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Primera Sección: EL BUEN DESARROLLO 1. La cuestión del desarrollo: crisis de un concepto y búsqueda de un nuevo paradigma.

1.- La cuestión del desarrollo económico, que durante varias décadas concentró el interés de economistas y científicos sociales, hace tiempo que no da lugar a obras teóricas importantes. Es cierto que hay nuevos aportes, como aquellos que destacan el rol determinante de la ciencia, las tecnologías y los recursos humanos; pero tales elaboraciones no intentan proponer alguna teoría general del desarrollo que permita comprenderlo en su globalidad. Y ello no ocurre porque se considere que ya exista un adecuado marco general del asunto. Al contrario, últimamente las más importantes e interesantes elaboraciones sobre el desarrollo han sido aquellas que se han abocado a su crítica, la que ha llegado a ser tan contundente
que retomar hoy el tema se ha convertido en tarea especialmente ardua.

Varias son las vertientes de la crítica, de las que es necesario hacerse cargo. Algunas corrientes de pensamiento económico han dejado de reconocer el desarrollo como un problema teórico relevante, porque lo subsumen bajo la cuestión de la óptima organización del mercado y la distribución económica, en función de la más eficiente asignación de los recursos y de una más justa distribución de la riqueza. Esta subordinación del tema del desarrollo al tema de la distribución se ha hecho desde dos ópticas distintas y en cierta medida opuestas.


Por un lado se argumenta desde una óptica neoliberal (que se funda en la concepción neoclásica de la economía, ampliada y perfeccionada), que la elaboración de teorías y modelos de desarrollo empezó cuando ciertos economistas y políticos supusieron posible acelerar los procesos de crecimiento mediante políticas de intervención estatal que, limitando el libre juego del mercado, redistribuyeran la riqueza y reasignaran los recursos en función de objetivos nacionales de industrialización; pero tal intervención del Estado en la economía sólo distorsionaría los mercados provocando desequilibrios y disfuncionalidades que terminan frenando el crecimiento esperado. El problema importante, desde esa perspectiva, no es el desarrollo económico en sí mismo sino la óptima y equilibrada organización del mercado, libre y abierto, siendo el desarrollo su lógica consecuencia.

Por otro lado está la crítica que se formula desde una óptica socialista (fundada en la economía política marxista), que denuncia el «desarrollismo» argumentando que los problemas de la economía derivan de un modo de acumulación del capital que se sostiene sobre la injusta distribución de la riqueza. Esto se manifestaría
especialmente en la división del mundo entre naciones desarrolladas y subdesarrolladas, donde las primeras se sostendrían sobre una inequitativa organización mundial del mercado capitalista que concentra la riqueza y excluye del desarrollo a vastas regiones del mundo. Más en general, el capitalismo no permitiría acceder a una nueva y superior fase de desarrollo porque establece un tipo de relaciones sociales de producción que pone límites al desarrollo de las fuerzas productivas. El problema importante, desde esa perspectiva, no es el desarrollo económico como tal sino la transformación estructural de la economía, de modo que la instauración de nuevas relaciones sociales tendría como lógica consecuencia resolver definitivamente el problema del desarrollo.

Ambas concepciones críticas del desarrollo son antiguas, pero han mostrado una gran capacidad de reproponerse y renovarse con nuevos argumentos y razones. En realidad, ellas se han desplegado criticándose recíprocamente pero no logran eliminarse del escenario intelectual, porque ambas tienen asideros en la realidad y razones de peso que esgrimir.


Sin embargo el debate se ha complicado enormemente, y la crítica del desarrollo adquiere actualmente una renovada y especial intensidad por la entrada en escena de una nueva vertiente intelectual. Desde una óptica muy distinta a las anteriores,
acuciados por la preocupación ecológica, también abandonan el tema del desarrollo -excepto para formular su crítica con creciente precisión- quienes observan la tendencia al agotamiento de los recursos «no renovables» y los desequilibrios del ecosistema derivados de la expansión de la sociedad industrial. Refuerzan la
crítica relevando junto al problema ecológico el carácter unilateral, centrado en las cosas y no en las personas, de un crecimiento económico que no se traduce en una mejor calidad de vida y que incluso inhibe el desarrollo social y cultural. La conclusión
de tales análisis es, en extrema síntesis, que seguir persiguiendo el crecimiento significa adentrarse aún más por un camino sin salida y sin retorno.


Es cierto que esta crítica cuestiona el crecimiento económico y suele explicitar que el desarrollo es algo distinto y más complejo e integral; pero al criticar de manera cada vez más radical el crecimiento, la perspectiva del desarrollo aceptable o deseable -definido como ecológicamente sustentable y «a escala humana»- cambia tan sustancialmente que, de las elaboraciones propositivas que se han acumulado en torno a estas nociones poco puede ser recuperado para el tema del desarrollo como tal.

En realidad, en ninguno de los enfoques críticos se ha dado el paso de negar el desarrollo como un objetivo deseable: tanta ha sido y sigue siendo la fuerza motivadora del concepto.1 Sin embargo, sea que se lo valore y afirme como el resultado no problemático de los equilibrios macroeconómicos y del espontáneo operar de los agentes económicos en un mercado libre, o que se lo supedite a una
transformación estructural de la distribución y del modo de producción, o que se exprese como búsqueda de un «eco-desarrollo» que implique al mismo tiempo una superior calidad de vida, la cuestión del desarrollo económico como tal queda
teóricamente desplazada.

Sin duda es preciso reconocer la validez, al menos parcial, que tienen las razones esgrimidas desde las mencionadas perspectivas críticas, pero ello exige enmarcarlas en un cuerpo teórico más amplio que les asigne la debida proporción.

Por un lado, es convincente el argumento que muestra el desarrollo como resultado y consecuencia del más perfecto funcionamiento del mercado, a condición que entendamos a éste en los términos en que lo hemos redefinido en esta obra2 , esto es, constituido por todos los sujetos individuales, colectivos y sociales que participan en la economía bajo cualquiera de sus modos de distribución y
asignación. Bajo esta condición se torna posible integrar la teoría del mercado y la teoría del desarrollo. En efecto, ellas se han desenvuelto separadamente porque en la teoría del equilibrio general se hace el supuesto de que el mercado está constituido
exclusivamente por relaciones de intercambio entre oferentes, intermediarios y demandantes, dejando fuera del análisis otras relaciones y flujos económicos (planificación, tributaciones, asignaciones, cooperación, donaciones, reciprocidad, etc.)
en que participan ampliamente los sectores público y solidario. Si, en cambio, se considera que estas relaciones y flujos económicos son parte integrante y necesaria del mercado determinado, habrá de reconocerse el papel que cumplen las políticas públicas y el operar de los sujetos sociales en su organización y funcionamiento
perfectos y de equilibrio. Además, el desarrollo económico no depende sólo de la óptima organización del mercado y de los circuitos de distribución, dependiendo también de la organización de los procesos de producción y de consumo, que requieren también ser integrados en una teoría general del desarrollo.

Por otro lado, también es verdad que graves limitaciones y distorsiones del desarrollo son consecuencia de un modo de acumulación capitalista que genera desigualdades, marginación y exclusión tales que reducen el aporte y la participación económica de grandes grupos sociales, y que llevan al desaprovechamiento de una elevada proporción de los recursos humanos y naturales. Es convincente también, entonces, el argumento que señala que el desarrollo requiere procesos de transformación estructural de la economía; pero a condición de que no se niegue el papel del
mercado, de los intercambios libres entre los agentes económicos, de la iniciativa individual que a través de la competencia conduzca a la eficiencia en la utilización de los recursos, y también del capital como categoría económica importante. Las insuficiencias del capitalismo y la injusta distribución de la riqueza no se resuelven
mediante el sólo expediente de la planificación centralizada en una economía en que el Estado reemplace al capital y se constituya como el único gran organizador de la producción y distribución, sino mediante el levantamiento de todas las categorías económicas (el Capital, el Estado, el Trabajo, la Comunidad, la Tecnología y la Tierra) configurando una economía pluralista, tal como puede entenderse desde una teoría económica comprensiva. Con tal enfoque se hace posible integrar la teoría de la transformación y la teoría del desarrollo, que se han desenvuelto separadamente porque se ha hecho el supuesto de que el segundo depende y es consecuencia de la primera, cuando en cambio es preciso comprenderlas componiendo un mismo proceso de perfeccionamiento de la economía en el tiempo.

En cuanto a la otra vertiente de la crítica, ¡cómo negar que el desarrollo no puede destruir la naturaleza, fuente principal de todos los recursos económicos, y que es preciso no sólo emplear con parsimonia y racionalidad aquellos que proporciona en forma limitada sino también, y mucho más profundamente, cuidar sus equilibrios que sólo ellos garantizan la reproducción natural de la vida, prerequisito de cualquier economía! Evidentemente, carece de todo sentido pretender un equilibrio y un desarrollo económicos que rompan con el equilibrio ecológico que lo sustenta. ¿Podría haber desarrollo económico -que implica la expansión y la óptima asignación y utilización de los recursos y factores- si se va
reduciendo y deteriorando la fuente misma de esos recursos y factores necesarios? Y ¿qué crecimiento económico puede interesarnos si éste no hace crecer a los hombres ni redunda en una vida más humana? Pero también la validez de este enfoque crítico requiere que se lo enmarque en una visión más amplia del problema,
que no lo subordine todo a la ecología y el medio ambiente olvidando las necesidades del hombre y los graves problemas sociales.

No sólo, pues, aceptamos como válidas las razones y problemas por los que hoy se tiende a abandonar el tema del desarrollo, sino que reconocemos que plantean cuestiones fundamentales que una nueva concepción y propuesta de desarrollo debe abordar y resolver. En otras palabras, se trata de construir una teoría del desarrollo que no contradiga sino que prolongue coherentemente la concepción del mercado y del mejor funcionamiento de la economía en su conjunto, mediante una visión dinámica de su organización en el tiempo. Se trata, igualmente, de elaborar una concepción del desarrollo que no niegue sino que profundice la necesidad de la transformación de la economía, integrando entre ambos conceptos el de su perfeccionamiento en el tiempo. Y se trata, por cierto, de formular una teoría del desarrollo que no sólo considere las «variables» ecológicas y humanas, sino que entienda la ecología, el medio ambiente, la integración social y el crecimiento humano, como elementos constitutivos centrales del desarrollo económico.

2.- No podemos abandonar el concepto de desarrollo porque no nos acercamos al tema con el enfoque miope que se pregunta de qué manera las economías industrializadas pueden continuar incrementando indefinidamente la producción de los mismos bienes y servicios que hoy saturan los mercados, ni cómo puedan los países considerados atrasados y subdesarrollados alcanzar los niveles y modos de producir y consumir que se observan en los llamados países desarrollados. Ni siquiera nos ponemos en la perspectiva de la historia breve de tres a cuatro siglos de industrialismo y capitalismo, sino en la historia milenaria de la humanidad que se
desarrolla explorando espacios siempre nuevos para una existencia humana en expansión. No descuidaremos, sin embargo, ni nos alejaremos de nuestro presente histórico y de las circunstancias desde las cuales analizamos y pensamos la economía. Lo importante es comprender el presente como momento de un proceso largo
que le da sentido y que nos permite identificar sus proyecciones.

Consideramos que el tema del desarrollo económico no solamente no puede ser abandonado, sino que constituye hoy más que nunca, precisamente por estar tan profundamente cuestionado, el que plantea los desafíos teóricos más serios e importantes, a cuya resolución debe abocarse con urgencia el trabajo intelectual. En efecto, la humanidad enfrenta actualmente la más profunda y extendida crisis que haya experimentado tal vez en la historia, la que puede entenderse precisamente como la crisis del desarrollo.

Al hablar de «crisis del desarrollo» no nos referimos solamente a fenómenos y procesos gravísimos de la economía internacional como la crisis del «estado de bienestar», la crisis del endeudamiento o la crisis del empleo, ni a la evolución
zigzagueante que manifiesta en las últimas décadas una economía internacional en proceso de globalización, en que se suceden desajustes y recesiones que resultan cada vez más impredecibles para los economistas. La «crisis del desarrollo» de que hablamos es algo muchísimo más profundo y serio que todo ello. La podemos expresar, como hipótesis, en estos términos concisos: mientras la economía mundial continúa su proceso de expansión y crecimiento global, una visión de conjunto del mundo permite ver que estamos avanzando hacia un colapso de la misma civilización que se está expandiendo y creciendo. Crisis del desarrollo no significa, pues, que lo que hemos entendido como desarrollo esté dejando de verificarse, sino al contrario, que mientras más avanzamos por el camino de ése desarrollo, más se agudizan los problemas y contradicciones de la sociedad y más nos acercamos al
punto en que continuar por dicha senda de desarrollo resultará imposible.

Esta hipótesis es sostenida por numerosos y lúcidos pensadores que proporcionan argumentos e informaciones que, acopiados, dan una visión contundente de la crisis. Nos limitaremos por ahora a señalar algunos de los grandes procesos y hechos que, al ser concomitantes al desarrollo económico en curso, nos ponen en presencia de su crisis y avalan la afirmación de que la cuestión del desarrollo constituye hoy, no obstante la deserción de los economistas, el más formidable problema y desafío que la teoría económica debe encarar.

A. Incremento de la pobreza. Conocida es la dificultad para definir y cuantificar la pobreza. En realidad, el concepto de pobreza es tan difícil de precisar como el de desarrollo, del cual es en última síntesis su opuesto. Pero aquí nos referimos a la pobreza entendida al modo convencional, como aquella situación que viven las personas y familias que carecen de lo necesario para llevar una vida digna, y cuya insatisfacción de las necesidades básicas se ha convertido en una situación permanente. Pues bien, no obstante el «desarrollo» -medido con los indicadores tradicionales- ha sido notable en las últimas décadas, hasta el punto que el ingreso per capita se ha duplicado en treinta años a nivel mundial, la pobreza
y la extrema pobreza han aumentado tanto en términos del número y proporción de la población afectada como de la magnitud de las carencias que implica en promedio. En el mundo, uno de cada tres seres humanos padece pobreza absoluta. En los países considerados «en vías de desarrollo», los que no logran satisfacer sus necesidades básicas son la mayoría, y más de un tercio de los habitantes son indigentes. La pobreza está aumentando incluso en los países «desarrollados», donde uno de cada seis o siete personas ha caído en su nivel de vida por debajo del umbral de pobreza. La situación es que, no obstante la economía mundial crezca y los capitales se multipliquen y las tecnologías se perfeccionen, la
pobreza aumenta, no solamente en términos relativos sino incluso absolutos. Naturalmente, el hecho contradice todas las previsiones y expectativas asociadas al concepto de desarrollo; pero es indesmentible y en sí mismo cuestiona radicalmente lo que dicho concepto y sus modos de medición suponen.

B. Desigualdades económicas y desintegración del orden social. Estrechamente relacionado con el aumento de la pobreza está el fenómeno de la creciente separación entre los niveles de vida y de ingresos que separan a los países y a los grupos sociales. Uno de los fenómenos más inquietantes que causa y pone de manifiesto este distanciamiento social es el llamado «crecimiento sin empleo».
Desde hace varias décadas la tasa de crecimiento del empleo en los países en desarrollo ha sido aproximadamente la mitad que la de la producción, y a medida que ésta aumenta el empleo va creciendo a un ritmo menor. Las proyecciones para el futuro no son nada prometedoras, pues conforme a las tendencias actuales el empleo seguirá yendo muy por detrás tanto del crecimiento como del aumento de la fuerza de trabajo. Como consecuencia de ello y más en general de la concentración de los mercados, la distribución del ingreso a nivel mundial presenta una estructura extremadamente desigual a nivel de regiones y países, lo que es aún más grave en razón de que al interior de los países pobres la desigualdad es mucho más acentuada. Por ejemplo, en América Latina el 20% más rico de la población recibe 20 veces más ingresos que el 20 % más pobre. La participación del 20% más pobre de la población mundial en el PNB, en la inversión interna y en el comercio mundial no supera el 1% La población de los países industrializados representa aproximadamente una quinta parte de la mundial, pero consume 10
veces más energía que la de los otros países. Ninguno de estos fenómenos manifesta signos de reversión, al contrario, el proceso de concentración del capital y la riqueza continúa verificándose en forma acelerada. Como consecuencia de estas crecientes desigualdades, el orden social se torna cada vez más difícil de sostener sobre bases racionales. Numerosas naciones sufren graves conflictos internos, y decenas de millones de personas son refugiados o están desplazados en sus propios países.

C. Aumento de la delincuencia y de la inseguridad ciudadana. Tanto en los países pobres como en los ricos la vida humana se ve cada vez más amenazada por la violencia, que tiene múltiples fuentes: los Estados que reprimen, torturan y hacen guerras; las tensiones étnicas y sociales que enfrentan unos grupos de la
población contra otros; los individuos, las pandillas y las mafias que ejercen la delincuencia y la violencia en las ciudades, roban y matan a ciudadanos pacíficos, violan y maltratan a mujeres y niños, y fomentan el consumo de estupefacientes que reproduce y amplifica los comportamientos agresivos. Casi en todas partes las vidas humanas corren más riesgo que nunca antes, y la mayor fuente de ansiedad es la delincuencia. Las estadísticas dan cuenta de tendencias inquietantes: aumenta la cantidad de delitos junto con su agresividad y daño. Constituyen también un gran riesgo los accidentes industriales y de tránsito, que en los países
industrializados han llegado a ser la principal causa de defunción de la población de 15 a 30 años.

D. Deterioro del medio ambiente y desequilibrios ecológicos. Ya en 1994 el Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas señalaba: «Los seres humanos confían en un medio físico saludable, curiosamente en el supuesto de que, cualquiera sea el daño que inflijan a la tierra, ésta terminará por recuperarse. Ello
claramente no es así, porque la industrialización intensiva y el rápido incremento de la población han sometido el planeta a una tensión intolerable». «Actualmente el abastecimiento mundial de agua per cápita es sólo un tercio de lo que era en 1970». «Todos los años se pierden entre 8 y 10 millones de acres de bosques, superficie igual a Austria. Y la deforestación está acelerando la desertificación. Sólo en el Africa del Sur del Sahara, en los últimos 50 años se han transformado en desierto 65 millones de hectáreas de tierra productiva». «Muchos desastres «naturales» han sido
provocados por el ser humano. La deforestación ha provocado sequías e inundaciones más intensas» «La pobreza y la escasez de tierras están impulsando la población hacia territorios mucho más marginales y aumentando su exposición a los riesgos naturales. El resultado es que los desastres son de mayor magnitud y más frecuentes. En el período 1967-1991 los desastres afectaron a 3.000 millones de personas». «Una de las principales amenazas ambientales es la contaminación del aire. Los Angeles produce 3.400 toneladas de contaminantes por año, Londres 1.200 toneladas,
México D.F. 5.000 toneladas». Los cambios climáticos que desarticulan la economía en extensos territorios y que provocan sucesivos desastres en todas las regiones del mundo ya no pueden ser desconocidos por nadie. Ninguno de estos fenómenos, a nivel mundial, ha experimentado un cambio de tendencia, al contrario, han
continuado acentuándose y acelerándose.

E. Deterioro progresivo de la calidad de vida. Definir la calidad de vida, y aún más, disponer de indicadores apropiados para evaluarla, es tarea compleja que abordaremos más adelante. Podemos sin embargo hacer referencia a ciertos parámetros generales que el sentido común aconseja, y percibir con ellos la tendencia al deterioro que afecta no solamente a las naciones pobres, sino incluso a aquellas más avanzadas. La calidad de vida, experimentada subjetivamente por las personas, depende de las condiciones objetivas en que la vida personal y social se desenvuelve, y se manifiesta en los niveles y formas en que se satisfacen las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, a partir de las más fundamentales: alimentación, vivienda, salud, educación, convivencia, recreación, participación social, etc. En este sentido, lo que se constata actualmente es que, para la inmensa
mayoría de la población mundial y no obstante los adelantos tecnológicos de todo tipo, los problemas alimentarios se agudizan, la habitabilidad de los grandes centros urbanos se deteriora, surgen enfermedades nuevas y reaparecen otras que parecían dominadas hace tiempo, la convivencia social se hace más insatisfactoria,
la participación social se debilita, el stress, la depresión psicológica, las anomias y otras debilidades psicológicas se agudizan, y cada vez son más las personas que declaran su insatisfacción personal y que no esperan del futuro un mejoramiento
real en sus vidas. Lo interesante y dramático a la vez, reside en el hecho paradojal que hemos llegado a un punto en que lo se entiende por desarrollo parece ser el responsable directo de tal deterioro tendencial.

3.- Incremento de la pobreza, crecientes desigualdades económico-sociales, desintegración progresiva del orden social, aumento de la delincuencia y de la inseguridad ciudadana, deterioro del medio ambiente y empeoramiento tendencial de la calidad de vida, constituyen un conjunto impresionante de problemas que aquejan a la humanidad, cuyo desolador panorama ha llevado a que los más lúcidos pensadores de todas las regiones del mundo no duden en calificar la situación actual como crisis de civilización.

Ciertamente, no todo es negativo y son numerosas también las tendencias y procesos positivos, que implican en muchos casos la desaceleración o cierta compensación respecto a los mismos problemas señalados. Pero éstos afectan tan centralmente las dimensiones fundamentales del crecimiento económico, y se encuentran tan extendidos en el mundo sea en los países considerados desarrollados como en los llamados «en vías de desarrollo», que nuestra afirmación de la crisis del desarrollo resulta suficientemente fundamentada.

Podemos comprender la radicalidad de esta crisis con una observación adicional. Nunca como ahora el futuro de la humanidad había estado tan profundamente cuestionado. Cada uno de los problemas y tendencias mencionados es suficiente para crear una tremenda incertidumbre respecto al porvenir colectivo. Esta
inseguridad social se manifiesta también a nivel personal: los hombres viven actualmente en un creciente estado de inseguridad, y como nunca antes se difunde la sensasión de vulnerabilidad e incerteza frente al futuro. Pero ¿no es acaso el desarrollo, en su esencia, el esfuerzo que hacen los hombres y las sociedades por alcanzar seguridad frente al futuro? ¿No es precisamente con el objetivo de asegurar el progreso que los hombres sacrifican consumo presente, ahorrando e invirtiendo los excedentes no consumidos para garantizar la reproducción ampliada de la economía y de la vida en el tiempo? Lo paradojal es que precisamente la creciente inseguridad que experimentamos frente al futuro sea actualmente percibida como consecuencia del desarrollo, esto es, precisamente del esfuerzo cuyo sentido no es otro que proporcionarnos dicha seguridad. Pero si lo que nos provoca
inquietud frente al futuro es el mismo despliegue de febril actividad que ejecutamos para garantizarlo, entonces todo pierde sentido y el desarrollo resulta cuestionado en su esencia misma.

Resulta sintomático que en las naciones más desarrolladas la tasa de reproducción humana tienda a ser menor que la unidad, lo cual muestra sociedades tan poco esperanzadas y vitales que se niegan a reproducirse y prolongarse en el tiempo. En efecto, el hecho de que pudiendo hacerlo no se proyecten hacia el futuro puede ser interpretado como un signo de agotamiento y de pérdida de sentido, como si se apreciara que lo que se es y lo que se tiene no vale la pena reproducirlo y darle continuidad en el tiempo. No deja de ser curioso que sociedades que han hecho del crecimiento su meta fundamental, se planteen dejar de crecer en la dimensión más
esencial de la vida y de la economía misma: su gente, mientras se continúa proclamando la necesidad del crecimiento en todos los demás aspectos de la economía. Pero ¿es racional continuar creciendo en todo aspecto y dirección, menos en aquél que constituye el sentido y el fin de la economía: la vida humana?

En todo caso, es obvio que si la creciente inseguridad y los demás problemas mencionados son consecuencia directa o indirecta de lo que hemos conocido como desarrollo, no parece razonable esperar que encuentren futura solución con más desarrollo del mismo tipo. Pero son problemas de tal magnitud y gravedad, y amenazan tan amplia y profundamente al hombre y la sociedad, que no resulta
aceptable abandonar la cuestión del desarrollo como asunto secundario, derivado de otros procesos. Al contrario, hoy más que nunca se hace indispensable y urgente abordarlo teóricamente, de nuevo y desde sus raíces.

Precisamente porque el desarrollo está en crisis no puede abandonarse: la crisis del desarrollo no es solamente la crisis de una teoría sino la crisis de la sociedad y de su economía, toda entera volcada en los hechos a lograrlo. Examinaremos más adelante, en detalle, las propuestas de no crecimiento y no desarrollo; observemos por ahora solamente que ellas no hacen sino acentuar la urgencia de alcanzar nuevas respuestas al problema del desarrollo, porque aceptarlas sin más implicaría negarse a pensar y proyectar el futuro, en el momento en que éste constituye la mayor preocupación de la humanidad.

Así planteada la cuestión del desarrollo es preciso concentrarse en lo esencial, evitando perderse con muchas referencias a las elaboraciones, enfoques y modelos que se proponen en la vastísima bibliografía existente. Nuestro esfuerzo pretende un replanteamiento del problema a partir del cual sea posible pensar una nueva propuesta global. Es necesario -para usar una terminología en boga- construir un nuevo paradigma del desarrollo.

La primera y principal tarea consistirá, una vez más, en la reformulación de un concepto. En efecto, en el estado actual de la discusión es fundamental redefinir el desarrollo económico, esto es, formular un concepto que exprese la esencia de lo que podamos entender y postular como objetivo de la organización económica.

Al plantearlo de este modo acotamos el tema desde un comienzo a la dimensión de lo económico, sin pretender abarcar el desarrollo humano y social en su globalidad, que involucraría las dimensiones económica, social, política y cultural y la integración de todas ellas en una visión de conjunto. Lo hacemos así, contrariando en cierto modo la tendencia en boga que se autodefine como«holística», porque nos parece que en ésta se corre el riesgo de abandonar el análisis específico de lo económico, que termina subsumido en una demasiado abstracta y general consideración de la totalidad que tiende a ser inevitablemente ideológica. En tal sentido mantenemos coherencia con el método que ha presidido toda nuestra investigación, y que implica avanzar desde lo particular a lo general, desde lo micro a lo macro, a fin de que al acceder a niveles de creciente globalidad estos se nos manifiesten en la plenitud de sus contenidos particulares y de su diversidad constitutiva, evitando así caer en generalizaciones de escasa comprensividad.

La crisis del desarrollo económico, de tan graves consecuencias, nos exige un particular esfuerzo de concentración sobre el tema; por cierto, reconociendo que el desarrollo económico es sólo una parte del desarrollo humano. Una parte que, en todo caso y como veremos, es mucho más amplia y compleja de cuanto hasta ahora han entendido los economistas que se han preocupado del tema y los
planificadores que se han propuesto desarrollar la economía. En efecto, la ampliación del espacio de lo económico efectuada a lo largo de esta obra, nos conducirá a un concepto del desarrollo económico que se abre en sí y por sí hacia las otras dimensiones del desarrollo humano, haciendo ver la ineludible exigencia de integralidad.

Afirmamos, pues, que no podemos dar por supuesto y conocido un concepto del desarrollo económico que claramente nos señale cual sea el objetivo por cumplir. Al contrario, nos estamos planteando la necesidad de redefinir el desarrollo porque los modos en que se lo ha entendido en la economía convencional se manifiestan parciales, insuficientes e inapropiados. Especialmente en épocas de crisis no
deben darse los objetivos por conocidos y seguros. Desgraciadamente -contra lo que supondría la difundida creencia de que en nuestra época predomina la razón por sobre las otras facultades o potencias del hombre-, rara vez nos preguntamos por los objetivos de la acción que realizamos: operando con una racionalidad instrumental acostumbramos trabajar analíticamente en el orden de los medios, indagando más el«cómo hacer las cosas» que los fines que pretendemos al hacerlas. Tal actitud intelectual
podría aceptarse como normal en épocas y situaciones de estabilidad y progreso, cuando la sociedad se encuentra estructurada en torno a objetivos claros y definidos que persiguen sus integrantes. Algunos incluso parecen pensar que interrogarse
demasiado por los objetivos a cumplirse socialmente sería peligroso para la sociedad porque acarrea el riesgo del cuestionamiento del orden establecido. Y en realidad, preguntarse por los fines, por los objetivos, es el comienzo de todo cambio
y de toda acción verdaderamente transformadora.

En una época de crisis no podemos dejar de interrogarnos por los fines, precisamente porque las crisis son situaciones históricas en que resulta cuestionada la legitimidad o la racionalidad de los fines establecidos; o bien, en que aparecen fines distintos que ofrecen alternativas y ante los cuales es preciso optar.

La pregunta por los objetivos es apremiante cuando el tema que nos planteamos es el desarrollo, porque no sólo están en crisis las «vías, modelos y estrategias de desarrollo» -que no parecen conducir a lograrlo efectivamente- sino el desarrollo mismo en la forma en que lo conocemos. Está en crisis el desarrollo no sólo porque gran parte del mundo no ha logrado desarrollarse. El problema se plantea más bien al revés: hoy tomamos conciencia de que si todos los países y toda la población mundial fueran desarrollados en el sentido y el modo en que lo son hoy los más poderosos, se darían situaciones insostenibles: a) Habría en el
mundo un potencial militar y de armas nucleares cuyo control resultaría virtualmente imposible, y probablemente la desgracia de una guerra de exterminio masivo no sería sólo una terrible amenaza sino una realidad cumplida. b) Los desequilibrios ecológicos -polución atmosférica, contaminación de los mares y aguas, deforestación, lluvia ácida, deterioro de la capa de ozono, etc.- serían tan agudos que lo menos que podemos asegurar es que la calidad de vida sería muy discutible para todos. c) Muchos de los recursos naturales no renovables se habrían agotado, y la renovación de otros sería insuficiente para sostener el proceso.
d) Muchas culturas, etnias y pueblos habrían desaparecido o al menos perdido su identidad, y seguramente se habrían agravado al extremo problemas como los que mencionamos afectan la calidad de vida. Pues bien, ¿tiene sentido perseguir y perseverar tras un objetivo que, en el supuesto caso de lograrse, constituiría una
realidad tremendamente negativa?

4.- Para comprender la radical novedad del concepto de desarrollo que buscamos es útil profundizar la crítica del modo convencional de entenderlo. Pero como la crítica es una evaluación, debe hacerse desde los objetivos del desarrollo deseado, objetivos que no hemos aún explicitado. Podemos sin embargo asumir, provisoriamente, lo que un sano sentido común nos sugiere como meta e ideal de la sociedad desde el punto de vista de su potencial económico. Ello nos permitirá una primera aproximación al concepto. Para intuir los fines del desarrollo deseable, entonces, lejos de pensar en la situación actual de las sociedades conocidas como desarrolladas y que suelen ser propuestas como el «modelo» a seguir e imitar por los pueblos «en vías de desarrollo», podemos imaginarnos lo que deseamos como meta e ideal de sociedad en los aspectos económicos.

Probablemente imaginemos una sociedad en que las necesidades básicas de todos estén adecuadamente satisfechas; en que otras necesidades, aspiraciones y deseos más refinados puedan también ser cumplidos, diferenciadamente en función de las distintas motivaciones y gustos personales; en que no exista desempleo
forzado sino una utilización plena y eficiente de los recursos humanos y materiales, y en que las personas se hayan liberado de las formas de trabajo más pesadas; en que pueda afirmarse que se han superado las injusticias sociales, estableciéndose relaciones sociales integradoras donde no exista la explotación de unos sobre otros; en que se manifiesten elevados niveles de educación, la mejor
salud, un ambiente culto, un excelente sistema de comunicaciones sociales, el más logrado equilibrio ecológico y social, y una superior calidad de vida.

Tal situación ideal puede parecer una utopía, en cuanto no alcanzamos a ver la posibilidad de que se cumpla en un tiempo predecible; pero es la expresión de deseos reales y actuales, de aspiraciones humanas legítimas y naturales, que en cuanto tales pueden ser asumidos como objetivos a los que podemos tratar de
aproximarnos. Por lo demás, tal como los hemos enunciado coinciden con los objetivos declarados habitualmente por los gobiernos, los organismos internacionales, y en general por los responsables de la vida económica y política. Y son los objetivos que todos declaran porque siendo tan naturales y de sentido común nadie esperaría razonablemente legitimarse socialmente con un planteamiento de objetivos divergentes con éstos. Otra cosa es que sean efectivamente los objetivos que se proponen en la práctica, o que sean los principales que se persigan, o que se busquen pero sólo indirectamente.

Independientemente de todo ello, desde nuestra perspectiva lo primordial es comprender que esos grandes objetivos deseables son los principales criterios de juicio y discernimiento sobre la realidad, por más potencialidad crítica que tengan del orden existente. Sólo así descubriremos vías, estrategias y modelos de
desarrollo que no nos conduzcan en direcciones de hecho contradictorias que terminen por negar y anular lo que deseamos. Por lo demás, no en otra dirección nos impulsará luego el más estricto y riguroso enfoque científico del asunto.

Nos preguntamos, pues, acaso exista algún nexo efectivo entre esos que el sentido común de nuestra época y la sana imaginación nos muestran como objetivos deseables, y aquello que habitualmente se entiende por desarrollo en la cultura moderna.

En la concepción convencional difundida a lo largo de décadas en todo el mundo, se asoció el desarrollo a la industrialización, la creación de grandes empresas, la producción en serie y a gran escala, la utilización de tecnologías sofisticadas; todo lo cual supone y a la vez implica una sustancial acumulación de capital, y la
existencia de una clase empresarial y de un Estado moderno y dinámico entendidos como agentes organizadores de actividades productivas, financieras y comerciales de gran tamaño y en expansión. En la realidad concreta -la que se ve en los países que se considera «desarrollados»- el desarrollo construído es más que éso y en parte distinto de éso; pero así puede sintetizarse lo que aún hoy se reconoce como desarrollo, especialmente en los países que aspiran a alcanzarlo.

Siendo en estos países subdesarrollados o «en vías de desarrollo» donde más arraigada está esa concepción, examinemos en qué medida la implementación en ellos de políticas industrialistas, la acumulación de capitales, el fomento de una clase empresarial y el desarrollo del Estado, conduzcan efectivamente a lograr aquellas metas que el sentido común nos llevó a identificar como la esencia del desarrollo deseable.

Si pensamos por un largo momento, no será difícil darse cuenta que priorizar la industrialización privilegiando la destinación de los recursos disponibles a la aceleración del desarrollo industrial, que implica transferir recursos a la industria desde otras actividades económicas (como la agricultura y los servicios), nos aleja más que nos acerca a la posibilidad de que todos puedan satisfacer sus necesidades básicas. En efecto, la mayor parte de la producción industrial no se orienta a la satisfacción de las necesidades de alimentación, vivienda, salud y educación, sino de otras más sofisticadas, difundidas en ciertos sectores sociales que disponen de
mayor poder de compra, y cuya satisfacción requiere artefactos de más compleja elaboración; y también a la producción de armamentos o de bienes de capital destinados a la misma producción industrial. Una política orientada a la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, si algo debiera priorizar sería
precisamente aquellas actividades que cumplan directamente tal propósito, como la agricultura y la producción de alimentos, la construcción de viviendas, la creación de un ambiente que proporcione seguridad y favorezca la convivencia, los servicios de educación, salud y comunicaciones, etc.

El industrialismo en gran escala puede mejorar la calidad de vida, sólo una vez que estas necesidades básicas de la población se encuentren razonablemente satisfechas. Tal es la experiencia de las sociedades industriales más desarrolladas. Pero si objetivo aún lejano es un pueblo bien alimentado, con buena salud, culto, bien comunicado, que viva en viviendas dignas, parece más razonable orientar la producción y la actividad económica directamente hacia tales metas y no esperar que ellas resulten de un efecto de «chorreo» que tenga el desarrollo industrial, después de que para acelerarlo hayan tenido que ser transferidos recursos desde el campo a la ciudad y desde los demás sectores hacia la industria, o sea, después de haber postergado y en realidad sacrificado esos mismos objetivos pretendidos.

Con respecto al segundo de los objetivos deseables, esto es, que más allá de las necesidades básicas las personas puedan satisfacer otras necesidades, aspiraciones y deseos más refinados, y que lo hagan diferenciadamente en función de las distintas motivaciones y gustos personales, podemos señalar en general que mediante la producción en serie y estandarizada propia de la gran industria, difícilmente se obtiene aquella variedad de bienes y servicios capaces de satisfacer dicho refinamiento y diferenciación; tal vez pueda lograr mejor tal objetivo una artesanía moderna bien implementada tecnológicamente, y una multiplicación de los servicios personales y personalizados. Ni qué decir de las necesidades relacionales y espirituales, respecto de las cuales el industrialismo más parece ser inhibidor que proveedor de medios apropiados para satisfacerlas.

Podría arguirse que la industria se muestra particularmente pródiga en la diferenciación de productos orientados a satisfacer los gustos personales, dentro de un mercado en que el objetivo parece ser precisamente la multiplicación de las opciones para el consumidor. Y en efecto, como nunca antes se multiplican los productos que repletan los supermercados, tiendas y todo tipo de negocios generales y especializados, y para cada producto se multiplican las variaciones de marcas y modelos, con todo tipo de pequeños detalles particularizantes. Indudablemente, esta multiplicación casi infinita de los productos y sus variedades es obra de la industria moderna. Pero ¿es ésta la variedad que se requiere para satisfacer aquellas necesidades, aspiraciones y deseos personalizados, y responde adecuadamente a la diferenciación de las motivaciones y gustos de los seres humanos? Al respecto, cabe recoger la siguiente observación de E. J. Mishan: «El más breve análisis de la variedad hoy existente de transistores, grabadores, detergentes, muebles,
cereales para el desayuno y otros productos, sugiere que para un gran número de ellos la variedad óptima fue superada hace ya mucho tiempo. Actualmente, para hacer una elección ajustada se precisa cada vez mayor cantidad de tiempo, paciencia, esfuerzo y dinero, aún cuando se disponga de la información ofrecida al consumidor. La mayoría no dispone, desde luego, del tiempo necesario para efectuar esta elección ajustada y en consecuencia, es muy probable que experimente perplejidad y frustración, y sufra molestias y desengaño».3

Pero no es solamente cuestión de hacer la elección ajustada. El problema de fondo radica en que tal tipo de multiplicación y variedad no genera la diversidad esperada al nivel de la satisfacción de las necesidades humanas en función de los reales deseos de diferenciación y vocación de las personas. Unas u otras marcas y modelos, siendo en gran medida intercambiables y quedando todas rápidamente obsoletas ante el aparecer de otras que traen pequeñas variantes, no generan diferencias significativas ni menos duraderas en las personas ni en su satisfacción. Puede haber infinitas variaciones de jeans y de hamburguesas, pero todas ellas no alteran en nada los desarrollos personales en el vestir y el alimentarse, que al contrario, manifiestan una notable homogenización. Mientras la producción industrial se esmera en producir día a día numerosas variaciones en los productos, es un hecho evidente que los seres humanos se parecen cada vez más unos a otros en lo que consumen. P. P. Pasolini ha descrito de manera admirable esta situación, en un país que en pocas décadas alcanzó el desarrollo industrial: «Estamos en presencia de un fenómeno enorme, de 'mutación' antropológica.(...) La cultura de masas (...) está ligada directamente al consumo, que tiene sus leyes internas y su autosuficiencia ideológica (...). La homologación 'cultural' que deriva de ella afecta a todos: pueblo y burguesía, obreros y subproletarios. El contexto social ha cambiado en el sentido que se ha unificado extremadamente. La matriz que genera a todos los ciudadanos es ahora la misma. No existe ya diferencia apreciable -más allá de una opción política como esquema muerto que se llena gesticulando- entre un ciudadano fascista cualquiera y uno antifascista. Ellos son culturalmente, psicológicamente, y lo que es más impresionante, físicamente, intercambiables. En el comportamiento cotidiano, mímico, somático, no hay nada que distinga -repito, fuera de un comicio o manifestación política- a un fascista de un antifascista (de edad media o joven: los viejos, en tal sentido, pueden aún ser distintos entre ellos). (...) En efecto ellos son en todo y por todo idénticos a la enorme mayoría de sus
contemporáneos. Culturalmente, psicológicamente, somáticamente no hay nada que los distinga. Los distingue solamente una 'decisión' abstracta y apriorista que, para ser conocida, debe ser dicha.» (P. P. Pasolini, Scritti Corsari, Garzanti, Roma 1975, págs. 53-55.). Escrita hace veinticinco años, esta descripción resulta insuficiente
para expresar el grado de homogenización a que se ha llegado en los países industriales, pues con la caída de las ideologías incluso las diferencias 'abstractas', las opciones ideológicas que debían ser enunciadas para ser percibidas, incluso ellas han ido desapareciendo.

Es cierto que hoy se levanta un poco por todas partes el derecho a la diversidad, y que surgen por doquier movimientos y tendencias que reivindican el pluralismo y la diferenciación como factores constituyentes de identidades que se afirman en su particular diversidad. ¿Pero no es precisamente esta demanda de diversidad -sostenida en base a elementos diferenciadores de carácter sexual, ético, cultural, religioso o ideológico, o afirmada por la adhesión a una cierta tendencia musical o a un club deportivo, o incluso buscada en los signos del zodíaco- la prueba más palpable de la homogenización predominante, ante la cual los que se sienten «diversos» reaccionan con vehemencia? En todo caso, las diversidades buscadas tienden a manifestarse en terrenos que escapan a la dimensión económica que aquí nos interesa, donde no solamente se manifiestan comportamientos crecientemente homogéneos sino que incluso se ha teorizado la difusión universal
de un «pensamiento único», y donde las realidades económicas son tales que no ayudan a sustentar las voceadas diversidades, por más que los mercados modernos evidencien la más extraordinaria e increíble multiplicación de productos distintos. La única gran diferencia real que subsiste y se acrecienta es la desigualdad
social, dada por niveles de ingreso y de acceso a los bienes y servicios escandalosamente inequitativos; pero obviamente no es ésta la diversidad deseable, aunque sea precisamente en este plano que muchos buscan afirmar su personalidad.

¿Cómo se compatibiliza la homogenización de las personas con la diversificación de los productos y sus marcas y modelos? El hecho puede explicarse en razón de que la mencionada diversificación responde, en la inmensa mayoría de los casos, más que a la búsqueda de diferenciación en función de las cualidades particulares del consumidor en sí mismo, al hecho que el prestigio social se adquiere en gran medida en función de dichas variaciones secundarias del producto: marca, modelo, novedad y moda. Pero todos aspiran a lo mismo, y el área de elección está limitada por las posibilidades de ingresos, con la consecuencia que los productos de
menor calidad y precio tienden a imitar a aquellos que tienen asociado un mayor status y prestigio social. Así, las personas de menores ingresos van a la zaga, con algún retraso en el tiempo, pero en la misma dirección de quienes tienen la posibilidad de adquirir antes las últimas y mejores marcas y modelos.

La diferenciación del producto que genera satisfacción personalizada es aquella que responde a las cualidades inherentes del bien para satisfacer las necesidades y deseos particulares de la persona. Esto no está en condiciones de lograrlo satisfactoriamente la industria masificada, cuya producción se orienta hacia
consumidores anónimos que no tienen la posibilidad de expresar sus expectativas. El significado de esta personalización puede ser reflexionada a partir de la siguiente observación de Mishan: «En una sociedad tradicional, los bienes y artículos comunes eran en sí mismos una fuente de gratificación, no sólo como apreciación de una manufactura individual sino también por su escasez manifiesta. En consecuencia, las posesiones acompañaban en general a una persona durante toda su vida: eran un lazo con el pasado, un amado recuerdo de hechos, personajes y lugares. Así, en una época en que una niña no podía esperar tener más que una muñeca, sentía júbilo al recibirla y la trataba con amoroso cuidado. Hoy la niña puede contar con tener diez o doce muñecas y, en el mejor de los casos, las tratará como objetos de una colección.(...) El rápido desuso y el reemplazo veloz no pueden menos que crear la actitud de desechar las cosas frente a manufacturas hechas por el hombre sin cuidar los materiales y la calidad. No hay tiempo para apegarse a algo, por útil que sea, ya que de todos modos ese algo pronto será reemplazado por otro modelo»4. Podría alguien ilusionarse pensando que este
desapego expresa una cierta liberación interior frente al dominio de las cosas; pero la más elemental observación del comportamiento de la inmensa mayoría de los seres humanos desmiente dicha interpretación, toda vez que el desapego se refiere a ciertos bienes materiales en cuanto aparecen otros nuevos tras cuya posesión
se vuelcan los deseos de posesión.

El tercero de los objetivos del desarrollo deseado tampoco es logrado eficazmente por el industrialismo, que demuestra no ser un camino eficiente para crear empleos y conducir a la ocupación plena de factores. De todos los sectores, es la industria uno de los que ocupa menor proporción de fuerza de trabajo por unidad de capital; y a partir de cierto nivel de industrialización básica, menor
tiende a ser la proporción de los ocupados en la industria sobre el total de la población en condiciones de trabajar. Son, por el contrario, aquellos mismos sectores que se orientan más directamente a la satisfacción de las necesidades básicas los más intensivos en el empleo de trabajo humano. En sociedades donde escasea el capital y es abundante la fuerza laboral, priorizar actividades intensivas en capital y que ocupan poca mano de obra es evidentemente darle al conjunto de los factores un uso ineficiente.

No se trata solamente de la desocupación del factor trabajo. También otros factores han experimentado limitaciones en su ocupación y desarrollo. Es evidente, por ejemplo, que el factor comunidad (Factor C)5 no solamente no se ha fortalecido sino que, al contrario, ha experimentado incluso un deterioro en el contexto
del industrialismo. La producción industrial, en efecto, que separa la actividad productiva del entorno familiar y comunitario y la concentra en las fábricas y empresas, es una de las causas del actual debilitamiento de los vínculos humanos primarios. Es evidente, además, que el industrialismo no se interesa en utilizar las fuerzas productivas de la comunidad organizada.

En cuanto al factor «tierra» y los recursos materiales en general: las disponibilidades de campos para el cultivo, de aguas para los diferentes usos, de bosques y recursos del mar, y de varios tipos de minerales y otros recursos del subsuelo, tienden a disminuir de manera alarmante. En general puede afirmarse que se notan cada
vez más los signos de un mal uso y consecuente destrucción de muchos de ellos debido a que la industria no se caracteriza por respetar los ritmos y la vida propios de la naturaleza. En términos más amplios parece poderse afirmar que la industria moderna ha llegado a ser dilapidadora de los medios materiales de producción, pues los explota con tal intensidad que les reduce manifiestamente su posible vida útil.

En contrapartida, se señala a menudo que el industrialismo ha permitido e incentivado un fuerte desarrollo y empleo del factor tecnológico. Ello es históricamente cierto; pero no son pocas las advertencias que hacer al respecto. En primer lugar, puede constatarse que la difusión de las tecnologías industriales han
significado el abandono y subutilización del «saber hacer» tradicional y socialmente acumulado a lo largo de siglos de aprendizaje colectivo, y desaprovecha las potencialidades inmensas de la cretividad popular. En segundo lugar, el propio desarrollo tecnológico vinculado al industrialismo ha manifestado sesgos en el
sentido que se han perfeccionado ciertos tipos de tecnologías en desmedro de otras, dando un resultado que muchos analistas y pensadores denuncian como desequilibrado. En tercer lugar, que si hasta cierto momento fue la industria el sector de punta en la innovación y desarrollo tecnológico, éste parece haberse desplazado hace ya algunos años hacia otros sectores de la economía, como las comunicaciones y los servicios (la cibernética, la computación, los procedimientos, etc.), la agricultura y la ganadería (bio-ingeniería), la salud y la educación (tecnologías médicas y técnicas de educación modernas). El sector específicamente industrial parece estar alcanzando sus propios límites en la capacidad de incentivar la expansión del factor tecnológico, lo cual es aún más claro si el problema lo
examinamos en el contexto de los países «en vías de desarrollo», donde la industrialización no suscita la creación de tecnologías propias y nuevas sino la utilización de aquellas ya elaboradas en otras regiones, cuando no se limita a incorporar aquellas consideradas intermedias o atrasadas. En cuarto lugar, que en buena medida el desarrollo tecnológico moderno y contemporáneo no es atribuible directamente al industrialismo, como se sostiene, sino a impulsos originados en otros procesos, como el desarrollo científico, las necesidades del comercio internacional y de las comunicaciones, la difusión de la educación, etc.

Sobre el factor de administración puede decirse que no obstante el despliegue de métodos y técnicas de gestión, no se ha avanzado mucho en los aspectos que implican el desarrollo de las capacidades humanas de tomar decisiones, que tienden a concentrarse en un reducido grupo de personas. La organización social no parece haberse perfeccionado especialmente en relación a la industria, donde se han reproducido esquemas administrativos pobres que no han experimentado grandes transformaciones a lo largo de décadas e incluso siglos de experiencia industrial. En tal
contexto, grandes capacidades organizativas y de gestión difundidas socialmente quedan completamente desaprovechadas y se pierden por desuso.

Es solamente el factor financiero el que se emplea intensivamente, habiéndose expandido de un modo impresionante en el contexto del industrialismo. Sin embargo tendremos más adelante la ocasión de observar que tal crecimiento se ha dado también de manera unilateral, con escasa diversificación y con una fuerte tendencia monopolizante.

En síntesis, el industrialismo no conduce orgánicamente al cumplimiento del objetivo de la plena ocupación de las capacidades productivas potenciales de una sociedad. A una conclusión similar se llega examinando los otros objetivos del desarrollo deseado. En realidad, basta considerar la experiencia histórica asociada al fenómeno industrial para ver que éste no ha sido una fuente de justicia e integración social, sino que ha dado lugar a procesos de concentración del poder, de elevada conflictualidad. Fue con el surgimiento del industrialismo que apareció el concepto de la «explotación de los trabajadores» y la forma de conciencia social que dió origen a innumerables rebeliones y a importantes revoluciones sociales. Las propias sociedades industriales más logradas se distinguen por graves desequilibrios demográficos y sociales. En general, tampoco hay razones suficientes para asociar el desarrollo de la educación, la salud, la cultura, las
comunicaciones y la mejor calidad de la vida, con la industrialización moderna.

Es importante, sin embargo, precisar que con estas observaciones no estamos apuntando a resaltar las cualidades de la producción tradicional ni postulando una vuelta al pasado, como parecen desear algunos autores críticos del crecimiento, entre ellos el ya citado E. J. Mishan. Nuestra búsqueda de una nueva concepción del desarrollo nos orienta en una direción distinta y nueva, que mira al
futuro a partir de las situaciones reales y actuales de nuestras sociedades. A manera de contraargumentación frente a una previsible suspicacia en este sentido, y sólo para mostrar de manera provisoria porqué pensamos que abandonar la prioridad que se otorga a la industrialización no ha de llevarnos a una sociedad más
arcaica o atrasada sino que podría conducirnos incluso a niveles de vida avanzadísimos si se los evalúa con los parámetros de la calidad de vida, sugerimos pensar en las siguientes situaciones hipotéticas: a) un desarrollo consistente y cualitativo de las comunicaciones, realizado transfiriendo recursos desde, por
ejemplo, la industria automotriz, podría llevarnos a una situación en que excelentes medios de comunicación disponibles hagan innecesario el uso de muchísimos automóviles y medios de transporte, con el consiguiente mejoramiento de la vida urbana; b) un desarrollo cualitativo y cuantitativo de la educación, realizado transfiriendo recursos ocupados en la industria de armamentos o en una serie de industrias que producen baratijas, llevaría a una sociedad de hombres más cultos en que la demanda de baratijas disminuiría y donde el uso de las metralletas y armas sería muy bajo; c) la liberación de recursos para el sector salud desde una serie de industrias químicas, podría conducir a una sociedad de personas más saludables que demandarían menos productos químicos y farmacéuticos. Por cierto, estos ejemplos no deben tomarse al pie de la letra, sino como anticipaciones dialécticas
frente a una contraargumentación previsible.

Con estas consideraciones tampoco pretendemos negar el valor de la industria y el aporte que puede hacer la industrialización al desarrollo económico, especialmente en ciertos aspectos y desplegada con equilibrio y proporcionadamente a los otros sectores de la actividad. De lo que se trata es, simplemente, de disociar los conceptos de desarrollo y de industrialización, para quedar en condiciones de reexaminar el asunto sin las restricciones de una cultura que los ha vinculado tan estrechamente, y con el objeto de abrir espacio a la búsqueda de un concepto del
desarrollo que puede ser muy diferente al que se maneja habitualmente.

Del mismo modo, resulta indispensable disociar el desarrollo del proceso de acumulación de capitales, con el que también se acostumbra identificarlo. En realidad, tal identificación no es sino una consecuencia de haber previamente asimilado el desarrollo a la industrialización, ya que es ésta la que requiere consistentes niveles de acumulación y concentración de capitales, sea en manos de los
empresarios privados o del Estado. En la asociación entre desarrollo y acumulación de capitales ha influído también el hecho que en la generación de las principales actividades económicas durante los últimos siglos ha actuado predominantemente el capital como categoría organizadora.

Nos referiremos más adelante al significado y al aporte del factor financiero y del capital en la generación del desarrollo. Pero desde ya podemos afirmar que una sociedad no necesariamente es desarrollada porque disponga de abundantes capitales, sino en cuanto haya logrado expandir las potencialidades de los sujetos económicos que la conforman, ampliando el campo de sus actividades productivas, comerciales, tecnológicas, científicas, etc. Ello requiere bienes y servicios económicos concretos y una adecuada dotación de recursos materiales y financieros; pero más importantes que ellos son el desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de hacer las cosas, los conocimientos científicos y tecnológicos disponibles y su grado de difusión en la sociedad, las energías sociales y comunitarias que puedan ser desplegadas tras objetivos compartidos, la acumulación de informaciones crecientemente integradas, la organización eficiente de las actividades, por parte de los sujetos que han de utilizar los recursos disponibles.

Una sociedad puede estar transitoriamente provista de abundantes factores financieros y sin embargo no experimentar un desarrollo sino un real empobrecimiento en el mismo período y en los sucesivos, si tales factores no son utilizados con la suficiente inteligencia, racionalidad y efectividad. Más que de factores materiales y financieros el desarrollo requiere la formación de nuevos comportamientos, de una ética de responsabilidad individual y social, de determinados hábitos de trabajo y métodos de conducción, de grados crecientes de organización social, de procesos de aprendizaje, requeridos por la multiplicación de las informaciones y la complejidad y pluralidad de las relaciones humanas y del proceso histórico.

Una vez disociado el desarrollo de la industrialización y de la acumulación de capitales, puede también comprenderse que sus agentes promotores pueden ser sujetos distintos de los empresarios capitalistas o de la burocracia estatal, o al menos, que no son éstos los únicos involucrados en la tarea. La experiencia histórica permite
comprender que sólo puede hablarse de verdadero desarrollo allí donde la sociedad en su conjunto -todos sus grupos funcionales y categorías sociales- participan de los beneficios del desarrollo al mismo tiempo que contribuyen de algún modo a generarlo; en otras palabras, que el real agente impulsor del desarrollo no es otro que la gente y el pueblo en su multiplicidad y diferenciación. En general, se benefician del desarrollo los que lo promueven y realizan, y si algo explica que en nuestras sociedades exista un Estado hiperdesarrollado y clases empresariales y profesionales de alto estandard de vida junto a multitudes populares marginalizadas, es el hecho que la actividad económica ha sido organizada y conducida precisamente por el Estado y aquellas clases privilegiadas, y que las grandes mayorías sociales se han mantenido en actividades subordinadas e instrumentales.

Dejemos a un lado, pues, la concepción convencional del desarrollo; pero antes de iniciar el despliegue de un nuevo enfoque -que entre otras cosas nos permitirá recuperar aquellos elementos positivos o de valor relativo que conservan la industrialización moderna, la acumulación de capitales y la función de los
empresarios y del Estado-, es necesario someter a rigurosa reflexión los planteamientos y razones de quienes, desde una posición alternativa, cuestionan de manera radical el crecimiento, y con éste el desarrollo económico al menos en una de sus dimensiones hasta ahora consideradas centrales. El examen de este problema nos proporcionará nuevos elementos que será preciso integrar en una nueva concepción del desarrollo.

1 La crítica tal vez más contundente al crecimiento económico ha sido la de E. J. Mishan, especialmente en su obra El Debate Sobre el Crecimiento Económico, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1983. Este autor propicia decididamente la interrupción del crecimiento como único modo de evitar el deterioro acelerado de la calidad de vida y, en definitiva, el colapso social y ecológico. También él, sin embargo, centrándose en la cuestión del crecimiento, se cuida de no cuestionar al desarrollo; pero en su obra no queda enunciada la alternativa de un desarrollo sin
crecimiento. A los planteamientos de este autor nos referiremos más adelante. Más claro resulta el enfoque de Herman E. Daly, quien postula un desarrollo sustentable que define como «desarrollo
sin crecimiento», esto es, un mejoramiento cualitativo sin un incremento cuantitativo que esté más allá de cierta escala, y que no sobrepase la capacidad del ambiente para regenerar los insumos de
materias primas y absorver los desechos producidos. (En J. Schatan, editor, Crecimiento o Desarrollo, Cepaur, Fundación Friedrich Ebert, 1991).

2 Ver Crítica de la economía, mercado democrático y crecimiento, Ediciones PET, 1985.

3 E.J. Mishan, op.cit., pág 188.

4 E.J.Mishan, Op.cit., pág.194.

5 Ver Fundamentos para una Teoría Económica Comprensiva, parágrafo 7.