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CAPITULO VIII LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR Y LA ECONOMÍA DE SOLIDARIDAD

1. Algunas consideraciones preliminares.

Proponemos en este último capítulo algunas reflexiones de naturaleza muy distinta a las hechas hasta aquí. Se trata de relaciones que hacemos desde un punto de vista específicamente cristiano, cuya validación puede ser hecha sólo desde este contexto. Pueden considerarse, sin embargo, como un complemento útil y necesario a todo lo anteriormente expuesto, dado que la economía popular solidaria surge en gran parte –aunque no exclusivamente- en un marco de cultura y de acción que hace referencia a los principios y valores del cristianismo. En efecto, una parte significativa de las experiencias que integran la economía solidaria en nuestro país -y también en otros países latinoamericanos- surgen a partir de comunidades cristianas y son apoyadas por instituciones y centros patrocinados o que mantienen relaciones significativas con la Iglesia.

Pero este capítulo no tiene el propósito de reivindicar la contribución de ninguna iglesia o institución religiosa al fenómeno que nos interesa, sino aportar a la reflexión que se hace en ellas en torno a estas experiencias a fin de perfeccionar su contribución práctica al proceso organizativo. Desde el momento que una parte significativa de la acción social y de la pastoral de solidaridad en la Iglesia se orienta a la promoción y apoyo de estas formas de economía popular solidaria, el futuro de ésta, sus perspectivas de desarrollo en el corto y en el largo plazo, estarán influidas también y de modo relevante por la profundidad y madurez del compromiso de los cristianos con ella, y con el aporte que continúen haciendo al proceso.

Ahora bien, la relación entre lo económico y lo cristiano no es una relación simple, carente de complicaciones y conflictos. El campo de las actividades económicas y de la estructura económica es un lugar donde se ponen en juego y a prueba los principales valores y principios del cristianismo. La observación y el análisis de la realidad nos muestran que es en la economía donde se manifiestan las formas más evidentes de explotación del hombre, el individualismo más exacerbado, la búsqueda apasionada de la riqueza material, el sometimiento de los hombres a las supuestas leyes objetivas del mercado o de la planificación. Es en la economía donde podemos observar quizás la mayor distancia en el comportamiento práctico y en las formas de pensar y de sentir, respecto a los criterios evangélicos. Podemos afirmar que es en el ámbito de la economía donde encontramos más difundidos el “pecado estructural” y el “ateísmo práctico”.

En una reacción espontánea muy explicable, muchos cristianos –especialmente entre los jóvenes y en sectores populares- tienden a considerar sospechosamente la dedicación a los negocios y actividades empresariales. La relación que se tiende a establecer con esas actividades es más bien poniéndose desde afuera y en actitud conflictiva: como denuncia de las injusticias que allí se producen, como ejercicio de una presión moral tendiente a exigir correcciones frente a los modos de operar establecidos, o bien en términos de acción social como esfuerzo por paliar la pobreza y la subordinación de los que sufren injusticias y marginación, a través de actividades asistenciales, promocionales, organizativas, de concientización, etc.; pero la realización de actividades económicas en primera persona, la construcción y administración de empresas, etc., difícilmente se visualiza como un modo de actuación práctica del mensaje cristiano, como una vocación peculiar en la cual los cristianos puedan concretizar valores, principios y compromisos evangélicos.

No sucede así, en cambio, con otros ámbitos de la actividad histórica, donde el compromiso y la dedicación intensa se encuentran ampliamente legitimados y fomentados entre los cristianos; pensemos, por ejemplo, en la política, las ciencias, el arte, la cultura, el deporte, las comunicaciones, etc. Y sin embargo, hacer economía es –podemos decirlo- un mandato de Dios, tanto y quizás más esencial que hacer política, ciencia o arte, porque de las actividades económicas dependen la subsistencia y la vida misma del hombre y de la sociedad, y también su bienestar y desarrollo. Esto es reconocido casi siempre en términos de trabajo, como valor y vocación humana del trabajo; pero el trabajo no puede existir sólo, sino en relación con los demás elementos necesarios para la producción, combinado y organizado en unidades económicas o empresas, y todas ellas formando parte de un complejo sistema económico de producción, distribución y consumo.

Planteado así el problema, el desafío para los cristianos es hacer economía de otro modo, lo que a su vez supone pensar la economía conforme a los criterios y valores del evangelio. La economía es, sin embargo, como la política, el arte o la ciencia, uno de aquellos ámbitos desde donde se reivindica –y al que se le reconoce- la “autonomía de lo temporal”. Esto no contradice con la necesidad de una específica obra de evangelización de la economía, como de la política y de la cultura, consistente -en último término- en “llevarlas a la perfección por el amor”.

No es el caso de profundizar aquí el tema de las relaciones entre las autonomías temporales y la misión evangelizadora, cuyo tratamiento teológico trasciende nuestra competencia. Nos limitamos a constatar que al pensar en empresas alternativas para un desarrollo alternativo, al postular la necesidad de una economía de solidaridad para un mercado democrático, intentamos contribuir a una nueva ciencia de la economía, que sea capaz de promover, desarrollar y orientar una nueva práctica y un nuevo modo de hacer economía, sobre fundamentos y valores distintos a los actualmente predominantes –esos valores humanos (y cristianos) del trabajo, la solidaridad, la cooperación, la justicia y la libertad-. Una reflexión específica y explícitamente cristiana puede significar un perfeccionamiento de todo ello; y parece conveniente y oportuno un planteamiento más sistemático de la cuestión, tal como se nos hace presente en la actualidad.


2. Magnitud de la tarea e inventario de los materiales disponibles.

Enfrentados a la tarea de construir una nueva “civilización del amor”, los cristianos encontramos un escollo que puede parecernos insalvable por la magnitud del desafío que nos pone, en una realidad económica internacional y local constituida estructuralmente sobre principios y fundamentos opuestos a los del amor y la fraternidad, a saber, sobre el individualismo, la competencia y el afán de ganancias materiales o de poder.

El problema es aún más agudo desde el momento que tales prácticas económicas consolidadas se encuentran justificadas y sostenidas por un cuerpo teórico sistemático que se postula y presenta como ciencia, como disciplina formal e institucionalmente establecida, que no sólo reivindica para sí la objetividad y rigurosidad del conocimiento sino que además muestra tener capacidad de predicción y la eficacia práctica.

Completa la visión del desafío que enfrentamos el hecho igualmente sólido de que la crítica más sistemática que se haya efectuado a esa ciencia, y la práctica transformadora que más éxito ha tenido históricamente, constituyen otras tantas experiencias distintas y distantes de nuestros propósitos. En efecto, ellas han conducido a estructurar sistemas económicos e ideológicos tan lejanos a lo que pueda reconocerse como civilización del amor, como lo están las realidades que critican.

Así planteado el problema, se descubre que el proyecto de la civilización del amor involucra una gigantesca tarea intelectual en el campo de la ciencia económica, que exige, por un lado una consistente crítica de las teorías que contradicen tal proyecto, y por otro –lo que es mucho más difícil- una elaboración intelectual alternativa que fundamente y potencie un proceso de reestructuración de la economía para que no obstaculice sino que facilite el establecimiento de relaciones justas, solidarias y fraternas entre los hombres, los grupos sociales y las naciones.

Ahora bien , la tarea intelectual es sólo una parte del quehacer necesario. Por un lado, la elaboración intelectual alternativa capaz de fundamentar y de fundar nuevas estructuras y prácticas económicas no puede resultar de una pura ejercitación intelectual ajena a los procesos históricos concretos; tal procedimiento nos proporcionaría apenas alguna utopía o modelo irrealizable. Por otro lado, la construcción de la civilización del amor no ha de cumplirse sólo en la conciencia o en el intelecto, sino que debe materializarse en relaciones y actividades concretas, y ello supone una acción transformadora muy eficaz de las realidades actuales, tan distintas y distantes del fin perseguido.

Identificadas de este modo las tareas y su magnitud, lo primero es buscar en la realidad los elementos con que pueda ser emprendida. Ello nos remite bastante directamente a las distintas experiencias y realidades que hemos considerado en este libro, y también a las ideas y análisis que en torno a ellas y a sus potencialidades hemos efectuado.

Podemos intentar un inventario preliminar de los “recursos” disponibles, que nos permiten pensar con realismo que el proyecto es factible en nuestro tiempo. Resumiremos nuestros “puntos de partida” en cuatro aspectos:

a) La existencia de una creciente conciencia de la crisis profunda que atraviesan la sociedad y la economía actuales, que ha puesto a muchos ante la necesidad de buscar una alternativa.

b) La existencia de prácticas sociales emergentes que parecen ser portadoras embrionarias de lo que buscamos.

c) Un conjunto de conocimientos teóricos y científicos útiles, resultantes del trabajo intelectual al interior de la propia disciplina económica.

d) Un conjunto de enseñanzas y elaboraciones doctrinarias conservadas y acumuladas en la Iglesia, que precisan la dirección de la búsqueda necesaria. Y junto a ello, innumerables experiencias y prácticas organizadas de acción social y pastoral de servicio y solidaridad, que la Iglesia ha desarrollado siempre como testimonio vivo del mensaje cristiano.

Muy brevemente por las limitaciones de espacio, podemos dejar anotados algunos principales contenidos de cada uno de estos elementos.

Sobre la crisis, su profundidad y amplitud, se ha hablado tanto que el mismo término “crisis” tiende a esfumar su contenido. Pero la crisis está presente, agudizándose de manea perceptible, adquiriendo las dimensiones de una crisis “orgánica”, global, que afecta las distintas dimensiones económica, social, política, cultural de la vida social, y la articulación entre ellas. En un capítulo anterior caracterizamos genéricamente esta crisis como un conjunto de procesos de deterioro tendencial de los equilibrios establecidos, que al mismo tiempo que se traducen en progresivos empeoramientos de la calidad de la vida y en una creciente desarticulación de las relaciones que integran los sistemas, crean la posibilidad de algún tipo de alternativa. A partir de la percepción que se difunde sobre esta crisis, dejamos anotadas sus manifestaciones y contenidos en varios planos:

a) Como deterioro tendencial de los equilibrios psicológicos a nivel de las personas, fenómeno que se expresa en un incremento de las neurosis, las psicopatías, las anomias y falta de sentido.

b) Como deterioro tendencial de los equilibrios sociales a nivel de los estados nacionales, que se expresa en el incremento de las pugnas corporativas, en la expansión del terrorismo, de la tortura, en la agudización de los conflictos socio-económicos, en la marginalización, en la creciente ingobernabilidad, etc.

c) Como deterioro tendencial de los equilibrios internacionales y planetarios, que se expresa en el armamentismo, el peligro nuclear, la pérdida de capacidad de acción de los organismos internacionales, la agudización de los conflictos económicos entre las naciones y entre las grandes corporaciones transnacionales, etc.

d) Como deterioro tendencial de los equilibrios ecológicos, que se manifiesta en la contaminación de los ríos y aguas, la extinción de especies vegetales y animales, la lluvia ácida, la deforestación, la erosión, la polución, etc.

Estos distintos planos de la crisis se sobreponen y refuerzan recíprocamente, creando una sensación de crisis generalizada. La conciencia colectiva que se desarrolla respecto de ella conduce a cada vez más amplios sectores a identificarla como resultado de un cierto tipo de desarrollo unilateral en lo económico y en lo político; a percibirla como crisis de un cierto tipo de civilización fundada en el individualismo, la acumulación de riquezas y de poder, en la gran industria y en el desmesurado crecimiento del Estado.

Es a partir de este diagnóstico de la crisis –asumido en distintos grados de explicitación y coherencia- que emergen por doquier una constelación de movimientos alternativos que aspiran y buscan activamente formas radicalmente distintas de vida. Entre tales heterogéneas búsquedas de lo alternativo podemos mencionar: los movimientos autogestionarios, diversas expresiones libertarias y creativas en el campo de la salud mental y física, desarrollo de tecnologías alternativas y apropiadas, organizaciones feministas, variadas expresiones de rebeldía, organización y creatividad juvenil, procesos de educación popular y “concientización”, los movimientos ecologistas y pacifistas, diferentes experiencias de renovación y búsquedas religiosas y espirituales, movimientos de renovación política, sindical cultural, etc., que buscan articular respuestas nuevas para los viejos problemas, etc.

A los sujetos y fuerzas que reaccionan al tomar conciencia de la crisis se agregan –como otro elemento en condiciones de contribuir a la tarea- aquellos grupos y organizaciones que en sus actividades y búsqueda representan una cierta anticipación germinal de lo nuevo, que de algún modo lo hacen ya presente en la realidad. Tarea intelectual relevante será entonces la de detectar las experiencias nuevas que puedan ser portadoras de la alternativa necesaria, y que contengan con fuerza expansiva aquellos valores solidarios, integradores, comunitarios y libertarios propios de la civilización del amor en proyecto.

Por lógica, esperaremos encontrarlos emergiendo desde la base social, especialmente en los sectores populares más pobres y marginados. Porque es más probable que surjan desde los sectores menos integrados con las estructuras dominantes, que tengan menos intereses comprometidos en la economía oficial, y que por sufrir más intensamente los efectos de la crisis están también más dispuestos a reaccionarle en profundidad.

Formas alternativas de empresas, organizaciones económicas populares, modalidades cooperativas y solidarias de hacer frente a los problemas y necesidades económicas, unidades autogestionarias, surgen y se desarrollan, de hecho, desde los sectores populares y marginales de las ciudades y del campo. En general, todas aquellas experiencias de economía popular, a través de las cuales se busca recuperar el control sobre las propias condiciones de vida, aunando esfuerzos y recursos, desplegando en la práctica una racionalidad económica distinta fundada en los valores de la comunidad, la ayuda mutua y la solidaridad.

Es lo que hemos denominado “economía de solidaridad”, cuya investigación analítica y elaboración teórica es el inicio y fundamento de nuevos desarrollos de la ciencia económica, que sirvan también para el potenciamiento práctico de las experiencias mismas.

Las ciencias económicas y sociales constituidas, no obstante las limitaciones que derivan de su vinculación orgánica a la civilización industrial y estatal en crisis, no dejan de aportar muy valiosos elementos cognoscitivos que pueden ser utilizados en la perspectiva de la economía solidaria y del desarrollo alternativo. En particular respecto a la economía teórica, lo que más sorprende es cómo, estando construida sobre fundamentos epistemológicos, antropológicos y éticos tan insuficientes, haya sin embargo elaborado tantos elementos de conocimiento y de proyectación útiles y aprovechables.

Todos estos elementos verdaderos y útiles contenidos en las disciplinas económico-sociales convencionales pueden ser rescatados, recuperados para una nueva elaboración científica superior, en la medida que sean liberados de las incrustaciones positivistas y materialistas que contengan y de las concepciones ideológicas interesadas que las rodean. Es lo que hicimos, por ejemplo, en los conceptos de mercado y desarrollo, y con el modelo de competencia perfecta.

Hay todo un saber acumulado por la humanidad que no ha dejado de enriquecerse durante la época moderna, en el cual es posible y necesario apoyar las nuevas elaboraciones y propuestas de transformación. Pues por más aguda y consistente que sea nuestra crítica, no puede llegar a ser descalificadora del esfuerzo gigantesco de indagación y análisis que han hecho generaciones de científicos y técnicos, cuyos resultados constituyen un patrimonio cultural inapreciable. Desecharlos sería una presunción inadmisible.

La elaboración intelectual necesaria para un cambio de civilización debe alcanzar autonomía respecto de la cultura y de la ciencia constituida; pero el logro de dicha autonomía no se verifica ni completa con la crítica, sino después que hayamos sido capaces de elevarnos hasta el vértice más avanzado del conocimiento y de la cultura que se quiere superar. Se es autónomo cuando la propia elaboración de la conciencia (individual y colectiva) alcanza un punto de vista nuevo y superior, no subordinable, desde el cual sea posible en cambio asimilar e integrar en posición subordinada todo desarrollo positivo, cualquiera sea su procedencia.

El cuarto de los “recursos” posibles de ser activados en la perspectiva del proyecto de la civilización del amor lo encontramos en la Iglesia misma. Sabemos que el mensaje cristiano tiene un contenido social intrínseco, con indudables implicaciones culturales, políticas y económicas. La exposición de este contenido a lo largo de los siglos ha ido madurando en una concepción de la economía como una actividad que debe estar ordenada al desarrollo de la persona en su relación comunitaria con los demás, y al mejoramiento de la sociedad en el respeto y promoción de la libertad personal. En tal marco se ha de buscar el establecimiento de las relaciones de justicia y solidaridad, valores que deben encarnarse especialmente en las distintas manifestaciones del trabajo humano como centro constituyente de la vida económica.

Traducido y aplicado a nuestro tiempo en la presente enseñanza social de la Iglesia, este mensaje contiene una potencialidad renovadora y transformadora de las estructuras económicas, que nos lleva a reconocer en ella una guía que orienta y señala la dirección de la búsqueda necesaria.

La Iglesia no se ha limitado a comunicar esta enseñanza social, sino que también se ha preocupado de testimoniar su preocupación por los pobres, los marginados, los enfermos y los oprimidos, a través del desarrollo de una amplia acción social. Esta se ha traducido en líneas de acción asistencial y promocional, dando lugar a la formación de instituciones y organizaciones en las que se combinan las acciones de servicio con los esfuerzos que los propios beneficiarios hacen por su recuperación y liberación, en un ejercicio concreto de la solidaridad. La inmensa experiencia acumulada en este terreno es de gran valor en la perspectiva de esta reflexión, y debemos considerarla junto a todos los elementos mencionados anteriormente como una de las fuerzas reales, orientadas y que pueden ser potenciadas en el proceso de construcción de una civilización del amor.


3. La contribución específicamente cristiana.

Al considerar en el parágrafo anterior lo pensado, enseñado y realizado por la Iglesia en el ámbito de los problemas económicos y sociales, nos hemos limitado a reconocer elementos que están en la realidad junto a otros –los tres “recursos” mencionados anteriormente-, y que podemos considerar formando parte del inventario de sujetos y fuerzas operantes que pueden ser potenciados en la perspectiva de construir una nueva civilización fundada en el trabajo y la solidaridad. Estamos aún en el ámbito de las reflexiones de tipo sociológico o histórico, sin entrar todavía al ámbito de la fe, del que esperamos un “algo más” que signifique aquél perfeccionamiento de lo humano y de lo histórico que mencionamos anteriormente. Es lo que intentaremos identificar ahora.

La condición humana en relación con los procesos de transformación histórica es siempre ambivalente, en el sentido que oscilamos entre el entusiasmo y la desazón, entre el optimismo y el pesimismo. En efecto, los hombres solemos pensar en grandes proyectos y en perfeccionados modelos sociales, pero evaluamos nuestras precarias capacidades para realizarlos y las dificultades inmensas que se interponen entre la realidad presente y el ideal perseguido. Como consecuencia de ello reducimos nuestras expectativas y nos negamos a pensar en objetivos muy perfectos que consideramos utópicos, esforzándonos por elaborar proyectos que nos parezcan viables y posibles; al mismo tiempo, reducimos también la tensión ética de nuestro actuar, y buscamos formas de actuación y de lucha que nos parezcan eficaces, aunque no sean perfectamente consecuentes con los ideales perseguidos. En otras palabras, buscamos acomodar tanto nuestro pensamiento como nuestra acción, a las que consideramos condiciones y posibilidades objetivas. No siempre alcanzamos un punto de equilibrio satisfactorio, y oscilamos en posiciones y opciones que contienen mayores o menores dosis de idealismo o pragmatismo. En tales condiciones, una gran mayoría de las personas teme que no valga la pena sacrificarse demasiado, esforzarse o dar la vida por algo de resultado tan incierto y de motivación tan insuficiente. Otros, como Prometeo, resisten y recomienzan después de cada tropiezo, con un esfuerzo voluntarista impresionante que se sostiene siempre a costa de sacrificar algo de lucidez.

Los cristianos no somos ajenos a esta condición humana; al contrario, nuestra fe nos hace vivirla aún en términos más radicales. En efecto, el evangelio nos pone en una situación paradójica especial. Por un lado nos plantea los ideales, objetivos y proyectos más grandiosos, tales que desde un punto de vista puramente humano no vacilaríamos en calificar como “utópicos” e irrealizables. Tal es el caso, en particular, de nuestra civilización del amor y del trabajo. Por otro lado, somos precisamente los cristianos los más conscientes de las limitaciones intrínsecas del hombre, porque conocemos el pecado que nos coarta la libertad, la solidaridad, la creatividad y el esfuerzo de trabajar. Como sabemos esto, no mitificamos nunca las experiencias sino que las miramos con ojos particularmente críticos y vigilantes (pero por la misma razón debemos valorar como un don precioso que cultivar, hasta las más pequeñas expresiones de la solidaridad, la libertad, la creatividad y el trabajo humanos). La situación se nos complica ulteriormente porque nuestra fe nos exige plena consecuencia con lo que pensamos y rigurosa fidelidad con los modos de actuar exigidos por el evangelio; en otras palabras, se nos acentúa y exacerba el problema de la desproporción entre los fines y los medios, y no se nos consiente el acomodamiento en algún término medio humanamente satisfactorio.

El tema da para reflexiones y análisis en varios planos, desde el específicamente teológico del significado del reino de Dios y su relación con la historia humana y con la Iglesia, hasta el de la inserción concreta de los cristianos en determinados movimientos sociales y políticos. No es del caso profundizar aquí tales análisis, abundantemente examinados en la literatura religiosa, en la teología y en los documentos magisteriales de la Iglesia. Nos interesa en cambio precisar la contribución específica que podemos hacer los cristianos al proceso de desarrollo y transformación que hemos enfocado en los capítulos anteriores, tanto a nivel de las unidades de base o microsociales como de los procesos globales que involucran a la sociedad en general. Podemos resumir este aporte en los siguientes puntos:

a) Un enfoque permanentemente crítico y desmitificador. El cristiano no es ingenuo; no cree que hayan existido, ni que existan en algún lugar de la tierra, ni que existirán en el futuro histórico, sociedades perfectas, como resultado de la pura acción de los hombres. Las creencias en sociedades perfectas, en superhombres, en actores sociales que salvan (sean líderes carismáticos, clases sociales o Estados), en actividades humanas que aseguran la felicidad futura (sea la economía, la política, la tecnología o la cultura), en estructuras y sistemas sociales definitivos, en organizaciones (por pequeñas que sean) donde se cumplan todas las aspiraciones del hombre, son consideradas creencias míticas, esperanzas falsas, ideologías ilusorias. Pero atención; ello no es el resultado de un pesimismo histórico sino en cierto modo de lo contrario: creemos que el hombre y la sociedad estamos llamados a un destino superior a todo lo que podemos inventar, que es la realización del designio que para nosotros tiene y nos ha preparado el que nos creó. Ante todos aquellos proyectos y expectativas humanas, los cristianos no decimos que sea mucho sino que son demasiado poco. Por eso los criticamos y desmitificamos, esforzándonos por evitar que pongamos nuestras esperanzas y nuestro corazón en algo que, aún si lo realizáramos, nos dejaría insatisfechos.

Nuestra conciencia del mal y del pecado que nos afecta viene a reforzar nuestro enfoque crítico y desmitificador. Esta conciencia no es una afirmación que los cristianos consideramos como primaria, sino secundaria y derivada de la anterior sobre el bien superior al que estamos llamados. Somos conscientes del pecado porque nos medimos con el proyecto que Dios tiene para nosotros, que es la comunión en el amor y en la verdad. A partir de allí descubrimos nuestros límites e insuficiencias; las relevamos en nosotros mismos y las vemos reaparecer también en nuestras obras en el resultado de nuestra acción. Ello nos da un motivo adicional que refuerza nuestra actitud permanentemente crítica y desmitificadora, pues no podemos dejar de percibir y de asumir lo que nos falta. Nuestra crítica se traduce en una actitud exigente y autoexigente. No podemos estar plenamente conforme con lo que hacemos y proyectamos; alguna distancia debemos tomar siempre tanto de nuestros proyectos como de nuestras realizaciones.

b) Un compromiso a fondo con lo real, con el hombre y la comunidad. La distancia crítica que los cristianos tomamos respecto a nuestros proyectos y realizaciones no lleva a evadirnos en el más allá ni a desvalorizar la realidad humana y social. Por el contrario, la actitud permanentemente crítica y desmitificadora consiste precisamente en impedirnos toda evasión de nuestra real y efectiva condición humana; implica asumirnos en lo que somos: seres abiertos a la trascendencia y simultáneamente limitados en nuestras posibilidades. No podemos negar nuestra apertura y aspiración a un mundo nuevo y perfecto, ni nuestras limitaciones y resistencias al cambio. Asumiendo ambas dimensiones, sabemos que todo se juega en la vida concreta de los hombres y en la historia real de la sociedad; cualquiera sea el designio de Dios para su creación, se trata de un designio para ésta, o sea, para el mundo, el hombre y la sociedad. Dios se hizo hombre para salvar al hombre, entró en nuestra comunidad y en la historia para proyectarlas, se relacionó con la naturaleza como una parte de ella para perfeccionarla; no para que dejáramos de ser lo que somos: hombres, sociedades, naturaleza.

A diferencia de todas las demás religiones, nuestra fe nos lleva a un compromiso radical con lo concreto: la vida particular de cada hombre, y cada acontecimiento de la comunidad, interesan y comprometen la realización del proyecto cristiano. Nunca nadie le ha dado tanto peso a los hechos humanos, ni ha considerado con tanta seriedad la historia de la sociedad, como quienes creemos que en todo lo nuestro transitorio y coyuntural está presente una dimensión divina, definitiva y eterna, la cual no es independiente sino que se encuentra de algún modo misterioso condicionada por nuestras decisiones y acciones.

Esto hace del cristiano un hombre especialmente comprometido, atento a todo lo positivo que puede encontrarse en la vida, en el trabajo, en la comunidad, para liberarlo y llevarlo aún más allá; y vigilante de todo lo negativo que oprima y rebaje al hombre y a la sociedad, para superarlo. Comprometidos en lo económico, en lo político, en lo cultural, nada nos es extraño. Estar comprometido con algo significa amarlo profundamente. En el compromiso se expresa, pues, la virtud (la fuerza) del amor, centro y fundamento del mensaje económico.

c) Una actitud de esperanza. Los cristianos tenemos la esperanza, esto es, la certeza de que se realizará el designio de Dios para los hombres, la sociedad y la creación entera. En otras palabras, creemos que nos espera realmente un reino de paz, justicia y amor, el cual se realizará infaltablemente porque nos ha sido prometido como un don, obra del mismo Dios y no nuestra. Este regalo que Dios nos ha prometido a los hombres es, en definitiva, la realización trascendente de aquellos ideales de perfección que los cristianos no dejamos de afirmar no obstante la conciencia que tenemos de nuestras limitaciones y pecado; porque tenemos esta esperanza criticamos y no aceptamos como suficientes los proyectos utópicos que podamos forjarnos los hombres. Realización trascendente, o sea, que no se cumplirá plenamente en esta vida e historia; pero que no es tampoco un puro “más allá”: el regalo de Dios, su reino, comenzó con Jesucristo y está presente en nuestra vida e historia humana. La comunión en el amor y en la verdad no es plena en esta vida, pero es aquí real y se manifiesta en nuestras comunidades cada vez que compartimos solidariamente y en la verdad; en efecto, Jesús nos prometió estar con nosotros cada vez que así sucede. La civilización del trabajo y del amor puede ser entendida como la expansión en la sociedad de esto que ya sucede en las comunidades.

Aunque pensamos que esto no llegará a ser nunca pleno y completo en la historia por la realidad del pecado, sabemos que son posibles y viables numerosas anticipaciones del Reino, a saber, realizaciones parciales pero efectivas de relaciones humanas solidarias y generosas: el amor, la verdad, la belleza, la unión, el bienestar, la alegría, como resultado de nuestras búsquedas y esfuerzos a través de los cuales Dios mismo se nos da gratuitamente. La esperanza cristiana nos pone en una actitud constructiva y creativa, que busca siempre lo nuevo y está abierta a los cambios; que no teme al futuro por la sencilla razón de que cree que en la historia está presente una fuerza vital y amorosa que nos atrae y nos llama. Pocas razones para confiar en el futuro, en lo nuevo y en los cambios, tendríamos si creyésemos que la historia es el fruto exclusivo del operar de las fuerzas inmanentes (y entrópicas) que conocemos.

Nuestra esperanza no se confunde con un optimismo fácil en que el éxito histórico coronará inevitablemente nuestros esfuerzos. Por el contrario, nuestra esperanza se mantiene aún en medio de la experiencia del fracaso y de la cruz, que son necesarias también en la economía del Reino, para que no nos detengamos en ninguna estación intermedia. Como escribe San Pablo: “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. (...) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (...) Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rom. 8, 28, 35-39).

d) La fuerza específica de la fe. La fe no es la recitación convencida de un credo, sino la presencia activa y operante de Cristo en la historia por intermedio nuestro. La fe es fuerza eficiente; por eso la fe sin obras nada vale y no es verdadera. Esta relación estricta que el cristianismo establece entre fe y obras tiene dos sentidos, que ponen de manifiesto simultáneamente como la fe es presencia activa de Dios en nuestra vida. Por el primer sentido se nos hace ver que la fe sin obras es vacía:

“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentáos y hartáos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: “Tú tienes fe? Pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe”. ¿Tú crees que hay un sólo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el Altar? ¿Ves como la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?” )Santiago, 2, 14-22).

Por el segundo sentido se nos hace ver que “la fe mueve montañas”. “Yo os aseguro: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. (Es palabra de Dios, Juan 14, 12-14). Hay muchos textos al respecto: pero este es suficiente, pues nos da el sentido justo que completa el significado de la fe como fuerza específica que los cristianos debemos “hacer pesar” en nuestra acción histórica concreta, junto a las virtudes (fuerzas) del amor y de la esperanza. Nos induce además, muy adecuadamente, a nuestra siguiente reflexión en la que intentaremos aterrizar lo expuesto hasta aquí al terreno concreto de la acción social en la perspectiva de la economía de solidaridad.


4. Sobre la acción de la Iglesia y la pastoral de solidaridad.

Ya destacamos la contribución de los cristianos y de la Iglesia al surgimiento de muchas experiencias que integran la economía popular solidaria, la autogestión y el cooperativismo en nuestro país y también en los otros países latinoamericanos la acción molecular de las comunidades cristianas de donde surgen iniciativas organizativas y de ayuda fraterna, y la acción más institucionalizada de numerosos centros e instancias de acción social o de pastoral de solidaridad, constituyen elementos significativos del proceso de gestación, formación y desarrollo de la economía alternativa que hemos analizado. Me asiste, sin embargo, el convencimiento de que lo hecho hasta ahora es sólo un comienzo, que incluso se manifiesta en muchas ocasiones como ambiguo y vacilante. Sorprende a veces la falta de conciencia en lo que se hace, inseguridad que a menudo lleva a recaer en las viejas prácticas asistencialistas que generan dependencias, y que otras veces termina en una orientación “reivindicacionista” en términos tales que se espera la solución “definitiva” de los problemas en base a alguno de los modelos económicos predominantes (sea la economía privada capitalista o el Estado benefactor).

En los análisis que hemos hecho en los capítulos anteriores, en torno a la racionalidad económica y a la eficiencia propia de estas formas económicas solidarias, a sus capacidades de autonomía y expansión, a su posible inserción en procesos globales de transformación social, política y económica, y a sus potencialidades de participar en una perspectiva de desarrollo alternativo, es posible encontrar fundamentos y razones para una recuperación de la confianza en lo que se hace, y para su valoración y el reconocimiento de su importancia en el contexto de la profunda crisis que experimentan la sociedad contemporánea y las formas tradicionales en que se ha planteado la acción transformadora.

Pero a todo ello queremos agregar aquí algunas reflexiones que nacen de la consideración interna de la acción social de la Iglesia (o pastoral de solidaridad como a veces se prefiere denominarla), cuyas motivaciones profundas provienen no sólo de la dinámica social e histórica sino también de nuestros propios presupuestos cristianos.

La acción social de la Iglesia se inspira en el ejemplo y en las enseñanzas de Jesús, que nos proporciona orientaciones muy claras sobre el modo en que debemos actuar ante las carencias y estados de necesidad en que se encuentran las personas. Consideremos en primer lugar las prácticas; en efecto, ante las carencias y necesidades humanas Jesús no permanece indiferente, sino que actúa: sana a los enfermos, multiplica los panes y los peces, expulsa a los demonios. El teólogo Sergio Silva G. ss.cc, escribe: “Puede se útil observar la forma como Jesús hace sus ´milagros´, que podemos considerar como su forma de acción social. (...) Los milagros de Jesús manifiestan también otra serie de aspectos que nuestra acción social puede tratar de asimilar o imitar. Sin entrar en el detalle de cada curación, podemos ver que todas ellas hacen que las personas beneficiadas pasen de un estado en que su vida carece de algo importante (salud, capacidad de decisión personal, alimento) a un estado en que esa carencia se supera. Dicho en forma muy simple, los milagros de Jesús son humanizadores. Por otra parte vemos que esa humanización no la da Jesús de manera paternalista, sino que habitualmente incorpora la acción del propio beneficiario. De partida, son los enfermos y necesitados (o sus parientes y amigos) los que acuden a Jesús para pedir favores muy precisos: la acción de Jesús es respuesta a esta petición. Dicho de otra manera, el diagnóstico no lo hace Jesús sino la gente. Pero la acción de los beneficiados no termina aquí, sino que se extiende también al beneficio mismo. Esto se ve claramente en la multiplicación de los panes y de los peces, hecha a partir de lo que un muchacho pone a disposición de Jesús, y en muchas curaciones, en las que Jesús subraya: “Tu fe te ha salvado”. En otras palabras, Jesús incorpora al beneficiario en su “´acción social´ (...) Si entramos ahora en el detalle de las curaciones milagrosas de Jesús, podremos explicitar mejor su finalidad humanizadora, que va mucho más allá de un mero devolver la salud (en las curaciones) o la capacidad de decisión personal (en la expulsión de los demonios) (...) Vemos que la humanización que Jesús busca con sus milagros es el paso a la plena comunicación y al servicio mutuo, el salir de la marginalidad social y de lo que lleva a la muerte al individuo, el restablecimiento de la plena dignidad del hombre, imagen de Dios y dueño de sí. Es decir, es la búsqueda del pleno desarrollo del hombre en su doble dimensión espiritual y material” (19).

Siguiendo esta misma línea de meditación podemos agregar algunas otras características de la acción social. La multiplicación de los panes y los peces merece una consideración especial desde este punto de vista. En los evangelios encontramos seis versiones de la multiplicación de los panes, pues Mateo y Marcos narran una primera y una segunda multiplicación.

En Juan leemos que Jesús pregunta a Felipe: “¿Cómo vamos a comprar pan para que coman éstos? (...) Felipe le contestó “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco”. Le dice a uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?” (Juan 6, 5-9) Vemos aquí que se hace un análisis de la situación: se identifica el problema, se analizan los costos de una situación convencional y se concluye que esa solución no es viable; se hace un recuento de los recursos disponibles que están en manos de los propios necesitados.

En Marcos la elaboración del diagnóstico sigue un curso un poco distinto: “Se le acercaron los discípulos y le dijeron: el lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer”. Ellos le dicen: “¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”. El les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Después de haberse cerciorado le dicen: “Cinco, y dos peces” (Mc. 6, 35-38). Vemos que los discípulos no querían hacerse cargo del problema, y Jesús les hace ver que eso no está bien, que deben asumir y resolver la carencia de alimentos de la gente. La identificación de los recursos disponibles fue el resultado de toda una búsqueda o investigación que el mismo Jesús les encarga.

Mateo nos da otro dato, y es que la primera alternativa propuesta por los apóstoles, de hacer que la gente se fuera a los pueblos no era viable por ser inhumana: hacía tres días que no comían, y Jesús teme “que desfallezcan en el camino”. En Marcos se precisa aún: “Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos”.

Tampoco faltaron los desanimados y derrotistas: “Sus discípulos le respondieron: ¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” (Mc. 8, 4). “Cómo hacernos en el desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande” (Mt. 15, 33); esta última es la opinión de quienes pensaban que el problema social que enfrentaba era tan grande que no valía la pena siquiera intentar hacer algo; si no podemos solucionar el problema para todos sino sólo a unos pocos ¿para qué hacer el esfuerzo? Son muchos los que piensan así también hoy.

Por Lucas conocemos otra opinión, que también fue descartada: “A no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Esto es descartado ¿porque no era viable, o porque Jesús no considera como verdadera alternativa una solución paternalista y de asistencialismo convencional?

Examinemos ahora la solución que Jesús da al problema. Encontramos aquí varios elementos de gran interés en función de nuestra acción social. El primero de ellos es que se utilizan los panes y peces disponibles; esto es, los recursos que estaban en manos de los mismos beneficiarios. Esos recursos son ofrecidos voluntariamente por quienes los tenían, que estaban abiertos a compartirlos. Mirado desde otro punto de vista, podemos ver que las personas necesitadas recibieron gratuitamente una donación de recursos (muchos panes y peces) que se sumaron a los recursos que ellos mismos habían juntado y puesto en común previamente.

Un segundo elemento, claramente destacado por los evangelistas, es el proceso de organización que antecede a la multiplicación de los panes y los peces. “Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos sobre la verde hierba. Y se acomodaron por grupos de a cien y de cincuenta” (Mc. 6, 39-40). Forman grupos no demasiado numerosos. Si eran cinco mil personas, como señalan los textos, han debido formar cien grupos de a cincuenta. No fue un proceso simple, debe haber ocupado algún tiempo. Si en el texto citado la idea de grupos de a cincuenta o cien surge de la propia gente, en Lucas la indicación es hecha por el mismo Jesús: “El dijo a sus discípulos: Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos” (Lc. 9, 14-15). Cualquiera haya sido el origen de la idea, lo cierto es que resulta no sólo muy adecuada y eficiente, sino además favorable a la convivencia y al compartir comunitario. Una solución no organizativa, quizás incluso más rápida pero menos participativa y comunitaria hubiera sido la tan espontánea de “formar filas”, para que cada uno fuera pasando por el lugar de repartición. El proceso organizativo requiere más trabajo, pero es sin duda más satisfactorio. La enseñanza que se quiere transmitir es clara.

Un tercer elemento, estrechamente vinculado al anterior, está en el trabajo que los discípulos incorporan a la solución del problema. “Partiendo los panes se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (Mt. 14, 19). “Los partió e iba dándolos a los discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente” (Mc. 8, 6). No está del todo clara la modalidad del milagro. Por un lado, todos los evangelistas señalan la participación activa de los discípulos; lo hacen explícitamente. No parece ser que Jesús haya multiplicado los panes en un sólo lugar, todos juntos, pues hubiera sido tan notable que al menos uno de los evangelistas lo hubiera así consignado. Parece más bien que al partir un pan se hacían dos; y dada la cantidad, parece también que el trabajo de partir los panes lo realizaban también los discípulos. Cualquiera sea el caso, la multiplicación de panes y peces no fue el resultado de pronunciar unas palabras o alguna fórmula prodigiosa, sino el acto concreto y práctico de partir esos alimentos, o sea, de prepararlos para su utilización y consumo.

El cuarto elemento, vinculado a los dos anteriores, es el hecho mismo de la multiplicación de los recursos disponibles. Los recursos eran escasos, pero se verifica un proceso multiplicador. Como en las ollas comunes, comedores populares, y otras organizaciones económicas populares, los recursos iniciales son escasos, absolutamente insuficientes para satisfacer las necesidades de todos los participantes; pero la organización y el trabajo realizado compartidamente implican un proceso multiplicador, tal que los recursos se reproducen de manera ampliada. El efecto “multiplicador” de las donaciones es perseguido por todas las instituciones donantes interesadas en el desarrollo. En la acción social, el efecto multiplicador es el resultado de la organización y del trabajo compartido, junto al “factor comunidad” que demuestra tener también efectos productivos reales.

El quinto elemento que destaca en esta “acción social” de Jesús es la eficacia y eficiencia de la obra, que lleva a la efectiva satisfacción de las necesidades humanas que la motivaron. “Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos” (Mt. 14, 20). “Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos”, reitera Lucas. Como vemos, no se demuestra el menor temor a la satisfacción plena de la necesidad, e incluso a la acumulación de los excedentes para satisfacer necesidades más adelante. En otras palabras, fue buscada la abundancia y no la sobriedad. En efecto, Jesús pudo haber multiplicado panes justo lo suficiente para evitar que desfallecieran, o sólo lo necesario para que todos comieran normalmente. En cambio todos los evangelistas señalan que comieron “hasta saciarse” y que hubo excedentes sobrantes. Pero nada se perdió; lo que sobró fue cuidadosamente recogido; y no por cicatería de las gentes sino por mandato expreso de Jesús: “Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda” (Juan 6, 12). Es una actitud de respeto y cuidado de los recursos y bienes materiales, que no han de ser despilfarrados ni siquiera cuando se abunda en ellos, pues siempre hay quienes tienen necesidad y porque las necesidades humanas son recurrentes.

El sexto elemento que destaca en esta acción social de Jesús es la explícita referencia a la fe, hecha al comienzo por El mismo que, con los panes y peces en sus manos “levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición” (Mt. 14, 19). Referencia al creador, acción de gracias y bendición. Por otra parte, el proceso mismo suscita la fe en el pueblo: “Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo” (Jn. 6, 14).

Así el evangelista Juan pone de manifiesto como el encuentro de la gente con la acción social de Jesús despierta la adhesión al redentor. Es lo mismo que señala Jesús en otras ocasiones: la gente reconocerá que son sus discípulos al ver como se aman.

Sin embargo, y este es el séptimo elemento de esta acción social, Jesús no entiende la satisfacción de las necesidades ni la obra realizada como un medio o instrumento para atraer las gentes a su servicio, ni mucho menos para obtener prestigio o poder. En efecto, los evangelistas consignan que Jesús despidió inmediatamente después a la gente. No aprovechó para hacerles un discurso final. “Despidiendo luego a la muchedumbre, subió a la barca y se fue al término de Mogadán”. (Mt. 15, 39).

El asunto merece un análisis más detenido, porque este fue un momento delicado y confuso de la situación. Da la impresión de que los discípulos se vieron tentados de aprovechar la ocasión, porque Jesús tuvo que obligarlos a irse. “Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente” (Mt. 14, 22). Juan señala que Jesús tuvo más bien que huir porque la gente, después de apreciar lo que había hecho, quería convertirlo en líder político. “Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Juan 6, 15). Aquí se nos enseñan dos cosas decisivas. Por un lado, que Jesús no pretende reemplazar a los hombres en sus obligaciones diarias: la acción social de la Iglesia no debe reemplazar la acción normal de los hombres para resolver sus necesidades, que es la organización de empresas y demás formas de trabajo. Por otro lado, Jesús no acepta el reconocimiento de las gentes que quieren aclamarlo por lo que hizo, sino que los despide en vez de llamarlos, los obliga a irse en vez de mantenerlos como clientela para su predicación, huye al monte solo en vez de aceptar obtener resultados políticos con su acción. No crea instituciones poderosas de acción social, sino que, como termina Mateo, “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí”. Esta insistencia de éste y los demás evangelistas en el hecho de quedar solo es de la más alta significación.


5. Acción asistencial y acción promocional-liberadora.

La solidaridad cristiana se extiende a todos los hombres, desplegándose diferenciadamente según las situaciones, condiciones y necesidades de cada cual. Hay situaciones en que las carencias y necesidades son tan graves y extremas que las personas necesitan simplemente ser asistidas, sin que sea posible que desplieguen capacidades propias para hacer frente a sus problemas. La acción meramente asistencial, como parte de la acción social de la Iglesia, parece ser una necesidad permanente.

En el evangelio encontramos orientaciones bastante claras y precisas para este tipo de acción social. Ellas se concentran y explicitan particularmente en la parábola del buen samaritano: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente bajaba por aquél camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio, le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”. (Lc. 10, 30-35).

Lo primero que resalta y que ha sido siempre relevado es el compromiso del samaritano con el necesitado, la intensidad de su compromiso. El buen el buen samaritano es el hombre que ve al necesitado y no pasa de largo como frente a algo que no le atañe, sino que se siente involucrado y actúa; ello supone una disposición interior: él no está centrado en sí mismo sino abierto a los demás, dejándose desafiar por la situación de los hombres con quienes se encuentra.

Pero en la parábola hay más que esto. Jesús no nos enseña con ella sólo el compromiso verdadero e intenso, sino que nos dice mucho también sobre el modo de comprometerse y de actuar. En efecto, encontramos una descripción minuciosa de lo que el samaritano hace. Si hubiese querido resaltar sólo el compromiso y su intensidad, el samaritano podría haber tenido compasión, curando las heridas, podría haberlo llevado consigo a su casa y atendido hasta que se encontrara recuperado. Pero no es esto lo que nos dice el evangelio. Se nos muestra, en efecto, un acto asistencial eficiente. Se nos dice que, después de haberle proporcionado una atención de urgencia, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada, donde paga dos denarios al posadero y cubre los gastos del cuidado que le encarga. Dicho en otras palabras, utiliza sus recursos económicos (medio de transporte, y especialmente se releva el uso del dinero), y contrata una atención más especializada, que probablemente él no estaba en condiciones de ofrecer. El samaritano se va a cumplir sus propias tareas, indicándose solamente que va a volver para saber el resultado y cubrir eventuales costos adicionales.

Así, no ha generado dependencia del beneficiario ni ha dejado de cumplir sus propias tareas, y al mismo tiempo ha mostrado precisión y eficacia en su acción asistencial. El hombre asistido se ha recuperado, ha dejado atrás su estado de necesidad, se ha reincorporado a la vida civil en el uso de sus propias facultades; o bien podría suceder también que la necesidad de asistencia por parte del posadero se prolongara e hiciera incluso permanente. No lo sabemos: pero cualquiera sea el caso, el samaritano ha actuado en la forma más racional y eficiente que pudiera pensarse.

Esto es muy importante resaltarse. Porque a veces sucede que la búsqueda de la eficiencia en la acción se percibe como si fuera en cierto modo contrapuesta a la solidaridad y el compromiso. Tal concepción debe ser superada, lo que se logra precisando los conceptos mismos de solidaridad y compromiso por un lado, y de eficacia y eficiencia por el otro. Eficiencia significa alcanzar el máximo de los objetivos y beneficios buscados, utilizando en la mejor forma los medios, capacidades y recursos disponibles. La solidaridad y el compromiso, por su parte, no son una debilidad sino una fuerza o energía que impulsa a la acción y al logro de ciertos objetivos deseados. La eficiencia es el resultado o consecuencia del compromiso solidario; donde hay escasa eficiencia, esto es, un deficiente uso de los medios y capacidades disponibles, es probable que la solidaridad y el compromiso que sustentan la acción hayan sido también deficitarios. Una acción social que demuestra ser eficiente está mostrando que es también verdaderamente solidaria y comprometida.

Evidentemente, esto vale tanto para la acción asistencial como para la acción promocional-liberadora. Pero los problemas de esta última son más complejos, y valen sobre ella gran parte de los análisis que hemos venido haciendo. Hay un punto que merece especial meditación, y es el que nos ha llevado a hablar no sólo de acción “promocional” sino a asociarle el concepto de acción “liberadora”. Esto tiene que ver con la cuestión de las etapas o fases por las que puede ascenderse, a partir de situaciones de necesidad y dependencia, a situaciones de autonomía y libertad.

A menudo se distingue entre acción promocional y acción política, o entre promoción humana y acción organizada tendiente a la transformación de las estructuras generales de la sociedad. El tema es bastante crucial, y a lo largo de este libro hemos fundamentado un enfoque unitario según el cual lo promocional y lo estructural no son procesos separados sino momentos y dimensiones de un proceso único que se hace en lo particular y se proyecta a lo global. En este capítulo final, en el curso de una reflexión que encuentra sus fuentes en el evangelio y en las enseñanzas de Jesús, podemos encontrar una luz adicional y especial, también sobre este tema. La encontramos en la parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30) o de las minas (Lc. 19, 12-27).

Se trata de dos parábolas distintas, o de dos versiones de una misma parábola. Para nuestros efectos, podemos analizarlas unidamente; y es necesario advertir que no propondremos una interpretación teológica sino que haremos de ellas una reflexión libre, que podemos considerar como bastante laica pero que quizás pueda aportar algún elemento novedoso a la teología de la política y de la liberación.

Los personajes de la parábola son: a) un hombre dueño de su hacienda, un noble, que se ausenta del país para recibir su investidura real y volverse (Lc.); b) algunos ciudadanos que conspiran contra él porque no lo desean como rey (Lc.); c) los siervos, a los cuales se les encomienda la hacienda (Mt.) y se les encarga negociar hasta que vuelva el señor, entregándoles concretamente la administración de diez minas (Lc.) o de talentos (Mt.) distribuidos entre los siervos en proporción a sus capacidades.

Con estos personajes, se desarrolla un drama complejo, que implica distintas acciones y actuaciones de los personajes, y distintos resultados y efectos de las mismas. Tres son las situaciones que se crean.

Por un lado, la acción de los conspiradores, cuya subversión queda al descubierto y termina con su ruina y muerte (Lc.).

Por otro lado, la acción de aquellos siervos que fueron temerosos y pusilánimes, que no aprovecharon los recursos que habían recibido sino que los guardaron sin hacerlos fructificar. Lo que tenían les fue quitado, junto con ser severamente amonestados. Es interesante observar que lo que lleva a estos siervos a la pasividad fue el temor y la dependencia, la falta de autonomía. Ellos quisieron congraciarse con su señor: “sabía que eras un hombre severo, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo” (Mt.). Son personas conscientes de la explotación de que son objeto en cuanto trabajadores o siervos; no quieren sin embargo cambiar las cosas, porque no se creen con las capacidades de actuar por cuenta propia. Sumisos, piensan que es posible mantener el statu quo, que aunque injusto, lo aceptan y no les incomoda tanto como el sacrificio de la acción autónoma.

Por último están los que aprovecharon la ocasión de haberse quedado sin patrón y tenido la oportunidad de desarrollar las actividades (negocios) por cuenta propia. La situación de ellos había cambiado: habían dejado de ser siervos asalariados, porque el dueño de la hacienda ya no estaba; puede entenderse también en el sentido de que el Estado se había retirado, dejándolos simultáneamente sin empleo y sin protección. Pero tenían talentos y capacidades propias, y además, recibieron recursos económicos concretos (las minas, los talentos) con la explícita tarea de negociar con ellos, es decir, de hacerlos producir y reproducir. El resultado de esta actividad económica fue diferenciada, es decir, no todos tuvieron el mismo éxito o igual rendimiento. Según la versión de los talentos, produjeron en proporción a lo que habían recibido: el que recibió cinco talentos había producido otros cinco, el que había recibido dos generó otros dos. Según la versión de las minas, todos habían recibido igual cantidad: una mina por hombre, pero administrada por uno había producido diez, por el otro cinco. En esta segunda versión, la diferencia corresponde no a los recursos recibidos sino a las capacidades de gestión de cada cual.

Pues bien, el efecto de estos resultados es que los siervos dejan de serlo, y adquieren la calidad de hombres libres. En la versión de los talentos el resultado es: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt.). La versión de las minas es leve pero significativamente distinta: “¡Muy bien, siervo bueno! Ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades. Vino el segundo y dijo: Tu mina, Señor, ha producido cinco minas. Dijo a éste: “Ponte tú también al mando de cinco ciudades” (Lc.).

Encontramos aquí dos relaciones importantes y explícitas: la primera es la relación entre lo pequeño o mínimo y lo grande, o entre lo poco y lo mucho. Se avanza de lo pequeño a lo grande; el desarrollo de la capacidad de administrar pequeños negocios o empresas capacita para hacerlo después en tamaños grandes. Hay una promoción de un nivel a otro (correspondientes a distinta escala) cuyo fundamento ha sido el éxito logrado en la primera. Esta idea se refuerza claramente por la proporcionalidad del premio con los resultados mayores o menores alcanzados anteriormente. Lo que esto nos enseña respecto a la relación y el nexo existente lo micro y lo macro es evidente. ¿Cómo pasar de lo chico a lo grande? es una pregunta que se plantea siempre entre quienes trabajan a nivel de la acción social.

La segunda relación, explicitada en la versión de las minas, es aquella que procede de la administración de las minas al gobierno de las ciudades; esto es, de la realización de actividades económicas al cumplimiento de funciones de gobierno de ciudades (o sea de hombres, o también del control sobre las cosas al control de las propias condiciones de vida, o autogobierno y autonomía). También aquí hay una proporcionalidad; el que produjo diez minas adquirió el gobierno de diez ciudades, y el que cinco minas cinco ciudades. La idea de que tal promoción es el resultado del desarrollo de las propias capacidades es, pues, evidente. Y es muy cierto que no se puede aspirar a la administración de ciudades y pueblos si no se está en condiciones de administrar y dirigir organizaciones pequeñas.

La organización y dirección de organizaciones populares, de unidades económicas, capacita para emprender tareas de mayor responsabilidad a nivel político o de gobierno. Esta relación no es sólo cuantitativa, sino también cualitativa: se puede esperar que gobiernen democráticamente las ciudades sólo quienes hayan demostrado capacidad de gestión democrática de las organizaciones o unidades pequeñas, en las que se han preparado y desarrollado. En este sentido, hace bien el señor que entrega el gobierno de las ciudades a los siervos buenos y fieles y no a aquellos conspiradores, “ciudadanos que odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: No queremos que ese reine sobre nosotros” (Lc.).

Estas parábolas tienen, sin duda, una interpretación teológica más espiritual, referida a los dones y gracias del Espíritu; pero es difícil pensar que no tengan referencia también explícita a los talentos y capacidades puramente humanas. Es la unidad del hombre que resulta iluminada por ellas. Hay al respecto un distinto énfasis en ambas versiones. En Mateo (talentos) la dimensión espiritual es más explícita; en Lucas (minas, gobierno de ciudades) la dimensión histórica es tan marcada que una reflexión como la expuesta surge espontáneamente. Podemos pensar que la promoción y la liberación humana e intra-histórica, siempre parcial, limitada e insuficiente, es anticipación, figura, anuncio, de la esperanza en la promoción y la libertad plenas y sin límites que aspiramos recibir en Cristo resucitado.


(19) S. Silva G. ss.cc. La acción social de la Iglesia: perspectiva teológica; en Seminario de obispos sobre
acción social, Conferencia Episcopal de Chile, Depto. de Acción Social, Santiago, 1984, págs. 23-24.