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LA ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD.

Conferencia Inaugural del IV CONGRESO DE ECONOMISTAS JAVERIANOS, Bogotá, Colombia, Octubre de 1989.

Ante todo, agradezco a los organizadores de este Congreso de Economistas Javerianos por la gentil invitación y por la oportunidad que me han concedido de exponer ante ustedes respecto al tema de la economía de la solidaridad, en torno al cual vengo trabajando desde hace ya once años. Aprecio especialmente esta invitación pues no tengo títulos académicos en economía, y especialmente que ustedes –conocedores de que importantes contribuciones a vuestra ciencia han sido generadas fuera del ámbito de la disciplina y especialmente por filósofos- aceptaran con benevolencia esta incursión no exenta de irreverencia en los dominios de vuestro saber especializado.

Séame permitido recordar que, en todo caso, la ciencia económica no es una disciplina autónoma que tenga en sí misma todos los elementos indispensables para su constitución y desarrollo, sino que encuentra en otras ramas del saber bases y fundamentos necesarios para su formulación. Así, en cuanto indaga en torno a la racionalidad y se interroga por las necesidades y el bienestar del hombre, hunde sus raíces en la filosofía; en cuanto es un saber que se refiere a las opciones y alternativas que enfrentan los individuos, grupos y sociedades, a los cuales aporta también indicaciones normativas, convoca y recurre a la ética y la axiología; en cuanto estudia el comportamiento de los hombres, requiere fundarse en la antropología y la psicología social; en cuanto los fenómenos y procesos que investiga tienen un carácter socialmente inherente, supone conocimientos que son proporcionados por la historia, la sociología y la ciencia política.

Para el tema que debo enfocar resulta particularmente oportuno recordar estos nexos que vinculan la ciencia económica a las otras ramas del conocimiento y del saber.

Asumir como tema de esta conferencia “la economía de solidaridad” me plantea un problema. Es el problema que se le presenta a cualquier persona que ha estudiado durante mucho tiempo un tema, cuando se le pide que exponga durante una hora sobre ese tema en general. Las opciones que tiene son, o limitarse a una presentación introductoria, a una suerte de motivación para un estudio más profundo del tema, o intentar una presentación esquemática y muy general de los resultados de la propia investigación. En ambos casos el tema permanece apenas mostrado, y el riesgo de una simplificación y empobrecimiento del asunto es evidente.

No habiendo más alternativa que moverse en alguna combinación entre ambas opciones, quisiera en esta ocasión referirme a las situaciones y motivos que hacen hoy necesaria la solidaridad económica, o más precisamente, que plantean la exigencia de introducir la solidaridad en la economía, y luego desarrollar algunos conceptos básicos que nos ayuden a comprender qué podemos entender como economía de solidaridad.

He dicho “introducir la solidaridad en la economía” con muy precisa intención. Estamos habituados a pensar la relación entre la economía y la solidaridad de otra manera. Se nos ha dicho muchas veces que debemos solidarizar, por ejemplo, con los pobres, como un modo de paliar algunos defectos de la economía, o de resolver ciertas situaciones sociales y humanas que la economía no ha podido superar. Esto es suponer que la solidaridad debe hacerse después de que la economía ha cumplido su tarea y completado su ciclo. Primero estaría el tiempo de la economía, en el que los bienes y servicios son producidos y distribuidos. Una vez efectuada la producción y distribución, sería el momento de la solidaridad, para compartir y ayudar a los que resultaron desfavorecidos o que están más necesitados. La solidaridad empezaría cuando la economía haya terminado su tarea y función específica.

Lo que sostengo y quisiera aquí fundamentar es distinto a eso, a saber, que la solidaridad se introduzca en la economía misma, y que opere en las diversas fases del proceso económico, o sea en la producción, en la distribución, en el consumo y la acumulación. Y que así como la solidaridad debe hacerse presente en la práctica de los procesos económicos, se introduzca y aparezca también en la teoría económica, superando una ausencia muy notoria de este valor en una disciplina que nos habla habitualmente de valores humanos y sociales como los de la libertad, justicia y eficiencia, pero en la cual la solidaridad pareciera no encajar espontáneamente.

Mi investigación sobre lo que he llamado “economía de solidaridad” ha estado motivada y se ha originado en cinco situaciones, de distinto nivel y sentido, que convergen en indicar una precisa dirección a esta búsqueda y aventura intelectual. Esas mismas cinco situaciones son las que nos indican la conveniencia y oportunidad, e incluso la necesidad, de incorporar la solidaridad en la teoría y en la práctica de la economía.

La primera situación a la que aludo es la pobreza, que en los últimos quince años en América Latina se ha incrementado y se ha transformado. Por un lado ha crecido notoriamente la cantidad de personas, familias y grupos sociales que no alcanzan una adecuada satisfacción de sus necesidades esenciales. Se manifiesta en el incremento de la desocupación y la subocupación, el subconsumo y la desnutrición. Ha crecido la distancia que separa a los ricos y a los pobres.

Por otro lado, se ha verificado una transformación en la realidad de la pobreza. El mundo de los pobres y marginados consistía antes en aquella parte de la población que no se había aún integrado a la vida moderna y que aspiraba a ello sin lograrlo debido a que las infraestructuras urbanas, productivas, y de servicios (educación, salud, etc.) no crecían lo suficientemente rápido como para absorber la masa social urbana que aumentaba rápidamente por causas demográficas, migraciones del campo a la ciudad, etc. Era una pobreza que podemos llamar “residual”, que se aglomeraba en las poblaciones periféricas y que esperaba y demandaba, exigía y presionaba para ser integrada, esperándose lograrlo mediante la acción combinada del sector privado y del Estado.

Hoy el mundo de los pobres es mucho mayor porque se ha visto engrosado por una masa de personas que habiendo anteriormente alcanzado algún grado de participación en el mundo laboral y en el consumo y la vida moderna, ha experimentado luego procesos de exclusión (cesantía, pérdida de beneficios sociales, etc.) como consecuencia de que tanto el sector privado y de mercado como el sector público han manifestado prematuros signos de agotamiento de sus capacidades para continuar absorbiendo fuerzas de trabajo y necesidades sociales de consumo. En vez de seguir absorbiendo han comenzado a expeler a una parte de quienes habían sido en algún momento incorporados.

Esta masa social de personas que han sido excluidas después de haber experimentado algún nivel de participación e integración, ha modificado la conformación cultural, social y económica del mundo pobre y marginal, porque quienes han participado aunque sea precariamente en la organización moderna, han desarrollado capacidades de trabajo, aptitudes de organización que no tenían quienes habían permanecido siempre marginados. El mundo de la pobreza ha crecido, pero se ha enriquecido de capacidades y competencias técnicas y de organización, las que no han permanecido inactivas por el hecho de que las empresas y el Estado no las ocupen.

Se viene verificando, así, el surgimiento de una ingente cantidad y variedad de actividades y organizaciones económicas populares, a través de las cuales, en los diferentes países latinoamericanos, numerosos sectores populares –marginados de los dos grandes sistemas en los cuales las personas pueden habitualmente aportar a la producción social y participar de los bienes y servicios necesarios para vivir, esto es, del mercado de intercambios y de las asignaciones y servicios públicos- han desplegado iniciativas personales, familiares, asociativas y comunitarias, generando una increíblemente variada y rica economía popular.

Es el fenómeno conocido con varios términos: “economía informal”, “economía invisible” y otros que igualmente desechamos por no referirse al sujeto sustancial que lo constituye pues lo identifican más bien negativamente, por lo que no es (in-formal, in-visible) en vez de hacerlo por lo que es. Lo cierto, en todo caso, es el hecho que a través de una multitud de formas económicas distintas, entre un 20% y un 60% de la población según los países, sobreviven, subsisten y se desarrollan a través de este multiplicarse de actitudes y organizaciones económicas. Es el pueblo pobre y marginado que se ha activado económicamente y que espera satisfacer sus necesidades y abrirse caminos en la vida no sólo mediante la oferta pasiva de sus fuerzas de trabajo en el mercado, o mediante la pura reivindicación de sus derechos ante el Estado y los organismos públicos, sino basándose en sus propias fuerzas y recursos, y a menudo asociándose y organizándose grupal y comunitariamente.

Pero ¿por qué esta economía popular ha requerido de una especial investigación no sólo empírica sino de teoría económica, orientándonos en la perspectiva de lo que denominamos economía de solidaridad? Simplemente, porque los modos de hacer economía que surgen del pueblo, espontáneamente o por inducción de agentes externos que los apoyan, no corresponden a aquellas formas del comportamiento teorizadas por las teorías económicas convencionales; de modo que los instrumentos teóricos y analíticos dados no resultan apropiados para comprender esas modalidades microeconómicas cuya expansión permite ya hablar de que un verdadero sector económico nuevo se está asentando, al lado de los sectores privado y público.

No queremos afirmar con esto que toda la economía popular manifieste las características propias de una economía solidaria, pero sí que una parte de ellas las tiene. Esto, en cuanto lo que podemos considerar como un modo de ser característico de una parte del mundo de los pobres, se expresa en comportamientos que no corresponden a los del homo economicus supuesto por las teorías neoclásicas, sino en otros que expresan una cultura popular mejor predispuesta a encontrar en el entorno social más próximo los medios necesarios para vivir. Así, junto a iniciativas individuales que no difieren de las predominantes en el capitalismo, y al lado de otras que se despliegan en términos ilegales e incluso delictuales, forman también parte de la economía popular en Latinoamérica, experiencias económicas comunitarias que reconstituyen fragmentariamente modos de producción y distribución tradicionales, empresas asociativas que buscan operar asumiendo formas cooperativas y autogestionarias, otros tipos de organizaciones económicas populares, microempresas y pequeños talleres y negocios de carácter familiar o de dos o tres socios, que ponen en acción energías y capacidades económicas no convencionales.

Una segunda situación que indica la necesidad de introducir más solidaridad en la economía, y que ha motivado esta búsqueda teórica en torno a la economía de solidaridad, es la percepción –que hoy se impone con la fuerza de la evidencia- del fracaso definitivo de los intentos históricos de superación del capitalismo por la vía de las transformaciones estructurales que llevaron al establecimiento de modelos económicos estatales y regulados por mecanismos centralizadores de planificación económica. Junto a dicho fracaso –que es práctico y teórico a la vez-, asistimos a una reafirmación del capitalismo a través de expresiones neoliberales bastante radicalizadas, que nos muestran que este sistema económico no sólo se mantiene sino que es capaz de proporcionar incrementos considerables de la producción de bienes materiales y de reivindicar por ello eficiencia; pero no resuelve los graves problemas de la extrema pobreza, de la marginación y exclusión de sectores y categorías sociales numerosas y crecientes, y que lejos de encaminarnos hacia una real superación de la crisis de sociedad que nos afecta, parece llevarnos hacia una aún más profunda crisis de civilización.

Sin que los límites del tiempo nos permitan fundamentar cabalmente estas afirmaciones, lo cierto es que una cada vez más compartida convicción en tal sentido indica la oportunidad, conveniencia y aún la necesidad de continuar buscando caminos económicos alternativos tanto al capitalismo como al socialismo. Si ello ha dado lugar, por parte de grupos de trabajadores, de profesionales, de jóvenes y de mujeres, a experiencias interesantísimas que van abriendo un camino y que señalan una dirección a la búsqueda, y si tales experiencias encuentran y establecen interesantes nexos con el fenómeno mencionado de la economía popular, resulta también importante desplegar la búsqueda en el plano específicamente teórico, vinculado ciertamente a esas experiencias y a esos procesos prácticos.

Porque el puro esfuerzo práctico y organizativo no acompañado de la indispensable elaboración teórica que otorga coherencia, orientación y potenciamiento a las experiencias, probablemente lo haría permanecer en un plano subordinado. Es el trabajo teórico y científico el que puede conducir los movimientos y procesos prácticos a la verdadera autonomía, guiándolos a niveles de realización más eficientes y amplios, potenciándolos en sí mismos, legitimándolos socialmente, levándolos a un nivel superior de coherencia, proporcionándoles el indispensable fundamento conceptual.

Relacionada con las anteriores, la tercera situación que nos impulsa hacia la elaboración práctica y teórica de la economía de la solidaridad es la que afecta a los movimientos cooperativo y autogestionario tradicionales. Ambos movimientos han constituido por muchas décadas los principales procesos de construcción de formas económicas alternativas, humanistas y éticamente superiores, y probablemente seguirán siéndolo. Es cierto que estos movimientos se han extendido por todas las ramas de la economía y por todos los países del mundo. Pero el Cooperativismo y la autogestión han manifestado límites y crisis en su crecimiento, y no han llegado a imponerse como sujetos históricos autónomos dotados de efectiva capacidad de dirección de los cambios económicos y del desarrollo. Aunque no han dejado de gozar de un muy elevado consenso moral, y si bien se han expandido constituyéndose como una realidad significativa en el mundo y en especial en ciertos países, hemos de reconocer que se mantienen en un plano subordinado respecto de las grandes tendencias de la economía.

Es pertinente interrogarse, entonces, cuáles sean las potencialidades que subsisten para que el Cooperativismo y la autogestión desarrollen fuerzas propias de respuesta a la crisis económico-social contemporánea y de transformación económico-política. Ello requiere profundizar las causas que explican el desarrollo parcial y los problemas encontrados en su expansión. Y plantea la necesidad de indagar más a fondo, y más allá de las orientaciones más doctrinarias que científicas que hasta ahora han predominado en el seno de los movimientos cooperativos y autogestionarios, sí acaso es posible el desarrollo de nuevas formas económicas alternativas que, manteniendo los principios y valores que hacen del Cooperativismo y de la autogestión procesos que valen por sí mismos, resulten más eficientes para operar en el mercado y en las economías actuales.

La cuarta situación que induce a la búsqueda de una economía de solidaridad es la percepción de que en América Latina no terminamos de enrielar por una vía de desarrollo eficaz. Junto con aumentar la brecha entre las economías más industrializadas y las nuestras, se expande y agudiza la pobreza de muchos. Que sea necesaria una estrategia alternativa de desarrollo resulta evidente dado el fracaso de las estrategias conocidas y aplicadas; pero además, es cada día más clara la necesidad de que lo alternativo no sea sólo la estrategia, sino también el desarrollo perseguido. Ello, por un lado, porque la pobreza en que se mantienen multitudes crecientes no alude sólo a una insuficiente integración a un proceso dinámico, sino a la incapacidad estructural de la economía tal como se encuentra organizada, para absorber las capacidades de trabajo y las necesidades de consumo de esa población marginalizada. Por otro lado, debido a que aquel segmento de nuestras economías que ha logrado crecer y modernizarse manifiesta perfiles de notable unilateralidad, de modo que quienes tienen acceso a sus beneficios materiales no encuentran sin embargo oportunidades reales de satisfacer otras necesidades y aspiraciones superiores de la persona y de la comunidad, permaneciendo en la pobreza y el subdesarrollo respecto a necesidades culturales, relacionales y espirituales cuya satisfacción requeriría otra organización de la economía.

La demanda de un desarrollo alternativo, que ofrezca respuestas a ambas formas de la pobreza, es otra fuerza que orienta hacia la solidaridad en la economía.

La última –pero no menos importante- de las motivaciones que nos llevan a buscar teórica y prácticamente en la perspectiva de la economía de solidaridad es una preocupación específicamente cristiana. El campo de las actividades y estructuras económicas es un ámbito donde se ponen en juego y a prueba los principales valores y principios del cristianismo. Y el panorama que presenta la economía en nuestra región latinoamericana, como también en las otras regiones del mundo, enfocado desde la óptica de dichos valores y principios resulta altamente insatisfactorio. Por un lado, la ingente pobreza extrema que afecta a multitudes; por otro, el individualismo y la búsqueda apasionada de la riqueza material; en fin, el sometimiento de los hombres a estructuras, leyes y planes supuestamente objetivos. Todo ello hace pensar que es quizás en la economía donde podemos observar los mayores distanciamientos en el comportamiento práctico y en las formas de pensar y de sentir, respecto a los criterios del evangelio.

Frente a esta realidad, reiteradamente enfatizada por la Iglesia en todos sus documentos magisteriales, se hace indispensable la búsqueda de formas nuevas de hacer economía y de pensar la economía. Ello puede formar parte del esfuerzo por desplegar, coincidiendo con los 500 años de evangelización en América Latina, una más profunda evangelización de la cultura, que implica también evangelizar la economía y la política.

Un estímulo muy directo y específico a persistir en la dirección de nuestra búsqueda nos vino de S.S. Juan Pablo II hace dos años, cuando en la sede de la CEPAL y enfocando directamente nuestra realidad económica latinoamericana, instó a “construir en la región una economía de la solidaridad”, añadiendo que “en esa economía solidaria ciframos todas nuestras mejores esperanzas para la región".

Al enunciar estas cinco principales situaciones que motivan la búsqueda de una economía de solidaridad estamos ya indicando cuales son sus contenidos más relevantes. En efecto, encontramos que forman parte de ella numerosas experiencias de economía popular a través de las cuales los pobres despliegan actividades y construyen organizaciones económicas para subsistir y alcanzar la satisfacción de sus necesidades. También son parte de la economía solidaria muchas experiencias alternativas mediante las cuales diversos grupos conscientes de la magnitud de la crisis contemporánea buscan caminos y formas nuevas de vivir. Lo son también las expresiones más tradicionales del cooperativismo y la autogestión, así como sus búsquedas de renovación en vistas de alcanzar niveles de eficiencia superiores conforme a los conocimientos dinámicos del mercado y de las tecnologías. Se vinculan internamente al mismo proceso las experiencias que se orientan hacia un nuevo desarrollo, con énfasis en lo local, en el aprovechamiento de recursos no convencionales, y que buscan la integralidad y el autosostenimiento. Y son parte de la economía solidaria, que proporcionan a todas esas experiencias y procesos una especial profundidad espiritual, todos aquellos esfuerzos orientados a crear y difundir formas nuevas de trabajo, de distribución y de consumo en un ambiente de comunidad y servicio, en que se expresa la aspiración de muchos cristianos a una más elevada consecuencia práctica con las enseñanzas evangélicas.

Pero más allá de esta indicación empírica de las variadas experiencias en las que reconocemos economía solidaria, es preciso hacer riguroso el concepto que expresa su naturaleza constitutiva y distintiva. Para ello hemos efectuado una amplia gama de investigaciones microeconómicas tendientes a comprender la lógica económica con que operan los diversos tipos de organizaciones económicas populares, cooperativas y empresas alternativas basadas en el trabajo o en la comunidad. Sobre la base de dichas investigaciones microeconómicas llegamos a identificar la economía de solidaridad como un modo especial de hacer economía que presenta un conjunto de características propias y de elementos peculiares que implican el despliegue de una racionalidad económica especial, distinta de la que se manifiesta en las formas económicas capitalistas y estatistas predominantes.

Así, concebimos la economía de solidaridad como una formulación teórica de nivel científico, elaborada a partir de experiencias prácticas que más allá de sus diferencias comparten diversos rasgos constitutivos esenciales de solidaridad, mutualismo, cooperación y autogestión, por los trabajadores o la comunidad. Se trata de un modo de hacer economía que implica comportamientos, relaciones y estructuras especiales tanto en el plano de la producción como en los de la distribución, el consumo y la acumulación.

Muy sintética y esquemáticamente identificamos esta racionalidad económica por los siguientes elementos:

A. En la producción

Específicamente en la organización interna y en el funcionamiento de las unidades económicas que operan con la racionalidad solidaria, se hacen presente dos características distintivas, a saber:

a) La presencia de un factor económico especial que hemos identificado como factor C (comunidad) y que se agrega a los factores convencionales K (capital) y L (trabajo). Es la presencia de elementos comunitarios y de valores solidarios especiales que se expresan de diferentes formas: cooperación en el trabajo, uso compartido de conocimientos e informaciones, adopción participativa de las decisiones, integración social de los diferentes grupos funcionales, actividades de convivencia y participación, repartición justa y solidaria de los beneficios, etc. El factor C consiste en el hecho de que estos elementos comunitarios, de acción y gestión conjunta, cooperativa y solidaria, presentes al interior de estas unidades económicas, tiene efectos positivos tangibles, tales que se logra, o una reducción de los costos o unos beneficios adicionales que se suman a los resultados de la operación económica. En otras palabras, el factor C significa que la formación de un grupo, asociación o comunidad, o la presencia de nexos integradores y de valores solidarios en las empresas, proporciona un conjunto de beneficios a cada integrante y un mejor rendimiento y eficiencia a la unidad económica como un todo, debido a una serie de economías de escala, economías de asociación y externalidades positivas.

b) La centralidad del trabajo, que se manifiesta en la preeminencia de la comunidad o grupo de trabajadores sobre el capital y demás factores materiales de producción. El trabajo y/o la comunidad se constituyen como la categoría organizadora de estas unidades económicas, poniendo los objetivos generales de la empresa y recayendo sobre ellos los beneficios obtenidos (después de haber remunerado o recompensado en forma justa las aportaciones de los demás factores económicos).

B. En la distribución

Esto es, en el conjunto de los flujos económicos implicados en las aportaciones de recursos y factores utilizados, en la colocación de los bienes y servicios producidos, y en la repartición de los excedentes generados, la racionalidad de la economía de solidaridad se caracteriza por:

a) En todas las operaciones reguladas conforme a relaciones de intercambio, buscar el establecimiento de precios justos, no distorsionados por elementos de poder o de dominación, y tales que los valores, bienes o servicios que las partes se intercambian sean equivalentes, de modo que ambas se beneficien por igual.

b) En todas las operaciones reguladas conforme a relaciones de tributación y asignaciones jerárquicas, como el pago de impuestos y la recepción de subsidios públicos entre otros, operan con plena corrección atendiendo a las exigencias superiores del bien común y de la verdad, y cuidando al mismo tiempo que las propias actividades no produzcan externalidades negativas que dañen la salud pública, el medio ambiente, el patrimonio cultural y los derechos de terceros.

c) En general en las operaciones que regulan la aportación y remuneración de factores, el abastecimiento y colocación de productos, la repartición de excedentes, etc., buscan perfeccionar los resultados alcanzados en los intercambios, asignaciones jerárquicas y tributaciones, mediante el establecimiento de nuevos flujos y relaciones generadores de integración social y solidaridad, a saber: donaciones (transferencias unidireccionales de un donante a uno o más beneficiarios); reciprocidad (transferencias bi-direccionales entre sujetos ligados por lazos de amistad y confianza); comensalidad (transferencias pluri-direccionales entre sujetos que constituyen un grupo humano integrado por vínculos familiares, religiosos, sociales, culturales, etc., entre los cuales los bienes fluyen libremente en términos de un compartir, distribuir y utilizar en función de necesidades individuales y comunitarias); y cooperación (transferencia bi y pluri-direccionales entre los sujetos asociados, entre los cuales los bienes fluyen dependiendo de los resultados obtenidos en común y en proporción –a prorrata- de los aportes efectuados por cada uno).

C. En el consumo

La racionalidad especial de la economía de solidaridad se caracteriza por:

a) Utilizar preferentemente recursos y factores locales o próximos, o provenientes del propio sector solidario, favoreciendo en lo posible a los más pobres y a las unidades económicas pequeñas, antes que abastecerse de factores provenientes de economías más grandes, ricas y distantes. Y al mismo tiempo, producir preferentemente para la propia localidad, buscando en lo posible orientar la producción para satisfacer las necesidades básicas y superiores de la propia comunidad y favoreciendo a los más pobres. Esto no impide utilizar recursos provenientes de otros sectores o del exterior, como tampoco producir para el mercado en general y la exportación, especialmente cuando no hay suficientes disponibilidades y demandas en los mercados más próximos. Lo que indicamos aquí es una preferencia por lo pequeño y lo local (que se manifiesta como círculos concéntricos), en orden a favorecer a los más pobres.

b) Preferir el consumo familiar y comunitario sobre el consumo individual y el consumo masificado, esto es, compartir los bienes y servicios, utilizándolos en común y comunitariamente, allí donde es posible y efectivamente favorable para una mejor satisfacción de las necesidades y deseos tanto propios como de la comunidad.

c) Tender a la integralidad en la satisfacción de necesidades de distinto tipo, tanto en cuanto se intenta aprovechar de manera completa los bienes disponibles minimizando los desperdicios, como en cuanto se busca la satisfacción integrada de necesidades fisiológicas, culturales, relacionales y espirituales, respetando su jerarquización natural.

d) Tender a la naturalidad y simplicidad en el consumo, alejándose tanto de la sofisticación consumista como de la estandarización y homogenización masificadora. Aquí se busca una superior calidad de vida mediante un consumo relativamente simple, armónico y natural, donde se respetan las diferencias individuales pero donde se atiende equilibradamente a las necesidades y deseos de todos. El consumo en solidaridad supone a menudo decisiones de nivel familiar y comunitario que inhiben la exacerbación de las particularidades individuales en los gustos de cada uno y promueven simultáneamente un enriquecimiento recíproco mediante el intercambio de informaciones y experiencias. Como consecuencia de ésta y de las demás características anotadas, la economía solidaria se distingue por cierta moderación en el consumo, buscando perfeccionarlo por la vía de elevar la calidad de los bienes y servicios consumidos, del modo en que se utilizan, y de las necesidades y deseos que se quiere satisfacer.

D. En el proceso de acumulación

Entendido como el conjunto de actividades económicas tendientes a asegurar el futuro mediante el crecimiento y reproducción ampliada de las actividades económicas, la racionalidad propia de la economía de solidaridad se caracteriza por buscarlo principalmente en términos de desarrollo y potenciamiento de las propias capacidades y a través del logro de una cada vez mayor riqueza de relaciones comunitarias. Así se va alcanzando una creciente capacidad de reproducción ampliada y se garantiza el futuro, a diferencia de los sectores de economía capitalista y estatista que aspiran a esos objetivos mediante el creciente acopio y concentración de riquezas materiales y de poder.

Estos distintos aspectos de la producción, distribución, consumo y acumulación en la economía de solidaridad deben ser entendidos como la expresión teórica de comportamientos tendenciales, y no como descripción de lo que efectivamente sucede en la realidad. Las teorías sociales y económicas identifican “modelos puros”, que en la realidad empírica no encuentran cabal materialización, pero que existen y operan efectivamente en cuanto potencialidades parcialmente realizadas, como racionalidades que presiden y orientan los comportamientos, como tendencias que apuntan a identidades en formación. Valga esta advertencia para evitar malentendidos. Entre lo “que es” y “lo que debe ser”, la formulación de una racionalidad identifica las potencialidades no plenamente actualizadas pero ya presentes en alguna medida en la realidad. Por lo demás, cierta inevitable simplificación resulta del haber resumido escuetamente una racionalidad que es a la vez simple y compleja.

El estudio científico y el análisis económico de las diferentes formas de organizaciones económicas populares, cooperativas y solidarias han evidenciado:

a) Que las experiencias económicas surgidas del pueblo para hacer frente a sus necesidades son portadoras de esta racionalidad económica solidaria de una manera que podemos considerar germinal o embrionaria, en el sentido de que no han desplegado aún todas sus dimensiones y aspectos.

b) Que las formas de hacer economía inherentes a esas experiencias son perfectamente viables no sólo al nivel de subsistencia sino en una perspectiva de crecimiento y desarrollo, y que contienen potencialidades que trascienden en mucho las que han sido hasta ahora sus manifestaciones prácticas.

c) Que dichas posibilidades de viabilidad y desarrollo se acrecientan en la medida que las unidades económicas solidarias y sus integrantes se organicen y actúen más coherentemente conforme a la racionalidad económica alternativa de que son portadoras en ciernes.

Con base en el desarrollo de la economía popular y de la expansión de una más coherente racionalidad económica solidaria, postulamos que también es posible una profunda renovación de las formas y prácticas del cooperativismo y la autogestión, que así podrán acceder a superiores y más autónomos niveles de desarrollo y de fuerza transformadora.

Por otra parte, una consideración a profundidad de los problemas y desafíos reales y actuales al nivel nacional y latinoamericano permite comprender que la expansión y el desarrollo de la economía de solidaridad (hasta llegar a configurar un verdadero sector económico complementario de los sectores público y privado), constituiría una contribución inestimable a la solución de gravísimos aspectos de la crisis económica, política y cultural de nuestras sociedades.

Significaría un aporte real y decisivo a la superación de la pobreza y marginación social de grandes sectores, al mismo tiempo que sería parte de un proceso de desarrollo alternativo y de un nuevo sistema de acción transformadora, cuya necesidad es manifiesta en consideración de la crisis que afecta tanto a los modelos de desarrollo como a los modos de la acción transformadora que han prevalecido durante décadas y cuyo agotamiento es patente.

Con relación al desarrollo, la economía de solidaridad busca contribuir directamente a la superación de los dos aspectos críticos del subdesarrollo existente. Frente a la unilateralidad que se traduce en desarrollo subjetivo, relacional y cultural, es ella una respuesta potente en cuanto su propia y peculiar racionalidad lleva a la integralidad en organizaciones que son a la vez económicas, culturales, sociales, e incluso a veces políticas y espirituales, al tiempo que tales organizaciones muestran tener ventajas comparativas para la creación de satisfactores de las necesidades de afecto, participación, convivencia y desarrollo cultural.

A su vez, frente a la marginalidad y la pobreza, la economía de solidaridad muestra ser especialmente apta para aprovechar recursos humanos, tecnológicos, materiales y otros no convencionales, que permanecen inactivos. Las organizaciones solidarias ponen en actividad capacidades creativas, organizativas y de gestión que se encuentran socialmente diseminadas y que no han sido nunca económicamente aprovechadas: el surgimiento de una “empresarialidad popular” de nuevo tipo, puede ser un aporte sustancial al desarrollo, entendiendo que es el factor empresarial uno de los más escasos y decisivos.

En cierto modo podemos identificar el desarrollo alternativo con el desarrollo de la economía popular de solidaridad y trabajo. En efecto, el desarrollo alternativo es el desarrollo de los menos desarrollados y de los que en nuestras sociedades no se han desarrollado, que es lo que precisamente intenta lograr la economía de solidaridad: contribuir a la satisfacción de las necesidades integrales de las personas y comunidades mediante el potenciamiento de sus propias capacidades para satisfacerlas.

Sólo algunas palabras más, para referirme a los desafíos que la emergente economía de solidaridad plantea a la ciencia de la economía y a sus exponentes.

Ustedes saben que en las diferentes teorías económicas existentes escaso espacio se ha dado a la cooperación y la comunidad. La gravitación que el fenómeno está llamado a alcanzar plantea entonces la exigencia de llenar el vacío. Pero no se trata de efectuar solamente una aplicación de los conceptos, fórmulas y modelos que han sido formulados a partir de realidades económicas tan distintas a las que aquí nos interesan, pues con ello avanzaríamos demasiado poco y el riesgo del error sería alto. Debemos asumir que estamos realmente en presencia de una distinta racionalidad económica, cuya comprensión exige nuevos conceptos y nueva teoría económica.

De su investigación emerge no sólo una nueva teoría económica especial sino, más ampliamente, la posibilidad de una profunda renovación de la teoría económica general, que podrá reconocerse efectivamente como general una vez que esté en condiciones de comprender el creciente pluralismo microeconómico así como la interrelación dinámica entre los sectores –privado, público y solidario- de la economía.

Por todo lo anterior, mi exposición sobre la economía de solidaridad termina con una invitación muy especial a los distinguidos exponentes de la disciplina reunidos en este Congreso, a incorporarse a esta aventura de construir una economía más solidaria, y a contribuir con nuevas elaboraciones y análisis a la comprensión y orientación de este emergente nuevo modo de hacer economía, que nos desafía teórica y prácticamente.

Muchas gracias.

                                                                                                                                                                                                           Luis Razeto M.

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