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14.- Desde el interior de las economías capitalistas en que estamos, el carácter "categorial" que asume y tiene el capital resulta fácil de comprender porque forma parte de la vida cotidiana. Más difícil es adquirir conciencia de que también los demás factores tienen posibilidades de convertirse en categorías autónomas universales: es preciso colocarse intelectualmente en un medio humano y social distinto, que en algunos casos corresponde a realidades históricas pasadas y en otros casos a procesos que están apenas germinando en ámbitos parciales o restringidos de la realidad actual, entremezclados con las realidades predominantes.
Esta observación nos lleva a comprender que la formación de una categoría económica a partir de un factor determinado es un proceso histórico complejo, y que las categorías tienen una expresión primaria a nivel de las unidades económicas, pero despliegan su más amplio y profundo contenido sólo cuando alcanzan presencia e incluso predominancia a nivel de circuitos económicos globales, primero a nivel sectorial y luego en dimensión macroeconómica. En una economía capitalista el factor financiero es el que predomina a nivel macroeconómico, concentrando el control de una gran parte de los recursos y capacidades organizativas. La mayor parte de las empresas se encuentran allí organizadas por el capital, por quienes disponen de grandes cantidades de dinero y de acceso al crédito. Los demás factores se encuentran subordinados, estructuralmente limitados en sus potencialidades organizativas, fuertemente dificultados para formar empresas económicas bajo su propio control. En tales condiciones, una categoría económica distinta al capital se ve precisada a establecer relaciones con los demás factores (a interesarlos, contratarlos y subordinarlos) casi Siempre con la mediación del dinero. Podríamos expresar esta situación diciendo que, si bien subordina al factor financiero en el plano microeconómico, permanece subordinado a éste en el plano macro. Lo subordina en la empresa pero permanece subordinado a él en el mercado. Es la situación en que se encuentra el trabajo en cuanto categoría organizadora de unidades económicas operantes en un mercado general en que predomina el capital. Pero no es esta una situación inevitable: categorías distintas al capital ―como veremos— han predominado históricamente, y pueden predominar en el futuro, también en dimensión macroeconómica.
Procederemos a examinar la formación de varias categorías, correspondientes a la autonomización y universalización de los factores económicos distintos al capital. Centraremos el análisis en la comprensión del significado económico de tales procesos, haciendo referencia a los elementos históricos más importantes que permiten identificarlos concretamente. Comenzaremos por el Trabajo (lo pondremos con mayúsculas cuando el término se refiera al mismo en calidad de categoría, para diferenciarlo de la condición del trabajo como factor), sobre el cual hemos adelantado importantes elementos analíticos en ocasiones anteriores.
[1]
El Trabajo es, en efecto, otra categoría económica en cuya forma se pueden presentar todos los demás factores; pero la ciencia económica está aun lejos de reconocerlo así. En esta, el capital y el trabajo son considerados los dos grandes factores económicos; así, en las teorías económicas se ha destacado el trabajo de modo significativo en relación al conjunto de los factores.
Y de hecho —pasando por alto la imprecisión conceptual implicada en esta distinción dicotómica— ciertamente el capital y el trabajo constituyen dos de los conceptos más importantes de la ciencia económica, cualquiera sea el enfoque y la orientación teórica con que se examinen. Antes de entrar al análisis del Trabajo como categoría es conveniente que nos detengamos un momento sobre el concepto del trabajo y el lugar que se le asigna habitualmente en la ciencia económica.
Al enunciar juntos el capital y el trabajo ―como suele hacerse― pareciera que estuviéramos frente a conceptos de un mismo nivel y rango, considerados de importancia equivalente. Pero no es así en la ciencia económica convencional. Por el contrario, mientras el capital ha sido elevado a un sitial absolutamente preeminente, y enriquecido de contenidos y de cualidades intrínsecas, el trabajo es considerado de hecho en un plano subordinado, habiéndosele empobrecido y desprovisto de gran parte de su significado potencial.
En efecto, cuando se habla de capital se habla de riqueza acumulada, de potencialidades de inversión, de recursos disponibles, de la esencia del crecimiento y del desarrollo, de la unidad de medida fundamental. Bajo el concepto de capital suele englobarse el conjunto de los recursos financieros, la globalidad de los medios materiales de trabajo, las capacidades administrativas y de gestión, toda la información y el potencial tecnológico y humano. Y todo eso es reducido a un mismo concepto operativo, en la medida que se trata de realidades cuantificadas en términos de una misma unidad de medida equivalente: el dinero. En cierto modo, según ese enfoque de la economía, el capital lo es todo.
El trabajo, en cambio, ha sido depreciado, despojado de sus cualidades propias, de sus características distintivas, de su increíble heterogeneidad y riqueza de contenidos especiales, y reducido a una categoría simple y limitada, fácilmente cuantificable y reconocible: el concepto de empleo. Trabajo y empleo han llegado a identificarse, precisamente porque el trabajo es "empleado" por el capital, utilizado en sus empresas, valorado en función de la valorización del capital, y remunerado con pequeñas porciones de dinero. En la teoría económica el trabajo es reconocible todavía como empleo, lo que ya es algo decir, puesto que el capital, en su sobreabundamiento de contenidos, primero lo ha subsumido como una de sus propias expresiones: para el capitalista el trabajo no es sino una modalidad y una porción del mismo capital, reconocido contablemente entre los costos de operación.
Lo grave de esto reside en que no es simplemente una arbitrariedad del teórico que así los considera, sino que en la realidad concreta y particular de las relaciones económicas, la situación del capital y del trabajo responde efectivamente a la descrita. El capital es predominante en la teoría y en la práctica, como también en ambas el trabajo se encuentra subordinado. La explicación ya la r dimos: así sucede porque el capital es la categoría organizadora de tales actividades y unidades económicas, mientras el trabajo es uno de los factores subordinados. Y como en estas economías el capital predomina también a nivel de la economía global, en las teorías macroeconómicas el empleo es siempre considerado como una variable dependiente, cuya evolución depende precisamente de la evolución de las variables principales correspondientes a los movimientos y flujos del capital. Y así es.
Es la condición del trabajo asalariado, heterónomo y subordinado, que como consecuencia de esta subordinación va perdiendo incluso sus contenidos cualitativos más propios, al ser sustituido crecientemente por otros elementos y factores económicos que para los organizadores de la actividad resultan ser más baratos, cómodos y maleables. Es el proceso de decalificación del trabajo, que pierde sus contenidos más específicamente humanos —los contenidos de información, conocimiento, destreza y creatividad- que van siendo transferidos y atribuidos precisamente al capital.
Pero ésta es sólo una de las formas en que el capital y el trabajo pueden encontrarse y relacionarse; es específicamente aquella correspondiente a la racionalidad capitalista (pudiéndose notar también que en las economías llamadas socialistas estos conceptos continúan siendo utilizados del mismo o parecido modo; pero sobre ello más adelante). Existen y son posibles, sin embargo, otras formas de relación entre el factor financiero y el trabajo, que les determinan Situaciones completamente distintas a las descritas. Es posible, en efecto, una forma de organización económica en que el factor financiero y los otros factores se encuentran subordinados al trabajo, y en que este no se halle empleado, asalariado y dirigido desde fuera, sino en calidad de organizador de las actividades económicas, calificándose como trabajo autónomo.
Es lo que puede hacer y hace efectivamente el Trabajo, cuando los trabajadores se constituyen como organizadores de actividades económicas, creando empresas autogestionadas en las que el objetivo de la operación no es sino valorización del propio trabajo, objetivo que es impuesto a, y asumido también por, aquellos otros factores —-el financiamiento, la tecnología, la administración, los medios materiales y la comunidad- integrados en dichas empresas. En estos casos, es el Trabajo y no el capital quien le da su propia forma a los demás factores, en la medida que los convierte en propios.
En efecto, la tecnología, apropiada por los trabajadores, en cuanto resultado de la actividad humana transformadora y en cuanto conocimientos e informaciones producidos y adquiridos trabajando, es (puede presentarse como) trabajo realizado. Los medios materiales de trabajo, en cuanto son producto del trabajo social, y/o en cuanto han sido incorporados a la empresa a partir de las utilidades logradas por el trabajo, se presentan como trabajo acumulado. El dinero y el factor financiero en general equivalen a tiempo de trabajo anterior o futuro (anterior, si se acumula como resultado del ahorro de los trabajadores o a partir de las utilidades obtenidas por la misma empresa de Trabajo, y futuro si se trata de financiamiento crediticio que la empresa pagará con los excedentes que espera tener). Y son también trabajo la administración y las actividades gerenciales, en la medida que las ejecutan los mismos trabajadores, o que estos se las asignan a ejecutivos que remuneran con los excedentes propios de la empresa.
En nuestro estudio sobre la empresa de trabajadores examinamos con cierto detalle esta lógica del Trabajo, a partir de un modelo de empresa en que el trabajo se constituye como categoría organizadora que otorga su forma a todos los demás factores, los mide con su propia unidad de medida, y los considera como cantidades de trabajo que debe combinar en proporciones tales que le permitan valorizarse, reproducirse y ampliarse. En el mismo estudio analizamos también el modo en que el Trabajo puede constituirse como categoría a nivel de un sector económico especial en que se articulen y relacionen orgánicamente diferentes empresas y actividades económicas.
[2] Recordar brevemente algunos aspectos esenciales de dichos análisis nos permite aproximarnos a una comprensión más concreta de lo que significa la elevación del trabajo a categoría organizadora, al menos en su expresión primaria de nivel microeconómico.
Definimos la empresa de trabajadores como aquella en que los sujetos que aportan el factor trabajo son los que la organizan, poniendo los objetivos generales perseguidos por la operación de todos los factores intervinientes. Más específicamente, el objetivo económico esencial y general, que opera como criterio de la adopción de decisiones, es en estas empresas la valorización máxima del trabajo realizado (invertido) en la empresa; de este modo, el resultado o beneficio económico no se define como ganancia del capital sino como ganancia del trabajo.
Conviene aclarar que, en la medida que dicha empresa opere en un mercado de intercambios, al menos una parte de dicho beneficio o ganancia asume la expresión monetaria, pero no por eso se tratará de una ganancia del capital. La retribución monetaria del Trabajo no adopta aquí la forma "salario" sino la forma "ganancia", y como toda ganancia empresarial aquella del Trabajo no tiene un volumen fijo o predeterminado, sino que se configura como un monto variable que depende del volumen de actividad, de la calidad de la gestión, del valor de los demás factores económicos utilizados, de las condiciones cambiantes del mercado. Ello es así aún cuando por razones prácticas a los trabajadores de la empresa se les asigne mensualmente un monto fijo de retribución, el cual en esencia no es sino un anticipo sobre las utilidades del ejercicio. Lo definitorio es el hecho que, después de haber retribuido conforme a los valores de mercado contratados a los demás factores productivos, el trabajo obtiene como ganancia lo que resta del ingreso recavado con la venta de los productos o servicios producidos. Si el balance de entradas y pérdidas diese un valor negativo, el trabajo no obtendría remuneración alguna. La ganancia del Trabajo es en este sentido análoga a la ganancia del capital en las empresas organizadas por éste, con la diferencia decisiva de que mientras en éstas el capital paga al trabajo que contrata en las condiciones del mercado (lo menos posible de manera de maximizar la ganancia), en las empresas de trabajadores es el Trabajo quien paga al factor financiero que contrata en las condiciones dadas del mercado (también lo menos posible para maximizar las utilidades del trabajo).
Así, la empresa opera racionalmente en función de la valorización máxima del Trabajo, subordinando a este objetivo y a la lógica que de el deriva, a los demás factores. Esto supone que los trabajadores hayan previamente interesado a esos factores en formar parte de su empresa, que los hayan convocado e integrado concretamente a ella, remunerándolos convenientemente y convirtiéndolos en factores "propios", esto es, de la empresa de trabajadores. Tal como vimos respecto del capital, esto supone entregarles en compensación "una parte de sí mismo", dándoles así su propia forma mientras el Trabajo mismo se "materializa" en (asume los contenidos de) esos diferentes factores. Veamos como.
Siendo el trabajo un factor, un activo económico que tiene un valor en sí mismo, puede cambiarse directamente por los otros factores, como sucede en algunos casos: cuando se paga con trabajo por el uso y apropiación de otros bienes y factores económicos. Pero en una economía monetaria en que predominan las relaciones de intercambio mediatizadas por dinero, los sujetos externos que ofrecen a las empresas los factores que poseen exigen normalmente por ello un equivalente de su valor en dinero; por eso, los trabajadores que quieren formar una empresa deberán comenzar por disponer de una cierta cantidad de dinero, para acceder a los demás factores por su intermedio. Dicho en otros términos, en una economía de intercambios monetarios, el factor trabajo, antes de materializarse en los contenidos de los demás factores, lo hace inicialmente bajo la materialidad de uno solo de ellos, el financiero, y luego procede a transmutarse en los demás.
Para formar ese fondo de financiamiento los trabajadores cuentan con su trabajo. En este se origina todo el proceso. El dinero que logren acopiar estará, pues, constituido por partes de su propio trabajo. En efecto, el fondo que formen para las contrataciones y adquisiciones de los factores estará concretamente constituido, en una empresa de trabajadores, por: a) lo que los trabajadores (socios en la empresa) pongan en común al iniciar las actividades, en la forma de cuotas y aportes en dinero; aportes y cuotas que son, para ellos, trabajo anterior realizado por ellos mismos, acumulado normalmente en la forma de ahorros individuales que luego ponen en común; b) los financiamientos obtenidos en forma de créditos, que son para ellos trabajo adelantado o trabajo futuro, pues serán cancelados ( en plazos y condiciones establecidas) con el valor que producirá el Trabajo en la empresa: lo que se convierte en financiamiento "propio" es en definitiva sólo el trabajo propio, por el cual se han hecho anticipar una parte de su valor en la forma de dinero-crédito; c) la parte de los excedentes que no se reparte sino que destina a fondos de inversión o reservas, que son una porción del resultado del trabajo presente en la empresa.
Si de este modo el factor financiero se constituye en este tipo de empresas bajo la forma de Trabajo, todos los demás factores que sus organizadores logren convocar e integrar serán también expresiones del Trabajo. Los medios materiales de producción, la tecnología, la gestión y el "factor C", constitutivos del patrimonio de la empresa, asumirán la forma de la Categoría Trabajo (en el sentido que estos empresarios los reconocerán como resultado y expresión de su trabajo, y que podrán ser evaluados y medidos mediante "unidades de trabajo"); la asumirán sea cuando esos trabajadores los hayan construido o elaborado directamente con su trabajo y en su empresa, o cuando los hayan adquirido o contratado en el mercado utilizando para ello el factor financiero que poseen.
Podemos expresar esta lógica de la categoría Trabajo y compararla con la del capital, utilizando al efecto, como punto de partida, la conocida "fórmula de la circulación" (que en realidad es más bien una fórmula de la valorización) en una empresa capitalista: D - M — D +. Según ella, el dinero o factor financiero se invierte en elementos de producción (los demás factores), constituyéndose como Capital, que a través del proceso productivo de mercancías y la venta de ellas en el mercado, proporciona un ingreso en dinero que da lugar a un incremento del capital. Gráficamente:
Figura 1.
La valorización del Trabajo puede expresarse, análogamente, en la fórmula T — M — T + . Aquí el factor trabajo se invierte en los elementos de producción (los demás factores) constituyéndose como categoría Trabajo, que a través de un proceso productivo de mercancías y de la venta de ellas en el mercado, obtiene un ingreso de dinero que da lugar a un incremento de la categoría Trabajo. Gráficamente:
Figura 2.
En esta fórmula está expresada la diferencia existente entre ambas lógicas, tanto respecto del factor económico que inicia el proceso -que en la empresa de capital es el factor dinero y en la empresa de Trabajo el factor fuerza de trabajo-, como respecto a la forma (categoría) que adoptan los distintos factores y medios que participan en la empresa (respectivamente las formas de capital y Trabajo), y también respecto al resultado del proceso (que en el primer caso se presenta como ganancia e incremento del capital y en el segundo como ganancia e incremento del Trabajo). Aparece en cambio como igual la mercancía (M en los gráficos); pero ante un análisis más atento aparecerá claro que el valor de la mercancía tiene una composición distinta si es producida en la forma capitalista o en la del Trabajo. En el primer caso su valor (el valor económico agregado durante el proceso, que es el que interesa y se representa en el gráfico) corresponderá a la diferencia entre el precio que por ella se obtenga en el mercado y los costos de su producción (que incluirán el costo del trabajo pero no el del capital), mientras en el segundo corresponderá a la diferencia entre su precio de mercado y los costos de su producción (que incluirán esta vez los costos del financiamiento pero no los del trabajo).
l5.- Queda un punto importante por aclarar a este nivel microeconómico de análisis, en relación a la lógica de constitución de la categoría Trabajo. Se trata de la cuestión específica de la medición, que como hemos señalado, debiera verificarse naturalmente en términos de la propia categoría organizadora. Por su complejidad e interés debemos dedicarle un entero parágrafo.
No recuerdo cual de los pensadores conocidos como "socialistas utópicos", ni en qué términos exactos, planteó que mientras el trabajo no se constituyera como unidad de medida económica general no era posible superar su subordinación al capital. Y es cierto, porque en economía quien mide es siempre la categoría organizadora, cuya unidad elemental se constituye como instrumento de medida de los factores que subordina. Identificar la unidad de medida correspondiente al Trabajo, es, pues, no sólo teóricamente relevante sino también de gran importancia práctica.
Una primera aproximación al tema la expusimos en
Empresas de trabajadores y economía de mercado, cuando a nivel microeconómico elaboramos un sistema de medición capaz de resolver la controvertida cuestión de la propiedad y de la distribución de los excedentes en las empresas de trabajadores.
[3] El elemento clave que allí utilizarnos fue la noción difundida especialmente por C. Marx a propósito de su afirmación de que el valor de una mercancía corresponde al tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla.
Que el trabajo se mide en unidades de tiempo, y que esta es la unidad de medida que puede aplicar la categoría Trabajo a los factores que utiliza y en la evaluación de las operaciones económicas, es algo que debe ser fundamentado científicamente .En efecto, el hecho de que el trabajo sea remunerado teniendo en cuenta la variable tiempo no es suficiente para concluir que las unidades de tiempo constituyen las unidades de medida correspondientes a la naturaleza constitutiva del trabajo. Para comprenderlo así basta recordar que también los aportes de financiamientos son remunerados conforme al período de tiempo en que prestan servicios al que los contrata. Pero hay razones que permiten postular el tiempo como medida del trabajo, y que en consecuencia hacen posible que el Trabajo mida los factores y evalúe las operaciones económicas en unidades de tiempo de trabajo.
Para identificar la medida del trabajo es preciso partir de lo que es; e individuar su expresión más simple y elemental. En efecto, sabemos que la medición económica consiste en tomar la forma elemental y más simple de una realidad como unidad de medida de cualquier expresión suya más desarrollada. Así, la unidad de . medida del trabajo no será otra cosa que su manifestación más simple y elemental.
Pues bien, hay cierta dificultad en identificar lo que es el trabajo e individuar su forma elemental, porque la noción del trabajo incluye dos acepciones diferentes. En un cierto sentido toda actividad económica es trabajo, de manera que este sintetiza las aportaciones de todos los factores. De hecho en sus orígenes, cuando aún no experimentaba el proceso de su división social y se encontraba socialmente integrado, el trabajo era lo que esta noción globalizante expresa. Aún ahora, toda actividad humana que signifique la aplicación de energías e informaciones humanas en la transformación del medio ambiente y que esté orientada a elaborar bienes y a Satisfacer necesidades económicas, constituye trabajo en este sentido genérico. Pero no es con respecto a esta acepción del trabajo que nos preguntamos por su unidad de medida. O bien, si queremos verlo de otro modo, no será bajo esta forma compleja e integral del trabajo que encontraremos su forma simple y elemental capaz de constituirse como la unidad de medida que buscamos.
En otro sentido el trabajo se constituye como una especie de factor residual, después que de aquél trabajo integral se han desprendido como actividades y funciones específicas y distintas de él todos los demás factores. En este sentido el factor trabajo es lo que queda como actividad humana no especializada, después de que los elementos subjetivos especiales del ejercicio de la dirección y del poder, de las informaciones y del saber práctico, de la credibilidad social, de la cooperación y de los mismos resultados no consumidos del trabajo anterior, fueran apropiados por sujetos distintos dando lugar respectivamente a los factores administrativo, tecnológico, financiero, comunitario y material. Es en relación con esta acepción del trabajo que nos interesa individuar su unidad de medida, porque la constitución del Trabajo (categoría) es el levantamiento del factor fuerza de trabajo a elemento organizador de los demás factores, supuesta por tanto la división social del trabajo genérico.
Pues bien, si a la actividad humana compleja le sacamos todo lo que implique o contenga cualidades especiales y elementos de subjetividad desarrollada, queda como residuo nada más que el ejercicio de actividad pura y simple, en que el hombre utiliza sólo esas fuerzas físicas y esa subjetividad indiferenciada que todo hombre tiene por naturaleza, antes de cualquier especialización y desarrollo. En su acepción como factor residual, y llevando al límite el proceso de desprendimiento de los demás factores posibles de individuarse, el trabajo queda reducido a eso: actividad humana indiferenciada. Allí se manifiesta en su forma simple y elemental. Cuando es esto lo que aporta el hombre a la operación económica, lo que importa es en último término el tiempo que dura la actividad, la duración pura de su hacer, independientemente de las cualidades particulares del sujeto o de cualquier especialización de la acción que ejecuta. ¿Qué hay que medir después de que al trabajo humano le hemos sacado todas sus cualidades específicas y sus potencias especiales, y lo hemos reducido al simple ejercicio de actividad humana indiferenciada? No otra cosa que su duración. Así, el factor trabajo resulta medible y medido en unidades de tiempo: en horas o en días de trabajo.
Tenemos la demostración teórica que buscamos, y podríamos concluir aquí la pregunta por la unidad de medida del trabajo. Pero dejaríamos sin resolver el problema práctico de como medir el trabajo y de cómo medir con su unidad de medida los demás factores y la operación económica. El problema se presenta porque, de hecho, casi siempre el trabajo se manifiesta más complejamente, no Siendo sólo el ejercicio en el tiempo de actividad humana indiferenciada. En efecto, los trabajos concretos y reales incluyen habitualmente la presencia de porciones de aquellas cualidades de poder, saber hacer, cooperación. credibilidad y materialidad que en cuanto separados conforman cada uno de los demás factores. En concreto, esto significa que hay más trabajo en una misma hora de ejercicio del trabajo si este supone mayor complejidad y una superior calificación: la jornada de un trabajador calificado técnicamente, o de un trabajador calificado administrativamente, o de un trabajador calificado comunitariamente, son aportaciones económicas mayores que la misma jornada de un trabajador no calificado en ninguna forma. En la medición económica de estas distintas porciones del factor trabajo deberán efectuarse, entonces, las correspondientes ponderaciones, que permitan establecer las diferentes medidas de los respectivos trabajos dentro de una misma escala.
Ello puede resolverse en la práctica económica de manera relativamente simple,
[4] pero es la consistencia teórica de esta operación la que debe ser evidenciada. Que la hora de trabajo (o la jornada de trabajo) sea la unidad de medida del trabajo también cuando este se manifiesta con mayor complejidad supone que también esos elementos que lo califican y especializan puedan ser reducidos a estas mismas unidades simples.
Pues bien, no hay gran dificultad en entenderlo así, toda vez que empíricamente sabemos que la calificación del trabajo normalmente se verifica en el tiempo, siendo relativamente fácil entender que distintos grados y tipos de calificación son obtenidos por el trabajador mediante esfuerzos efectuados durante períodos de tiempo determinados, sea a través del estudio y la capacitación formal o informal, sea mediante el aprendizaje práctico. Más teóricamente, podemos afirmar que cualquier calificación es resultado de actividades humanas más simples de duración determinada. Teóricamente al menos, toda calificación laboral, por compleja que sea, puede ser reducida a tiempo de ejercicio de trabajo indiferenciado. Por cierto, se tendrá en cuenta que no se tratará solamente del tiempo dedicado a la actividad por el propio trabajador, sino también el de las otras personas que participaron en su preparación, como los capacitadores y maestros. (La misma explicación vale para medir cualquier factor, en cualquiera de las unidades de medida: en todos los casos se considerará que los factores más complejos y desarrollados “‘miden mas" que los simples, porque en ellos se ha incorporado el resultado de procesos productivos previos).
En síntesis, el trabajo complejo, que integra elementos variados de especialización, puede ser medido también en unidades de tiempo, siempre que la duración de su ejercicio inmediato se pondere con los multiplicadores correspondientes a sus connotaciones cualitativas. En fin, si reflexionamos en un nivel de abstracción superior lo que esto significa, podemos intuir que el trabajo es el único elemento económico en condiciones de aportar un instrumento de medida verdaderamente universal. En efecto, el tiempo es el único elemento involucrado en la elaboración de todas las realidades económicas, de todos los factores, pudiendo en último término reducirse cualquiera de las unidades de medida de ellos a unidades de tiempo, mientras que estas no pueden reducirse a aquellas. Una vez que hayamos examinado las unidades de medida con que proceden todos los factores constituidos en categoría podrá el lector hacer una reflexión del punto con más elementos.
16.- Hemos examinado hasta aquí la constitución de la categoría Trabajo a nivel microeconómico. Por diversos aspectos analizados habremos percibido que si estas unidades económicas basadas en el Trabajo operan en el contexto de una economía predominantemente capitalista —es decir, en que la categoría capital es la predominante macroeconómica- el trabajo se encontrará en el mercado determinado (global) como un factor subordinado, habiendo alcanzado la autonomía sólo en pequeñas proporciones, y eso aun de manera precaria. Podríamos expresar esto diciendo que su autonomía y universalidad se encuentran limitadas y condicionadas, como condicionadas por el capital se observan concretamente allí las empresas cooperativas y autogestionadas de trabajadores.
Naturalmente, una empresa de Trabajo aislada, dentro de un contexto en que el trabajo se encuentra socialmente subordinado, tiene escasas posibilidades de operar coherentemente conforme a su propia lógica esencial: el condicionamiento externo será muy fuerte. Pero un conjunto de empresas organizadas por el Trabajo estarán en mejores condiciones para conservar su identidad, desarrollar su autonomía y operar coherentemente en el mercado. La tendencia natural a ser absorbido por el contexto predominante podrá ser mejor contrarrestada por un conjunto de empresas concientes de su identidad alternativa, de los valores específicos de que son portadoras, de su propia y distinta racionalidad. Y si esos conjuntos de empresas "alternativas" se encuentran recíprocamente relacionadas, coordinadas y organizadas constituyendo un verdadero "sector" de la economía, sus posibilidades de conservar y acelerar el desarrollo de su autonomía y universalidad serán todavía mayores.
En efecto, la existencia de eficaces mecanismos de integración sectorial entre empresas centradas en el Trabajo asegura una presencia superior de esta categoría en formación. Concretamente, otorga flexibilidad a cada empresa en sus relaciones de mercado, facilitando la convocación e incorporación de los factores externos que requiera, permitiendo que las empresas efectúen los ajustes y movimientos adecuados para adaptarse a las cambiantes condiciones del mercado sin necesidad de recurrir a procedimientos y mecanismos propios de otras lógicas económicas.
Más allá de esto, la existencia de un sector económico integrado por empresas de este tipo permite que se realicen procesos de
acumulación sectorial de factores conformados bajo la forma de la categoría Trabajo. Con este objetivo hemos postulado en trabajos anteriores la necesidad de avanzar en la formación de un "mercado intercooperativo de factores", compuesto por una bolsa de valores cooperativos (que garantice y permita transferencias patrimoniales), una bolsa de trabajo cooperativo (que facilite las transferencias de trabajadores entre empresas del sector), un mercado de capitales cooperativos (que facilite la formación de recursos financieros de fácil disponibilidad para estas empresas), un servicio de fomento, programación y desarrollo tecnológico del sector cooperativo (que se preocupe del desarrollo y apropiación de tecnologías adecuadas a las exigencias de estas empresas), etc.
[5]
La idea que orienta dicha propuesta es la formación de un sector económico hegemonizado por la categoría Trabajo, cuya existencia requiere básicamente la consolidación de un mercado sectorial de factores que se presenten bajo la forma de esta categoría. Tal mercado podrá existir y ser eficiente en la medida que se alcancen tres objetivos principales: a) que exista una cierta masa o volumen acumulado de tales factores (fuerza de trabajo, tecnologías, capacidades administrativas, medios materiales, financiamientos y energías comunitarias) en las empresas de Trabajo y a su disposición; b) que las distintas empresas puedan darles a esos factores un trato económico fluido y flexible, incluida la posibilidad de su rápida y eficiente sustitución, de modo que puedan adaptarse constantemente, tras el logro de sus propios objetivos, a las fluctuaciones de la economía; y c) que existan posibilidades de crecimiento y perfeccionamiento de esos factores propios, que -como vimos- no tienen las mismas características de los factores equivalentes configurados por otras categorías económicas.
Evidentemente una empresa sola no podrá alcanzar resultados estables y significativos en ninguno de esos objetivos; pero ello es perfectamente posible para un conjunto integrado de empresas de Trabajo, que podría articular instancias específicas para lograrlos en relación a cada uno de los factores.
Más concretamente, podrían existir seis principales instancias de coordinación: 1. Coordinación para el perfeccionamiento, apropiación y desarrollo de la fuerza de trabajo del sector, que puede operar a la vez como una especie de bolsa de trabajo, de mecanismo de selección e incorporación de trabajadores, y de perfeccionamiento y capacitación laboral. 2. Coordinación para flexibilizar, apropiarse y perfeccionar tecnologías adaptadas para el sector, que puede operar como un Servicio de fomento, creación y adaptación tecnológica y como central de informaciones técnicas. 3. Coordinación para flexibilizar, apropiar y desarrollar financiamientos para el sector, que puede operar como un banco o entidad financiera bajo control colectivo de las empresas del sector. 4. Coordinación para flexibilizar, apropiar y desarrollar los medios de trabajo, que puede operar como un gran banco de materiales, de herramientas y demás implementos útiles, y como una central de abastecimiento. 5. Coordinación para flexibilizar, apropiarse y perfeccionar las capacidades administrativas y de gestión en el sector, que puede operar como un servicio de asesoría, escuela de dirigentes y central de coordinación, informaciones y planificación. Podríamos agregar un sexto aspecto, que más que una específica instancia organizativa puede ser el resultado de las coordinaciones mencionadas; nos referimos al desarrollo a nivel sectorial del "factor C", a través del perfeccionamiento de relaciones comunitarias y solidarias entre las empresas del sector.
Estas instancias de coordinación, que aquí reproducimos de un trabajo anterior en que las planteamos a manera de sugerencias y propuestas, son en realidad un presentación novedosa y más sistemática de experiencias y procesos que parcial e incompletamente se han realizado en la práctica, en algunos lugares. A la luz de nuestras formulaciones teóricas, tales procesos y propuestas aparecen como momentos y partes cruciales del levantamiento del trabajo a categoría organizadora a nivel sectorial. Un consistente sector económico de empresas y entes de coordinación sectorial, fundado en el Trabajo, constituye a su vez un paso indispensable, decisivo y relevante hacia la constitución de la categoría Trabajo a nivel macroeconómico, de modo que pueda ocupar un lugar central en la economía global.
Como anotamos antes, la constitución de los factores como categorías económicas organizadoras es resultado de procesos históricos complejos y muy amplias. Por cierto, pasar del trabajo asalariado al trabajo autónomo no es tan simple de lograr en la práctica como de pensar teóricamente. De hecho, el trabajo se encuentra (especialmente en nuestras sociedades) tan subordinado y sometido, y ha estado tan habituado a una situación de heteronomía, que su levantamiento a funciones económicas dirigentes y organizativas supone un proceso largo y difícil de maduración, cuyo momento decisivo es el despertar y desarrollo de las capacidades empresariales propias. El proceso de autonomización y universalización del trabajo se hace aún más difícil dado el contexto en que debe proceder a su desarrollo, dominado por el capital (y/o por el factor administrativo) que controla los resortes decisivos a nivel macroeconómico. Sin embargo, la existencia de empresas autogestionadas de trabajadores y otras formas de cooperativas de trabajo demuestra que el objetivo es posible de irse logrando de manera paulatina y creciente, y que ya ha comenzado, pasando de los niveles más pequeños a los superiores, accediendo a posiciones cada vez más centrales, mediante adecuadas formas de integración sectorial y a través de consecuentes políticas orientadas a cambiar las relaciones de fuerza en los mercados y en los centros claves de coordinación de las decisiones económicas.
Ante la magnitud y complejidad del desafío muchos pueden desanimarse, y caer en el engaño de creer que son posibles otros caminos más fáciles y cortos para alcanzar los mismos resultados. Sin embargo -y la experiencia histórica lo demuestra- no es así, pues el único modo de liberarse y de alcanzar la autonomía es autonomizándose y creciendo en grados de libertad. Y nadie puede creer que el paso desde la extrema subordinación en que se encuentra el trabajo, hacia una situación en que podamos reconocer la deseada "centralidad del trabajo", sea un tránsito fácil de lograr. ~ Necesariamente ha de ser un proceso epocal, como epocal fué el proceso por el cual los poseedores de recursos financieros accedieron ‘ a las posiciones centrales en que se encuentran hoy día. Volveremos sobre estas afirmaciones al examinar la formación de la categoría Comunidad; podremos entonces tener en cuenta elementos importantes para mejor dimensionar el significado y las posibilidades del mencionado proceso epocal, que nos serán proporcionados por el estudio de otros procesos históricos y en curso a través de los cuales los demás factores se constituyen también en las respectivas categorías.
Por el momento parece oportuno agregar que en este camino de `levantamiento del trabajo a categoría organizadora podemos distinguir analíticamente una posible secuencia de etapas. La podemos expresar con los siguientes términos: Separación — Antagonismo - Identidad — Autonomía - Universalización. Son, miradas desde un punto de vista sociológico, las etapas que pareciera debe atravesar todo sujeto social que pretenda incidir en la historia con profundidad y sentido transformador.
La separación es el momento inicial del proceso, a través del cual el factor o el sujeto en cuestión simplemente comienza a diferenciarse de los otros, especialmente de aquél dominante bajo el cual se encontraba subsumido e inmerso. El antagonismo u oposición es un primer movimiento de reconocimiento de sus intereses propios y particulares, a través del cual simplemente se opone y entra en conflicto con las realidades dominantes dadas; es un movimiento todavía "negativo", de antítesis. La identidad es la adquisición de conciencia de ser un sujeto con objetivos distintos a los de otros, capaz de desplegar insospechadas potencialidades en vistas de alcanzarlos; es el desarrollo de una identidad propia, que implica un sentido de pertenencia por parte de muchos individuos y grupos a una fuerza social determinada. La autonomía es un paso ulterior, a través del cual se logra disponer de los medios necesarios para actuar tras esos objetivos sin necesitar apoyarse en elementos externos y ajenos para sostenerse; es el logro del autocontrol de las propias acciones y decisiones, implicando esto que el referente ya no es "el otro" como en la situación de antagonismo, sino él mismo. Finalmente, la universalización corresponde al despliegue maduro de la propia esencia y racionalidad, capaz de asimilar y subsumir a los demás elementos necesarios para el proceso en referencia.
Evidentemente, éste no es más que un esquema simplificado, que señala más una secuencia lógica que una reconstrucción de procesos efectivos. En la realidad hay que tener en cuenta que en todo proceso de formación y levantamiento de sujetos históricos, junto a los momentos y fases de constitución se verifican momentos y movimientos de desconstitución. Tales son, en síntesis, el pasar de una fase más avanzada a una inferior; el ser reabsorbido por los sujetos dominantes mediante fenómenos de transformismo, oportunismo y otros similares; los procesos de desarticulación y de divisiones internas.
En relación a estos momentos o fases de la constitución de las categorías, y en referencia al proceso especial del Trabajo, cabe hacer una mención y valoración del movimiento sindical de los trabajadores asalariados, como un proceso a través del cual el factor trabajo puede experimentar algunos pasos significativos hacia su autonomización y universalización.
Los sindicatos nacen, de hecho, como una “‘reacción defensiva" del sujeto-factor fuerza de trabajo que se encuentra subordinado en las empresas organizadas por el Capital y por el Estado. Es un primer momento de reconocimiento y afirmación de sus propios intereses -de hecho subordinados en las empresas de que forman parte- frente a los intereses predominantes en las empresas. Desde la subordinación, se inicia así un movimiento hacía la autonomía, que en esta fase es puramente defensivo y de resistencia, de antagonismo.
Pero las organizaciones sindicales pueden ir más allá de la lucha por los salarios, y de hecho lo hacen. En efecto, se proyectan hacia un mejoramiento en las condiciones de trabajo, y amplían progresivamente su radio de acción en la perspectiva de alcanzar un creciente control sobre las propias condiciones de existencia. Más aún, en la medida que las fuerzas del trabajo entran a participar en la adopción de decisiones económicas en torno a cuestiones tales como la organización del trabajo, las políticas de inversión, las adaptaciones e innovaciones tecnológicas que se hacen en las empresas, experimentan un movimiento ascendente en el que podemos reconocer pasos hacia la universalización del factor. El proceso de aproximación al grado de categoría económica puede aún continuar, en la medida que los trabajadores accedan a participar no sólo en la toma de decisiones (por ejemplo, a través de la cogestión) sino también a participar en la repartición misma de los excedentes y utilidades, e incluso en la propiedad de las empresas.
Tales distintos aspectos y momentos podemos considerarlos como de subsunción parcial y progresiva de los factores tecnológico, administrativo, financiero y material. A través de ellos el trabajo comienza a compartir con otra categoría los objetivos y los resultados y beneficios de la actividad empresarial como tal. Y si bien este proceso se va realizando —a nivel de los sindicatos todavía en las realidades microeconómicas (en las empresas), el significado económico de ello es muy amplio, pues, por un lado es una extensión del proceso de autonomización del trabajo hacia los tipos de empresas capitalistas y públicas en las que otras categorías han sido las organizadoras, y por otro lado el crecimiento en autonomía y universalidad del factor proporciona a las fuerzas del trabajo en general una potencia superior, que le permite hacer presente sus intereses, aspiraciones y objetivos propios incluso a nivel macroeconómico, esto es, en la definición de las grandes políticas económicas y en los circuitos generales a través de los que se asignan y distribuyen los recursos e ingresos.
Dicho todo esto, no deberá olvidarse que el sindicalismo es por naturaleza organización del trabajo subordinado, movimiento hacia la autonomía que se mantiene inevitablemente en la fase de antagonismo, y que su trascendencia y elevación al nivel de categoría implicaría un sustancial cambio de naturaleza, que estaría dado por la asunción definitiva de las funciones de organización y dirección empresarial.
Sobre el significado, los limites que encuentra, y también las posibles desviaciones que pueden experimentar las organizaciones sindicales, en esta perspectiva volveremos más adelante. Por ahora nuestro interés ha sido dejar establecido que las dos grandes expresiones del movimiento organizado de los trabajadores -el sindicalismo y el cooperativismo autogestionario― son momentos y formas de un proceso de constitución histórica del Trabajo como categoría económica.
A través del sindicalismo se cumplen extensivamente las que podemos considerar como las fases iniciales (y elementos rudimentarios de las fases superiores) del proceso. Su esencia es la de un movimiento de escisión de las fuerzas del trabajo respecto del capital, mediante su constitución como sujeto organizado que se le opone y busca su propia identidad y autonomía, aún manteniéndose subordinado en la organización y estructura económica.
El movimiento cooperativo y autogestionario expresa un momento más avanzado del proceso de autonomización y universalización de la fuerza de trabajo, que la lleva efectivamente a constituirse como categoría organizadora; este movimiento, sin embargo, ha llegado a concretizarse hasta ahora sólo en segmentos restringidos y en grupos determinados de la fuerza de trabajo. Encontramos aquí una mayor intensidad pero una menor extensión del proceso, en comparación con el que se verifica a través del movimiento sindical. De todas maneras, cabe observar que en las organizaciones cooperativas tal como se han tendido a estructurar en ciertos casos, en las prácticas del cooperativismo, e incluso en cierta medida en los principios doctrinarios del cooperativismo tradicional, se manifiestan todavía rasgos de subordinación al capital, es decir, que por su intermedio se ha verificado un despliegue aún incompleto de la nueva categoría en formación. Sobre esto nos detuvimos ampliamente en nuestros ya citados estudios sobre las cooperativas y demás formas alternativas de empresa.
[1] Cfr.
Empresas de trabajadores ..., cit., primera parte.
[2] Cfr.
Empresas de trabajadores. . ., cit, tercera parte.
[3] Cfr.
Empresas de trabajadores. . ., cit., capítulo 5.
[4] Cfr.
Empresas de trabajadores ..., cit., cap. 5 y 6.
[5] Cfr.
Empresas de Trabajadores ..., cit., cap. 14; y también
Autonomía, Donaciones y Relaciones de mercado, documento Nro. 47 del Programa de Economía del Trabajo, 1986.