Spanish English French German Italian Portuguese Russian
Compartir esto...

El rol de los jóvenes, ¿Futuro o presente?

 

Ante todo quiero decir algo obvio, pero que no se dice suficientemente y que, por el contrario, a menudo se oculta, especialmente cuando se convoca a los jóvenes a actividades que son definidas como propiamente ‘juveniles’, y que delimitan para ellos ciertos campos de preocupación y de acción sectoriales, limitados y de menor trascendencia. Eso que quiero afirmar ante todo, es que los jóvenes tienen que hacerse cargo de los grandes asuntos y problemas de la sociedad en su conjunto; que a las generaciones jóvenes les corresponde abrir la experiencia humana hacia nuevos horizontes; que les corresponde asumir la tarea de darle una dirección y un rumbo a la historia humana, presente y porvenir.
 
Se piensa habitualmente que el presente – la gestión del presente- es responsabilidad de los adultos, y que el futuro es de los jóvenes. Pero creo que en esta manera de plantear la cuestión, lo que se intenta es poner restricciones a las generaciones jóvenes, intentando evitar que interfieran en los asuntos serios de la vida social actual, y que pospongan la realización de sus sueños e ideales; que los pospongan, hasta cuando, llegados a adultos, se hayan ya olvidado de esos ideales y sueños. Pero, dado que es difícil mantener a los jóvenes inactivos, se los convoca a realizar actividades definidas como ‘juveniles’, y a que se centren en tareas de menor relevancia, que impliquen ‘aprendizajes’ (aprendizajes de realismo, o sea, de cómo funciona realmente la sociedad, para que se integren a ella, y para que vayan atenuando sus ambiciones y deseos de cambios).
 
Durante los milenios de historia que anteceden a la situación presente, la historia fue siempre el resultado de la acción de los jóvenes. Los creadores de las grandes religiones, los fundadores de las civilizaciones, los próceres de nuestras Repúblicas, los conquistadores de nuevos mundos, los grandes creadores en los campos del arte, la ciencia y las invenciones tecnológicas, han sido mayoritariamente jóvenes, incluso muy jóvenes, digamos, entre los 20 y los 35 años de edad. O sea personas que hoy serían considerados como todavía ‘inmaduros’. Incluso en la actualidad, allí donde encontremos cambios y novedades verdaderas, innovaciones significativas, emprendimientos novedosos, es casi seguro que detrás de ellos encontraremos las ideas y las acciones de jóvenes creativos.
 
Es por esto que yo contesto y rechazo la afirmación corriente de que el futuro pertenece a los jóvenes, porque es una afirmación conservadora, que inhibe las iniciativas y la creatividad de los jóvenes, pues toda iniciativa y toda acción creativa, para existir, debe realizarse en el presente, mientras que relegada al futuro, corre el risgo de permanecer para siempre como algo que tal vez ocurra más adelante, sin concretarse nunca. Al contrario, los jóvenes que en su juventud crean, innovan, y transforman la realidad, podrán permanecer siempre jóvenes. Los que en cambio se piensen y sientan a sí mismos como ·”actores del futuro” – o sea futuros actores -, están ya hoy, en su juventud, pensando y sintiendo de la manera en que los adultos que gestionan el presente, desean que los jóvenes piensen y sientan, para que no interfieran en su gestión.
 
La manera convencional de entender el presente y el futuro esconde una trampa. Porque ¿qué es el presente? ¿Cómo puede entenderse nuestro presente histórico, y qué podemos entender que es el futuro?
 
Hace 35 años, junto con otro joven que ahora es un cineasta italiano, Pasquale Misuraca, escribimos un libro que acabamos de re-editar en una edición actualizada con el título “La Travesía” y el subtítulo: “De la crítica del marxismo y de las sociologías a la propuesta de una nueva ciencia de la historia y de la política”. Ahí escribimos lo siguiente: “Podemos considerar como verdadero futuro, solamente a una situación que sea realmente distinta a la actual, en cuanto en ella se hayan consolidado cambios cualitativos y novedades históricas significativas. El presente histórico no se determina cronológicamente, por el calendario, sino que puede prolongarse por muchos años más a partir de ahora, porque el presente, la realidad considerada como presente, es toda aquella situación histórica marcada por la persistencia de las estructuras predominantes y de los comportamientos sociales más difundidos.” Podríamos decirlo de otra manera: “El presente es la sedimentación histórica del pasado, y durará tanto cuanto persistan las tendencias que vienen predominando desde hace tiempo en la sociedad”.
 
Pero si esto es así, entonces el futuro no llegará nunca, a menos que hoy, en el presente, estén en acto y se creen las iniciativas transformadoras, portadoras de grandes novedades históricas. Igual como el pasado es hoy, también el futuro es hoy. Y en este sentido, sí podemos decir que el futuro es de los jóvenes, pero sólo en la medida y en cuanto los jóvenes inicien, o mejor, iniciemos, la creación de las novedades históricas y la realización de los cambios necesarios.
 
Ahora bien, ¿de qué novedades y de qué cambios estamos hablando?
 
Yo creo que la tarea histórica del presente consiste, nada menos y nada más, que en iniciar la creación de una nueva civilización.
 
Si este enunciado les parece excesivo, utópico, irrealista, imposible, debo decirles de inmediato que … están pensando como viejos, como personas desencantadas, sin esperanzas, sin disposición a considerar seriamente las posibilidades que ofrece el presente, y las capacidades creativas y de cambio que son propias de los jóvenes.
 
La necesidad de construir una nueva civilización es actualmente sentida por muchos, con diferentes grados de conciencia de ello y de lo que significa. Ha sido planteada por numerosos intelectuales, desde hace ya varias décadas, y el concepto ha sido asumido como propio por diversos tipos de grupos y organizaciones.
 
Es necesario dar inicio a la creación de una nueva civilización, porque la actual civilización moderna está en crisis orgánica, y están en crisis los tres pilares o fundamentos que la sostienen. Esos pilares son, a nivel político, el Estado nacional y los partidos; a nivel económico, el industrialismo y el capitalismo; a nivel cultural, las ideologías y el cientismo positivista. No tengo tiempo para exponer las razones por las que muchos pensamos que el Estado y los partidos son estructuras viejas y agotadas; que el industrialismo y el capitalismo ya dieron todo lo que podían dar, y que están siendo regresivos; y que las estrujcturas cognitivas positivistas ya no son capaces de darnos una comprensión adecuada de la realidad ni orientar los proyectos necesarios para superar los problemas actuales. Creo que todo esto es, para la mayoría de los jóvenes, algo intuitivo que no requiere demasiada argumentación.
 
Esta crisis de la civilización moderna, por ser orgánica, no puede resolverse sino mediante una nueva organicidad, y como todo organismo cuyas fuentes vitales entran en deterioro y decadencia, la civilización moderna y sus pilares están destinados a perecer. Pero esta agonía podría sedr lentísima, y el proceso podría extenderse todavía por algunas décadas.
 
Pienso que en este nuestro tiempo tenemos dos posibilidades (si queremos hacer algo socialmente útil): una, es tratar de apuntalar y reforzar y mejorar los pilares de la civilización en crisis, de manera que el derrumbe se posponga un poco, reduciéndose de este modo los sufrimientos que trae la crisis y que traerá el derrumbe mismo. La otra posibilidad es la de iniciar la construcción de los fundamentos de una nueva superior civilización.

Por ejemplo, a cuestión de la reforma de los partidos, de la creación de partidos nuevos y mejores, etc. se pone en la primera perspectiva. Si en cambio nos ponemos en la segunda perspectiva, las cuestiones esenciales son: la creación de una nueva política (no partidista, no estatal), de una nueva economía (no industrialista, no capitalista), y de nuevas estructuras del conocimiento (no ideológicas, no positivistas).

Pero, ¿cómo se puede iniciar la construcción de estos pilares/fundamentos de la nueva civilización? Y ¿cómo podemos participar en tan grandioso proyecto?
Responder estas interrogantes exigiría abordar una serie muy amplia de cuestiones, que no podemos exponer aquí. En esta ocasión quisiera solamente hacer una afirmación, que considero crucial como punto de partida. La afirmación es la siguiente:

Una nueva civilización, superior a la existente en crisis, ya existe, está entre nosotros, como semilla, y lo primero que debemos hacer es aprender a reconocerla, descubrirla, y decidirnos a participar en su desarrollo.

Es obvio que la construcción de una nueva civilización es un proyecto, una tarea, una obra gigantesca. Pero la historia enseña que sus comienzos son algo bastante más simples. Si miramos las grandes civilizaciones que se han sucedido a lo largo de la historia humana, de hecho encontraremos que sus comienzos fueron normalmente procesos puestos en marcha por pocas personas, en base a un cierto conjunto de ideas muy claras y profundas, pero nunca complicadas ni difíciles de comprender.

De hecho, las civilizaciones comienzan a nacer en el seno de las civilizaciones en crisis y decadencia, en las cuales la construcción de una nueva superior civilización aparece como una necesidad. Una necesidad que es al comienzo sentida por pocas personas, pero cuya conciencia se extiende muy rápidamente a medida que la crisis de la civilización vigente se acentúa, deteriorando la vida civil, la convivencia, la calidad de vida, los valores y las ideas que la sustentaron por siglos, pero que ya muy poco significan para las nuevas generaciones.

Como decía, las civilizaciones han comenzado siempre con la obra y la acción de unas pocas personas, y de pequeños grupos que se forman junto a ellas, y que progresivamente se expanden por la integración de un creciente número de adherentes, hasta constituir una fuerza intelectual, moral y política significativa. Entonces, podemos decir que la nueva civilización ya existe, en pequeña escala, desde que se constituyen los primeros grupos, las primeras redes, entre las personas que viven, se relacionan, piensan, sienten y se comportan según las formas y los contenidos de la civilización que empiezan a construir. Ellos son portadores, en semilla, de los componentes esenciales de la nueva, superior civilización.

Intentando dar una cierta visión más concreta de los tipos de acción, relaciones y comportamientos en que podemos apreciar los inicios de la creación de una nueva civilización, me permito mencionar, entre muchas otras, las experiencias de economía solidaria, con sus iniciativas de consumo responsable, de comercio justo y de finanzas éticas; las redes sociales de cooperación y reciprocidad; las organizaciones preocupadas del medio ambiente y la ecología; las que intentan rescatar las biodiversidad, las que buscan fortalecer la interculturalidad, y muchísimas otras iniciativas que se proponen desplegar formas nuevas de conocimiento y de relación social, y desarrollar nuevos comportamientos, nuevas formas de relacionarse, de pensar, de sentir y de actuar.
 
Todas ellas han sido iniciadas por personas, de todas las edades pero siempre jóvenes, autónomas y solidarias, que no delegan sus decisiones respecto a los aspectos más importantes que afectan sus vidas y las de su entorno, es decir, por personas que han decidido no seguir la corriente, sino recuperar para sí y para la comunidad, en organizaciones y redes horizontales, el control sobre sus propias condiciones de vida, convencidos de que es necesario y urgente superar las muchas crisis que nos afectan, dando inicio a experiencias y procesos que se guian por principios y valores de justicia, de reciprocidad y de solidaridad.
 
(El libro que les mencioné y muchos otros textos, videos y audiovisuales sobre estos temas, están disponibles libremente en el sitio www.luisrazeto.net )
 
Luis Razeto M.