetiza todas las satisfacciones que los sujetos hacen de sus necesidades, independientemente de cuáles sean éstas).
Eso es todo, y es poco. No lo despreciamos, sin embargo, y debemos incorporarlo en la comprensión del proceso de consumo. Pero es indispensable reconocer que la relación entre los bienes y la satisfacción de las necesidades es muchísimo más compleja.
Uno de los principales aportes de M. Max-Neef -en el ya mencionado texto que recoge las elaboraciones colectivas de un grupo de estudiosos latinoamericanos- consiste en plantear este problema en su real complejidad. Allí señala que "no se trata de relacionar necesidades solamente con bienes y servicios que presuntamente las satisfacen; sino de relacionarlas además con prácticas sociales, formas de organización, modelos políticas y valores que repercuten sobre las formas en que se expresan las necesidades".
[7] Más precisamente, la idea de Max-Neef es que las necesidades humanas fundamentales conforman un sistema, en el cual se manifiestan complejas relaciones de simultaneidad, complementariedad y compensación entre unas necesidades y otras. La clave está en reemplazar el supuesto de linearidad (según el cual el consumo depende de las preferencias de los consumidores por bienes determinados) y trabajar con el supuesto sistémico.
Con este enfoque analiza luego los distintos "satisfactores" en orden a los efectos que producen sobre el sistema de necesidades, llegando a distinguirlos en cinco principales ,tipos, a saber: a) Los
violadores o destructores, que "al ser aplicados con la intención de satisfacer una determinada necesidad, no sólo aniquilan la posibilidad de su satisfacción en un plazo inmediato o mediato, sino que imposibilitan además la satisfacción adecuada de otras necesidades". b) Los
pseudo-satisfactores que "son elementos que estimulan una falsa sensación de satisfacción de una necesidad determinada; sin la agresividad de los violadores o destructores, pueden en ocasiones aniquilar, en un plazo mediato, la posibilidad de satisfacer la necesidad a que originalmente apuntan". c) Los satisfactores
inhibidores que "son aquellos que por el modo en que satisfacen (general` mente sobresatisfacen) una necesidad determinada dificultan la posibilidad de satisfacer otras necesidades". d) Los satisfactores
singulares, que "son aquellos que apuntan a la satisfacción de una sola necesidad, siendo neutros respecto de la satisfacción de otras necesidades". e) Los satisfactores
sinérgicos, que "son aquellos que, por la forma en que satisfacen una necesidad determinada, estimulan y contribuyen a la satisfacción simultánea de otras necesidades".
[8]
Más allá de las fuertes connotaciones valóricas que de algún modo sesgan la comprensividad de esta clasificación, el aporte del autor es esencial en cuanto pone en evidencia la complejidad de los nexos existentes entre la satisfacción de las necesidades y la utilización de los productos. Ya hicimos una crítica a esta conceptualización en cuanto, en vistas de comprender tal complejidad, coloca entre las necesidades y los bienes el nivel más vago y general de los "satisfactores". Para superar la linearidad propia del análisis convencional y comprender la complejidad de las mencionadas relaciones nos parece más apropiado pensar que tanto las necesidades como los bienes y servicios se encuentran entrelazados constituyendo "sistemas". En otras palabras, los sujetos -individuales y sociales- buscan satisfacer sus complejas e interrelacionadas necesidades utilizando complejos interrelacionados de bienes, configurándose así un proceso de consumo constituido por un conjunto interactivo de actos o actividades de consumo.
En la interacción entre ambos lados del proceso de consumo destacan, en primer lugar, las influencias que tienen las necesidades sobre los bienes y servicios. Si las necesidades no son sólo carencias pasivas sino fuerzas operantes que buscan satisfacción, es evidente que ellas determinan en gran medida los tipos de bienes y servicios que los sujetos económicos demandan a las empresas, incentivando su producción.
Esta influencia de la demanda sobre la oferta, sin embargo, no debe entenderse de manera simplista, como hace cierta economía convencional cuando resalta la "soberanía del consumidor", el cual al demandar y comprar un bien o servicio determinado estaría "votando" en favor de la producción de ese determinado producto. Aunque tal idea no carece de todo sentido, es preciso comprender que las necesidades se encuentran interrelacionadas e interactúan "sistémicamente", de manera que las orientaciones y exigencias que desde ellas emanan hacia los productores corresponden a esas estructuras de necesidades complejas y a esos modos de satisfacción que ya analizamos, y que dependen de la conformación social, cultural, ética y política de las personas, las comunidades, las empresas y la sociedad en su conjunto. Así, son determinantes del consumo (y condicionantes de la producción) un conjunto de aspectos extraeconómicos que configuran el modo de ser de los sujetos económicos y de la sociedad en que se desenvuelven. Una cultura individualista, una cultura comunitaria o una cultura de masas deben ser consideradas como configurantes de muy distintas fuerzas que, desde el lado del elemento subjetivo del consumo condicionan diversificadamente también su elemento objetivo.
Entender las necesidades como fuerzas y no como simples carencias permite visualizar las reales potencialidades de los i consumidores en la estructuración de los mercados y de la producción, lo que queda bastante oculto si se las enfoca como simples carencias que se satisfacen al ser "colmadas" por respectivos bienes y servicios.
Pero como las necesidades pueden ser satisfechas de diferentes maneras y utilizando una variedad de bienes y servicios, también debe reconocerse una significativa autonomía a las fuerzas de la oferta (las empresas) en la determinación de los bienes y servicios que producen y que, al ser ofrecidos en el mercado llegan a ser utilizados por los consumidores. Es conocido el hecho que determinados bienes y servicios "crean" las necesidades y deseos que vienen a satisfacer. También puede observarse que la provisión de determinados bienes no sólo despierta la necesidad y el deseo de ellos, sino que puede inhibir y relegar a segundo plano otras necesidades, alterando globalmente las estructuras de necesidades que manifiestan los sujetos, personas, comunidades o sociedades en general.
Ahora bien, desde el momento que un bien puede satisfacer diferentes necesidades y tener efectos en distintos sujetos, y como a su vez las necesidades pueden ser satisfechas por distintos bienes, sucede que las estructuras y jerarquizaciones de las necesidades propias de cada sujeto tienen efectos sobre las de los otros. Las opciones efectuadas por cada consumidor inciden no sólo sobre la producción sino también sobre las formas en que otros sujetos consumen y satisfacen sus necesidades.
Veámoslo más concretamente mediante un ejemplo. La necesidad de esparcimiento y entretención puede satisfacerse utilizando la televisión o mediante la realización de juegos y actividades comunitarias. Cuando una persona -o mucha gente- opta por la televisión, está favoreciendo que otras personas que podrían preferir las actividades comunitarias se orienten también hacia el consumo de televisión. Lo mismo sucede a la inversa: si la gente empieza a optar por las actividades comunitarias es probable que otras que satisfacían preferentemente esa necesidad con los televisores empiecen a hacerlo comunitariamente. Además, como la televisión es un bien que satisface varias otras necesidades, como la de información, su difusión en orden a la necesidad de esparcimiento incide en que muchas personas empiecen a preferir informarse por su intermedio en vez de hacerlo por la radio o por la prensa escrita. A la inversa: también las actividades comunitarias sirven para satisfacer necesidades de información, de manera que la opción por ellas en orden a la entretención lleva consigo la incentivación a informarse mediante la comunicación oral o escrita, y en general a través de la utilización de medios distintos a la televisión. Así, en la interacción entre necesidades y bienes queda evidenciado el carácter "sistémico" de ambos lados del consumo.
Se verifica en los procesos de consumo, pues, una dialéctica -una relación de fuerzas- compleja. Por una parte está la lucha e interacción entre productores y consumidores en que, según las características peculiares del mercado y de la economía en cuestión, llegan a predominar unos u otros. Veremos luego que, cuando el mercado se encuentra más concentrado y existen formas de producción más centralizadas y monopólicas, las fuerzas de los productores son más poderosas y los consumidores se encuentran en condiciones deprimidas. El consumo resulta más ineficiente, dando como resultado una menor satisfacción de las necesidades y deseos de la gente. Por otra parte está la interacción entre los distintos consumidores, que se influyen recíprocamente. También aquí la existencia de consumidores con alto poder de demanda da lugar a focos de influencia que a veces resultan decisivos sobre las estructuras generales del consumo. Es fácil comprender que tal concentración da lugar a procesos de homogenización y estandarización que empobrecen la satisfacción de necesidades y deseos humanos, deteriorando los procesos generales del consumo.
Tener en cuenta estas complejas relaciones entre los elementos subjetivo y objetivo del proceso de consumo permite comprenderla cuestión que dejamos enunciada ya al analizar la circulación, a saber, acaso existen bienes y servicios que no sean buenos, debiéndose en consecuencia decir que en la economía se producen y circulan también "males y perjuicios". Más que a calificar así los productos económicos mismos, nuestro análisis nos lleva a identificar sus connotaciones positivas o negativas en función de los efectos que tienen sobre las necesidades humanas y sus modos de satisfacción. Por un lado, en cuanto los productos pueden influir sobre la estructura de necesidades de los sujetos, alterando su jerarquización y sus prioridades, y por otro, en cuanto los efectos que tienen los bienes y servicios se extienden en varios sentidos, tanto en la misma persona o grupo que lo consume directamente como hacia otros sujetos vinculados.
Podemos esquematizar este conjunto de relaciones procediendo a una nueva y más completa clasificación de los bienes y servicios (complementaria de las dos que propusimos antes utilizando como criterios el tipo de necesidades que satisfacen y el modo en que son transformados por el consumo). El criterio de clasificación de los bienes y servicios con que procederemos ahora puede sintetizarse como el modo en que satisfacen y afectan las necesidades.
Según el tipo de sujetos cuyas necesidades satisfacen distinguimos: bienes y servicios de consumo individual, de consumo grupal o comunitario, y de consumo público.
Según la cantidad de necesidades que satisfacen distinguimos: bienes y servicios simples (que satisfacen una sola necesidad o deseo) y complejos (que satisfacen simultáneamente varias necesidades y deseos).
Según los efectos que tiene su consumo sobre otras necesidades distinguimos: bienes y servicios neutrales (que no afectan otras necesidades o deseos), inhibidores (que reducen, dañan o afectan negativamente de cualquier modo otras necesidades), y expansivos (que amplían, favorecen o afectan positivamente de cualquier modo otras necesidades).
Estos efectos neutrales, inhibidores y expansivos pueden referirse, naturalmente, tanto a las necesidades de los mismos sujetos individuales, comunitarios o públicos que utilizan los productos (los que llamamos consumidores primarios), como a terceros afectados por el consumo primario, que también pueden ser individuos, comunidades o públicos (los que denominamos consumidores secundarios, puesto que si bien no son los que efectúan directamente el acto básico por el cual los productos son utilizados, de hecho resultan transformados también por esos productos, que en esa medida indirectamente consumen).
Combinando estos distintos aspectos descubrimos la existencia de una inmensa variedad de bienes y servicios, que van, por ejemplo, desde el producto de consumo individual que satisface una necesidad singular sin afectar otras necesidades del consumidor primario pero afectando negativamente alguna necesidad de un consumidor individual secundario, hasta el producto de consumo público que satisface simultáneamente varias necesidades del consumidor primario, inhibiendo algunas necesidades de algunos consumidores secundarios individuales y grupales pero potenciando necesidades de otros consumidores públicos.
Más que para efectuar una clasificación exhaustiva de todos los bienes y productos, estos criterios de clasificación combinados son útiles para identificar mejor los efectos que sobre distintos sujetos y sus necesidades tienen diferentes tipos de productos. Podremos ver, por ejemplo, que el cigarrillo es un producto de consumo primario de un sujeto individual del cual satisface varios deseos, que a veces tiene un consumidor individual o grupal secundario que es afectado por el humo, y que tiene efectos inhibidores tanto en el consumidor primario como en el secundario. En otro ejemplo, un curso de capacitación es un servicio de consumo primario grupal que satisface simultáneamente varias necesidades tanto individuales como grupales, y que tiene otros consumidores secundarios individuales y públicos que expanden sus necesidades por efecto del mismo curso.
Desde un punto de vista teórico, estas clasificaciones y distinciones son importantes para comprender las diferentes racionalidades del consumo. En efecto, la consideración Conjunta de estas características y cualidades de los bienes y servicios, de sus distinta s clases y de sus diferentes modos de utilización, con las características, cualidades, clases y modos de satisfacción de las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, permite plantearnos con cierto rigor la cuestión de las racionalidades del consumo y de las formas en que sea posible optimizarlo. Cuestión económica fundamental que la disciplina casi no ha tomado en cuenta.
[1] Las Donaciones..., parág. 29.
[2] Manfred Max-Neef et al. en
Desarrollo a escala humana,
una opción para el futuro, "Development dialogue, número especial 1986, Cepaur-Fundación Dag Hammarskjold, Uppsala, Suecia, pág. 42.
[3] Richard G. Lipsey,
Introducción a la economía positiva, Vicens Universidad, Barcelona 1984, pág. 57.
[4] M. Max-Neef et al.,
op. cit. pág. 41.
[5] M. MaxNeef et al.,
op. cit. pág. 35 y 36
[6] M. Max-Neef et al.,
op. cit., pág. 27.
[7] M. Max-Neef et al.,
op. cit., pág. 36.
[8] M. Max-Neef et al.,
op. cit., págs. 43 al 45.