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DESAFÍOS Y PROYECTOS DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA.

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Texto de la Video-conferencia, ofrecida en la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fé, República Argentina, en el marco del V COLOQUIO LOCAL, III COLOQUIO REGIONAL OSC-UNIVERSIDAD -II FORO DE ECONOMÍA SOCIAL 2010, Santa Fe, 4 y 5 de noviembre de 2010.

DESAFÍOS Y PROYECTOS DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA.
 
         Buenos días a todas y todos, un saludo muy cordial desde Santiago de Chile.
 
Estoy muy complecido de la oportunidad de exponer en este coloquio a través de esta conexión, y por ello agradezco a la Universidad Nacional del Litoral que me ha invitado.
 
El tema que fijamos para esta presentación resulta en verdad muy exigente a la hora de exponerlo, porque los desafíos que tiene y los proyectos que se plantea la economía solidaria, son múltiples, complejos, grandes y también ambiciosos. Trataré de resumir mis ideas al respecto, integrando los desafíos y los proyectos en una sola perspectiva, por cuanto el enfrentamiento de cada desafío implica la realización de un proyecto, y la realización de cada proyecto constituye el desafío que debe ser enfrentado.
 
Pienso que los principales Desafíos-Proyectos que tiene actualmente la economía solidaria, los podemos identificar y resumir empleando 4 palabras: IDENTIDAD, EFICIENCIA, COHERENCIA Y AUTONOMÍA.
 
 Un primer gran desafío que se presenta hoy ante la economía solidaria –que es también un primer gran proyecto- podemos identificarlo con la palabra IDENTIDAD. Se trata de configurar una identidad de la economía solidaria, a partir de su extraordinaria diversidad de formas y modos de organización. Podemos indicar también, que el desafío y el proyecto de la economía solidaria que identificamos con el término Identidad, consiste en su conformación como un gran movimiento social.
 
La economía solidaria es una economía real, grande, en proceso de expansión y perfeccionamiento. Ella es muy variada y heterogénea, rica de experiencias diversas, pero no siempre se reconocen sus participantes como constituyentes de una economía solidaria con identidad compartida. Es así, aunque todas esas experiencias tienen en común una serie de rasgos que la hacen inconfundible. Por eso es oportuno hacer un breve recuento de todo aquello que podemos reconocer, en América Latina, como economía solidaria. Al hacer este recuento, vamos a identificar la economía solidaria como un gran espacio donde converge un conjunto de organizaciones y actividades económicas muy variadas, pero que tienen en común el hacer economía con una racionalidad especial, caracterizada por la presencia activa y central del trabajo humano y de la solidaridad social, como factores organizadores de la actividad económica.
 
      ¿En qué tipos de organizaciones económicas se manifiesta esta racionalidad especial, al menos de manera embrionaria pero suficiente para impactar sobre el modo de organizar y de realizar la actividad económica? Una rápida mirada panorámica a la realidad nos permitirá comprender que estamos en presencia de un mundo mucho más amplio, rico y extendido de lo que habitualmente reconocemos. En efecto, operan poniendo al centro esos dos factores básicos -y me refiero ahora a América Latina en particular-, al menos las siguientes realidades y procesos:
 
      Pongamos en primer lugar a las cooperativas y las empresas autogestionadas, que son las formas más difundidas de búsqueda y construcción explícita y consciente de modos alternativos de organización económica, y que se han desarrollado en el ámbito de la producción, de los servicios, de la distribución y el consumo, del ahorro y el financiamiento, de la vivienda, la comercialización, el ahorro y el crédito.
 
       Agreguemos luego las "organizaciones económicas populares", formas asociativas surgidas más o menos espontáneamente en diversos contextos de marginación y pobreza, que han dado lugar a una gran variedad de grupos de personas y familias que enfrentan en común problemas de alimentación, vivienda, desocupación, salud, capacitación y otras carencias, sobre la base de la autoayuda y la ayuda mutua. Encontramos entre otras, las ollas comunes, los comedores populares, los ‘comprando juntos’, los centros de abastecimiento, los talleres laborales, los grupos de salud, de recreación alternativa, de educación comunitaria, etc.
 
      Relacionado con estas organizaciones, podemos considerar también al menos una parte de la más amplia "economía popular", constituida a menudo de manera informal, por personas, familias y grupos que buscan su subsistencia y progreso organizando actividades productivas, comeciales y de servicios al margen de las empresas y del mercado oficial. Muchos de ellos a menudo alcanzan viabilidad y espacios de desarrollo organizándose en sindicatos (por ejemplo de trabajadores independientes, de vendedores ambulantes, de cartoneros, etc.), en asociaciones gremiales, en ferias libres que han conquistado espacios públicos para el ejercicio de sus actividades comerciales.
 
      Asociado con este fenómeno social de dimensiones inmensas en cada país de América Latina, podemos considerar también una parte de la realidad conocida como microempresas o microemprendimientos. Una parte importante de ellas es de hecho economía popular fundada en el trabajo, tiene una base de organización familiar y vecinal, da lugar a procesos de integración de funciones económicas (por ejemplo, al comercializar en conjunto, al participar en cooperativas de ahorro y crédito, al constituir asociaciones gremiales que operan como instancias coordinadoras de actividades conjuntas), y en todo ello pone de manifiesto también importantes relaciones y valores de solidaridad y cooperación.
 
      Por cierto, en el mundo campesino existe en toda la región latinoamericana una extendida realidad de economía fundada en el trabajo, la solidaridad y la cooperación. La llamada "economía campesina", con sus unidades de base familiar extendida, sus articulaciones a nivel territorial y comunal, sus tradicionales formas de reciprocidad para hacer frente a los requerimientos variables y temporales de fuerza de trabajo, tecnologías, medios de producción y financiamiento, son sin duda constituyentes de nuestra economía solidaria.
 
       También despliegan formas asociativas y de reciprocidad en las relaciones económicas, varias otras actividades de producción tradicionales, como es el caso de la pesca artesanal y su organización en "caletas de pescadores", la minería de pequeña escala realizada por "pirquineros" y otros extractores asociados, y en muchas ocasiones la artesanía como actividad en que se especializan pueblos y villorrios que adquieren una identidad por su dedicación a un rubro determinado: cerámica, trabajo de cuero, tejido, tallado de madera, trabajo de la piedra, etc.
 
       No podemos dejar de mencionar también numerosas comunidades de pueblos indígenas, integradas económicamente por una común adscripción y posesión de la tierra y otros factores de producción, por la utilización comunitaria del ‘saber hacer’ ancestral, y donde las relaciones de reciprocidad son habituales en la distribución, el consumo y la acumulación, dando lugar a formas de vida comunitarias altamente integradas.
 
      De más reciente origen, se están desenvolviendo en numerosos pueblos, villorrios rurales, ciudades de provincia, comunas populares urbanas, campamentos, etc., un vasto conjunto de iniciativas que integran energías organizadas de la comunidad, en términos de procesos comnocidos como programas de desarrollo local.
 
       Existen, además, en toda América Latina, múltiples experiencias asociativas orientadas por principios de participación y desarrollo de la comunidad, formadas por mujeres, jóvenes, ancianos, pobladores sin casa, campesinos sin tierra, etc., que llevando adelante procesos de reivindicación de derechos e intereses compartidos correspondientes a sus distintas identidades, dan lugar a organizaciones sociales que de un modo u otro integran recursos y realizan actividades económicas que benefician a la comunidad local y territorial.
 
Cabe mencionar también iniciativas asociativas y comunitarias que se distinguen por hacerse cargo de ciertas preocupaciones sociales que son enfrentadas mediante la organización de actividades económicas conjuntas, como es el caso de experiencias de comercialización comunitaria, de autoconstrucción de viviendas utilizando tecnologías y materiales alternativos, de cultivos biológicos o de agricultura orgánica, de tecnologías alternativas que implican la utilización de fuentes de energía no contaminantes, el reciclaje de recursos, etc.
 
Podemos decir que la preocupación ecológica y la protección del medio ambiente están originando una incipiente búsqueda de una economía ecológica, que encuentra en las formas económicas fundadas en la solidaridad y el trabajo su expresión más coherente y natural.
 
     Debe considerarse, también, una parte al menos del vasto mundo de las ONGs, u organizaciones no-gubernamentales de servicio y/o de desarrollo, que se organizan de maneras autogestionadas conforme a diversas alternativas jurídicas, y que se distinguen como formas institucionales o empresas "sin fines de lucro", o con explícitos fines de beneficio social. Muchas de ellas operan como instancias de apoyo a las formas económicas mencionadas anteriormente, y juegan un importante papel como organizaciones de financiamiento que gestionan fondos rotatorios, de comercialización, de asesoría organizacional, apoyo a la gestión, asistencia técnica y capacitación; otras tienen fines específicos acotados a necesidades sociales determinadas, y buscan mejorar la calidad de vida de sus beneficiados. Cabe en este sentido considerar a las numerosas fundaciones, corporaciones, asociaciones profesionales, organizaciones de voluntariado, asociaciones culturales, etc. que canalizan recursos y servicios de varios tipos, incluidos los de estudio e investigación, que contribuyen de manera significativa a darle identidad y presencia social, política y cultural a las expresiones económicas surgidas de la llamada "sociedad civil".
 
Forman parte de la economía solidaria, también algunos movimientos económicos que derivan de opciones éticas y espirituales, creados y realizados por personas que quieren ser consecuentes con sus creencias religiosas, con sus valores humanos, con sus búsquedas éticas y espirituales. Podemos mencionar, entre otros, el movimiento de la ‘economía de comunión’, la economía budista, la economía hinduista, la economía civil, etc.
 
Y también, las organizaciones del llamado comercio justo, o comercio justo y solidario, que comercializan en los países más desarrollados una gama de productos originados por pequeños productores y comunidades en los países más pobres, eliminando intermediarios y favoreciendo el consumo de productos ecológicos y producidos en condiciones de trabajo digno. También el movimiento de las finanzas éticas, o bancos éticos, que captan recursos de personas que desean que sus ahorros se empleen exclusivamente en unidades económicas comprometidas con ciertos valores de justicia, sustentabilidad ambiental, asociatividad, etc., estando dispuestos a sacrificar en parte los intereses que podrían obtener si colocaran tales ahorros en el sistema financiero y especulativo capitalista.
 
Y los movimientos del consumo responsable, del buen consumo, y otros que se comprometen a preferir la compra y el consumo de bienes y servicios producidos en condiciones justas, no contaminantes, sustentables, respetuosos del medio ambiente, etc.
 
Han surgido también organizaciones que realizan trueque y reciprocidad, generando sistemas de monedas complementarias, monedas de circulación local, autoadministradas con criterios de cooperación y confianza recíproca.
 
Están también las muy numerosas experiencias de economía de redes, basadas en la reciprocidad y el intercambio de saberes, servicios y recursos. Numerosas redes informáticas, el movimiento del software libre comparte también el espíritu solidario y la gratuidad, que implica poner libremente a disposición de los usuarios programas computacionales y otros servicios informáticos, en cuyo desarrollo se da una consistente cooperación.
 
No podemos dejar de mencionar las variadas experiencias de voluntariado, el trabajo voluntario de estudiantes y jóvenes que se hacen cargo de problemas de comunidades pobres, desarrollando iniciativas de capacitación, de desarrollo local, de construcción de viviendas, etc.
 
      Esta visión panorámica de la multiplicidad de organizaciones que podemos considerar integrantes actuales y potenciales de la economía de solidaridad, nos permite hacernos una idea de la importancia que han adquirido las búsquedas de una nueva economía. Y de las inmensas potencialidades transformadoras que puede llegar a tener y a desplegar, si esta economía solidaria se constituye como un gran movimiento social dotado de una clara identidad, y que haya enfrentado, además, los desafíos de la eficiencia, la coherencia y la autonomía.
 
         Ahora bien, para que todas estas diversas manifestaciones de la economía solidaria constituyan un movimiento social, es necesario que se conozcan unas a otras, que se encuentren y que se reconozcan como similares, orientadas por objetivos compartidos, por calores comunes: los valores de la justicia, la libertad, la solidaridad, el trabajo, la participación.
 
         El encuentro, el conocimiento mutuo, el reconocimiento recíproco, no necesariamente debe hacerse de manera física, estando juntos en un mismo lugar y tiempo, aunque por cierto estos encuentros directos son siempre importantes. Hay que aprovechar todos los medios de comunicación, hoy al alcance prácticamente de todas las organizaciones y personas, para ir configurando el movimiento de la economía solidaria como una red de vínculos que se van crecientemente densificando. Hay que aprovechar las instancias de comunicación ya existentes, y crear otras nuevas, sabiendo todos que la economía solidaria no tiene un centro, sino que se constituye desde múltiples centros de iniciativa y de coordinación.
 
El tema de la identidad es muy rico, podríamos profundizarlo desde distintos ángulos y perspectivas. Pero tenemos que dejarlo para pasar al segundo de los desafíos-proyectos que hemos mencionado:
 
La EFICIENCIA. La economía solidaria es economía, verdadera economía, aunque a muchas experiencias les ha costado y aún les cuesta asumir en plenitud el ser unidades económicas, que se organizan con fines económicos. De hecho, las propias búsquedas de economías alternativas tendieron durante mucho tiempo a no pensarse como experiencias económicas, sino como organizaciones sociales.
 
Una explicación de esto es que a lo largo de toda la época moderna, cuando pensamos en la economía pensamos en el capitalismo, pensamos que lo económico es algo ligado a intereses individuales, a la búsqueda del lucro y la ganancia, como si fuera algo ilegítimo. Como si hablar de economía implicara contaminarse de capitalismo, o participar en algo no coherente con los principios de una búsqueda idealista y ética.
 
Fíjense que el mismo concepto de organizaciones “sin fines de lucro”, o el de entidades “non-profit”, que se usan a menudo para referirse a las entidades de la economía solidaria, dejan sin clarificar el objetivo económico racional de estas unidades económicas. Son expresiones que se usan para establecer que no hay motivaciones economicistas, que no se es capitalista; pero al decir non-profit o sin ánimo de ganancia, sin búsqueda de utilidades, se está negando algo que es de la esencia de la economía, más allá de la organización capitalista. Porque toda y cualquier economía busca generar beneficios, producir valor económico, y hacerlo con eficiencia, o sea con el mínimo de costos y sacrificios y con el máximo resultado posible.
 
Esta situación puede entenderse por el hecho que la ciencia de la economía se ha formulado en una perspectiva capitalista, y después se desplegó en una perspectiva socialista y de economía estatal, y ambas orientaciones de pensamiento económico han sido altamente críticas respecto al cooperativismo, el mutualismo, la autogestión y otras formas alternativas. Especialmente los comunistas y quienes proponen economías estatales y de planificación centralizada han sido extremadamente críticos, partiendo por el marxismo que tiende a ver capitalismo también en estas economías basadas en la cooperación y la solidaridad. Algunos la valoran en ciertos aspectos, pero nunca validándola como propuesta general, mientras que el pensamiento económico capitalista ha siempre dicho que esta economía es ineficiente porque no estimula la competencia ni el natural afán de lucro,
 
Entonces, defendiéndose de estas críticas, quienes buscan economías alternativas, careciendo de un propio pensamiento económico, se distanciaban de lo económico y no se pensaban a sí mismas como propuestas económicas. Este ha sido un tremendo vacío histórico-cultural, que les ha impedido fortalecerse, orientarse con eficiencia, asumir objetivos económicamente racionales.
 
Yo pienso que, avasallado por las teorías económicas neo-clásicas, por un lado, y por otro lado atemorizado por la crítica tan radical que se ha realizado desde cierta izquierda, que ha criticado no sólo el capitalismo sino a la economía misma, que ha cuestionado no sólo el capitalismo sino también el mercado, la empresa, las ganancias, el dinero, e incluso el concepto de eficiencia, las experiencias económicas solidarias se atrincheraron en una formulación ética, doctrinaria o ideológica, inhibiéndose de construir verdadero pensamiento económico.
 
Pero esto terminó ya, con el surgimiento del concepto de economía solidaria. En el mismo enunciado Economía Solidaria no solamente está la legitimación de lo económico sino también, y es lo más importante, el descubrimiento de una racionalidad económica especial, que es específicamente económica pero que no tiene nada de capitalista. El pensar las experiencias cooperativas, autogestionarias y de economía solidaria en general, como genuinas y auténticas iniciativas económicas, abre a un descubrimiento fundamental: que la economía es mucho más que lo que la economía capitalista y las teorías asociadas a ella reconocen como económico.
 
Porque en la disciplina económica convencional se reconoce como económico solamente a aquello que pasa por una valoración monetaria y que se transa en el mercado y que adquiere precios. Cuando hablamos de Economía Solidaria en conexión con las experiencias de esta economía solidaria que he mencionado, descubrimos que la economía es mucho más que eso, que hay un campo enorme de recursos, por ejemplo de factores productivos, que no tienen una valoración monetaria y que, sin embargo, contribuyen a la producción. Descubrimos que hay muchas necesidades que se satisfacen con bienes y servicios que es necesario producir, pero que no se accede a esos bienes y servicios o a la satisfacción de esas necesidades mediante el gasto, mediante el uso del dinero.
 
Descubrimos que la economía en el fondo es la reproducción de la vida, el gobierno de la casa, el organizar racionalmente las actividades para subsistir, para satisfacer necesidades, aspiraciones y deseos, para progresar familiarmente, socialmente, para desarrollar todo tipo de proyectos de carácter cultural, social, político, espiritual incluso. Que la economía, igual que la política, es una dimensión presente en toda la vida, en toda actividad, en todo pensamiento, en toda acción.
 
No hay actividad humana que no tenga contenido económico, que no utilice recursos económicos, que no implique un uso económico del tiempo, que no implique satisfacción de necesidades, aspiraciones o deseos humanos, que no implique la utilización de recursos. Y lo económico es, en el fondo, organizar todo eso de manera más eficiente, de modo que los objetivos que las personas se propongan se alcancen en forma más plena. Y no significa necesariamente estar motivado por ambiciones egoístas, por intereses particulares, ni ponerse a competir con otros, porque se puede hacer economía, o sea vivir, reproducir la vida y ampliarla, cooperando con otros, compartiendo objetivos, distribuyendo solidariamente los beneficios, utilizando recursos que están disponibles para todos y que no necesariamente implican una apropiación privada individual que excluya a los demás.
 
         Pero no se puede hacer economía válida, viable, que se consolide y desarrolle, si no se alcanza verdadera eficiencia. Eficiencia en el empleo de los recursos y factores, y en la producción de bienes y servicios. Si la economía solidaria no es eficiente, simplemente no sirve. Si no somos eficientes, destruimos recursos (que son escasos, y que hay que saber aprovechar de la mejor forma), y dejamos necesidades humanas sin satisfacer. Ser ineficiente significa producir y reproducir la pobreza.
 
         Y si la economía solidaria no es eficiente, no será capaz de convocar los buenos recursos y factores que necesita, ni acceder a los mercados, a los consumidores, que opten por ella para satisfacer sus necesidades.
 
         Dicho esto, es necesario reformular el concepto de eficiencia, que en la economía capitalista está reducido a su expresión monetaria, y a la rentabilidad del capital invertido. Redefinir la eficiencia teóricamente, y alcanzarla prácticamente. Con esto, nuevamente dejamos abierto el tema, pues de eso se trata en esta presentación, de dejar formulados los desafíos y proyectos, que deberán ser enfrentados con el trabajo y la inteligencia de todos los que se motivan popr desarrollar la economía solidaria.
 
Y así accedemos al tercer Desafío-Proyecto, que identificamos con la palabra Coherencia. Pues no se trata de hacer cualquier economía, sino una economía coherentemente solidaria.
 
Porque, junto con descubrir que la economía es mucho más amplia de lo que normalmente entendemos por economía cuando la pensamos con las categorías que el capitalismo ha elaborado; y que el concepto de eficiencia en la economía solidaria es distinto que el de la economía convencional, al mismo tiempo descubrimos que se puede hacer economía de distintas maneras, que hay racionalidades económicas muy distintas, que la racionalidad económica capitalista no es la racionalidad económica, sino que es una de las lógicas posibles, que hay otras que pueden ser aún más eficientes.
 
La economía solidaria tiene su propia racionalidad, o más exactamente, es la práctica de una racionalidad económica especial. En términos generales, la economía solidaria está conformada por todas las iniciativas, experiencias y unidades económicas protagonizadas por familias, grupos, asociaciones, comunidades y organizaciones intermedias, que persiguen objetivos de cooperación, ayuda mutua y reciprocidad, a nivel de sujetos sociales integrados por acuerdos y compromisos asumidos libre y conscientemente sobre la base de afinidades objetivas o culturales particulares. Nuestra economía solidaria se constituye, entonces, a partir de una cierta racionalidad económica especial, que funda modos alternativos de emprender, de organizar y de gestionar la producción, la distribución, el consumo y la acumulación. La economía solidaria se funda básicamente en dos factores cuya presencia económicamente operante da lugar a organizaciones económicas de características especiales. El primero de estos factores es la solidaridad y la cooperación, convertidos en fuerzas productivas organizadoras de las actividades económicas, lo que hemos llamado el "factor C", esto es, la fuerza creadora, organizativa y eficiente de la voluntad y la conciencia colectiva, comunitaria o asociativa. El segundo factor es el trabajo humano en el más amplio sentido, puesto al centro de la organización y por encima del capital y de los factores materiales y financieros de producción y distribución.
 
De aquí, de esta racionalidad, deriva una manera de organizarse, de relacionarse internamente, de distribuir los excedentes, de relacionarse con terceros, de gestionar y tomar decisiones, de comprar y comercializar, de organizar el trabajo. El desafío-proyecto de la economía solidaria, a este nivel, consiste en hacer todo ello de manera coherente con la racionalidad solidaria. Y ello no es tan fácil. Pues a la base de esta racionalidad económica, está la necesidad de que los integrantes de estas iniciativas y organizaciones, no tengan en su mente, cuando se organizan, cuando realizan las actividades, cuando toman decisiones, cuando se relacionan unos con otros, no tengan en su cabeza solamente el interés individual, la búsqueda de maximización de la utilidad propia, sino que tengan en la mente, y se comporten y relacionen, con valores, los valores de justicia, de solidaridad, de participación, de cooperación, de comunidad.
 
 Esto constituye un gran desafío, y es de la esencia del proyecto de la economía solidaria: la coherencia con sus valores y principios, que se realiza en cuanto las organizaciones y las actividades se orientan conforme a la racionalidad económica especial de la economía solidaria. Para ello, obviamente, es esencial que dicha racionalidad económica sea conocida, sea estudiada, sea profundizada. Desafío que también queda abierto como tarea de todos quienes se interesan por esta economía diferente.
 
Y llegamos así al cuarto Desafío-Proyecto de la economía solidaria, que identificamos con el término AUTONOMÍA. Un término, el de autonomía, cuya comprensión nos llevará a una de las cuestiones más profundas implicadas en el proyecto de la economía solidaria.
 
         En una primera aproximación, la noción de autonomía está indicando a personas y a organizaciones autónomas, que piensan con la propia cabeza y deciden con la propia voluntad, que no delegan sus decisiones respecto a los aspectos más importantes que afectan sus actividades y sus vidas, es decir, sujetos que han decidido recuperar para sí (por sí y a través de las organizaciones, comunidades y redes que crean junto a otros que tengan similares propósitos), el control sobre sus propias condiciones de vida.

         Alcanzar la autonomía, pensar con la propia cabeza, decidir por sí mismos, recuperar el control de nuestras condiciones de vida, es mucho más difícil de lo que tal vez imaginamos. Pues, en efecto, muchas personas creen ser autónomas, pues sienten en su interior que tienen sus vidas bajo control; pero en los hechos se comportan como les indica su grupo de pertenencia; sus aspiraciones no difieren de las que tiene la mayoría; adhieren a la mayor parte de las ideas que les ofrecen los medios; consumen lo que les recomienda la publicidad; siguen las modas al vestirse y proveerse de diferentes mercancías; desean tener sus viviendas en los lugares que todos creen que son los más prestigiosos; intentan estudiar en los centros educacionales que aparecen en los rankings como los mejores; mantienen sus cuentas bancarias y se endeudan en los bancos del sistema; se divierten en los centros de diversión donde encontrarán buenas afluencias de público; vacacionan donde los publicistas les aseguran que tendrán adecuadas entretenciones; en síntesis, consumen conforme a las pautas de consumo que les ha establecido el modelo capitalista.
 
         Por de pronto, quien mantenga altas deudas o créditos en el sistema financiero, es señal inequívoca de que está muy lejos de la autonomía, al menos tan lejos como el tiempo que necesitará para quedar libre de todo endeudamiento en que haya incurrido siguiendo las pautas de consumo y gasto que el “sistema” quiere que siga, y que lo obligan a perseguir como objetivo permanente los ingresos indispensables para cubrir las cuotas que vencen mensualmente: objetivo que sin duda le han fijado los acreedores, o sea, los mismos que lo indujeron a endeudarse adoptando las pautas de consumo y el modo de vida predominantes.

         La dependencia en lo económico está supeditada a la dependencia en lo cultural, y específicamente respecto de los modos de pensar. Por ello, es preciso partir de lo primero, que es lo más difícil y también lo más importante, esto es, la autonomía cultural, que comienza en el pensar con la propia cabeza.
 
         Para lograr pensar por sí mismos, al nivel de autonomía requerido para organizar y desarrollar una nueva economía, es necesario someter a crítica gran parte de nuestras creencias económicas. Someterlas a crítica no significa desecharlas, negarlas, sino llevarlas a un nivel de elaboración superior, integrarlas en una concepción unitaria, acceder a un punto de vista desde el cual podemos comprender el significado histórico de las diferentes teorías, ideologías, creencias.
 
         Alcanzar la autonomía parece demasiado difícil, casi inalcanzable. Pero nadie ha dicho que iniciar la creación de una nueva economía sea algo fácil. Además, evidentemente, nadie podrá lograrlo por sí solo. De ahí la importancia de que quienes se propongan como objetivo construir una economía solidaria autónoma, quienes aspiran a la autonomía, se relacionen, se asocien, dialoguen, se critiquen recíprocamente, colaboren en el proceso de acceder a dicho punto de vista autónomo. El avance hacia la autonomía es también, simultáneamente, un camino de creciente solidaridad.
 
         Para comprender bien el significado de la autonomía cultural necesaria para encaminarse en la creación de una economía solidaria autónoma, es preciso efectuar una neta diferenciación respecto de las propuestas contraculturales y de las ideologías y políticas antagonistas respecto del “sistema” capitalista y estatista. Nos diferenciamos, de este modo, del pensamiento de tantos intelectuales contemporáneos que han efectuado una aguda y en muchos aspectos válida crítica del capitalismo y del modernismo, y que nos han advertido respecto a las capacidades del ‘sistema imperante’ de cooptar cada movimiento antagonista (por cuanto el ‘sistema’ ha penetrado y fetichizado la conciencia de los individuos y de los grupos en general, determinando que todas las necesidades humanas - incluida la necesidad fundamental de la libertad - sean asumidas por el mercado y por tanto reconducidas al interior del ‘sistema’ donde quedan subsumidas). Ellos realizan la crítica, observan y analizan el problema; pero no logran entrever la posibilidad de su superación a través del inicio de la creación de una nueva economía.
 
         Los límites de tales análisis críticos son, a mi parecer, dos fundamentales: por un lado, permanecer al interior de una concepción marxista o neo-marxista, que piensa que la superación del capitalismo ocurriría como resultado de una lucha contra el sistema, y que por consiguiente requiere la existencia de sujetos políticos antisistémicos, antagonistas, revolucionarios; y por otro lado, no comprender las potencialidades de la autonomía intelectual y moral que pueden alcanzar individuos y grupos auto-organizados, y que en base a dicha autonomía lograda, sin necesidad de primero destruir al capitalismo y al estatismo, pueden iniciar la creación de una nueva y superior economía.

         Es importante profundizar la distinción esencial entre el antagonismo y la autonomía, es algo importantísimo que comprendamos en profundidad, precisamente porque la mayoría de las propuestas de cambio social, político y económico han sido durante al menos dos siglos y son todavía hoy, entendidas en el sentido de una lucha contra el sistema, o sea en términos de antagonismo y no de autonomía; y la experiencia de tantos fracasos demuestra que con ello no se logran los objetivos deseados, e incluso a menudo se dificulta el desarrollo de la nueva economía y el cambio necesario.

         Al respecto, aprovecharemos una idea de Antonio Gramsci, que señala que para alcanzar la autonomía, un movimiento cultural, social, económico o político debe superar dos momentos o fases primitivas e insuficientes.
 
         El primer momento o fase sería la de escisión, ruptura o separación, es decir el diferenciarse, separarse y ‘romper’ con la realidad y el ‘sistema’ imperante, con lo cual junto con tomarse distancia se crea una identidad propia; pero una identidad definida como negación y reacción frente a la realidad existente. Por ejemplo, respecto del capitalismo, sería ser no-capitalista, o limitarse a proponer un proyecto no-capitalista. Es una fase tal vez necesaria pero estéril en cuanto a resultados y logros, porque separándose, alejándose de la realidad dada, no se interactúa con ella, no se la transforma, y se permanece como en una isla marginal.

         El segundo momento o fase sería el de antagonismo, es decir, de la oposición, la contradicción y la lucha contra la realidad existente que se quiere negar, destruir o superar. La identidad de sí es en esta fase definida por oposición: es una identidad “contra”, “anti”. Por ejemplo, ser anti-capitalista y proponerse luchar contra el capitalismo. En este tipo de movimiento se interactúa con la realidad general, pero en forma de lucha y de conflicto, y el resultado no puede ir más allá del desenvolvimiento del conflicto mismo. El adversario se refuerza en proporción a la intensidad de la lucha de quienes lo combaten, y no se genera una realidad nueva, más allá de la exacerbación del antagonismo.

         Estos dos momentos o fases, o mejor, los movimientos que tengan estos niveles de conciencia y de propuesta, no son autónomos, porque se definen en función de lo que critican, y en consecuencia permanecen subordinados a ello. La oposición, la crítica, el antagonismo, la lucha contra, constituyen actitudes que permanecen en el nivel de la negación de lo viejo, no de la afirmación de lo nuevo superior, que no alcanzan siquiera a concebir ni a proyectar, porque en esa fase la consciencia permanece al interior de la realidad existente en función de la cual los sujetos se definen contrarios, enemigos y combatientes.

         Alcanzar la autonomía implica ir más allá de la negación y del antagonismo, siendo necesaria una auto-definición positiva, sobre la base de una propia, superior, integral concepción y proyecto cultural, político, económico, en este caso, de una propia y nueva racionalidad económica.

         La autonomía debe ser claramente diferenciada de la escisión o ruptura, y ello no siempre se comprende porque se tiende a pensar la autonomía como independencia, como diferenciación y diversidad. Dice Gramsci, en cambio, que la autonomía supone acceder a un punto de vista más elevado, superior, comprensivo. Ponerse en una posición más alta, “inaccesible para el campo adversario”. No se trata de salir y quedarse fuera (separación), ni de ponerse y estar contra (antagonismo), sino de ponerse por encima, en el sentido de haber alcanzado una visión más amplia y de estar en condiciones de valorar incluso a los “adversarios”, de aprender de ellos, y de hacerlos parte del propio proceso, sin tener temor de ser absorbidos por ellos.

         En las fases (o movimientos) primitivos de la ruptura y del antagonismo, se teme al adversario, al “sistema”, y sobre todo se tiene miedo de ser reabsorbidos por él, al que se imagina poseyendo una fuerza superior. Por ello, la actividad intelectual principal es la crítica, la negación de las concepciones adversarias, una crítica que tiende a ser total, completa, porque se cree que si se acepta o se reconoce una parte de verdad, de validez o de valor que puedan tener, se teme que aquellas concepciones criticadas puedan ‘infiltrarse’ contaminar, o que los propios seguidores caigan en la trampa y sean cooptados, o al menos que se debilite el antagonismo y el conflicto.

         En cambio, en la fase de la autonomía no se teme al adversario, porque en realidad no se tiene un adversario, sino concepciones poco elaboradas que deben ser superadas, pudiéndose y debiéndose integrar en la propia superior concepción, conocimiento y proyecto, todo aquello que pueda descubrirse de verdadero, de valor, en las realidades y concepciones precedentes (que, obviamente, no pueden ser totalmente erróneas, nulas y sin valor alguno).

         Pero más importante aún, es el hecho que los movimientos antagonistas se niegan a crear la nueva realidad, o no se proponen comenzarla en el presente, porque creen que primero y antes de crearse lo nuevo debe suprimirse lo viejo, debe derrumbarse el sistema establecido. Y como éste no se derrumba, pasan los años, las décadas y los siglos en una lucha interminable, y siempre con la esperanza del derrumbe que no acaba de llegar. Y siempre se posterga el inicio de la creación de lo nuevo.

         Pero, peor aún, es el hecho que permanecer en el antagonismo, en la lucha y en el conflicto, tiene como resultado previsible el reforzamiento del “sistema” que se quisiera suprimir, porque frente a quienes lo critican y tratan de destruirlo, sus defensores se atrincheran, se protegen, lo refuerzan, lo perfeccionan, etc.

         Llegar a ser autónomos, esto es, superar los momentos de la separación o ruptura y del antagonismo, y entonces elevarse a un punto de vista superior, comprensivo, es condición para desarrollar una economía con identidad propia, eficiente, coherente, autónoma. Su creación y desarrollo no debe esperar el derrumbe de la economía establecida para abrirse camino y comenzar a desplegar sus propias potencialidades.
 
         Así, una vez más, dejamos abierto un gran tema, para la reflexión y el trabajo de todos.
 
         Muchas gracias.
 
 
                                                                  Luis Razeto Migliaro.