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EL MERCADO ¿CRUEL O SOLIDARIO?

Los términos de un debate.
 
     Las emotivas expresiones que sobre el mercado vertió recientemente el Presidente Aylwin han abierto un debate que parecía olvidado, pero que tal vez sea el más importante que deba profundizarse en la actualidad. Dijo textualmente el Primer Mandatario: "El mercado puede impulsar el consumismo, la creatividad y la creación de riqueza, pero no es justo en la distribución de esa riqueza. El mercado no tiene consideraciones éticas ni sociales. El mercado suele ser tremendamente cruel y favorecer a los más poderosos, a los que compiten en mejores condiciones, agravar la miseria de los más pobres y aumentar las desigualdades sociales". Pocos días después, al recibir un homenaje de la CUT reiteró y precisó su planteamiento: "El mercado favorece a los más poderosos, a los que pueden comprar más, a los que pueden imponer las condiciones de la negociación; el mercado no se rige por valores éticos"; y luego agregó: "Cuando yo he dicho que el mercado es cruel, no he pretendido hacer planteamientos doctrinarios en contra del modelo de economía de mercado. He pretendido señalar sólo lo indesmentible. (En este sistema económico) no cuenta ni la justicia, ni la solidaridad, ni la fraternidad humana. El mercado es una pugna de egoísmos".
 
     Palabras fuertes, valientes, que naturalmente suscitaron reacciones. El diario "La Segunda" (19.1.94) recogió algunas de ellas. Pablo Baraona expresó: "El Presidente equivocó la palabra "mercado". Debió haber dicho "vida". La vida es cruel. La vida produce una cantidad enorme de desigualdades: ricos, pobres, cojos, atletas, gordos, flacos, rubios, negros, feos, bonitos, bonitas, feas, hijos excelentes, a veces malos, huérfanos... El mercado es un hecho y la gente lo acepta...Hay que dejarlo funcionar, porque es un hecho... El mercado funciona de todas maneras, sea blanco o negro, competitivo o monopólico". Dominique Hachette dijo también: "Si quiso expresar que, dada la distribución inicial de la riqueza, el mercado sin regulaciones mínimas no elimina las desigualdades extremas ni tampoco cierto tipo de miseria, yo estaría de acuerdo, pero creo que no fué eso lo que dijo.... El mercado es un instrumento y ningún instrumento puede tener consideraciones éticas y sociales. (...) Las desigualdades de la riqueza son consecuencia de muchos factores (...) pero obviamente pueden ser consecuencia de un mal funcionaiento del mercado. El mercado genera o estimula o, por lo menos, resuelve algunas de las desigualdades existentes. No puede resolver todo, tampoco, porque representa una sola de las razones por las cuales existen esas desigualdades. No se le puede pedir que resuelva problemas coyunturales o de la distribución discutible de la riqueza." Finalmente Felipe Larraín puntualizó: "Con todo respeto discrepo claramente, por varias razones. En un principio, en los países que han aplicado el esquema de mercado se observa un deterioro en la distribución de los ingresos, pero pasado ese primer momento hay una mejoría paulatina. La distribución del ingreso de los países industrializados es más equitativa que la de aquellos que están en vías de desarrollo y que no han aplicado esquemas de mercado. (...) No hay una base empírica para afirmar que el mercado produce una distribución de los ingresos no equitativa."
 
     Algunas precisiones conceptuales.
 
     En esta discusión sobre el mercado han aparecido "hechos indesmentibles": los que mencionó el Presidente, que expresan la experiencia y el sentir de grandes sectores sociales, especialmente en los grupos más pobres pero no solamente en ellos, y los que mencionan sus detractores, que recogen la observación de numerosos economistas y el pensamiento que se ha venido generalizando en los principales centros de estudio académico. Junto a los hechos han aparecido las ideas, que en sí mismas pueden resultar simultáneamente convincentes, no obstante su también aparente contradictoriedad. Pues bien, los hechos y las ideas, en la medida que sean indesmentibles y válidos, deben ser comprendidos, integrados en una visión científica rigurosa, que dé cuenta de ellos y de su aparente contradicción. Es la función de la teoría, que es buena solamente cuando es capaz de dar cuenta de todos los hechos y de todas las ideas, sea validándolos o demostrando su inconsistencia.
 
     En el marco limitado de un artículo no podemos dar cuenta de todo ni ir muy a fondo; pero es posible avanzar en algunos aspectos, centrándonos en aquello que nos parece decisivo. Lo que aquí afirmaremos lo hemos desarrollado ampliamente, proporcionando demostración analítica y empírica, en una extensa investigación que hemos recogido en tres volúmenes de la obra Economía de Solidaridad y Mercado Democrático, editado por el Programa de Economía del Trabajo. Organizaremos la exposición en torno a algunas afirmaciones simples pero no por eso menos importantes.
 
     1.- El mercado es un hecho. Nadie podría ponerlo en discusión. No es sólo un fenómeno de la época moderna: ha existido siempre, desde que los hombres han tenido que intercambiar sus productos y servicios para satisfacer sus necesidades, inicialmente en forma de trueque directo, luego mediante la utilización de la moneda y el dinero. Por eso podemos afirmar, también, que el mercado es una necesidad. Sin el mercado los hombres y las sociedades no podrían subsistir ni desarrollarse.
 
     Reflexionando sobre la necesidad del mercado, podemos acceder a una tercera afirmación, que puede parecer discutible pero que es preciso también asumir si nos interesa comprender la realidad en todas sus dimensiones: el mercado es un hecho solidario. En efecto, ¿por qué existe el mercado? ¿Por qué es necesario? Simplemente: porque las personas nos necesitamos unas a otras. Seres de múltiples necesidades, aspiraciones y deseos, los hombres y los grupos sociales a que pertenecemos no somos autosuficientes. Cada uno requiere del trabajo de los otros, de sus conocimientos, de lo que con sus propios medios pueden producir. En este sentido podemos afirmar, también, que el mercado pone de manifiesto que los hombres y los grupos sociales trabajamos unos para otros. Para participar en el mercado es preciso "hacernos útiles" para los demás, sea mediante nuestro trabajo, sea proporcionando bienes y servicios que otros precisan, sea proveyendo informaciones y poniendo a disposición social nuestro "saber hacer" y nuestras capacidades organizativas y emprendedoras.
 
     Si el mercado existe porque nos necesitamos unos a otros y pone de manifiesto que trabajamos unos para otros, debemos reconocer que el mercado es un hecho que en el fondo expresa la solidaridad que une a los hombres y a los grupos humanos en sociedad. En principio, pues, no hay contradicción entre economía de mercado y economía de solidaridad.
 
2.- El mercado nos une, pero también nos separa y nos hace entrar en conflicto. En él se manifiesta nuestra naturaleza social, pero también nuestra individualidad, nuestros intereses personales y nuestro egoísmo. En efecto, el mercado (entendido en su sentido convencional), está constituido en base a intercambios; y en los intercambios nos presentamos unos frente a otros poseyendo algo que estamos dispuestos a ofrecer, y buscando algo que carecemos pero que otros nos pueden proporcionar. Cambiamos algo por algo, y en esa relación de intercambio, cada cual pretende obtener el máximo del otro a cambio de entregarle lo menos que sea posible. Así, en cada relación de intercambio (y el mercado es el encadenamiento de innumerables flujos y relaciones similares), nos ponemos unos frente a otros teniendo intereses distintos y contrapuestos.
 
     Sí, necesitamos a los otros, pero lo que en realidad buscamos en el mercado es lo que otros tienen y que nosotros deseamos poseer; para obtenerlo estamos dispuestos a entregarle algo a cambio, pero tratamos de que sea lo menos posible y de que, efectuado el cambio, hayamos obtenido alguna ganancia: no tener menos sino, en lo posible, más de lo que poseíamos antes de efectuarlo.
 
3.- Ahora bien, como el intercambio se verifica cuando ambas partes quedan conformes -de lo contrario no se efectúan las recíprocas transferencias-, podría suponerse que las dos partes que participan ganan algo. En términos formales, se dice que en las relaciones de intercambio las partes se transfieren activos de igual valor; que en el mercado "se intercambia equivalente por equivalente". Si en el mercado se verificara el supuesto de la equivalencia, habría que concluir que el mercado, en la medida que no está interferido por elementos externos, no alteraría la distribución inicial de la riqueza, pues, después de cada flujo de intercambio cada sujeto participante poseería tanta riqueza como la que tenía antes de la relación.
 
     Pero esto no es así, por la sencilla razón de que más allá de cualquier interferencia externa, en las simples y puras relaciones de intercambio, los sujetos participantes hacen presente su poder de mercado, su particular fuerza de contratación. Este "poder" está dado por un conjunto complejo de elementos, entre los cuáles cabe destacar los conocimientos y el acceso a la información, las capacidades de negociación, la diferente intensidad con que cada cual necesita lo que el otro posee, las diferencias en la cantidad y calidad de los recueros y riqueza que se posee, etc.
 
4.- Es aquí donde aparece el aspecto "cruel" del mercado, en dos sentidos. En primer lugar, en cuanto quedan fuera del mercado quienes no poseen activos y bienes que vender o factores cuya productividad sea menor a la que el mismo mercado pone como exigencia para su utilización. Así, existe una proporción variable de personas y grupos sociales excluídos del mercado: los más pobres, la fuerza de trabajo menos calificada, los que poseen menos conocimientos. En efecto, en el mercado se participa en la medida de lo que se tiene, y quien no tiene no puede alcanzar por su intermedio los bienes y servicios necesarios para subsistir.
 
     Esta es la razón de que el mercado no puede ser el único medio de distribución de la riqueza en ninguna sociedad, pues ello implicaría la muerte física de innumerables personas: los más pobres, pero también los niños (que deben satisfacer sus necesidades antes de tener nada que ofertar a cambio de lo que demandan), los ancianos y los enfermos (que no están en condiciones de ser económicamente activos), etc. Las necesidades básicas de todos ellos deben ser resueltas fuera del mercado de intercambios, y la sociedad debe estar consciente de ello y organizar los medios para resolver estos problemas. Mientras mayor sea en una sociedad la pobreza y la exclusión, mayor debe ser el espacio que tales otros sistemas de distribución tengan en la economía determinada. Y quienes participan en el mercado, deben saber y aceptar que una parte relativamente importante de la riqueza a la que ellos pueden acceder a través del mercado, deben ponerla a disposición de tales otros sistemas de distribución. Tal es la función de los impuestos y demás tributaciones, y tal también el de las donaciones y otros flujos que ponen de manifiesto la gratuidad y la solidaridad social.
 
5.- El otro aspecto de la "crueldad" del mercado se manifiesta en el hecho de que en él se injertan poderosas tendencias a la concentración de la riqueza. En efecto, si las relaciones de intercambio no son entre equivalentes sino desiguales en razón del diferente poder que en él hacen pesar los contratantes, en cada relación de intercambio, en cada precio que se establece, gana el poderoso sobre el débil. El poder y la riqueza se acrecientan, del mismo modo que la pobreza y la falta de poder se acentúan. No necesariamente en términos absolutos, pues lo que ganan o pierden las partes no es "a suma cero" en cuanto se verifique un proceso de expansión global de la riqueza, pero inevitablemente en términos relativos. En este sentido tiene plena razón la afirmación del Primer Mandatario cuando sostiene que "el mercado favorece a los más poderosos, a los que pueden comprar más, a los que pueden imponer las condiciones de la negociación, (...)favorecer a los más poderosos, a los que compiten en mejores condiciones, agravar la miseria de los más pobres y aumentar las desigualdades sociales". Pero esta afirmación debe ser complementada, reconociendo que al respecto también tienen razón los economistas que sostienen que las desigualdades pre-existen al mercado y son, muchas de ellas, naturales, propias de la vida. Lo cierto es que el mercado, a través de la desigualdad de los términos de intercambio, viene a acrecentar las desigualdades sociales existentes por otros motivos y causas.
 
6.- Cabe preguntarse, ahora, si necesariamente ha de ser así; o más exactamente, bajo qué condiciones el mercado podría funcionar sin acrecentar las desigualdades existentes. La respuesta es bastante obvia: si el mercado funcionase bajo las condiciones de la "competencia perfecta". En efecto, allí donde los sujetos económicos enfrenten precios dados y no tengan "poder de mercado", donde exista plena transparencia de información, libre acceso, atomización y flexibilidad, sólo entonces los intercambios serán entre equivalentes y nadie podrá obtener ganancias extraordinarias a costa de otros.
 
     Tales condiciones de "competencia perfecta" no existen ni han existido nunca, más que en los modelos teóricos. En realidad, el mismo concepto de competencia perfecta adolece de una inadecuada comprensión de lo que es el mercado, como veremos más adelante. Pero, más allá de todo ello, los mercados pueden encontrarse estructurados con mayores o menores niveles de competencia, con grados diferentes de concentración o dispersión del poder, y ello resulta determinante a la hora de precisar los grados de "crueldad" y de "solidaridad" que en ellos se manifieste. Por esto no podemos concordar con la afirmación de Pablo Baraona cuando dice que "el mercado funciona de todas maneras, sea blanco o neglo, competitivo o monopólico". Funciona, en efecto, pero de muy distintas maneras, y es precísamente esto lo que hace una diferencia sustancial a la hora de evaluar su responsabilidad en la desigual distribución de la riqueza.
 
7.- Precisamente porque un mercado concentrado y excluyente genera más concentración y exclusión, no es posible liberarlo de responsabilidad respecto a las desigualdades económicas y sociales. Cuando se sostiene que el mercado genera riqueza y crecimiento pero no es responsable de la distribución de dicha riqueza, se cae en un contrasentido básico. En efecto, el mercado es, exactamente y por definición, un sistema de distribución de la riqueza, el complejo proceso a través del cual se asignan los recursos y se distribuyen los bienes y servicios producidos por la economía.
 
     Lejos de ser un puro "instrumento neutro" que puede ser utilizado, como cualquier herramienta, en uno u otro sentido, el mercado es una construcción social. No es un "mecanismo automático" que funcione independientemente de la voluntad de los hombres. Por el contrario, es producto de la actividad de los hombres, de las decisiones más o menos conscientes y voluntarias de los agentes económicos, que ponen en él sus propios modos de ser: sus intereses y pasiones, sus egoísmos y su generosidad, sus pequeñeces y sus grandezas, sus capacidades y sus limitaciones. En el mercado los hombres y todos los agentes económicos compiten, luchan entre sí, buscando alcanzar cada uno una participación mayor en la riqueza producida socialmente. Para ello se organizan, forman alianzas, levantan poderes, ejercen influencias sobre el poder político, los medios de comunicación, controlan y subordinan a las personas. Todo lo contrario de un "mecanismo automático", el mercado es una correlación de fuerzas sociales.
 
     Siendo el mercado construido socialmente y reflejando la relación histórica de fuerzas sociales, el mercado puede estar organizado más o menos democráticamente. El mercado puede ser democrático u oligárquico, según el grado de concentración o diseminación social del poder que exista en la sociedad. Es por esto que decíamos que la "competencia perfecta" es un concepto formalmente incorrecto, en cuanto descuida el hecho fundamental de que siempre los sujetos que participan en el mercado tienen algún poder que hacen pesar en el proceso de distribución. En cualquier caso, es fácil comprender que lo que más se aproxima a la condición teórica de la competencia perfecta es lo que hemos definido como "mercado democrático", esto es, una organización económica en que el poder y la riqueza se encuentran socialmente distribuidos, diseminados por toda la sociedad, y donde nadie puede hacer pesar poderes monopólicos o altamente concentrados. Para hacer más justa la distribución de la riqueza, la tarea es, entonces, la democratización del mercado, que entre otras cosas implica avanzar por un camino de creación práctica de los supuestos teóricos de la competencia perfecta: hacer más transparente la información, eliminar las trabas al acceso, incrementar la flexibilidad y movilidad, reducir el poder de los grandes y facilitar la actividad de los pequeños.
 
8.- ¿Tiene algo que ver y decir, en todo esto, la ética? ¿Será verdad lo que tanto el Presidente Aylwin como los economistas que lo critican parecieran compartir, en el sentido de que el mercado no tiene consideraciones éticas ni cuentan en él la justicia, la solidaridad ni la fraternidad humana?
 
     No podemos compartir este aparente consenso, que en realidad no es tal porque la afirmación es hecha con distinto sentido desde ambas partes. No lo compartimos... por razones éticas, pero también por razones rigurosamente científicas. En efecto, si el mercado es una construcción social y su forma de organización es el resultado de las decisiones y acciones de los hombres, él está profundamente imbuido, permeado, por la ética de las personas y de los grupos sociales que lo forman y construyen. Cada acción y decisión económica tiene una dimensión ética inseparable. Existe la ética del comprar y del vender. La ética se hace presente cuando decidimos producir pan o metralletas, medicinas o drogas, educación o propaganda. El comportamiento del consumidor está igualmente presidido por la ética. Así, los valores y contravalores se hacen presentes en el mercado, incidiendo en su modo de ser y funcionar, porque el mercado es el resultado, la condensación social, la coordinación, de todas esas acciones, decisiones y comportamientos.
 
     En tal sentido, el mercado puede ser "una estructura de pecado" o "una organización de virtudes". Naturalmente, es una mezcla de ambas dimensiones siempre presentes en la experiencia humana. Pero así como en relación a nosotros mismos y a los hombres en general, no nos conformamos con un modo de ser establecido sino que nos esforzamos por mejorar las cosas y situaciones, tampoco nos conformamos ante un mercado donde prima el egoismo y donde la solidaridad humana se torna cada vez más escasa.
 
9.- Tal es el sentido de la propuesta y el proyecto de una economía de solidaridad. No se trata de reemplazar la economía de mercado por una economía planificada, sino de hacer que tanto el mercado como la planificación operen con un consistente y creciente contenido de solidaridad y fraternidad.
 
     Poner solidaridad en la economía, hacer crecer los elementos de solidaridad ya presentes en el mercado y en las políticas públicas, experimentar formas nuevas de producir, distribuir, consumir y acumular, con solidaridad. Desplegar en la economía una racionalidad más solidaria. Exponer las formas y contenidos que pueden adquirir tales procesos trasciende las posibilidades de este artículo. Alcanzamos apenas, a modo de conclusión, a afirmar lo que expresamos en el título de uno de nuestros libros: el desarrollo de la economía de solidaridad corre a parejas con el proceso de democratización del mercado.
    
 

                                                                                                                                                                         Luis Razeto M.