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CAPITULO I EL SURGIMIENTO DE UNA NUEVA ECONOMÍA POPULAR SOLIDARIA: ORÍGENES, COMPONENTES E IDENTIDAD

1. Los antecedentes y condicionamientos del proceso organizativo.

Desde hace algunos años -más exactamente, desde la implantación del actual régimen económico-político-, se han venido desarrollando en el país diferentes experiencias de organización popular solidaria, que presentan características y estilos de acción distintos a los de otras formas tradicionales de organización popular como el sindicalismo y las organizaciones poblacionales y reivindicativas.

Las experiencias organizativas de que hablamos son muy variadas, y responden a todo un proceso de experimentación social altamente creativo: talleres laborales, grupos de autoayuda, comprando juntos, huertos familiares y comunitarios, ollas comunes poblacionales, grupos precooperativos de vivienda, grupos de ahorro, comités de damnificados, comités de deudores, círculos de salud popular, colonias urbanas, comunidades campesinas, agrupaciones autogestionadas y cooperativas de campesinos, de pirquineros, de pescadores artesanales, de artesanos, etc.; y variadas iniciativas surgidas de la capacitación popular, de la búsqueda de tecnologías apropiadas, de acciones de subsistencia, de la ayuda fraterna en las comunidades eclesiales, y de otras actividades que han dado lugar a la formación de organizaciones que desarrollan algún tipo de actividades económicas. Más adelante proponemos una descripción y un esquema de clasificación de estas múltiples y dispares experiencias, cuya enumeración hemos adelantado solamente para indicar desde el comienzo el sujeto de nuestros análisis.

A un cierto subconjunto de estas iniciativas, experiencias y organizaciones las hemos denominado “nuevas organizaciones económicas populares -OEP-”(1), sigla que si bien no refleja completamente lo que ellas son (ninguna sigla puede ser suficiente para dar cuenta de realidades complejas), tiene el mérito de permitir referirse a ellas como fenómeno social y organizativo que tiene alguna identidad.

De todas maneras, el sujeto de nuestro análisis y reflexiones es en esta ocasión una realidad que va más allá de las organizaciones económicas populares (aunque la sigla es bastante genérica como para permitir referirse más ampliamente al conjunto de las experiencias mencionadas), por lo que preferimos hablar más en general de una economía popular de solidaridad; expresión que, por un lado abarca no sólo las organizaciones sino también sus actividades y otras experiencias y relaciones que van más allá de lo específicamente organizacional, y por otro lado acoge la noción de aquella solidaridad que distingue como elemento cualitativo el modo de ser del proceso y que lo hace implicar aspectos que trascienden lo específicamente económico.

El surgimiento y desarrollo de estas organizaciones y experiencias ha venido levantando una serie de interrogantes y problemas que dan lugar a significativos y novedosos debates, investigaciones y estudios. Cuál es el origen de estas formas organizativas, cuáles sus perspectivas de evolución en un contexto económico y político distinto al actual, qué contribución efectiva pueden ellas hacer a un proceso de transformación democrática de la economía y de la política, qué aportes pueden hacer al desarrollo, cuáles son las posibilidades que ellas tienen de contribuir a la consolidación de una economía de solidaridad fundada en los valores del trabajo y la cooperación, en qué medida pueden alcanzar estas organizaciones autonomía y realizar maduramente sus propósitos de autogestión, participación, solidaridad y eficiencia en la solución de los problemas sociales de los sectores más marginados, cuáles son las formas de apoyo y los servicios más útiles para su desarrollo que pueden preparar y ofrecer las instituciones y grupos interesados en su expansión, qué explica las novedades que traen consigo estas nuevas organizaciones y que definen su especial modo de ser y de actuar, tienen algún significado particular dichas características y novedades desde el punto de vista de la acción social de la Iglesia con la cual sin duda se encuentran relacionadas, qué potencialidades pueden desplegar estas experiencias desde el punto de vista de la evangelización de la cultura (y de la economía) y de la construcción de una civilización del trabajo y del amor, etc. Sobre todas estas preguntas queremos reflexionar y hacer algunas contribuciones que ayuden la comprensión.

Para la comprensión de este proceso social hay que partir de sus orígenes, que se remontan en Chile a pocas semanas después del pronunciamiento militar de 1973. Como todos sabemos, aquellos acontecimientos significaron una verdadera ruptura en la historia del movimiento social y de organización popular, aún más radical y drástica que la ruptura que implicaron a nivel de las instituciones estatales y de los procesos económicos y políticos nacionales. Ambas rupturas están estrechamente vinculadas y son constitutivas de una misma nueva situación práctica.

La intervención militar de 1973 puso término a un proceso largo, de varias décadas de duración, que había sido entendido como de “ascenso sostenido de las organizaciones y luchas de las clases trabajadoras chilenas”; dicho proceso había conducido de hecho, especialmente durante los últimos gobiernos civiles, al acceso del “movimiento popular” a posiciones de poder y de efectiva fuerza sobre el sistema político-estatal, ampliándose crecientemente la capacidad de los sectores populares organizados para incidir sobre las decisiones económicas, sociales y políticas. De tales posiciones de poder y de fuerza, las organizaciones sociales y populares fueron excluidas en forma violenta y repentina, y luego reprimidas y desarticuladas en forma sistemática.

Hasta entonces los trabajadores, pobladores, campesinos y demás categorías populares tendían a organizarse en función de derechos (al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la alimentación, etc.) que daban lugar a reivindicaciones (donde distintas necesidades y demandas propias de un grupo o categoría se articulaban en “plataformas de lucha” o en “pliegos de peticiones”) cuya satisfacción demandaban al Estado y a los poderes públicos. En tal situación, donde al Estado se le consideraba el encargado de resolver los problemas y materializar los derechos sociales, y donde era de hecho receptor de las demandas y presiones de los distintos sectores, servían grandes organizaciones de masas (en las que era importante la cantidad de masa y la unidad en la acción) que acumularan el máximo de fuerza y de poder posible de ser ejercido en momentos o coyunturas determinadas, cuyas actividades más importantes y decisivas eran las movilizaciones y manifestaciones públicas y demás acciones de presión social. Las organizaciones de base tendían naturalmente a agruparse y organizarse a fin de sumar sus fuerzas constituyendo unidamente los que podrían llamarse movimientos sociales (movimiento obrero, movimiento campesino, movimiento poblacional, etc.), dándose estructuras organizativas unificantes (federaciones, confederaciones, centrales) en las que era importante lograr unidad de mando y disciplina hacia abajo. Los partidos políticos jugaban un rol importante y decisivo en este proceso de organización, cumpliendo -dicho muy sintéticamente- un papel de nexo y mediación entre las organizaciones y movimientos sociales y el Estado con sus poderes públicos. Por un lado actuaban sobre las categorías sociales que pretendían representar concientizándolas en torno a sus derechos, activando sus reivindicaciones, promoviendo la organización y sirviendo (y a menudo encabezando) las movilizaciones y acciones de presión social; por el otro lado hacían presente al interior del Estado (sea a nivel del poder legislativo como en las instancias ejecutivas y administrativas) aquellas demandas y reivindicaciones sociales, buscando alcanzar el máximo de su satisfacción. Problema crucial que se planteaba en ese contexto era el de las relaciones que correspondían establecerse entre el “movimiento social” y “conducción política”, donde se debatían posiciones diversas dentro de una polaridad que oscilaba entre el dirigismo y el autonomismo.

Aquella era -expuesta muy esquemáticamente- la estructura de la acción y organización predominante que existía en los sectores populares y que se levantaban con intención transformadora de las estructuras globales. Ella correspondía (en el sentido que se daba en el contexto de, siendo a la vez parte de) a un tipo de Estado, de régimen político y de estructura institucional que conocemos como democrático dadas las características de su encuadramiento jurídico e institucional.

El régimen político precedente de hecho operaba con una institucionalidad de tipo representativo-burocrático (2), y era dirigido por una coalición de intereses urbano-industriales (inclusiva del empresariado y el proletariado con diferente fuerza relativa de estos componentes en los distintos períodos presidenciales), que tendía a incorporar en un plano subordinado a otros sectores populares (campesinos, marginados, etc.). El sistema operaba en una suerte de equilibrio entre un Estado que asumía una función redistributiva, que se manifestaba no sólo en políticas sociales sino también en fomento del empleo especialmente público (con la consiguiente hipertrofia de algunos organismos de la administración y la burocracia civil), y movimientos sociales y populares que se habían organizado para reivindicar y presionar -especialmente a nivel sindical y político pero también mediante otras formas de organización poblacional-, a través de formas de acción y de luchas de masas, al poder público y a las instituciones del Estado.

El equilibrio de este sistema tradicional de relaciones entre el Estado y el pueblo se rompió, y el sistema institucional hizo crisis, durante el período de Gobierno de la Unidad Popular, por razones que sería largo y no es el caso de examinar aquí en su globalidad, pero que es oportuno considerar al menos en un aspecto relevante para nuestro análisis. A saber, que durante los últimos años de aquél régimen se verificó una acentuación y exasperación de dos elementos fundamentales del esquema de relaciones tradicionales entre el Estado y los grupos sociales. Se acentuaron por una lado las luchas y presiones reivindicativas, masificándose en forma tal de abarcar muy ampliamente a los sectores populares y extendiéndose también a otras categorías sociales (comerciantes, profesionales, transportistas, etc.), todo lo cual implica una presión insostenible sobre un Estado que no estaba en condiciones económicas ni políticas de resolver. Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, la acción estatal redistributiva se acentuaba en beneficio de los sectores populares, especialmente de los trabajadores industriales y del campesinado (verificándose no sólo como redistribución de ingresos y de recursos monetarios sino también como redistribución de activos: reforma agraria, estatización de empresas, participación en la gestión y en las utilidades, etc.); pero generando ello reacciones crecientemente poderosas de los sectores e intereses afectados. En tal contexto el sistema institucional y de partidos políticos no lograba seguir estableciendo las mediaciones necesarias para que la economía y las instancias políticas funcionaran con el mínimo de estabilidad indispensable. El sistema institucional se manifestó finalmente incapaz de seguir operando y absorbiendo sus funciones tradicionales, al mismo tiempo que el poder público no logró sostener con el suficiente consenso social el ejercicio de sus funciones de orden y control social. Fue el fin de un período histórico.

Lo cierto, y lo importante de reconocer cualquiera sea la interpretación que hagamos sobre aquella crisis, es que con la derrota del “movimiento popular” y con la consiguiente implantación del Estado autoritario y de la “economía social de mercado”, llegó definitivamente a su término aquél sistema de relaciones tradicionales entre el Estado y las clases populares, y comenzó un intento sistemáticamente perseguido con todas las fuerzas y mecanismos del poder, de cambiar estructuralmente las relaciones entre las clases populares y el Estado y la economía.

Como ya todos lo hemos aprendido, lo esencial del “modelo económico” que se implantó entonces en Chile consistió en dejar al mercado capitalista la asignación de los recursos y la distribución de los ingresos, y en intentar reducir la intervención del Estado al sostenimiento de dicho mercado y al cumplimiento de una función “subsidiaria”. Basado en el principio del intercambio y en el predominio del capital, según el cual todo se mide como una mercancía que tiene un determinado valor en dinero, el marcado capitalista excluye de la asignación de los recursos y de la redistribución de los ingresos a todos quienes carecen de bienes para comerciar, de dinero para invertir o de una fuerza de trabajo que puedan efectivamente contratar. La riqueza se concentra en quienes tienen recursos, mientras los más débiles son marginados: los que no tienen recursos económicos, quienes tienen menos nivel de instrucción, la fuerza de trabajo menos calificada, quienes no logran encontrar un trabajo, y en general los que por razones económicas, sociales, ideológicas, culturales, de edad, salud o cualquier otra limitación, tienen poco o nada que intercambiar en el mercado, son excluidos de la economía y de la sociedad misma, y muy concretamente, no pueden obtener los ingresos que les permitan satisfacer sus mínimas necesidades básicas. Enfrentan, en consecuencia, un dramático problema de subsistencia, e incluso de sobrevivencia.

Con la política económica aplicada, la masa de los excluidos se incrementó en forma muy acelerada alcanzando niveles extraordinariamente críticos: el problema de la subsistencia mínima lo comenzó a vivir en forma aguda por lo menos un tercio de la población nacional. Anteriormente también había excluidos y pobreza, y también problemas de sobrevivencia en una parte de la población popular. Pero la situación de los sectores populares era distinta no sólo porque distinto era el sistema económico, sino también porque el Estado actuaba de otra manera y proveía en diferente forma a la satisfacción de las necesidades básicas y, además, las organizaciones populares eran fuerzas reales que presionaban, exigían y lograban conquistas de beneficio popular.

Cuando el Estado dejó de recepcionar demandas y aceptar presiones populares, reprimiendo y desarticulando aquellas organizaciones de masas; cuando la reestructuración económica significó la marginación y exclusión de más amplios y crecientes sectores; cuando el pueblo se ve enfrentado a una nueva realidad que le condiciona tanto política como económicamente todo su accionar y le cambia todo su mismo modo de vivir y de comportarse, desorientadas, las personas se ven obligadas a enfrentar sus problemas sociales y económicos de otras formas: comienzan a desarrollarse nuevas experiencias y nuevas prácticas sociales y organizativas.

El proceso de organización popular se vió enfrentado a la necesidad de cambiar formas y contenidos. En un principio obligado por las circunstancias; luego motivado también por búsquedas derivadas de reflexiones autocráticas que se han hecho a partir de la derrota y el fracaso de las luchas sociales del proceso político-económico anterior. Tal proceso de repensamiento ha llevado a algunos sectores a poner en cuestionamiento el esquema tradicional de relaciones entre el Estado y las organizaciones populares, que se tiende a considerar como no posible de reconstruir en el futuro del mismo modo que antes. Mientras se redimensiona el rol del Estado como satisfactor de demandas y solucionador de problemas, y mientras se pone en duda la eficacia verdaderamente liberadora de organizaciones que actúan básicamente en función de reivindicaciones generando estructuras poco participativas y fácilmente instrumentalizables, se han venido revalorizando las potencialidades protagónicas de los propios sectores populares en el enfrentamiento y solución de sus problemas, y su actoría en la gestación de nuevas formas económicas y modos de desarrollo.

Por todo ello, lo que al comienzo era respuesta defensiva frente a una situación que se había impuesto por la fuerza de las circunstancias generales, va asumiéndose como una forma de acción que se valora por sus contenidos y riqueza intrínseca. Cualquiera sea el caso, lo que vemos surgir de este proceso organizativo nuevo es algo que probablemente podamos considerar como una nueva estructura de la acción y organización popular que se levanta también con intencionalidad transformadora. Las formas y contenidos de ella son algo que estudiaremos y analizaremos detalladamente en los próximos capítulos.

A lo dicho en este parágrafo en torno a los antecedentes y condicionamientos del proceso organizativo cabe solamente agregar que el haber destacado la novedad de todo este proceso no significa desconocer antecedentes y manifestaciones de tales formas de acción y organización también en los períodos anteriores; por ejemplo, experiencias vinculadas al cooperativismo, a procesos de educación y promoción popular, a iniciativas comunitarias y de desarrollo local. Pero ahora no se trata de experiencias limitadas que crean personas especialmente comprometidas con un pensamiento y una ética cooperativista y comunitaria, sino que se presenta como un fenómeno que abarca mucho más ampliamente a los sectores populares; tampoco se trata hoy de los resultados de una acción marcadamente asistencial de parte de instituciones de beneficencia, o de intentos de promoción social y popular programados por los organismos públicos y -en consecuencia- con una marcada dependencia de ciertas orientaciones políticas, sino de procesos organizativos que implican una búsqueda del autodesarrollo ppr parte de grupos que aspiran a incrementar el control sobre sus propias condiciones de vida, sin por ello dejar de estar vinculadas y de servirse de apoyos humanos y materiales que ponen a su disposición instituciones no-gubernamentales de desarrollo que actúan también solidariamente.

Habrá que agregar también que el modo de acción y organización tradicional no ha dejado de existir y desarrollarse paralelamente durante los años actuales; de hecho, él responde a un modo de pensar profundamente radicado en la mentalidad popular. Es sabido que la emergencia de nuevos modos de pensar, de relacionarse y de actuar es siempre lento y supone un distanciamiento paulatino respecto a las prácticas establecidas. Sólo que en la actualidad, dado que el marco institucional y político global no ofrece el encausamiento necesario para que aquella estructura reivindicacional y de acción de masas tenga resultados reales y alcance su indispensable canalización política en las instancias públicas, de hecho sucede que los esfuerzos encaminados en la dirección de generar movimientos sociales al modo tradicional presentan riesgos serios y reales de derivar en enfrentamientos sociales generalizados de alta conflictualidad e imprevisibles consecuencias.


2. Elementos que influyen en la formación y desarrollo de estas experiencias.

Si tales son los condicionamientos del proceso organizativo, podemos afirmar que las organizaciones económicas populares y demás formas de economía popular solidaria que aquí nos interesan, son un fenómeno social y un proceso orgasnizativo relativamente nuevo en la historia del movimiento popular y laboral chileno. Aunque tiene antecedentes históricos, por un lado en el cooperativismo y la autogestión, y por otro lado en el movimiento poblacional tanto reivindicativo como de promoción social, se trata de un proceso organizativo que tiene características, dinamismos, formas y contenidos distintos de los que presentaban aquellos antecedentes.

Hay cuatro componentes, o cuatro elementos que confluyen en la formación y desarrollo de las OEP y de las otras formas de economía popular solidaria.

En primer lugar, la necesidad económica, el problema de subsistencia que enfrentan vastos sectores populares como consecuencia de un modelo económico de mercado capitalista, concentrador y excluyente, que se implantó en el país. La desocupación, la marginación, la represión, la reducción de las políticas públicas de beneficio social, la quiebra de empresas, etc., obligan a amplias capas de los sectores populares a buscar por su cuenta las llamadas ”estrategias de sobrevivencia”.

Algunos siguen estrategias individuales, tales como el pequeño comercio ambulante, servicios domiciliarios, “pololos”; otros logran subsistir entrando en sistemas de beneficencia pública o privada, tales como los subsidios para indigentes, acciones de CEMA y “damas de colores”; el PEM y el POJH vienen después de crear también una válvula de escape. Otros lo hacen por caminos ilegales como la delincuencia, la prostitución, etc. Por último, hay muchos que buscan un camino distinto, cual es el de organizarse en pequeños grupos para buscar en conjunto la forma de encarar sus problemas económicos más inmediatos (3).

Algunos de estos grupos encuentran una ubicación al interior del sector informal urbano, y en etapas de mayor desarrollo pueden ir ganando mayor formalidad; otros orientan su acción a la reivindicación frente a los poderes públicos; y otros procuran resolver de una manera relativamente autónoma la satisfacción de necesidades básicas específicas: alimentación, salud, vivienda, educación, etc. Constituyen, así, lo que hemos denominado organizaciones económicas populares: talleres laborales, organizaciones de cesantes, comedores populares y ollas comunes poblacionales, precooperativas y comités de vivienda, organizaciones de salud y otros servicios, comprando juntos, huertos familiares y comunitarios, grupos de autoayuda, etc.

El segundo componente que confluye en la formación y desarrollo de las formas organizativas de economía solidaria, es el esfuerzo por preservar y crear organización popular, ante una situación de desmovilización, disgregación y desorientación, que se creó en los sectores populares después de la implantación del régimen militar, en un contexto de represión abierta del movimiento popular y ante un vacío de conducción política. Al principio se pensaba sólo en mantener organización, en un contexto político que se creía transitorio y de poca duración; después se vió la necesidad de buscar formas organizativas que fuesen más estables y permanentes, y que fueran adecuadas y adaptadas para operar en un sistema muy distinto del conocido, donde no hay interlocutores para reivindicar los derechos sociales, y donde es preciso contar con las propias fuerzas.

En el transcurso del proceso, a partir de una autocrítica del pasado y tomando conciencia de las insuficiencias de formas de organización y acción anteriores, se ha ido buscando a través de la experimentación de formas solidarias un modo nuevo de organización popular, en que se articulen mejor lo económico, lo social y lo político, en que haya relaciones internas democráticas y nunca autoritarias, donde se avance hacia la autonomía y se eviten todas las instrumentalizaciones, donde haya más proximidad entre dirigente y bases, mucha participación, y donde los problemas cotidianos y las acciones por el cambio social se integren en una sola programación de las actividades. O sea, ya no se trata sólo de preservar organización, sino de desarrollar formas nuevas de organización y acción popular, que hagan un aporte original y creativo en el desarrollo del movimiento laboral y democrático en general.

El tercer componente de la formación de este proceso organizativo nuevo, es el movimiento de solidaridad y las actividades de apoyo material y profesional, que han aportado un conjunto de recursos, servicios de capacitación y asesorías, colaboración organizativa, orientación y espacios de reflexión, cobertura institucional a las organizaciones en formación y en su evolución, frente a problemas y obstáculos de distinto tipo. Esta acción solidaria ha sido permanente, aunque ha ido variando en el tiempo en sus formas y contenidos; en todo caso, debe reconocerse en ella una contribución importante tanto respecto del logro de los objetivos de subsistencia que tienen los integrantes, como de la búsqueda de caminos y formas organizativas nuevas.

Puede destacarse también que, siendo en gran medida una acción realizada por instituciones de carácter religioso, o insertadas en las Iglesias, este proceso organizativo popular ha experimentado un influjo de ideas y valores morales que refuerzan las tradicionales conductas solidarias, fraternales, de ayuda mutua, de sentido de comunidad, que caracterizan la cultura popular chilena.

Hay un cuarto componente que también aporta a la formación y especialmente al desarrollo de este fenómeno social: son las búsquedas que han venido realizando diferentes investigadores e intelectuales preocupados de la crisis económica, política y cultural que nos afecta, de aquellos caminos alternativos que pueden estar surgiendo desde las bases populares, aunque más no sea en forma embrionaria o germinal. Estas búsquedas se han traducido en numerosos estudios de casos, esfuerzos de sistematización de experiencias, elaboraciones teóricas en torno a las formas económicas solidarias, cooperativas y autogestionarias, a las tecnologías apropiadas, al “desarrollo alternativo”, a las perspectivas de descentralización del poder público y de potenciamiento de los poderes de gestión locales, etc. Parte importante de este esfuerzo se ha realizado a partir de la denominada “investigación-acción”, y tiene como referencia experiencial el proceso organizativo que estamos analizando.

El impacto que toda esta búsqueda intelectual ha tenido sobre las experiencias y organizaciones concretas ha sido relevante, porque a través del contacto con aquellas -en múltiples seminarios, publicaciones, videos, etc.- los integrantes de las distintas organizaciones han podido apreciar el potencial de sus experiencias, y adquirir conciencia del valor que podrían tener en la perspectiva de contribuir a la solución de los grandes problemas de nuestra sociedad. El estímulo y la motivación que ello significa se ha traducido en nuevas iniciativas y experiencias, o en el reforzamiento y desarrollo de otras que nacieron con menores proyecciones.

3. Brevísima descripción de las experiencias y de los tipos de organización.

Las formas organizativas que adoptan las experiencias de economía popular y solidaria son muy variadas, como variados son también los procesos concretos de su formación y desarrollo. Esta heterogeneidad depende de las distintas situaciones y contextos concretos en que surgen, de la diversidad de problemas que se enfrentan, y también de la pluralidad de las iniciativas y opciones hechas por quienes las promueven e integran. Por ello, cualquier intento de descripción de las experiencias será muy parcial e insuficiente, problema que se agudiza hasta el extremo si se pretende hacerse brevemente. Felizmente existen ya abundantes “estudios de casos” y otras formas de sistematización de las experiencias, a las que podemos remitir a los interesados (4). Nos limitamos, entonces, a una caracterización muy general.

Enmarcado en los antecedentes y condicionamientos referidos, y como resultado de algunos o de todos los elementos que indicamos confluyen en su formación, el fenómeno social en cuestión consiste básicamente en organizarse en pequeños grupos de personas o familias -que comparten del mismo modo una misma situación, y que se encuentran vinculadas por vivir en un mismo barrio, o por haber trabajado en la misma empresa, o por pertenecer a una misma comunidad religiosa, o compartir una similar concepción política-, y buscar en conjunto una forma de encarar un problema económico inmediato.

En general, se llega a definir el modo de organización y el tipo de actividades a realizar, a través de una serie de reuniones de grupo, en las que todos toman conciencia de que se encuentran ante un problema común y que para hacerle frente en el nuevo contexto económico-político tienen que cooperar solidariamente entre sí y realizar en conjunto algunas actividades específicamente económicas. Si se trata de la cesantía podrán organizar actividades de producción de bienes y servicios, o establecer mecanismos para ofertar la propia fuerza de trabajo; tratándose del abastecimiento de bienes de consumo básico, serán actividades tendientes a la obtención y suministro de tales bienes a los asociados; si enfrentan un problema habitacional, de salud, recreación, educación de los hijos, etc., buscarán actividades que de algún modo les encaminen hacia su solución aunque sea en el mediano plazo, etc.

¿Con qué medios y recursos pueden realizar estas actividades? Ante todo pueden contar con lo que cada uno individualmente pueda tener y poner a disposición del grupo, lo que en la mayoría de los casos se limita a sus propios recursos humanos (o sea, la fuerza del trabajo, las capacidades organizativas y de gestión, las aptitudes creativas y la imaginación para inventar alternativas) y a los bienes de que disponen (herramientas de trabajo, la propia vivienda que puede servir de local de trabajo o de reunión, etc.); en algunos casos a ello se suma alguna capacidad de pagar pequeñas cuotas en dinero, que individualmente son insignificantes pero que sumadas pueden llegar a constituir un pequeño fondo para iniciar las actividades.

La suma de estos recursos propios sólo en algunos casos es suficiente para realizar organizadamente un volumen de actividades que les permitan alcanzar, aunque sea al más bajo nivel, el objetivo económico planteado. Así, la mayoría de los grupos debe recurrir a recursos externos a los que sea posible acceder, que en concreto se trata de distintas formas de ayuda y promoción social vinculadas a la acción de las Iglesias y de otras instituciones, que canalizan recursos provenientes de agencias e instituciones extranjeras para el desarrollo social, o bien de ayuda nacional solidaria.

Con la puesta en común de los propios escasos recursos, más aquellos que obtienen de donaciones solidarias y ayuda social, las organizaciones desarrollan sus específicas actividades económicas, buscando algún grado de inserción en el mercado (en los circuitos de la producción, distribución y consumo) y algún nivel de participación en los flujos de bienes y servicios que se canalizan fuera del mercado en forma de ayuda social y de solidaridad. De este modo las personas organizadas pueden superar su aislamiento y marginación, estableciendo relaciones de intercambio (oferta de productos y servicios, adquisición de bienes de consumo básico, apertura de cuentas de ahorro, etc.) y de participación en calidad de beneficiarios de donaciones tangibles y no tangibles (financiamiento, promoción, capacitación, asistencia legal, asistencia técnica, asesorías, etc.).

Ahora bien, estos grupos que se organizan en torno a alguna necesidad económica y realizan básicamente determinadas actividades económicas, no se limitan a ello pues se caracterizan por el hecho de vincular estrechamente en sus actividades las dimensiones socio-políticas e ideológico-culturales de la vida y experiencia popular. Su dinámica y accionar concreto no responde nunca a una lógica puramente económica sino que se amalgaman con ella las motivaciones y aspiraciones por una vida mejor a nivel familiar y comunitario (involucrando aspectos de salud, educación, condiciones de vivienda y habitat poblacional, etc.) así como también la perspectiva de una acción que se inserte en un proceso de transformación económico-política y liberación popular.

En función de estas dimensiones extraeconómicas, las organizaciones suelen formar comisiones especiales para el cumplimiento de funciones y la realización de actividades culturales, sociales, solidarias, recreativas y otras, para lo cual también se asocian o coordinan con otras organizaciones similares, y se integran y participan en actividades conjuntas organizadas o promovidas por ellos mismos o por algunas instituciones de apoyo.

Las inquietudes sociales, culturales y políticas inciden notablemente, además, en las formas organizativas que adoptan los grupos, y llevan a definir criterios de trabajo, de distribución de los ingresos y beneficios, de concepción de la propiedad, de gestión y administración, conforme a los cuales estas organizaciones se autoconciben a menudo como unidades económicas alternativas respecto de las formas capitalistas predominantes y como espacios de convivencia y relaciones democráticas. Es en la perspectiva de estas mismas características, que surge desde muchas organizaciones la iniciativa de avanzar hacia formas de coordinación y agrupación de organizaciones de un mismo tipo, que lleven a la realización de acciones de mayor envergadura e incluso a la constitución de un eventual movimiento social muy amplio.

Se han constituido, así, muy distintos tipos de organizaciones económicas populares, que a través de largos procesos de experimentación y sedimentación llegan a definir ciertos modelos típicos (al interior de los cuales deben reconocerse sin embargo notables diferenciaciones).

Dada la heterogeneidad del fenómeno no es fácil proponer tipologías apropiadas. A nivel descriptivo, lo más obvio es distinguirlas por el tipo de actividad económica que realizan, y por el tipo de necesidades que intentan satisfacer; con tales criterios hemos propuesto una clasificación simple; pero habrá de tenerse en cuenta que a menudo un mismo grupo organizado combina actividades de varios tipos, y busca satisfacer una gama amplia de necesidades. Sucede incluso que un mismo grupo llega a constituir más de una organización, si por tales consideramos los tipos que a continuación se señalan; y también sucede que un grupo que se mantiene como tal a lo largo del tiempo, pero va adoptando formas organizativas correspondientes a sucesivos tipos, dependiendo ello de cambios en la situación y en los problemas de los integrantes, del conocimiento que alcanzan en encuentros y seminarios de otras ideas que pueden implementar, y también de cambios en las orientaciones de trabajo en las instituciones que los apoyan. Teniendo en cuenta todo ello, es posible establecer la siguiente tipología.

A. Los talleres laborales

Son pequeñas unidades económicas cuya actividad central es la producción y comercialización de bienes y servicios; están constituidos por un número reducido de trabajadores -entre tres y veinte personas generalmente- que operan en condiciones notablemente igualitarias; las tecnologías y técnicas de trabajo suelen ser muy simples, de nivel artesanal, correspondientes a una escasa dotación de medios de producción y capital.

Hay tres tipos principales de talleres:

1. Los talleres de trabajo permanente, que tienen una actividad constante y regular, con jornada laboral completa, que funcionan en un lugar estable y llevan contabilidad y registro de todas sus actividades;

2. Los talleres de trabajo parcial, en los que la actividad laboral y comercial es estable y continuada pero la jornada de trabajo de cada asociado es parcial, no ofreciendo entonces una solución ocupacional completa; en muchos casos no tienen un local de trabajo permanente, sino que se reúnen periódicamente a programar el trabajo, tomar decisiones, recibir capacitación, etc., en algún local prestado, mientras cada miembro trabaja independientemente en su casa, con un determinado volumen de productos que se compromete a elaborar;

3. Los talleres de trabajo ocasional, en los que las actividades productivas y comerciales no son estables y continuas, sino esporádicas u ocasionales, respondiendo a demandas específicas que se producen en ciertas fechas o en ocasión de campañas, actos o ferias.

B. Las organizaciones de cesantes

Tienden a enfrentar el mismo problema de la desocupación, pero buscando una solución de otro tipo, mediante otras actividades y funciones. Mientras en los talleres los desocupados se organizan en cuanto trabajadores, para trabajar por cuenta propia, en las organizaciones de cesantes los trabajadores se organizan en cuanto desocupados, para encontrar una vía de colocación o contratación de su fuerza de trabajo.

Hay tres tipos principales de organizaciones de cesantes.

1. Las que buscan una solución preferentemente en el sector informal de la economía, que han adoptado denominaciones tales como “bolsa de cesantes” y “centros de servicio a la comunidad”;

2. Las que orientan su acción principalmente hacia el mercado del trabajo o las instancias públicas y municipales, como por ejemplo los “sindicatos de trabajadores eventuales” y algunos “comités de cesantes”;

3. Aquellos grupos que se vinculan más directamente con las instituciones de apoyo y su flujo de ayuda solidaria, como por ejemplo los grupos de la campaña “trabajo para un hermano”, y algunos comités y bolsas de cesantes.

C. Las organizaciones para el consumo básico

Se trata de distintas formas de asociación de personas y familias que cuentan con muy escasos ingresos, y que a través de la organización logran acceder o mejorar su consumo de alimentos. Las más difundidas de estas organizaciones son los “comedores populares”, los “comités de abastecimiento”, las “ollas comunes”, los “comprando juntos”, los “grupos de autoayuda” y los “huertos comunitarios”.

Estas organizaciones se pueden clasificar en tres tipos:

1. Las que se preocupan de abastecer a las familias integrantes, de los productos alimenticios necesarios, en general provenientes de donaciones solidarias;

2. Las que preparan o elaboran colectivamente los alimentos para su consumo en común;

3. Las que producen alimentos para el autoconsumo, como son los “huertos familiares y comunitarios”, y algunas amansaderías vinculadas a ollas comunes u otras.

D. Las organizaciones para problemas habitacionales

Son organizaciones de pobladores que enfrentan profundos problemas habitacionales (allegados y familias que viven en campamentos), y que buscan en común alguna forma de solución. En el país existe una larga tradición de lucha, organización y reivindicación de los pobladores para enfrentar estos problemas, de manera que lo nuevo de estas organizaciones actuales consiste básicamente en un distinto modo de proceder y de actuar, que se adapta a las condiciones económico-políticas imperantes.

Las formas organizativas más importantes de este tipo son:

1. Los “comités de vivienda” y de “pobladores sin casa”, que canalizan las necesidades y reivindicaciones por la vivienda hacia las Municipalidades y el Gobierno, y que definen posiciones comunes frente a planes de erradicación, traslados, subsidios habitacionales, etc.;

2. Organizaciones más propiamente económicas como son los “grupos pre-cooperativos” y “grupos de ahorro”, que buscan una solución de mediano plazo combinando la puesta en común de recursos propios con el intento de acceder a beneficios de carácter social;

3. Los “comités de damnificados”, que se forman a consecuencia de catástrofes (terremotos, inundaciones) que los han puesto en la necesidad de reparar o reconstruir la propia vivienda;

4. Los “comités de deudas”, “comités de agua”, “comités de luz”, “comités para el pago de deudas y dividendos del SERVIU”, que se forman con el propósito de renegociar en común el pago de cuotas y deudas impagas, buscando evitar la interrupción de los suministros o el desalojo;

5. Los grupos comunitarios que desarrollan proyectos de autoconstrucción de vivienda utilizando materiales económicos disponibles a nivel local y tecnologías apropiadas.

E. Otras organizaciones poblacionales de servicios

En el ámbito de las actividades organizadas que prestan servicios a sus integrantes y a la comunidad, existen también experiencias interesantes. En salud, han tenido gran desarrollo algunas organizaciones basadas en la idea de la autogestión, principalmente los “círculos de salud”, algunos grupos que desarrollan alternativas de medicina tradicional y popular, diferentes búsquedas organizadas respecto a salud mental, terapia de grupos, clubes de rehabilitación de alcohólicos, etc.. En educación existen experiencias de escuelas y colegios alternativos gestionados por los profesores y los padres, centros educacionales que buscan la integración de la comunidad en procesos de formación y capacitación popular, centros comunitarios de atención pre-escolar, jardines infantiles y parvulatorios populares. En recreación y cultura existen experiencias de grupos que organizan colectivamente vacaciones, colonias urbanas, clubes y centros culturales de varios tipos, etc. Existen además numerosas experiencias de grupos organizados de mujeres, de jóvenes, de pensionados y de otras categorías de pobladores, que combinan la reflexión y discusión sobre los problemas que los afectan con actividades específicas dirigidas a enfrentarlos concretamente.

Cabe señalar, finalmente, que éstas que denominamos organizaciones económicas populares constituyen sólo una parte de las experiencias que podemos considerar como formando parte de la economía popular de solidaridad, tal como se ha ido configurando durante estos años en el país. En efecto, la tipología propuesta corresponde especialmente a las iniciativas de carácter urbano que tienen su base social y territorial en las poblaciones marginales de las grandes ciudades. Pero hay también numerosas experiencias que tienen su base en sectores rurales y campesinos, o en actividades económicas especiales ligadas a rubros productivos importantes en torno a los cuales se desenvuelven formas de trabajo independiente de tipo marginal en relación con la industria predominante. Es el caso, por ejemplo, de las caletas de pescadores y de la pesca artesanal, de los recolectores de algas, etc., o de los pirquineros y otros grupos de trabajadores que recuperan aquella parte de la producción no procesada por la minería industrial en el cobre y el carbón. Del mismo modo, deben considerarse como experiencias a lo menos afines a las anteriores, otras que tienen orígenes un poco distintos a los mencionados pero que confluyen, por tantos elementos que comparten con las organizaciones, en lo que hemos denominado economía de solidaridad.

Podemos decir, pues, que además de las nuevas organizaciones económicas populares propiamente tales, forman parte de este peculiar proceso: diferentes organizaciones campesinas de subsistencia y otras formas de economía de comunidades: formas cooperativas y autogestionarias en distintos ámbitos de la producción y de los servicios; experiencias comunitarias o asociativas de recuperación y desarrollo de artesanos y otras unidades de trabajo familiares, agrupaciones de pirquineros, poceros, pescadores artesanales y grupos recolectores; iniciativas de socialización de formas tecnológicas alternativas y socialmente apropiadas; promoción y organización de grupos, organizaciones y comunidades de base volcados hacia la recuperación del control de las condiciones de vivienda, habitat, medio ambiente, salud e higiene ambiental; y en general, variadas iniciativas surgidas de actividades de educación popular, capacitación técnica y organizativa, desarrollo local y de comunidades, que se traducen en la formación de organizaciones que tienen un componente de actividad económica que suele hacerse permanente y creciente dada la gravedad y urgencia de los problemas de subsistencia. La consideración de esta multiplicidad de iniciativas, actividades y organizaciones nos plantea el tema del próximo parágrafo.

4. Unidad e identidad del fenómeno organizativo

Una importante cuestión que surge a partir de lo que hemos expuesto hasta aquí es si las experiencias y organizaciones mencionadas, tan distintas y heterogéneas como son en sus manifestaciones y formas concretas, pueden ser concebidas unidamente, como formando parte de un mismo proceso capaz de integrarse en un mismo proyecto transformador; y junto a ello la cuestión de cual sea la identidad que tengan y que las caracterice. De cómo respondamos a estas preguntas dependerá en gran medida cómo podamos entender las potencialidades transformadoras y de desarrollo que tengan estas experiencias.

Sobre las cuestiones relativas a la unidad e identidad de todas ellas se ha debatido bastante, y hay opiniones diferentes. Pero en muchos casos el asunto ha sido mal planteado, como si se tratase de optar por la heterogeneidad y diversidad o por la unidad e integración.

Heterogeneidad y unidad (e identidad) no son conceptos de un mismo nivel. La realidad es heterogénea, de esto no cabe ninguna duda. No hay dos experiencias iguales. Las situaciones sociales de sus integrantes, los problemas y situaciones específicas de cada organización, las etapas vividas, el modo de su formación, sus relaciones con otras organizaciones e instituciones, las ideas que tienen los miembros de los grupos y que guían su accionar, las formas organizativas que adoptan, el tipo de actividades que realizan, etc., son propios de cada grupo y por lo tanto distintos de caso a caso. Esta inmensa heterogeneidad debe ser reconocida -y también valorada por lo que significa como experimentación social de iniciativas populares creativas-, y puede dar lugar a la formulación de diferentes tipologías.

Saber, en cambio, si todas estas variadas experiencias y formas organizativas pueden ser concebidas unidamente y entendidas como parte de un mismo proceso organizativo, consiste en identificar los aspectos, características y elementos que son comunes a ellas; y después de eso, en ver si esos aspectos y elementos que tienen en común son suficientes como para fundar una cierta identidad compartida que permita considerarlas y referirnos a ellas como un todo, al menos en relación con algunas preguntas importantes.

Podemos enumerar provisoriamente algunas de estas características y aspectos que encontramos presentes en los varios tipos de experiencias que mencionamos al comienzo:

1. Son iniciativas que se desarrollan en los sectores populares (lo cual puede expresarse de varias maneras: entre los pobres del campo y la ciudad, en las clases subordinadas, en los grupos de menores ingresos, etc.). Han alcanzado una mayor extensión en las poblaciones marginales de las grandes ciudades, pero no se trata de un proceso puramente “poblacional”.

2. No son iniciativas puramente individuales sino asociativas, que involucran a grupos de personas y de familias (podemos decir que se trata de pequeños grupos o comunidades, cuyos integrantes son fácilmente individualizables, señalando con ello que tampoco se trata de multitudes anónimas ni de “masas” populares).

3. Son iniciativas organizativas, que dan lugar a organizaciones, lo cual supone que explícita o informalmente el grupo se plantea objetivos, se da una estructura y normalmente una directiva o modo de tomar decisiones, programa sus actividades, asigna tareas, maneja algunos recursos, etc.

4. Son iniciativas creadas para enfrentar un conjunto de carencias y necesidades concretas, de aquellas que habitualmente se considera como necesidades económicas: alimentación, vivienda, salud, educación, trabajo, ingresos, ahorro, etc., y que se presentan como apremiantes (los recursos para satisfacerlas son “escasos”).

5. En estas organizaciones se busca enfrentar estos problemas y necesidades a través de una acción encaminada directamente a resolverlas, o sea mediante el propio esfuerzo y con la utilización de los recursos que para tal propósito se pueda juntar.

6. Son iniciativas que implican relaciones y valores solidarios, en el sentido de que en sus actividades las personas establecen lazos de ayuda mutua, cooperación, comunidad o solidaridad, no como algo accesorio o secundario sino como inherente al modo en que se busca enfrentar los problemas, satisfacer las necesidades, o desplegar las actividades propias de la organización.

7. Son organizaciones que quieren ser participativas, democráticas, autogestionarias y autónomas, en el sentido de que el grupo de sus integrantes se considera como el único llamado a tomar decisiones sobre lo que hace, derecho que resulta del esfuerzo y del trabajo que cada uno y el grupo en su conjunto realizan; aunque de hecho los grupos tengan que experimentar varias formas de dependencia y sujeción frente a sujetos externos, lo que resaltamos aquí es que las decisiones deben ser de un modo u otros legitimadas al interior del grupo con un criterio de participación democrática o de autogestión.

8. Son iniciativas que no se limitan a un sólo tipo de actividad, sino que tienden a ser integrales, en el sentido que combinan actividades económicas, sociales, educativas, de desarrollo personal y grupal, de solidaridad, y a menudo también de acción política y pastoral (en otras palabras, buscan satisfacer una amplia gama de necesidades y aspiraciones humanas) (5).

9. Son iniciativas en las que se pretende ser distintos y alternativos respecto del sistema imperante (definido como capitalista, individualista, consumista, autoritario, etc.), y aportar así aunque sea en pequeñísima escala a un cambio social, en la perspectiva de una sociedad mejor o más justa (6).

10. Son experiencias que, surgiendo de los sectores populares para hacer frente a sus necesidades, habitualmente son apoyadas por actividades de promoción, capacitación, asesoría, donación de recursos materiales, etc., que realizan instituciones religiosas u organizaciones no-gubernamentales interesadas en el desarrollo social, cultural, político, económico, espiritual o humano integral de los sectores populares.

Estos diez elementos -y probablemente varios otros que se nos quedan sin mencionar- que comparten tantas experiencias y organizaciones no obstante su heterogeneidad de formas y modalidades concretas, no son características secundarias y de poca importancia en ellas, sino que se presentan como inherentes a su modo de ser, a las razones de su formación, a su manera de funcionar, a sus estructuras internas y a los criterios con que toman las decisiones. Por cierto, tomadas cada una o varias de estas características independientemente, las podemos encontrar en muchos otros tipos de experiencias distintas a las señaladas; pero lo distintivo de las que aquí nos interesa comprender es que no sólo las comparten todas sino que en ellas estos elementos se articulan unos con otros de manera tal que se refuerzan, se solicitan, se combinan casi diríamos por necesidad.

Dicho de otro modo, los diez elementos señalados parecen formar parte de una racionalidad especial, de una lógica interna sustentada en un tipo de comportamientos o de prácticas sociales distinto de otros con los que se podrían comparar. Por ejemplo, distinto al de las experiencias y organizaciones sindicales, o al de las organizaciones reivindicativas de masas, a las pequeñas empresas y negocios individuales del llamado “sector informal”, a los movimientos campesinos, etc. Si quisiéramos encontrar elementos comunes a todos estos fenómenos sociales tendríamos que descubrirlos en características más externas y menos centrales de sus respectivos modos de ser y de actuar.

En conexión íntima a la cuestión de la unidad que exista entre variadas experiencias se presenta la cuestión de su identidad. El matiz de diferencia entre ambas cuestiones es que, mientras con la primera tratamos de precisar los elementos y características comunes presentes de hecho en ellas, con la segunda nos preguntamos más directamente qué son, cuál es su identidad más esencial; y a partir de allí nos preocupamos por la posibilidad de que en ellas se desarrolle un sentido de pertenencia a un proceso organizativo especial.

Esto último supone el tomar conciencia de esos rasgos compartidos y el desplegar esfuerzos tendientes a estrechar relaciones entre las experiencias distintas, de modo de resaltar y proyectar los intereses, aspiraciones y objetivos inherentes al propio modo de ser y de actuar. Así entendida, la identidad de estas organizaciones consiste en una toma de conciencia colectiva de lo que ellas son, y de sus potencialidades, o sea, un conocerse a sí mismas en lo que tienen en común y en lo que pueden llegar a realizar consideradas en conjunto.

La identidad es, entonces, un proceso, que nunca puede considerarse completo y terminado: es el proceso de un sujeto social que se constituye a sí mismo, resistiendo y luchando al mismo tiempo contra las fuerzas que quisieran su disgregación y desconstitución.

Desarrollar un sentido de identidad supone que todas estas organizaciones tengan y profundicen aquellas características que les son comunes y las definen; y supone también que ellas se inserten en un proyecto compartido de transformación social y de desarrollo. Porque la identidad la adquieren los sujetos no sólo en la conciencia de lo que han sido y de lo que son, sino también en la perspectiva de lo que quieren ser y hacer, o sea, de los objetivos o fines que orientan su accionar y que llegando a ser comunes a todas ellas, las van unificando y proyectando hacia el futuro.

Por lo demás, las potencialidades de alguien -un sujeto, una organización, un movimiento- se pueden descubrir sólo si lo consideramos en la perspectiva de un proyecto respecto del cual esas potencialidades sirven y pueden desplegarse; a la inversa, las potencialidades latentes o dormidas de un sujeto resultan activadas cuando ese sujeto se pone en tensión y en acción hacia objetivos conocidos y queridos.

La identidad de un conjunto de organizaciones y experiencias sociales es un proceso, también en el sentido de que se van definiendo a sí mismas, van adquiriendo y madurando los rasgos que le son propios, a lo largo del tiempo. En el ámbito de lo social, una realidad es lo que está llegando progresivamente a ser; su esencia íntima no está dada por su pasado, ni está siempre en el presente, sino que a menudo se encuentra en construcción y se precisará en el futuro (siempre que por esto se entienda que se trata de algo que está en constitución separándose lentamente de las realidades distintas en que se encontraba inmerso ya antes; por eso, lo dicho es especialmente válido para las realidades sociales nuevas, alternativas, transformadoras). De allí que el estudio y comprensión de estas realidades implica considerar simultáneamente lo que son (como resultado de su pasado o historia anterior) y sus potencialidades (que nos hacen entrever lo que serán cuando vayan completando y madurando su esencia propia, su identidad).

Es por esto también que el descubrir la identidad y las potencialidades de estas organizaciones supone estar interesados en su desarrollo, adherir a sus experiencias y vivencias, quererlas, buscar y esperar realmente su expansión y potenciamiento, y no verlas con prejuicios, desde fuera, en la perspectiva de un proyecto que se deseara imponerles o en función del cual se busca instrumentalizarlas. (Pero también es cierto que un exceso de entusiasmo, o un compromiso no crítico, podría llevarnos a “ver” posibilidades y valores que no existen. Es el peligro en que caen todas las ideologías).

La identidad de estas experiencias y organizaciones es, pues, algo que ya comenzamos a comprender cuando nos preguntamos por los elementos y características que les son comunes, y algo que iremos profundizando y precisando junto con el análisis de las potencialidades transformadoras y de contribución al desarrollo que tengan.


(1) Acuñamos esta expresión y la sigla en una investigación que realizamos en el Programa de Economía del Trabajo (PET) en 1981-1982, en la que nos propusimos sistematizar la vasta experiencia de organización y acción social solidaria que se ha venido desarrollando en Chile, con características distintas a las que se desarrollaban anteriormente, a partir de 1973. Dicho estudio, que constituye un importante antecedente de la presente elaboración, fue presentado en el libro: L. Razeto, A. Klenner, A. Ramírez, R. Urmeneta, Las Organizaciones Económicas Populares, PET, Santiago, 1983; segunda edición actualizada, 1986. En aquella investigación, y también ahora, utilizamos la expresión “nuevas organizaciones...” con el doble propósito de resaltar la novedad de estas experiencias organizativas y de señalar que también han existido y existen otras organizaciones económicas populares desde mucho antes que éstas, a las que podemos considerar como tradicionales.

(2) Usamos esta expresión en el preciso sentido de relevar la coexistencia de dos estructuras de poder entrelazadas, a saber, una que se legitima a través de criterios de representación y que se materializa en partidos políticos, parlamento, cargos directivos y demás órganos que se originan en la expresión de la voluntad popular, y otra constituida por los órganos de la burocracia civil y militar, el poder judicial, la administración pública, etc., que encuentran su fundamento y legitimidad en la posesión de determinadas competencias técnicas. Todo Estado es una combinación determinada de ambos componentes; la diferencia crucial entre las distintas estructuras estatales radica en la distinta preminencia y subordinación entre ambos, pudiéndose así distinguir entre estados representativos-burocráticos (que podemos calificar como democráticos) y estados burocráticos representativos (que podemos denominar autoritarios).

(3) El seguir una u otra “estrategia” no siempre responde a una opción voluntaria, pues las situaciones de necesidad son precisamente aquellas en que los condicionamientos externos son más fuertes y determinantes. De allí que la noción de “estrategia” puede ser cuestionada en estos casos, o ha de entenderse en términos bastante desdibujados. Cabe señalar, sin embargo, que detrás de estos distintos caminos para enfrentar los problemas están diferentes culturas y experiencias previas. Las respuestas organizadas y solidarias surgen de ambientes más “conscientes” y participativos que han tenido o tienen alguna vinculación con la cultura católica o con ideologías progresistas (en parroquias y comunidades, en sindicatos, partidos y organizaciones poblacionales, en experiencias previas de desarrollo de la comunidad y promoción popular). El camino de las soluciones individuales supone personas con iniciativa y capacidades de asumir riesgos, las que generalmente se han formado en experiencias anteriores variadas y difíciles (migración, inestabilidad laboral, viajes, orfandad, viudez, etc.). El camino del asistencialismo y beneficencia supone, al contrario, situaciones de dependencia y falta de imaginación, carencia de recursos personales, desesperanza, dificultad de relación, timidez y aislamiento social. La vía delictiva generalmente supone algún grado de desintegración psicológica, frustraciones, menor formación moral, inestabilidad emocional, escasa integración familiar, etc.

(4) Pueden consultarse especialmente las investigaciones efectuadas en el Programa de Economía del Trabajo, Academia de Humanismo Cristiano. Ver en particular, además del mencionado Razeto et al, Las Organizaciones Económicas Populares; R. Egaña, De taller a empresa de trabajadores: la experiencia de Servatec; C. Hardy, Los talleres artesanales de Conchalí: la organización, su recorrido y sus protagonistas; C, Hardy, Hambre + dignidad = ollas comunes; A. Ramírez, Comprando juntos frente al hambre; L. Razeto, Las empresas alternativas.

(5) Esta integralidad es expresiva de una característica de la vida y de la cultura popular, donde las distinciones formales e institucionalizadas entre las dimensiones económica, social, política, tecnológica, religiosa, etc., no se hacen con la misma claridad que en otros sectores sociales cuyas condiciones de vida son más sofisticadas y “modernas”. En efecto, la vida popular se encuentra más integrada, y en ella lo económico, lo político, lo religioso, etc., se entremezclan activamente dando lugar a una experiencia humana más unificada (en este sentido).

(6) La relación que se establece entre un querer ser alternativo y una intención transformadora es digna de resaltarse. En efecto, en las formulaciones dialécticas de la historia y de los cambios sociales no se ha relevado suficientemente la necesidad de ser coherente en cuanto al propio modo de ser y de organizarse con el proyecto de sociedad por el cual se lucha. Así, a menudo se lucha por la democracia y la participación creando organizaciones internamente muy autoritarias y centralizadas, lo que evidentemente es un contrasentido. El nexo y la asociación entre lo alternativo y lo transformador, que en las experiencias de organización solidaria se busca construir, constituye uno de los elementos importantes de la novedad que ellas introducen en las prácticas sociales y en los modos de organización popular.