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Economía Solidaria para una Vida Nueva, para un Buen Vivir.

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Economía Solidaria para una Vida Nueva, para un Buen Vivir.
 
 
Luis Razeto Migliaro.
 
(Conferencia ofrecida en el VI Encuentro Nacional de RENAFIPSE denominado "Retos y  Estrategias para la Consolidación de la Economía Popular y Solidaria y del Sector Financiero Popular y Solidario", realizado del 22 al 24 de noviembre de 2012 en la Escuela Politécnica Nacional de la ciudad de Quito .)
 

Quiero ante todo agradecer a quienes me invitaron a este encuentro. Y no sólo por la oportunidad de estar aquí, sino especialmente por la ocasión que me ofrecieron al plantearme como tema de esta charla la relación entre la economía solidaria y el 'buen vivir', que me ha servido para profundizar conceptos que considero muy importantes para todos los que buscamos crear una nueva economía y avanzar hacia una vida nueva, buena, mejor que la actual.

 

Comenzaré refiriéndome a la situación en que nos encontramos. Durante décadas, las economías modernas han estado creciendo. El industrialismo, el consumismo, el endeudamiento y la competencia entre los países, entre las empresas y entre las personas, han sido los motores que han impulsado el crecimiento económico.

 

La participación en ese crecimiento económico y el aprovechamiento de sus beneficios ha sido muy inequitativo, dando lugar a acentuadas injusticias y desigualdades entre las distintas regiones del mundo, entre los países y entre las personas.

 

Esas desigualdades e injusticias han generado grandes luchas y conflictos sociales tendientes a lograr mejores equilibrios socioeconómicos; pero poco se ha logrado, y el hecho es que más bien las desigualdades se han venido acentuando.

 

Después de muchas décadas de crcimiento desigual, actualmente las economías modernas se encuentran en una fase, que probablemente se prolongará también por varias décadas, en que tendrán que decrecer, achicarse. El sobreendeudamiento financiero, el aumento de los costos de la energía, el agotamiento de ciertos recursos naturales, los efectos del deterioro ambiental, el incremento de los precios de los alimentos, etc., obligan a las economías modernas no solamente a frenar el crecimiento, sino que tendrán que decrecer paulatinamente.

 

El decrecimiento ha comenzado y parece inevitable que continúe. No hay que engañarse con las cifras que dan los gobiernos y los economistas, que hablan todavía de crecimiento del PIB. El engaño está en que miden la economía y la producción en dinero; pero el dinero no es una unidad de medida confiable, porque está perdiendo valor. Es como si midéramos un terreno con un metro más corto: nos dará que mide más metros, pero el tamaño del terreno no habrá cambiado.

 

En el contexto del decrecimiento, lo más probable es que la competencia entre los países, las empresas y las personas se acentúe, y que los conflictos sociales se agudicen. Acostumbrados a competir económicamente y a luchar socialmente, la tendencia que se observa como predominante va en la línea de un decrecer compitiendo y en conflicto acentuado. En esa dirección, cada cual trata de hacer, de intentar, que sean otros (otros países, otras empresas, otros individuos, otras clases sociales) los que decrezcan más que uno. Son evidentes los peligros que ese camino entraña, porque no es lo mismo competir y luchar en un contexto de oportunidades crecientes para todos, que hacerlo en uno de crecientes restricciones para todos. Se avecinan tiempos más duros y difíciles. Porque las economías continuarán decreciendo, la competencia continuará acentuando las desigualdades, y la conflictualidad social no resolverá los problemas y seguramente aumentará los sacrificios de la gente. Será así mientras no se establezcan nuevas formas de hacer economía, ambientalmente y socialmente sustentables, orientadas hacia el desarrollo humano más que al crecimiento económico.

 

Lo que tenemos que asumir es que estamos experimentando el final de una época histórica, el término de un modelo económico, de un modo de desarrollo, de un modelo cultural, y de una forma de vivir. Es la 'crisis orgánica' de la civilización moderna, que está llegando a su fin.

 

Pero yo me atrevo a pensar y a decir, que esto que está pasando no es tan malo, y que abre oportunidades y posibilidades nuevas y mejores, especialmente para los países, para los sectores sociales y para las personas que han estado malamente integrados en la civilización moderna, y que poco se han beneficiado de sus riquezas y logros. Pero también puede ser una oportunidad para todos, incluso para quienes están bien insertados en la economía actual, a quienes la economía actual les proporciona tal vez muchas cosas y dinero para comprar bienes y servicios, pero éstos no les permiten realmente una buena vida, no les facilitan el desarrollo personal, la buena convivencia social, el saludable contacto con la naturaleza, una educación y conocimientos realmente útiles para el desarrollo intelectual y moral, ni satisfacción adecuada de las verdaderas necesidades humanas, que nos aproximen a una auténtica felicidad.

 

Pues bien, cuando una civilización decae, la historia enseña y muchas experiencias actuales confirman, que es el momento en que se da inicio a una nueva civilización. A nuevos modos de hacer economía, a nuevos paradigmas culturales, y a nuevos modos de vivir. Una vida nueva está naciendo y puede crecer y desarrollarse, junto al decrecimiento de la economía predominante.

 

Pero esto no es automático. Que así ocurra depende de nosotros. Porque la nueva economía, la nueva cultura, y la nueva vida, hay que crearlas: hacerlas nacer, cultivarlas y desarrollarlas. Podemos buscar y encontrar una vida buena, mucho mejor que la actual.

 

En este proceso, tenemos que plantearnos dos objetivos simultáneos y paralelos:

 

  1. Reducir los inevitables sufrimientos humanos implicados en el decrecimiento económico de este modo actual de hacer economía. Pues, mientras no hayamos desarrollado una nueva economía, aumentarán el desempleo, la pobreza, las carencias, la marginación, la conflitualidad, y todo esto será muy duro para muchísimas personas.

 

  1. Desarrollar esos nuevos modos de hacer economía y esos los nuevos modos de vivir, más cooperativos, solidarios, sustentables en el tiempo, que vayan abriendo la experiencia humana a nuevas y mejores posibilidades, realizaciones y experiencias.

 

En este sentido, sabemos y hay que reconocer y decir, que formas económicas alternativas, cooperativas y solidarias existen desde hace mucho tiempo, y que han alcanzado algún grado de desarrollo interesante en algunos países.

 

Pero lo que se ha logrado es todavía poco, insuficiente, y no siempre está bien orientado. Lo que me propongo mostrar y demostrar en esta exposición, es que tales experiencias y organizaciones, siendo en sí muy valiosas, han tenido límitaciones que les han impedido alcanzar las dimensiones y la profundidad de cambio suficientes para abrir el camino a una nueva vida y a una nueva civilización.

 

Y quiero mostrar que la causa principal de su menor desarrollo ha sido que esas experiencias alternativas han estado enmarcadas dentro del modo de crecimiento y del modo de vivir que es el de la civilización moderna, capitalista y estatista a la vez. Esto es urgente comprenderlo teóricamente y superarlo en la práctica, porque mientras la economía estaba creciendo, no era un gran problema para esas iniciativas el etar insertas y enmarcadas en la economía predominante, o sea en el mercado capitalista y en los servicios públicos y estatales. En realidad era un gran problema, pero no nos dábamos cuenta de la limitación que esas experiencias alternativas recibían por ese condicionamiento.

 

Examinemos todo esto con algún detenimiento y en detalle.

 

Repito que es importante reconocer la existencia de múltiples y variadas iniciativas, experiencias y procesos orientados en direcciones que pueden converger hacia el proyecto de una nueva economía. Los intentos de crear una nueva economía, basados en la autonomía, en la creatividad y en la solidaridad de sus participantes han sido múltiples y variados. Entre ellos podemos enumerar el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, la economía de comunión, el comercio justo, la finanza ética, el consumo responsable, las organizaciones económicas populares, y varias otras.

Pero debemos reconocer también, que no han sido suficientes para superar el capitalismo y el estatismo, y que en gran medida permanecen subordinados a las lógicas de la civilización y de la economía modernas. Una pregunta que hay entonces que hacerse es la siguiente: ¿qué ha impedido su mayor desarrollo, o qué límites les son inherentes, tales que no les ha sido posible configurar todavía una verdadera economía nueva y superior?

No desconocemos que en muchas circunstancias las organizaciones económicas no-capitalistas, cooperativas y solidarias, han enfrentado obstáculos puestos por la legislación y, sobre todo, por la elevada concentración capitalista en que se desenvuelve el mercado. Pero no es ese el verdadero y más grave de los problemas. De hecho, puede afirmarse que en muchos países estas experiencias han contado con apoyo del Estado y de las instancias gubernamentales, que las han favorecido con sostén jurídico, privilegios tributarios, asistencia técnica y financiera. Entonces, nos orientamos a pensar que las limitaciones principales a su desarrollo debemos buscarlas en aspectos inherentes a su propio modo de organizarse, de relacionarse y de actuar.

Tal vez el problema más serio que se manifiesta en estas experiencias alternativas, sea el hecho que no han podido hasta ahora convencer de que, además de ser éticamente superiores, sean también más eficientes desde el punto de vista económico; es decir, que realicen un uso más productivo de los recursos, que proporcionen una mejor retribución a las personas que participan en ellas, y que alcancen condiciones de precio y calidad de los bienes y servicios más convenientes para los consumidores. Pero ¿es sólo que no han sido tan eficientes como para competir eficazmente? O hay detrás de esto un problema más de fondo?

A menudo se hace el razonamiento de que “es preciso sacrificar un poco la eficiencia económica en orden a lograr una economía socialmente justa y éticamente más humana y con valores más elevados”. El discurso habitual de los promotores de estas economías “alternativas” incluye casi siempre un llamado al sacrificio: hay que sacrificarse por la cooperativa, para sostener el proyecto “social”, es preciso estar dispuestos a pagar más por productos “éticos”, etc. Pero la economía, por definición, está orientada a producir beneficios, en el sentido que los beneficios sean siempre superiores a los sacrificios, y cuanto más elevados sean los beneficios y más reducidos los sacrificios, la economía será más atractiva y eficiente. Por ello, no se podrá expandir socialmente una nueva superior economía hasta el punto en que pueda prevalecer, si no se logra que sea, simultáneamente, más ética (justa, solidaria, libre) y más eficiente. O sea, que proporciones una mejor vida a quienes participan en ella.

Hace años escribí un libro (“Empresas de Trabajadores y Economía de Mercado”) para comprender las razones del escaso éxito histórico de los proyectos económicos “alternativos”. Resumiré las causas más importantes de esos límites:

Primero: Fundarse en concepciones no realistas sobre la “naturaleza humana”. En ciertos casos se supone que las personas son naturalmente generosas y solidarias, poniéndose escaso énfasis en la necesidad del desarrollo personal en términos de la creatividad, la autonomía y la solidaridad. En otros casos, se desconocen los legítimos intereses personales y familiares, partiendo de una visión colectivista de la sociedad.

Segundo: Carecer de una elaboración teórico-científica que comprenda, potencie y guíe la organización y el desarrollo de esas experiencias económicas. Es cierto que el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, el comercio justo, la finanza ética, el consumo responsable, etc. tienen concepciones y pensamientos que los guían, pero ellos son básicamente de tipo doctrinario o ideológico, normativo y ético, y no propiamente de ciencia económica, y menos aún, que correspondan a una nueva estructura del conocimiento que es necesaria para iniciar la creación de una nueva y superior civilización.

Tercero: Permanecer atrapadas en los niveles “primitivos” de la ruptura (quedarse fuera) y del antagonismo (ponerse contra) respecto a las teorías y prácticas económicas de la economía moderna, sin elevarse hasta el indispensable nivel de la autonomía. Consecuencia de ello es que habitualmente esas experiencias se auto-definen en términos negativos en vez de afirmativos, como se aprecia en las expresiones “sin fines de lucro”, “non-profit”, “no-capitalista”.

Ahora voy a un punto cuarto, que me parece esencial: Algo que ha limitado y dificultado la creación de iniciativas económicas solidarias, ha sido el privilegiar y enfatizar las organizaciones y actividades de producción y distribución por sobre las de consumo. De hecho, los principales procesos tendientes a crear una nueva economía comienzan habitualmente por crear iniciativas productivas, comerciales y financieras. Esto probablemente sea una herencia ideológica de matriz marxista, pensamiento que resalta y hace prevalecer en su concepción económica la producción y la distribución, por sobre el consumo y la satisfacción de las necesidades humanas.

En seguida explicaré por qué es esto un problema, y cuáles son las limitaciones a que da lugar. Pero antes quiero decir que con estas consideraciones críticas no estamos descalificando el cooperativismo, la autogestión, la economía comunitaria, la finanza ética, el comercio justo y tantas otras experiencias y movimientos afines. Ellos son componentes reales, incluso esenciales para la creación de la nueva civilización. Lo que sostenemos es que requieren superar las limitaciones que han presentado hasta ahora, renovarse en profundidad, acceder a grados crecientes de autonomía, de creatividad y de solidaridad, para que asumiendo en plenitud los objetivos y el proyecto de una nueva civilización, desplieguen sus propias potencialidades, y accedan al nivel de conciencia - teórica y práctica - requerido para ser eficaces en la realización de tan magno proyecto.

Más específicamente, se requiere un proceso de reformulación conceptual que oriente la superación de las limitaciones mencionadas. Tal formulación debe incluir, ante todo, una concepción más profunda y exacta de la 'naturaleza humana' y de las necesidades del hombre y de la sociedad. Y en este sentido, una comprensión profunda de lo que significa el buen vivir humano, personal, familiar, comunitario, social.

 

 

Habrá que disponer también de una nueva concepción del desarrollo, o sea de los procesos de expansión y perfeccionamiento de la nueva economía, que sean sustentables en relación a las exigencias de la ecología y del medio ambiente; que sean social y políticamente consecuentes y realistas; y que proporcionen orientaciones claras y convincentes a las personas y a las organizaciones orientadas en la perspectiva de una vida buena, de un nuevo tipo de desarrollo humano, de una nueva civilización.


 

Pero, además, si comprendemos a fondo que los límites de las economías asociativas y solidarias ha sido el centrarse en la producción y orientar su propia producción en orden a satisfacer las demandas de consumidores moldeados por el modo de desarrollo capitalista y estatista, o sea de consumidores conformados a los modos de vivir de la civilización moderna, entonces nos daremos cuenta que es necesario un cambio profundo en la propia economía asociativa y solidaria. Esta no puede competir con empresas productivas capitalistas y con proveedores estatales, que han creado pautas de consumo, y formado a sus propios consumidores, conforme a sus intereses, y a su imagen y semejanza.

 

 

Nos damos cuenta de algo que quienes hemos estado muchos años en las búsquedas de una economía solidaria no siempre hemos comprendido bien que en la creación de una nueva economía el punto de partida debe ser la transformación del consumo.


 

 

La razón de ello es clara: si se asume que el fin de la nueva economía es el ser humano, su buen vivir, su realización y felicidad, hay que empezar examinando si el consumo de los bienes y servicios que producimos está sirviendo a ese objetivo. Hay que empezar transformando el consumo, para que éste sirva realmente a satisfacer las verdaderas necesidades del ser humano, y a generar una vida buena.

Y hay que empezar cambiando lo que entendemos por consumo. El consumo de un alimento se cumple en el acto de comerlo, de satisfacer la necesidad de nutrirse y de gozar de sus sabores. El consumo de un libro consiste en leerlo, en satisfacer el deseo de aprender y de entretenerse con la lectura. El consumo de una terapia médica se verifica en el proceso de curarse la enfermedad y de vivir saludablemente.

Esto no ha sido comprendido en la economía moderna, que en la llamada 'teoría del consumidor' reduce el consumo al comportamiento de las personas en el mercado, en cuanto compran bienes y servicios. Desde esa óptica el consumo de los alimentos se realizaría en el supermercado; el consumo del libro consistiría en comprarlo; la terapia se consumiría en el momento en que se paga. Entonces no interesa si el alimento nutre bien a la persona, o el libro la haga más culta, o la terapia sane y haga feliz al enfermo. Lo que importa es cuánto dinero gasta el consumidor en la compra.

Las teorías económicas no se han ocupado de lo esencial de la economía que es la satisfacción de las necesidades y el desarrollo humano; lo que les interesa es que los individuos estén en el mercado y compren lo más posible, para lo cual puede incluso ser mejor que las personas permanezcan insatisfechas, si ello los impulsa a comprar más cosas y servicios.

Se requiere una nueva concepción del consumo para concebir y construir una nueva y superior economía. Pero entonces se hace necesario repensar a fondo la cuestión de las necesidades, partiendo de la crítica al modo en que se las concibe en la sociedad moderna. Es una crítica indispensable para comprender la radicalidad del cambio que tenemos que hacer al nivel del consumo. Porque - podemos adelantarlo - es el consumo tal como se da actualmente, lo que lleva a las personas a vivir sus necesidades de manera tal que las convierte en pasivas, dependientes y competitivas. Será radicalmente distinto el consumo que nos convierta en personas creativas, autónomas y solidarias; pero este nuevo modo de consumo implica entender de otra manera las necesidades humanas.

En la civilización moderna se han dado dos maneras de entender las necesidades: la liberal-capitalista y la social-estatista; opuestas entre sí a nivel político, sin embargo ambas se fundan en una similar concepción positivista y naturalista del hombre y de la sociedad.

Según la concepción liberal-capitalista no existiría una naturaleza humana común a todos los hombres, sino sólo individuos que se comportan empíricamente de ciertas maneras, cada uno con sus particulares intereses, necesidades y deseos; cada uno compitiendo con los otros. Las necesidades humanas serían aquellas que los individuos expresan al plantear sus demandas de bienes y servicios en el mercado.

Se piensa las necesidades como carencias, como vacíos que deben llenarse con los bienes y servicios, según lo cual habría una suerte de correspondencia bi-unívoca entre las necesidades y los productos y servicios. A cada necesidad correspondería un producto, y a cada producto correspondería una necesidad. Entonces las necesidades no se experimentan como necesidades del propio ser, sino como las necesidades de comprar y tener cosas y servicios.

Se supone, además, que las necesidades son recurrentes, es decir, que se satisfacen cada vez que los vacíos se llenan con ciertos productos, pero ellas vuelven al poco tiempo a presentarse insatisfechas, y se concibe que las necesidades son crecientes. Los seres humanos, una vez que satisfacemos ciertas necesidades, queremos siempre satisfacer otras, nuevas, más amplias y más sofisticadas necesidades, de modo que estamos siempre insatisfechos. Se afirma que somos insaciables.

Pero ¿somos así los seres humanos? ¿Somos esas cosas con muchas carencias, con tantos compartimentos vacíos, que se llenan y que se vacían, que se van multiplicando y creciendo, y que demandan siempre más bienes y servicios con que llenarse? ¿O es más bien que así nos quiere el mercado capitalista?

La otra concepción de las necesidades que ha tenido presencia en la civilización moderna es la social-estatista. La concepción del hombre subyacente a este enfoque postula que lo único que pudiera corresponder a una naturaleza humana sería la colectividad, entendida como la 'especie' humana natural. Pero esta concepción sigue pensando las necesidades como carencias recurrentes que se llenan con productos y servicios crecientes. Se diferencia de la concepción liberal en que hace una neta distinción entre las que serían las 'verdaderas' necesidades humanas –aquellas propias de la especie -, y los que serían solamente deseos y caprichos individuales. Las 'verdaderas necesidades' serían comunes e iguales para todos: alimentación, vestuario y abrigo, vivienda, protección, informaciones y conocimientos, servicios de salud, y pocas más.

Siendo pocas y fácilmente identificables, se afirma que se puede planificar su creciente satisfacción a través de la acción del Estado. Cada sociedad podría definir sus necesidades, pero como colectivo; por lo tanto, según esa concepción hay que planificar la economía y regularla estrictamente, reduciendo los espacios de libertad en que los individuos expresen sus deseos y caprichos, porque si cada individuo persistiera en expresar libremente sus demandas, no sería posible la planificación.

La diferencia entre la concepción liberal-capitalista y la concepción social-estatista reside en que mientras en la primera los productos para satisfacer las necesidades son demandados por los individuos y provistos por el mercado, en la segunda los productos son determinados y provistos por el Estado.

Ahora bien, esas dos concepciones de las necesidades, si bien opuestas políticamente, en los hechos se han ido amalgamando en la sociedad moderna. Por un lado se reconoce que los individuos pueden expresar con libertad sus demandas de bienes y servicios en el mercado. Y al mismo tiempo se acepta que existe un nivel de acceso a ciertos bienes y servicios que debe ser igual para todas las personas; acceso que se entiende como un 'derecho' que los ciudadanos pueden exigir al Estado.

Pues bien, este reconocimiento de ambas lógicas como legítimas da lugar a una estructura de las demandas, y a un tipo de consumidor - lo llamaremos el consumidor moderno – muy exigente y complicado, que genera un problema económico tendencialmente insoluble, y que es lo que origina la gran crisis que afecta a la actual pero ya vieja civilización moderna.

 

En efecto, desde ambas racionalidades (la del mercado capitalista y la del Estado proveedor), las necesidades están creciendo, multiplicándose y diversificándose, y en consecuencia la economía está fuertemente presionada a crecer, a multiplicar su oferta de bienes y servicios, para satisfacer tanto las demandas colectivas que se exigen al Estado, como las demandas individuales que se expresan en el mercado. Desde ambas perspectivas, desde ambas lógicas, se está viviendo un elevamiento del umbral de la cantidad de productos que se demandan y del nivel de acceso al que se aspira.

Por un lado está la lógica del mercado, que es fundamentalmente una lógica de individuación y diferenciación mediante la posesión de cosas, donde cada cual trata de diferenciarse, de prestigiarse, de tener acceso a más bienes y servicios. Entonces se produce una suerte de persecusión, porque nadie quiere quedar rezagado: quienes tienen mayor capacidad de compra demandan bienes y servicios cada vez más sofisticados, cada vez más complejos, o en cantidades mayores. Los que los siguen, van accediendo a esos niveles con algún retraso; pero ya los más avanzados se distancian adquiriendo productos más sofisticados, más refinados. Y así continúa en el mercado una persecusión imparable.

Al mismo tiempo se genera un elevamiento persistente del nivel mínimo considerado socialmente aceptable. El elevamiento del nivel individual genera un elevamiento del nivel colectivo, por efecto demostración, por efecto de imitación, por efecto de que "bueno, lo que otros tienen por qué no lo podemos tener todos". De este modo el Estado es exigido a ofrecerle a sus ciudadanos mejores condiciones de habitabilidad, más medios de transporte, mejores sistemas educativos, mejores servicios de protección y de salud, acceso a la educación en niveles cada vez más elevados, etc.

A su vez, el elevamiento del nivel de lo que es común para todos genera una presión en el mercado para diferenciarse por arriba. Porque si, por ejemplo, ya todos tuvieran educación universitaria, el mercado generará las instancias para que todos aquellos que quieran ser más que el común y que presionan por niveles de enseñanza más elevados para sus hijos, les sean provistos. Y así en todos los ámbitos de necesidades.

Entonces, el consumidor moderno, además de ser insaciable, es tremendamente demandante y exigente frente al Estado, pues considera que tiene derecho a que el Estado le provea de todo lo que se necesita para alcanzar el nivel social medio, y además, que tiene derecho a que el mercado le proporcione todo lo que desee y pueda pagar. Y si no lo puede pagar, considera que tiene derecho a que le den el crédito necesario para comprarlo.

Todo esto da lugar a un proceso de aceleración impresionante de las demandas, tanto individuales como sociales. Es lo que estamos viviendo en la actualidad. Y esa expansión y esa explosión de las necesidades y de las demandas hacia el mercado y hacia el Estado, genera una presión enorme sobre el sistema productivo. Una presión para crecer, es decir, para aumentar aceleradamente el proceso de producción de bienes y servicios junto con la acelerada expansión de las necesidades.

Pero sabemos y ya estamos comprobando en la práctica que no es posible este crecimiento indefinido. Que no hay recursos y capacidades suficientes para sostener este crecimiento permanente. Que si se continúa por este camino serán irreversibles las consecuencias sobre el medio ambiente y la ecología. Y hay que preguntarse, además, ¿será posible superar los gravísimos impactos que este consumismo exacerbado está teniendo sobre la convivencia colectiva, la gobernabilidad, la ética social y los valores culturales y espirituales? Más aún, ¿no es acaso por estarse llegando a los límites posibles de este crecimiento del consumo, que hoy se torna evidente la crisis orgánica de la civilización moderna, y se plantea la necesidad urgente de construir una civilización y una economía distintas? Y yendo más al fondo del asunto: ¿será verdad que accediendo a más productos y servicios alcanzamos una mejor satisfacción de las necesidades humanas, que nos hacemos más felices, que nos realizamos mejor como personas?

 

El consumidor moderno no es un consumidor creativo, autónomo y solidario. Al contrario, su consumo es imitativo, dependiente y competitivo. Así lo quieren la economía y la política dominantes, el mercado capitalista y el Estado asistencial. Se trata de un consumo que empequeñece a las personas, y que en definitiva genera insatisfacción e infelicidad, que parece ser el estado habitual, más extendido, en que se encuentran muchas personas en la fase terminal de la crisis de la civilización moderna.

De este consumo imitativo, dependiente, compulsivo y competitivo tendremos que liberarnos, para acceder a un consumo autónomo, creativo y solidario como el que corresponde a una nueva y superior civilización. Y ese cambio no lo harán ni el mercado ni el Estado; es absurdo demandarlo al mercado ni exigirlo ante el Estado, que son los impulsores del consumo dependiente y pasivo. El cambio en los modos del consumo sólo es posible si lo hacemos nosotros mismos, cambiando cada uno, y generando desde nuestro entorno un cambio cultural que vaya expandiendo un nuevo modo de vivir las necesidades y de consumir lo conveniente para nuestra realización personal y para nuestro desarrollo social.

El consumo autónomo es aquél que no se orienta por la publicidad, ni imita las decisiones que hacen los otros, ni entra en competencia por tener más que los vecinos. El consumo autónomo no es tampoco el que se deja llevar por los propios deseos y caprichos, que es más bien una forma de esclavitud, y que implica que no controlamos nuestra propia existencia con conciencia y libertad.

El consumidor verdaderamente autónomo es aquél que identifica sus objetivos buscando su realización como persona humana integral, la satisfacción de sus verdaderas necesidades, que no son las que indican el mercado y el Estado, ni tampoco nuestros instintos inmediatos, sino las que descubrimos mediante el conocimiento de nuestra naturaleza humana, de lo que somos y de lo que estamos orientados a ser.

De este modo comprendemos que todas nuestras necesidades se enmarcan en cuatro grandes dimensiones de la experiencia humana, que podemos representar por dos ejes que se cruzan, o por cuatro vectores que se despliegan a partir de un punto de origen.

El primer eje lo forman, hacia un lado el vector de las necesidades que tenemos como individuos: necesidades de seguridad y protección, de identidad personal, de logro de nuestros intereses y proyectos individuales. Hacia el lado opuesto, el vector de las necesidades como comunidad y sociedad: necesidades de comunicación, de convivencia, de participación, de realización de proyectos colectivos.

El segundo eje lo forman, hacia abajo el vector de las necesidades corporales y materiales: necesidad de alimentación, de salud, de vivienda, de protección de las inclemencias de la naturaleza, de utensilios y equipamientos diversos, etc. Hacia arriba el vector de las necesidades culturales y espirituales: necesidad de conocimiento, de expresión artística, de trascendencia, de belleza, de bondad, de verdad, de valores y experiencias superiores.

Nuestra realización se cumple en la progresiva satisfacción de las necesidades que se van presentando en los procesos de nuestra expansión y perfeccionamiento en esas cuatro dimensiones de la experiencia humana. En esos procesos utilizamos cosas y servicios que nos provisiona la economía; pero las necesidades se cumplen en nosotros y por nuestra propia actividad, que se sirve de esas cosas y de esos servicios. Esta es la perspectiva en que hay que poner el consumo, revirtiendo la situación actual en que se pone a las personas al servicio de las cosas, trastocando la relación racional entre los medios y los fines.

En la perspectiva de este consumo realizador de las personas y de las comunidades, las necesidades ya no se presentan como carencias o vacíos que llenar con objetos, sino como potencialidades, como experiencias que podemos desplegar activamente. Ellas – las necesidades - son detonantes de actividades, iniciativas y procesos tendientes a convertir en acto lo que está solamente en potencia, como virtualidad, en cada individuo y en cada grupo.

La posibilidad de pensar un nuevo paradigma económico radica en el re-descubrimiento del ser humano como dotado de espíritu, de conciencia y de libertad, y en consecuencia creativo, autónomo y solidario, responsable de sus acciones. De aquí derivan algunas precisiones sobre las necesidades en cuanto específicamente humanas.

Lo primero es que las necesidades las experimentamos en el plano de la conciencia. Incluso las necesidades corporales, como la de alimentarnos y abrigarnos, se viven subjetivamente. En el ser humano todo ocurre y todo se vive concientemente, es decir, simultáneamente en el plano interior y en el plano corporal, y en ambos planos se busca encontrar la satisfacción de la necesidad, que será siempre alguna realización personal o social.

Asociado a lo anterior está el hecho que nuestras necesidades son energías que esperan ser desplegadas, son fuerzas que buscan manifestarse. Son vectores direccionados, en el sentido que están buscando activamente algún logro, algún resultado para el individuo o para el grupo. Son energías, pero energías creativas, capaces de producir aquello con lo que se satisfacen. Esto nos permite comprender la creatividad en el consumo.

Partiendo de que la necesidad no se satisface solamente mediante la cosa o la acción externa que se posee o a la cual se accede, sino por la acción del sujeto que emplea la cosa o el servicio externo, descubrimos que la verdadera satisfacción de la necesidad se obtiene mediante el despliegue de la energía que libera la necesidad misma. La necesidad de nutrirnos no la satisface el alimento sino nuestra actividad alimentaria y nutricional. La necesidad de conocimiento no se satisface a través de las informaciones que se presentan a la persona para que las memorice y las aprenda pasivamente, llenando así su ignorancia pensada como el vacío que llenar, sino mediante la construcción activa del conocimiento, construcción que utiliza como insumo o componente los conocimientos e informaciones que otros han elaborado anteriormente; pero no se produce ningún efecto en el sujeto, si éste no los reconstruye mediante su propia acción y proceso de aprendizaje.

 

Además, las necesidades experimentan un proceso, lo que implica que más que simplemente recurrentes, como se afirma habitualmente, se perfeccionan progresivamente. Por ejemplo, una persona tiene necesidad de lectura, de leer novelas, poesía, de escuchar música, etc. Esas necesidades las desarrollamos y perfeccionamos en la medida que leemos, que escuchamos música, que estudiamos.

Por esto, pensamos en un consumo que nos lleve a satisfacer autónoma y creativamente nuestras necesidades, perfeccionando nuestro ser. De hecho los seres humanos vivimos las necesidades como proyectos. La necesidad motiva, impulsa, mueve a ser más, a perfeccionarnos. Orientar nuestro consumo por el objetivo de la realización y el perfeccionamiento personal y social, nos encamina hacia una civilización superior, en la cual la experiencia humana podrá descubrir horizontes nuevos, incluso desconocidos hasta ahora.

Podemos todavía preguntarnos: ¿de qué modo utilizar los bienes y servicios para que su consumo nos proporcione el mayor y el mejor resultado para nuestra realización personal y social, para que alcancemos un buen vivir?

En este sentido podemos identificar un conjunto de 'cualidades del buen consumo', que nos conducen a una mejor calidad de vida empleando menos bienes y servicios, pero en parte diferentes a los que compramos en la actualidad.

Una primera cualidad del buen consumo es la 'moderación', que no significa austeridad ni privación y sacrificio. Moderación significa que se emplean los bienes y servicios en proporción a la necesidad. Un exceso de bienes y servicios, un empleo inmoderado, puede generar una insatisfacción de la necesidad tan fuerte como una escasez o una carencia de bienes y servicios.

Una segunda cualidad del buen consumo es la 'correspondencia', esto es, que para cada necesidad se escojan y empleen aquellos bienes y servicios que puedan satisfacerla de mejor forma. Por ejemplo, la necesidad de entretenerse puede ser satisfecha de distintos modos: a través de un juego grupal, de una convivencia, o mediante la lectura y la música, o una película, o ante la televisión. Cada necesidad tiene posibilidades múltiples para satisfacerse. El buen consumo busca satisfacerlas mediante aquel bien o servicio que mejor corresponda a cada necesidad y que favorezca el desarrollo humano.

Una tercera cualidad del buen consumo es la 'persistencia', o sea que la satisfacción de las necesidades sea tan lograda y cumplida que el efecto se prolongue en el tiempo, sin que vuelvan a presentarse prematuramente. Si uno se nutre adecuadamente, si uno lee un buen libro, si se divierte de modo sano y placentero, la satisfacción se prolonga en el tiempo, liberando tiempo, recursos y energías para otros aspectos de la realización personal.

Una cuarta cualidad del buen consumo la podemos identificar con las palabras 'integralidad', 'equilibrio' y 'armonía'. Teniendo en cuenta que somos sujetos que tenemos múltiples necesidades, la integralidad, el equilibrio y la armonía significan que no ponemos toda la actividad y la energía en una sola o en pocas dimensiones de la experiencia y de las necesidades, sino en atenderlas todas armónicamente.

Una quinta cualidad del buen consumo la podemos llamar 'jerarquización', y se refiere a las opciones que hacemos organizando las satisfacción de las necesidades en el tiempo, a poner el proceso de satisfacción de necesidades bajo control del sujeto. Ser gestor del propio desarrollo, hacer opciones, planificar el propio proceso de consumo. Obviamente hay necesidades básicas que no podemos descuidar sino prestarles atención prioritaria. Y hay necesidades que son fundamentales y superiores por el valor que tienen en orden al desarrollo y perfeccionamiento personal y grupal, por lo que también las enfatizamos y damos mayor importancia.

Una sexta cualidad del buen consumo que llamaremos 'potenciación', significa que la propia satisfacción de las necesidades las perfecciona, las eleva, las energiza. Si satisfacemos nuestras necesidades de cultura siempre en un nivel básico nos vamos estancando; si leemos siempre el mismo tipo de libros, si escuchamos siempre el mismo tipo de música, no vamos perfeccionando nuestra capacidad de apreciar las obras de arte, la literatura. Entonces nuestra necesidad se estanca. La potenciación significa buscar que el proceso de consumo desarrolle cualitativamente esas necesidades, haciendo que sean cada vez más propiamente humanas, más creativas, más autosuficientes.

Una séptima cualidad del buen consumo que llamaremos 'articulación e integración'. Contrariamente a la tendencia a consumir un producto para cada necesidad, podemos pensar que a través de una actividad compleja se pueden satisfacer simultáneamente distintas necesidades, especialmente si esa actividad compleja se realiza grupalmente. Por ejemplo en una actividad de convivencia comunitaria es posible satisfacer al mismo tiempo necesidades de relación, de convivencia, de información, de comunicación, de alimentación, de participación, de protección y muchas otras que se cumplen simultáneamente, generando una elevada satisfacción y felicidad.

La octava cualidad del buen consumo la identificaremos con la 'cooperación y reciprocidad'. Si aspiramos a un desarrollo humano integral, a una experiencia compleja, rica, diversificada, difícilmente lo lograremos de manera individual. El desarrollo integral requiere la participación en colectivos, ser parte de familias y de comunidades, convivir y compartir.

En ese sentido, si uno quiere desarrollar las necesidades espirituales o satisfacer las de conocimiento, conviene encontrar personas que quieran lo mismo; si uno quiere desplegar su talento musical o deportivo, tiene que vincularse a personas que compartan esas motivaciones. Y si nos articulamos en una organización, en una experiencia humana donde se encuentren personas que destacan en diferentes cualidades, nos enriquecemos todos al ser parte de un grupo donde podemos aprender muchas cosas unos de los otros.

Conclusión de todo lo dicho es que la mejor satisfacción de las necesidades, acceder a una superior calidad de vida, a un buen vivir, a la realización personal y grupal, no implican incrementar las compras y el consumo, ni requieren necesariamente una mayor producción. La consecuencia obvia de esto es que el buen consumo, el consumo realizador, conlleva una transformación radical de la producción, cambios profundos en dos aspectos estrechamente relacionados: en lo que se produce, y en cómo se produce.

 

Si se produce para la satisfacción de las necesidades y el desarrollo humano, gran parte de la actual producción, y en particular muchos bienes y servicios que satisfacen el consumismo y el consumo dependiente, imitativo y competitivo, dejarán de ser necesarios y útiles. Una nueva estructura de la producción se irá creando a medida que más personas y grupos vayan adoptando los criterios de moderación, correspondencia, persistencia, integralidad, equilibrio, jerarquización, potenciación, integración y cooperación que son propios del 'buen consumo' y del buen vivir.

 

En tal sentido y en líneas muy generales, podemos prever que se expandirán la agricultura y la producción de bienes y servicios básicos, junto con la educación y la cultura, las comunicaciones y los servicios de proximidad. Podrán disminuir en cambio la minería, la industria pesada, el transporte, la industria del petróleo y sus derivados, la industria química, los servicios financieros, y la extendida producción de baratijas. Como resultado de todo ello, mejorarán conjuntamente el medio ambiente y la calidad de vida, generándose un tipo de desarrollo muy diferente al insostenible crecimiento económico actual. La economía y el desarrollo en la nueva civilización serán social y ambientalmente sustentables.

 

Ahora bien, no se trata solamente de un cambio en lo que se produce, sino también en los modos y en las estructuras que adoptarán las actividades productivas. Transformaciones que serán consecuencia directa, por un lado de la expansión del consumo creativo, autónomo y solidario que hemos analizado, y por otro lado, de la implementación de los valores y criterios de la organización social de la nueva civilización.

 

Y es en este sentido que la economía solidaria encontrará su verdadero sentido, y podrá desplegar todas sus potencialidades, llegando a consolidarse como el principal sector de la economía.

 

Porque, en correspondencia con las nuevas formas del consumo, y paralelamente al decrecimiento de la economía capitalista y estatista, viviremos un proceso de potenciamiento de las capacidades de producción de las personas, de las familias, de las comunidades y de los grupos locales. Vimos, en efecto, que el 'buen consumo' conduce a las personas y a las comunidades desde la dependencia hacia la autonomía. Esto es un proceso, y en realidad la autonomía se hace posible una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo personal.

 

Lo podemos comprender mejor con un ejemplo. Si uno no ha leído nunca un libro, la motivación para hacerlo y el aprendizaje de la lectura deben llegarle desde fuera. Pero cuando uno se convierte en un lector, ya nadie tiene que motivarlo a que lea, y por sí mismo busca libros, necesita leer, e incluso puede llegar a escribir sus propias narraciones y pensamientos, ofreciéndolas a otros. Lo mismo pasa con cualquier actividad o trabajo: podemos pasar progresivamente desde la dependencia a la autonomía y desde la autonomía a la solidaridad, en la medida que desarrollamos las capacidades implicadas en la actividad o trabajo que realizamos.

 

Son la pobreza, la inseguridad, la carencia de capacidades, la falta de relaciones, la ausencia de convicciones, lo que hacen tan apreciada la adquisición de cosas y el recurso a servicios externos. Pero cuando se alcanza cierto nivel de desarrollo personal nos hacemos más autosuficientes, menos necesitados de bienes y servicios exteriores. Si alguien tiene un buen desarrollo personal, una riqueza de personalidad, es muy probable que necesite comprar menos bienes y servicios, no porque haya apagado sus necesidades sino porque las satisface más autónomamente, y porque el sujeto pone mayor dedicación a aquellas dimensiones de la experiencia en las cuales es capaz de autogenerar proyectos y satisfactores por su cuenta.

 

En esta dirección podemos ver que en la nueva economía debieran experimentar un gran desarrollo el trabajo autónomo y asociativo, la autoproducción, los procesos de desarrollo local. Junto con ello se dará una más directa relación entre el consumo y la producción, incluyendo una mayor autonomía alimentaria y energética a nivel local y nacional. Todo esto es parte del crecimiento en autonomía, en creatividad y en solidaridad de las personas, las familias, las organizaciones y las comunidades. Esa es, y será en adelante, la perspectiva más profunda de la economía solidaria.

 

Si en la economía moderna son pocos los empresarios y muchos los trabajadores dependientes, en la nueva economía nos orientaremos todos a ser emprendedores, creativos, autónomos y solidarios. En tales condiciones, muchas empresas serán creadas mediante la libre asociación entre personas que poseen distintos y complementarios recursos y capacidades, que cooperan en la realización de los objetivos económicos que comparten. Cuando las empresas se constituyen de este modo, no es posible que en ellas se instauren la explotación y el dominio, ni el enriquecimiento de unos pocos a costa del esfuerzo y el sacrificio de muchos. Esas nuevas unidades productivas se forman, organizan y operan con los criterios de justicia y equidad que caracterizan a la economía solidaria, que llamamos también economía de solidaridad, de trabajo y de comunidad.

 

 

 

La producción así concebida y realizada, orientada al 'buen consumo', y organizada de estos modos creativos, autónomos y solidarios, requiere sostenerse en el tiempo, reproducirse. Esto nos lleva a plantearnos otras importantes cuestiones: ¿existirán el mercado, el dinero y las ganancias en la nueva economía?


 

Al constatar las injusticias e inequidades que se producen en el mercado, la excesiva importancia que ha adquirido el dinero, y la exacerbación de la búsqueda de las ganancias en las empresas y por las personas, muchos han imaginado la posibilidad y la conveniencia de una economía que funcione sin dinero, sin mercado y sin fines de ganancia. ¿Será acaso que el mercado, el dinero y la ganancia no debieran quedar en la Nueva Civilización?

El análisis de las causas de las injusticias, inequidades y distorsiones morales de la economía moderna, y la reflexión sobre los modos de organizar la distribución de la riqueza, la producción y el consumo en una sociedad justa y solidaria, nos llevan en otra dirección, que no es la de pensar y postular una economía sin mercado, sin dinero y sin ganancias. Comencemos pensando en el mercado.

Ante todo hay que asumir que el mercado no es una invención del capitalismo ni se identifica con éste, sino que existe prácticamente desde los comienzos de la historia, estando presente en todas las grandes civilizaciones. La verdad es que el mercado existe porque nadie, ninguna persona, familia, comunidad ni país, es autosuficiente para proveerse de todo lo que necesita; y porque las capacidades y recursos se encuentran distribuidos social y geográficamente, razones por las cuales se hace necesario intercambiar recursos, bienes y servicios entre las distintas personas, familias, organizaciones, comunidades y países. En realidad, el mercado es una expresión del hecho que nos necesitamos unos a otros y que trabajamos unos para otros.

Las familias, las comunidades y los países, no somos islas independientes ni desconectadas. El mercado es una de las formas en que nos relacionamos los individuos y los grupos humanos en función de satisfacer nuestras necesidades, y de hacer más eficiente el uso de las capacidades y de los recursos disponibles, que se encuentran diseminados socialmente y dispersos en distintas regiones del mundo,

En tal sentido, el mercado es integrador de la sociedad. Y en el marco de los intercambios, operando en el mercado, cada persona, comunidad, organización y país, cada uno con sus recursos y capacidades, y produciendo bienes y servicios para satisfacer las necesidades de otros, los individuos, las organizaciones y las comunidades desplegamos y acrecentamos nuestra creatividad, autonomía y solidaridad

Entonces el problema, lo que genera las inequidades y explotaciones, no es el mercado en cuanto tal, sino, en la actualidad, su configuración capitalista y estatista. En especial la especulación financiera, donde se generan y reproducen procesos de enriquecimiento por fuera de toda actividad económica útil.

Así como nos planteamos el buen consumo, en una nueva economía debemos plantearnos la tarea de crear y desarrollar un buen mercado, un mercado solidario, no capitalista.

 

Aparece entonces la interrogante por el dinero. ¿Estará el dinero en el origen de los males? ¿Será que las distorsiones que llevan a la concentración de la riqueza y a la expansión de la pobreza derivan del empleo del dinero en el mercado? De hecho, hay quienes creen en la necesidad de volver al trueque, a la reciprocidad y al intercambio sin dinero, como formas de llegar a una economía humana y socialmente justa.

Pero no es el dinero la causa de las injusticias sociales, aunque podemos identificar en su modo de circulación capitalista y estatista el origen de muchísimos problemas e inequidades. En realidad el dinero es uno de los más grandes inventos de la humanidad, que ha estado siendo perfeccionado durante siglos, y que tiene una utilidad inmensa.

Si bien los actuales movimientos que propician el trueque y la reciprocidad sin dinero realizan experiencias valiosas por la solidaridad, creatividad y autonomía que enseñan, lo cierto es que el trueque presenta serios problemas de eficiencia y de justicia: es difícil de realizar, porque exige cada vez la coordinación empírica de las decisiones de cada oferente con las de cada demandante; no permite intercambiar bienes físicos más allá de ciertos espacios reducidos; y suele ser injusto, porque no tiene un mecanismo de medición del valor de los bienes y servicios que se intercambian.

El dinero resuelve estos problemas al cumplir funciones socialmente necesarias: Sirve como unidad de medida del valor de los factores, bienes y servicios económicos. Es un medio de cambio universal, que facilita la coordinación de las decisiones de los participantes en el mercado. Y entrega información importante para tomar decisiones a través del sistema de precios.

 

Y hay otros problemas que el dinero resuelve. Los individuos y las sociedades necesitamos asegurar el futuro y hacer reservas de recursos y bienes para cuando los necesitemos. Pero acumular recursos y bienes físicos (trigo, ladrillos, etc.) sería muy ineficiente, pues las cosas se dañan, pierden valor, se las roban. El dinero viene, entonces, a cumplir la función de servir como medio de reserva y acumulación de valor, a través del ahorro, que nos permitirá acceder a bienes que necesitemos en el futuro en base a la riqueza producida en el pasado y en el presente. Y además, mediante el préstamo y el crédito, permite coordinar en el tiempo las decisiones de los distintos agentes económicos, haciendo que lo que unos ahorran hoy (para gastar mañana) esté disponible para quienes lo necesitan hoy pero que sólo podrán pagarlo después.

Ahora bien, de manera similar a lo que ocurre con el mercado, la organización y el funcionamiento capitalista del dinero lo distorsiona, afectando negativamente todas y cada una de sus funciones, con la consecuencia de gravísimas injusticias y desequilibrios. Habrá que crear también, en el contexto del desarrollo del mercado solidario, del buen mercado, también formas de buen dinero, dineros comunitarios, solidarios, dineros organizados de modo tal que contribuyan a la buena vida para todos.

 

Cuestión que nos conduce al tema de las ganancias. En efecto, la obtención de utilidades o ganancias, conocida también como lucro, ha sido cuestionada por quienes quieren una economía justa y equitativa, proponiendo como solución una economía, empresas y actividades económicas 'sin fines de lucro' o ganancia. Pues se observa que es en la ganancia que obtienen los empresarios, los especuladores y otros agentes económicos, el origen del enriquecimiento de algunos y del empobrecimiento y marginación de muchos.

Pero también sobre la ganancia debemos decir que no es, por sí misma, la causa de los desequilibrios e inequidades económicas y sociales. Generar utilidades y ganancias consiste en que a través de la actividad económica se genera valor, esto es, que el producto de la actividad, o sea los bienes y servicios producidos, valen más que los recursos y factores empleados en su producción. En otras palabras, los outputs de la actividad económica son mayores que los inputs, o más sencillamente, los beneficios son mayores que los sacrificios.

La actividad económica crea valor, siendo la utilidad o ganancia la diferencia entre el valor de los insumos y el valor de los productos. Si no hubiera beneficio y creación de valor, la actividad económica sería simple reproducción de lo existente, no habría razón para la creatividad y la innovación, y la vida se desplegaría en el estancamiento. Nuevamente, el problema no es la ganancia, sino el modo capitalista en que se produce y en que se distribuye el valor económico generado.

Entonces, tenemos que identificar exactamente dónde está el origen de las distorsiones que han experimentado el mercado, el dinero y la ganancia en la economía moderna, y luego descubrir los modos nuevos en que puedan organizarse - el mercado, el dinero y las ganancias - en la economía de la nueva civilización. No podemos desarrollarlo en esta ocasión. Pero dejo planteado el asunto, y quiero invitar a profundizar estos temas que son muy importantes y cruciales para un buen vivir y un buen convivir en sociedad.

Sobre todo ello, me limito a señalar que cuando se ha postulado que una buena economía ha de ser una economía sin mercado y sin dinero, se ha equivocado la meta, o el tipo de economía por construir. Ello ha sido causado por no haberse accedido a la autonomía en la crítica del presente y en la concepción del cambio necesario, que se han mantenido en el plano subordinado del antagonismo respecto del capitalismo y del estatismo, sin superarlos realmente. Desde una nueva estructura del conocimiento, desde una teoría económica comprensiva, tendremos que elaborar un nuevo proyecto para la economía buena, propia de una nueva y superior civilización.

 

Son temas que quedan abiertos a la reflexión, y es bueno que queden abiertos, pues sobre ellos debemos realizar todavía muchas experiencias y búsquedas, con autonomía, con creatividad, con solidaridad. Sobre todo esto tendremos que intercambir ideas, experiencias y búsquedas, y dialogar abiertamente, sin pensar que ya tenemos las respuestas.

 

Muchas gracias.

 

 

Nota: Para quienes quieran profundizar en todo esto hemos preparado el curso:

'LA VIDA NUEVA. Programa de formación en ciencia de la historia y de la política'. Ver en: http://www.uvirtual.net/spuv/la-vida-nueva