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Capítulo 12. HACIA UNA CIVILIZACION DE LA SOLIDARIDAD Y DEL TRABAJO

 

     ¿Hacia dónde se avanza por los caminos de la economía de solidaridad?
 
     Hemos visto los diez principales caminos de la economía de solidaridad. Ellos parten de distintas situaciones y problemas que involucran a inmensas multitudes de personas: los pobres y marginados, los privilegiados y los ricos, los trabajadores, los que quieren participación, los que aspiran a una sociedad mejor, los que promueven el desarro­llo, las mujeres, las familias, los que están preocupados por los problemas ecológicos, las etnias y pueblos originarios, los que buscan vivir una fe y el amor fraterno. Desde estas distintas situaciones, al interior de estos grandes conjuntos humanos, surgen grupos de personas que haciéndose cargo de problemas reales y actuales de su propia realidad, empiezan a experimentar nuevas formas económicas centradas en el trabajo y la solidaridad.
     Los que empiezan a transitar por esos caminos, en una prime­ra etapa son pocos: los más audaces, los pioneros, los que pri­me­ro se dan cuenta de que es posible. Ellos enfrentan las mayo­res dificultades, los más grandes obstáculos, porque todo comien­zo es difícil: hay que aprenderlo todo, avanzar a tientas, expe­ri­mentar y por tanto errar, sufrir la incomprensión de los que no creen o no quieren, disponer de pocos medios y de escasa co­la­boración y apoyo. Pero a medida que van realizando lo que quieren, su testimonio invita a otros que se suman y el grupo que marcha se va engrosando. Para éstos el camino es ya más fácil porque pueden aprender de los primeros que están dispuestos a compartir sus experiencias y a enseñar lo que han aprendido. Descubrir e iniciar un camino nuevo es más difícil que seguir por el que otros han explorado con éxito.
     Además, a poco andar, los que iniciaron la búsqueda por una motivación y por uno de los caminos se van encontrando con los que se orientan en la misma dirección por motivos y caminos diferentes. Entonces aprenden unos de otros y, sobre todo, se refuerzan recíprocamente en sus motivaciones. Los que van construyendo economía de solidaridad buscando superar su pobreza y marginación, se encuentran con quienes lo hacen buscando una sociedad más justa y fraterna; los que aspiran a la participación social se encuentran con las mujeres que buscan su desarrollo integral y su plena inserción en la sociedad; los que están preo­cupados por la ecología se encuentran con los que están motivados por una búsqueda espiritual superior, aprendiendo ambos que una cosa no puede ir separada de la otra; los que se proponen un tra­bajo digno, autónomo y autogestionado se encuentran con el apoyo de profesionales e instituciones que les aportan recursos y el saber indispensables; los que están interesados en otro desa­rrollo perciben que los pueblos originarios poseen el secreto de su realización. Unos se encuentran con otros, y los diez grupos se van unificando, descubriendo la coherencia de sus esfuerzos y la complementariedad de sus objetivos: van profundizando juntos el sentido de lo que hacen, y entonces se vinculan, se apoyan, organizan encuentros, forman redes.
     El encuentro no siempre es fácil porque cada grupo siente muy fuerte y central su propia motivación. A menudo no saben valorarse mutuamente y les parece que no están en lo mismo. Pero a medida que avanzan cada uno por su propio camino terminan reconociéndose, porque efectivamente y las más de las veces sin saberlo, de hecho caminan hacia un mismo lugar y están más cerca unos de otros cada paso que avanzan.
     Han partido de distinto lugar, las organizaciones que crean son diferentes, pero todos ellos van introduciendo solidaridad en sus experiencias económicas y en la economía en general. Los procesos que impulsan asumen diferentes nombres: economía popular, autogestión, cooperativismo, organización de base, desarrollo local, economía alternativa, movimiento ecológico, desarrollo de la mujer, microempresas familiares, identidad étnica, artesanía popular, economía cristiana, gandhiana, etc. Es la expresión de la riqueza de contenidos y formas de esta búsqueda polivalente. Estos y otros nombres tienen cada uno un sentido y es preciso que se conserven. Son expresiones genuinas de identidades particulares.
     Pero es preciso que del encuentro entre ellos y del mutuo reconocimiento vaya surgiendo una identidad más amplia, superior, que los incluya a todos y que se exprese en un nombre común. Esto es necesario para que todas estas experiencias puedan encontrarse más a fondo, para perfeccionar y enriquecer cada una su propio sentido, para que se constituyan como un verdadero sector económico capaz de evidenciar su fuerza y potencialidades ante la sociedad entera, para que el significado profundo de su aporte complementario sea mejor comprendido, para que se potencien recíprocamente de manera más eficaz, para que se atrevan a proyectos de mayor envergadura, para que tengan un proyecto común que entre todos puedan realizar.
     Por esto hemos propuesto la expresión "economía de solidaridad", una expresión que no alude directamente a ninguno de los caminos ni de los grupos pero que indica algo que todos tienen en común, algo que están de hecho haciendo todos ellos y que marca la dirección en que se mueven. 
     Podría pensarse que una expresión común no es necesaria; pero no es así. Toda identidad requiere expresarse en palabras, en un nombre simple que permita que sea identificada por quienes la constituyen y por el resto de la sociedad. El mismo nombre es constitutivo en cierto modo de una identidad. De hecho, una realidad cualquiera, una cosa, una persona, empieza a vivir en el mundo social y cultural cuando se la nombra.
     Cualquier nombre que pretenda ser común a todos provoca cierta resistencia inicial, especialmente de parte de las identidades particulares que temen perder algo de lo propio.
     Podría buscarse otro, pero proponemos éste porque nos parece que expresa lo esencial y porque con él todos ganan. Nadie pierde porque la solidaridad es de hecho un elemento de todas y cada una de las experiencias que se forman en estos convergentes caminos. Todos ganan porque la solidaridad es un gran valor, que expresa un profundo anhelo inscrito en cada persona y en cada organización social y que todos pueden reconocer como propio.
     Existe una razón adicional de la máxima importancia. Y es que el nombre que exprese la identidad compartida de todas estas búsquedas ha de tener también la propiedad de expresar el proyecto emergente desde esas realidades, e incluso ha de ser coherente con un proyecto aún más amplio y de largo aliento que pueda proponer o compartir con otras identidades sociales con las que se encuentre en la sociedad y en la historia. Esto nos abre a una última reflexión sobre el proyecto que puede abrir o en que pueda insertarse la economía de solidaridad, proporcionándole la plenitud de su sentido.
 
     La crisis de la civilización contemporánea
 
     Aunque el proyecto no consista, según lo vimos al exponer el camino de las transformaciones y del cambio social, en la construcción de un modelo predefinido de nueva sociedad, es importante fundamentarlo en un diagnóstico certero de la realidad social en que se quiere introducir el cambio. Debemos, pues, echar una mirada de conjunto sobre nuestro mundo actual.
     La sociedad moderna está marcada por dos grandes tendencias que han dominado el escenario por toda un época histórica: por un lado, el predominio del capital sobre el trabajo y, por otro, la primacía del Estado y la sociedad política sobre la sociedad civil. Ambas tendencias han confluido en la construcción de un orden social que se basa en grandes estructuras organizativas: la gran industria y la megaempresa en lo económico, el gran Estado y las macroinstituciones en lo político, los grandes medios de comunicación de masas en lo cultural. Grandes organizaciones que conllevan la masificación de los hombres y la estandarización de sus comportamientos.
     En los años recientes han empezado a observarse ciertos fenómenos y procesos que apuntan en sentido contrario al que dichas tendencias indican: la valoración de las microempresas, la descentralización de algunas grandes plantas productivas, la reducción del tamaño del Estado, la valoración de lo local, la aparición de pequeños medios de comunicación hechos posibles por el desarrollo de la computación, etc. Pero estos nuevos fenómenos, aunque resulten bastante visibles por la importancia que le dan los medios de comunicación siempre interesados en destacar las cosas nuevas, no por ello dejan de ser todavía secundarios. Constituyen, de hecho, el inicio de una reacción después de la exacerbación de las tendencias por tanto tiempo y aún hoy predominantes, y en cuanto tal reacción no hacen sino confirmar que son aquéllas las que conforman estructuralmente nuestra civilización.
     Pero existen abundantes señales que ponen de manifiesto una verdadera y muy profunda crisis de esta civilización. Una crisis que no consiste en la detención del crecimiento, que de hecho continúa verificándose, sino en una serie de desequilibrios entre procesos que crecen en direcciones divergentes rompiendo la organicidad de las estructuras establecidas. 
     A nuestro parecer, la crisis de esta civilización estaría dada por un conjunto de procesos de deterioro tendencial de los equilibrios en que se funda el orden social, que se traducen en progresivos empeoramientos de la calidad de vida y en una creciente desarticulación de las relaciones que integran los sistemas, pero que al mismo tiempo crean la posibilidad de algún tipo de alternativas.
     No podemos ahondar aquí -por las limitaciones de tiempo y espacio- en el análisis de los contenidos específicos y de las causas de la actual crisis. Nos limitaremos a dejar anotadas algunas de sus manifestaciones más evidentes y a mostrar las estrechas vinculaciones de ellas con una estructuración histórico-social que ha establecido el primado de la política sobre la cultura, del Estado sobre la sociedad civil, del capital sobre el trabajo, de las masas sobre las personas, de las grandes organizaciones burocráticas sobre las comunidades, de la gran industria sobre la pequeña producción. Pues bien, encontramos manifestaciones de la crisis en varios planos:
     a) En el plano individual se manifiesta fundamentalmente en la incapacidad que muestra el orden social establecido para proporcionar sentido a la vida y favorecer el desarrollo integral de las personas. Ello da lugar a un deterioro tendencial de los equilibrios psicológicos de muchas personas, que se expresa en el incremento de la neurosis, en comportamientos anómicos, en la difusión del alcoholismo, la drogadicción y otros escapismos, en la expansión de la delincuencia, en cierta acentuada unidimensionalidad y fragmentación de la experiencia humana.
     Intentando superar esta carencia de sentido y desarrollo integral son cada vez más los que inician búsquedas de esperanza y crecimiento personal en perspectivas filosóficas, religiosas y espirituales cuya procedencia y orientación se encuentran fuera de los parámetros fundantes de la civilización moderna.
     Hay muchas razones que permiten asociar esta "crisis de sentido" con las tendencias que predominan en la civilización contemporánea. Por de pronto, cabe preguntarse si el Estado y la política puestas al centro de la vida social tienen la consistencia ética y cultural suficiente como para otorgar sentido satisfactorio a la vida de los ciudadanos. Por cierto, la política puede ser dadora de sentido, como lo ha sido en las fases de formación de las nacionalidades que suponen y generan una alta identificación de las personas con la nación y un elevado espíritu patriótico, o también en los movimientos de liberación nacional y rescate social que implican la presencia de grandes ideales; pero es precisamente una política que no está basada en la búsqueda del poder o en el esfuerzo por controlar organizaciones burocráticas sino en ideas y valores superiores capaces de generar fuertes identidades colectivas.
     A su vez el predominio del capital, con toda la inducción de comportamientos consumistas, acumuladores de riqueza, que implican un estricto cálculo de ganancias y la persecución de la maximización de las utilidades individuales, genera situaciones de acentuada tensión psicológica tras la consecución de un éxito que no proporciona felicidad. El hombre es puesto como medio y no como fin en sí mismo, como ser insaciable y nunca satisfecho, como buscador constante del placer y no como ser creativo que se realiza proyectando constructivamente sus potencialidades.
     b) En el plano social la crisis de la actual civilización se manifiesta en la creciente incapacidad del orden establecido para generar formas de vinculación comunitaria que permitan la satisfacción de las necesidades de convivencia, y en su acentuada ineptitud para integrar las instancias primarias e intermedias de asociación en un ordenamiento social que canalice la preocupación y la acción de los diferentes grupos hacia objetivos de bien común. No solamente se verifica una gran carencia de formas comunitarias de asociación sino que incluso la familia, unidad básica de toda sociabilidad e integración social, experimenta desequilibrios y tensiones que le impiden sostener procesos y proyectos compartidos por sus miembros.
     La vinculación de esta crisis de la sociabilidad con la exacerbación de las tendencias del orden social establecido es bastante obvia. 
     La producción y el trabajo, sacados de los ambientes familiares y de los lugares donde la gente habita y concentrados en grandes centros fabriles, reducen las ocasiones de integración familiar y dificultan la formación de verdaderas comunidades locales. La organización económica fomenta valores individualistas al tiempo que lleva a la masificación despersonalizante de la vida social. 
     La burocratización de las relaciones humanas inherente a la realización de la mayor parte de las actividades sociales a través de grandes organizaciones, inhibe el establecimiento de vínculos afectivos, la convivialidad característica de los pequeños grupos y la formación de verdaderas comunidades de vida. En las grandes empresas, organizaciones e instituciones, las personas tienden a asociarse en términos funcionales y a integrarse conforme a intereses corporativos. 
     La integración de la multitud de organizaciones de base funcional en un orden social global tiende a efectuarse en los mismos términos burocráticos y funcionales. Resulta de ello un ordenamiento social mecánico y corporativo, que mantiene la exterioridad de los grupos y organizaciones sociales sin que entre ellos se establezca verdadera comunicación integradora.
     c) En el plano político la crisis tiene múltiples manifestaciones, diferentes según los ordenamientos institucionales de cada Estado; pero pueden detectarse elementos críticos comunes a la vida política tal como se está dando en numerosos países. El punto nodal de la crisis política radica en la creciente incapacidad que muestra el Estado de constituir el centro unificador de los diferentes grupos humanos y culturales que componen la sociedad. En distinto grado pero prácticamente en todos los países el Estado ha ido perdiendo su capacidad de ser la expresión institucional de la nación. Y como precisamente su consistencia y legitimidad reside en esa potencialidad integradora, el Estado nacional va perdiendo coherencia y algunas de sus razones de ser.
     Algunas causas de esta situación se relacionan con las tendencias inherentes a una economía que se internacionaliza aceleradamente y que conduce a que los principales sujetos que se hacen presente en los mercados operan multinacionalmente y tienen sus centros de decisión por sobre los Estados nacionales. De este modo cada Estado nacional ve disminuir su capacidad de articular y regular el mercado y de incidir eficazmente en la producción, distribución, consumo y acumulación conforme a objetivos nacionales de desarrollo. 
     Las propias dinámicas de la política tienden a articularse internacionalmente conforme a concepciones ideológicas que no responden a específicos análisis y búsquedas nacionales, dando lugar a organizaciones partidarias supranacionales de creciente poderío. La fuerza que adquieren las fuerzas políticas en una nación depende cada vez más de los apoyos y relaciones internacionales que obtengan y cada vez menos de su enraizamiento histórico en el propio país. 
     En fin, las dinámicas culturales, las orientaciones del pensamiento y de las ciencias, definidas y difundidas siempre más preponderantemente por medios de comunicación globales, van configurando mundos culturales que no responden a identidades y espíritus nacionales, lo que redunda en la pérdida progresiva de las identidades nacionales que fundan la existencia de Estados soberanos y autónomos.
     Junto a la pérdida de fuerza "por arriba" (debilitamiento resultante de la creciente dimensión supranacional de los procesos y relaciones), el Estado se enfrenta también a una pérdida de consistencia "por abajo", esto es, desde el interior de los propios países que dirige. En éstos se viene verificando, en efecto, un proceso de fragmentación social. 
     Una primera gran fractura en la sociedad se produce entre el sector integrado a la vida moderna y a los procesos de globalización económica, política y cultural, y un extenso sector marginado que cada vez tiene menos posibilidades de insertarse dinámicamente en las formas de vida, en la cultura, en las redes de comunicación, en las estructuras políticas, en los mercados de factores, en los circuitos de distribución, etc. oficiales y predominantes. 
     A esta fractura transversal se agrega todo un proceso de fragmentación multiforme que divide y dispersa la sociedad en una multitud de grupos menores que desarrollan formas de vida y subculturas particulares y autoreferentes, así como una variedad de intereses y aspiraciones inorgánicas. Estos heterogéneos grupos o sectores a menudo se movilizan para ejercer presión en torno a demandas corporativas, sobre un Estado que no está en condiciones ni de satisfacerlas ni de componerlas en algún equilibrio racional o en una política coherente.
     Así, las sociedades nacionales muestran signos de creciente ingobernabilidad. Ingobernabilidad que no radica sólo ni tanto en la conflictualidad directamente política resultante de proyectos partidarios contrapuestos (que en este plano la composición entre los diversos grupos resulta posible de efectuar, en la medida que cada partido sea capaz de universalizar culturalmente y de expresar en propuestas legislativas y en políticas sectoriales financieramente viables, etc. los intereses e ideas particulares de los sectores sociales que representan), sino especialmente en la acción de los grupos que, tras el logro de sus intereses y aspiraciones, actúan de manera intransigente, sin una eficaz mediación política, carentes de una conducción coherente que ponga sus objetivos y acciones particulares en el marco referencial del bien común y de los intereses generales representados por el Estado. Al extremo, los grupos delictuales organizados, las organizaciones terroristas, sectores regionalistas o localistas extremos, etc. generan climas de violencia y confrontación que superan la capacidad de las instituciones de garantizar el orden social indispensable y la seguridad ciudadana.
     d) En el plano internacional y planetario las manifestacio­nes de crisis son también múltiples y evidentes. La globalización de la economía y la política se verifica en un contexto de desigualdades impresionantes que impiden la estructuración de un verdadero orden mundial. 
     En estos años recientes, una parte del mundo experimentó el quiebre completo de sus sistemas políticos y económicos altamente centralizados, y todavía encuentra enormes dificultades para alcanzar un cierto ordenamiento mínimo de sus procesos de cambio, experimentando el surgimiento de nacionalismos largamente contenidos junto a un acentuado deterioro de las condiciones de vida de la población.
     Otra parte aún más numerosa del mundo se debate por demasiado tiempo en el subdesarrollo y la pobreza en un marco de inestabilidad política crónica. 
     En ese contexto, los países más desarrollados de occidente, que están experimentando a su vez procesos de acentuado cambio político en la dirección de su creciente integración regional, ven aumentadas sus responsabilidades en el plano internacional sin estar en condiciones de cumplirlas adecuadamente, y terminan cerrándose sobre sí mismos temerosos de que el desorden mundial imperante amenace sus propios equilibrios y sus niveles y modos de vida.
     A este cuadro de grandes desequilibrios e inestabilidad internacional se agrega la dramática situación ecológica y medioambiental, que introduce en las relaciones internacionales un componente de elevada conflictualidad potencial. Al afectar globalmente las condiciones ambientales de todo el planeta, el problema ecológico plantea la necesidad de regulaciones y soluciones de carácter internacional. Pero no existen instancias apropiadas y eficientes capaces de imponer dichas regulaciones y soluciones a nivel mundial, ni parece posible el establecimiento de normas generales que deban ser respetadas por todos, en razón de las enormes desigualdades en los niveles de desarrollo económico, social, tecnológico y cultural. 
     En este tema, cada parte se esfuerza por transferir a otras la responsabilidad principal del problema y los costos implicados en su solución. Mientras los países ricos aluden al uso indiscriminado de los recursos naturales y a las tecnologías poco refinadas que se utilizan en las naciones menos desarrolladas, éstas plantean no poder enfrentar el problema en dicho nivel en razón de los dramáticos costos sociales; y a su vez refieren la causa principal del problema al desproporcionado uso de energías y consumo de productos que existe en los países desarrollados que, por su parte, no están dispuestos a disminuir sus niveles de consumo y de vida.
     Las causas generadoras de desequilibrios ecológicos se encuentran, en realidad, en todos los países, diseminadas localmente por todas partes; pero cada una de esas fuentes de contaminación tiene efectos que se hacen sentir progresivamente por todo el mundo. De ahí que cada país se esfuerce por imponer a los otros restricciones y controles drásticos y crecientes. Esto, en ausencia de una institucionalidad mundial eficaz, lleva paulatinamente al ejercicio de presiones económicas y políticas, sin que pueda excluirse el uso de la fuerza militar. El problema ecológico amenaza así con ser una nueva causa de conflictualidad que irá agudizando la crisis internacional.
     Si observamos en conjunto estos planos personal, social, político, internacional y ecológico de la crisis con sus respectivas manifestaciones, no podemos eludir la conclusión de que efectivamente enfrentamos una profunda crisis de civilización
     Estaría en crisis la sociedad industrial y las formas estatales modernas, es decir, esa civilización que se ha constituido en torno a dos grandes pilares: la gran industria y el gran capital en lo económico, y el gran Estado en lo político. Es la crisis de una civilización basada en la competencia, en el conflicto y en la lucha; de una civilización que pone en la conquista del poder y en la acumulación de riqueza los motivos del éxito que pretenden las personas y colectividades.
 
     ¿Es posible plantearse realistamente y en qué puede consis­tir la construcción de una nueva civilización?
 
     Del diagnóstico de una crisis de civilización deriva la necesidad de que el proyecto transformador se oriente en la perspectiva de una nueva civilización. Pero ¿no hay en esto una contradicción con cuanto afirmamos antes en cuanto a que el cambio posible y éticamente apropiado no puede tener la pretensión de ser global y totalizante? ¿No es acaso la civilización algo aún mayor y totalizante que cualquier orden social definido a nivel nacional y estatal?
 
     Pero no ha sido la globalidad del cambio lo que hemos objetado sino la pretensión de realizarlo en base a un modelo global predefinido al que haya que someter y ajustar la realidad, y la idea de que sean portadores del mismo ciertos sujetos sociales o históricos particulares que para implantarlo hayan de conquistar el poder político. Lo que plantea en cambio un problema más serio se refiere a la posibilidad de que una acción transformadora que se postula ha de desenvolverse de abajo hacia arriba, a través de actividades creativas, que valoriza la pequeña escala en la construcción de unidades económicas y sociales personalizadas y comunitarias, pueda contribuir eficazmente a un cambio tan general y multifacético como el que implica la creación y desarrollo nada menos que de una nueva civilización.
     Abordar este problema supone comprender en qué consiste una civilización y cuáles han de ser las dimensiones, contenidos y formas de la nueva civilización que se busca. Respecto a lo primero, el estudio de las civilizaciones pasadas y la reflexión sobre la crisis de lo presente permiten identificar como elementos constitutivos de una civilización, en términos históricos, los siguientes:
     a) Cierta unión entre teoría y práctica, es decir, la existencia de un orden social históricamente duradero en que se manifieste un cierto nivel básico de consistencia entre los modos de pensar y los modos de actuar, entre las formas de la conciencia social y los sistemas reales de acción. 
     Una civilización es, en efecto, una gran unidad societal, que requiere una concepción del mundo suficientemente amplia y profunda que la integre, capaz de unificar a los numerosos grupos humanos que la componen, de darle sentido a sus vidas y de articular su acción histórica y social. Tal unidad socio-histórica no puede existir cuando a un modo de pensar o a una concepción del mundo afirmada de palabra y reconocida oficialmente no corresponde un sistema de fines y de medios prácticos encarnados en la vida y en la acción, es decir, cuando los comportamientos sociales difusos se conforman a modos de pensar implícitos que contradicen el sistema de ideas afirmado verbalmente o reconocido públicamente. La escisión entre teoría y práctica evidencia la existencia de un sistema cultural contradictorio, de una conciencia social duplicada, de una realidad societal disgregada y conflictiva.
 
     b) Una relación orgánica entre dirigentes y dirigidos, que no es sino la expresión social e institucional de la unidad entre teoría y práctica. La separación e incluso contradicción activa entre dirigentes y dirigidos manifiesta siempre una crisis de civilización, que refleja el hecho que los grupos dirigentes de la sociedad no son expresión de las multitudes sociales, que el comportamiento y modos de pensar de unos y otros se desenvuelven conforme a lógicas diferentes, y que en consecuencia los sectores dirigentes de la sociedad se mantienen como tales mediante la coerción y la limitación de las libertades del pueblo; en otras palabras, que no hay conformidad entre el pueblo y las instituciones, entre las multitudes y el sistema de dirección de la sociedad. 
     La única garantía posible de la mencionada organicidad es la existencia de una cultura relativamente homogénea entre unos y otros, donde las expresiones superiores y más elaboradas de la cultura sean la expresión decantada, refinada y coherente de la cultura popular, y donde aquellas se socialicen extendidamente elevando el pueblo a niveles siempre más altos de cultura y educación. Que no haya entonces una cultura diferente u opuesta entre los intelectuales y la gente sencilla, y que el sistema de ideas generales que rigen la vida de la gran unidad societal tenga raíces históricas profundas.
     c) Una coherencia estructural entre economía, política y cultura, consecuencia de los dos elementos anteriores y consistente en la existencia a nivel del conjunto de la sociedad (o sea, de las condiciones histórico-estructurales dadas y de los proyectos de desarrollo y transformación), de un sistema orgánico de acción conforme al cual las actividades productivas, conectivas y creativas se articulen en armonía y equilibrio. 
     La economía, la política y la cultura han de crear condiciones para su mutuo desarrollo y se han de potenciar recíprocamente, sin entrar en conflictos estructurales entre ellas. Naturalmente, en toda formación económico-político-cultural socialmente dividida estos tres sistemas de relaciones no pueden articularse en completo equilibrio y estabilidad, pues diferentes formas de conflicto no dejarán de manifestarse dinamizando la sociedad. Por esto, el carácter progresivo de una civilización estará dado por el más alto grado históricamente posible a partir de la situación existente, de condiciones de justicia económico-social, de participación política y de unidad cultural.
     Considerando estos tres elementos fundantes y constituyentes de una civilización, examinemos cuáles pueden ser los caminos que conduzcan a ella y las contribuciones que a su surgimiento podría hacer la economía de solidaridad.
 
     La forma unificadora de una civilización latinoamericana.
 
     Una cuestión preliminar que es imprescindible dilucidar apunta a identificar las dimensiones o el tamaño de la sociedad unificada en términos de la nueva civilización posible. Esta pregunta por la dimensión de la unidad societal constitutiva de una civilización es fundamental, porque de la respuesta que obtenga depende la posibilidad misma de su realización. 
     Para responder a ella es preciso recordar lo que señalamos respecto a la creciente insuficiencia de la dimensión nacional de las unidades societales en que se expresa la civilización moderna. Eso lleva a pensar que la nueva civilización ha de expresarse necesariamente en unidades sociales más amplias que las constituidas por un estado nacional. Al mismo, hay que tener en cuenta la gran disparidad de condiciones y grados de desarrollo existen­tes en las diversas zonas del mundo así como las contradicciones que entre ellas se dan. En razón de ello no parece realista pensar en una sola unidad societal de dimensiones mundiales, capaz de expresar unidamente los contenidos formales constituyen­tes de una civilización. 
     Acotada por ambos lados, y considerando la tendencia efectivamente en curso en el sentido del configurar­se de grandes unidades regionales que agrupan naciones de un mismo continente o subcontinente que presentan similares condi­ciones, problemas y desafíos, parece que la nueva civilización que emerja de la crisis de la civilización actual tenderá a constituirse en dimensiones regionales. La nuestra, en tal sentido, debiera asumir la dimensión latinoamericana. 
     Esto significa, en otras palabras, que los tres elementos formales de una civilización se desarrollen en dimensiones latinoamericanas de tal modo de configurar en el subcontinente una unidad societal integrada. Consideremos lo que esto significa y lo que podría implicar.
     Se plantea ante todo la cuestión de la identidad latinoame­ricana, viejo problema reformulado cada cierto tiempo en la región por algún pensador que mantiene vivo el proyecto boliva­riano; problema imposible de resolver en el marco de una civili­zación constituida por unidades estatal-nacionales separadas; problema que adquiere nueva vigencia en la perspectiva de las nuevas civilizaciones regionales emergentes. 
     El problema no consiste solamente en la superación de los vínculos históricos y estructurales de dependencia y subordinación de los diferentes imperialismos (como se lo vio desde la óptica de los estados nacionales en el marco de la civilización moderna). Se trata más bien y sobre todo de la búsqueda de una forma integradora, esto es, de la elaboración teórica y práctica de un sistema propio de significa­dos que proporcione un sentido unificado, una estructura orgánica y una dirección de desarrollo coherente, al conjunto de las actividades económicas, políticas y culturales de la región: en la perspectiva de una nueva civilización latinoamericana.
     América Latina no posee todavía una forma, carece de una unidad cultural e institucional capaz de garantizar el desarrollo autónomo de la región. 
     En los inicios del siglo pasado, termina­da con la independencia la fase histórica colonial, las fuerzas autonomistas se encontraron ante la tarea de edificar un orden político, intelectual y moral de tipo nuevo, que debía llevar a unidad y coherencia las variadas componentes culturales que influyeron en el logro de la independencia. En las condiciones culturales y políticas de aquel tiempo, tal orden no podía sino asumir las formas y contenidos del Estado nacional conforme a los modelos que se habían desarrollado en Europa y propios de la civilización dominante. Se constituyeron más de veinte Estados nacionales en la región, independientes y separados entre sí.
     Existieron, en verdad, tentativas y búsquedas federalistas e integradoras, pero predominaron las razones nacionales: la reducida densidad demográfica de los inmensos espacios geográfi­cos, las dificultades de comunicación y transporte, el precario e inorgánico desarrollo económico, la orientación de la producción hacia afuera, hacían imposible la constitución de una forma latinoamericana unificadora. 
     La forma de los Estados nacionales después de casi dos siglos de desarrollo está sólidamente esta­blecida y es una realidad que continuará existiendo también en el futuro. Pero se encuentra atravesada por limitaciones estructu­rales que vienen desde sus orígenes y que son aún más radicales que aquellas que señalamos al analizar la crisis de la actual civilización.
     A diferencia de cuanto sucedía en Europa donde existían formaciones éticas unificadas, instituciones históricamente consolidadas y tradiciones culturales que daban a los estados nacionales una identidad definida en la continuidad de su propia historia, en América Latina las nacionalidades -en sentido étnico, lingüístico, cultural y político- no existían. La sociedad era una mezcla de grupos con historias divididas; pero debían encontrar la forma unificadora. En otras palabras, América Latina se constituye en la multiplicidad de los Estados, pero la forma Estado-nación en cada país encontraba fundamentos históricos y culturales insuficientes. La unidad de cada Estado-nación era por tanto un proyecto por construir a partir de sus mismos cimientos, tomando como base de delimitación limítrofe provisoria, aquella subdivisión en reinos, virreinatos y capita­nias que sin embargo era rechazada ideológicamente dado su carácter colonial. La escasez de bases culturales, políticas y económicas adecuadas para la definición de las sin embargo necesarias entidades nacionales, será superada a través de la decidida afirmación de la voluntad de crear la unidad nacional, y así se convierte en contenido unificante el nacionalismo ideoló­gico y político exacerbado que caracteriza toda la historia latinoamericana. Las naciones, en estas circunstancias, son construidas desde arriba, por el Estado.
     La exigencia de unificación nacional y el nacionalismo con­siguiente implicaron una grave tendencia a descuidar la diversi­dad étnica aborigen, a olvidar la importancia de aquellas forma­ciones etno-culturales indígenas que en algunos países constitu­yen la mayoría y en otros casos minorías demográficas significa­tivas. En la demarcación limítrofe, por ejemplo, no fue mínima­mente respetada la estructura productiva, social e incluso fami­liar de los pueblos indígenas, que fueron forzosamente divididos en sectores que resultaron adscritos a distintos Estados, con grave deterioro de su vitalidad. Reclutados después en ejércitos nacionales diferentes, a menudo debieron luchar entre sí sin com­prender las razones de su rivalidad. 
     La exigencia de unificación nacional primaba sobre cualquiera otra diferenciación, de manera que la unidad se constituía a nivel ideológico e institucional en la lógica de la negación de las formas unificadoras y diferencia­doras existentes.
     En el curso de la historia el acentuado nacionalismo políti­co de los Estados ha obstaculizado los crecientemente necesarios procesos de integración económica y cultural. Actualmente esta necesidad es más que nunca evidente en razón de la mencionada con­tradicción entre el nacionalismo de la vida política y la exigencia latinoamericanista de la vida económica, que requiere un mercado de dimensiones regionales capaz de asegurar un desa­rrollo autónomo de las fuerzas productivas.
     La superación de nuestra actual crisis de civilización implica por tanto la bús­queda de una forma integradora, de una unidad histórica de dimen­siones latinoamericanas, capaz de recoger en un sistema unificado de significados, integrado y coherente, los esfuerzos de los pue­blos y naciones del subcontinente orientados hacia el desarro­llo económico-social y la autonomía político-cultural.
     No corresponde aquí avanzar hipótesis de contenido respecto a la elaboración concreta de tal identidad latinoamericana inte­gradora. Nos limitaremos solamente a indicar un elemento de método que brota del análisis de las condiciones existentes y de un concepto muy general de la civilización por construir. 
     Esta indicación metodológica es, en lo esencial, que la búsqueda de una forma latinoamericana integradora debe proceder, no en contraposición respecto a las unidades nacionales establecidas, pero según una lógica de búsqueda completamente diferente de aquella que fue seguida en la construcción de la forma estatal-nacional. Lógica de elaboración de la forma unificante, diferen­te en tres aspectos esenciales:
     a) A diferencia de las unidades estatal-nacionales que se constituyeron mediante la afirmación de la unidad en contra de las diferenciaciones internas, o sea a través de la negación y ocultamiento de las particularidades étnicas, culturales, econó­micas, etc., la unidad latinoamericana deberá buscarse y construirse a través de un proceso de recuperación de todas las diferenciaciones y de todas las complejidades, el pluralismo y la heterogeneidad estructural existente en lo político, económico, demográfico y cultural. 
     La futura forma latinoamericana integra­dora deberá ser tal que no niegue las actuales diferenciaciones nacionales, al contrario: pero deberá además recuperar aquellas otras diferenciaciones que han sido olvidadas pero no eliminadas por el nacionalismo predominante.
     b) Una segunda diferencia en la lógica de elaboración de la unidad consiste en ésto: que mientras en la construcción de los Estados nacionales no era posible mirar al pasado y a las tradi­ciones para encontrar la identidad (siendo entonces la entidad nacional algo completamente nuevo todo entero por inventar), la forma integrativa latinoamericana podrá ser individualizada y construida precisamente mediante una reinterpretación crítica de su historia desde los orígenes. Será necesario, a saber, reen­contrar la propia identidad revisitando con el intelecto y recu­perando en la conciencia colectiva la historia latinoamerica­na en sus varias fases. 
     Al respecto hay que reconocer que la cultura latinoamericana todavía no ha tomado plena conciencia y aceptado sus orígenes y su pasado colonial, y ello le impide alcanzar una adecuada comprensión y una justa valoración de su propia identi­dad. América Latina, en efecto, no nace como pura expresión de la cultura europea sino que es el resultado del encuentro con­flictivo, constituyente y aún activo, entre las civilizaciones y culturas autóctonas y la civilización y cultura occidental, razón por la cual, frente a la actual crisis de civilización, surge la exigencia de reapropiación crítica de toda la propia historia y cultura, para redescubrir la identidad y para individualizar las alternativas posibles: los modos, los condicionamientos y los medios de construcción de una nueva racionalidad histórica, de una nueva civilización latinoamericana.
     c) Una tercera diferencia en la lógica de construcción de la forma integradora latinoamericana respecto a la forma estatal na­cional se refiere al modo de alcanzar la institucionalización y de lograr la conformación de las personas y grupos al nuevo sistema ético-político. Los estados nacionales fueron inaugura­dos mediante un acto central de tipo político, consistente en la mayoría de los casos en la formación de un gobierno y en la pro­mulgación de una constitución y de cuerpos legales a los que debían conformarse los comportamientos, relaciones y actividades. La forma integradora latinoamericana, sin rechazar por cierto la oportunidad de determinados actos de tipo jurídico predispuestos desde arriba, debiera organizarse, adquirir formas y contenidos y conformar los comportamientos, desde abajo, esto es a través de un proceso muy complejo y multiforme de agregación social, cultu­ral y política protagonizado por las comunidades y los grupos so­ciales de variados tipos que llegan a ser sujetos de nuevas acciones históricas. 
     La nueva civilización latinoamericana será construida desde la base mediante la articulación organizativa y la unificación cultural de sus componentes individuales, comuni­tarios y colectivos. Desde las comunidades y organizaciones de base habrían de surgir nuevos grupos dirigentes así como los ela­boradores de una cultura superior, que den coherencia y que po­ten­cien los movimientos históricamente significativos y los valores populares latinoamericanos, evitando la ruptura entre cultura culta y cultura popular, entre dirigentes y dirigidos.
     Construida a través de un proceso prolongado pero densamente participativo de los pueblos según sus diversificadas estructura­ciones socio-económicas, político-institucionales y etno-cultura­les, la forma integradora latinoamericana en formación será la expresión adecuada de sus reales contenidos.
 
 
     La economía de solidaridad en la construcción de una civili­zación latinoamericana de solidaridad y trabajo.
 
     Es obvio que una civilización no se construye arbitrariamen­te ni en base a proyectos inventados por personas o grupos más o menos distanciados de los reales problemas e intereses de la so­ciedad, sino a partir de iniciativas y procesos que partan de las fuerzas sociales existentes y que, comprendiendo los problemas reales y actuales de la sociedad derivados de la crisis de la civilización anterior, tengan posibilidades efectivas de darles solución. La nueva civilización, o está ya emergiendo desde la crisis de la anterior que hace surgir las orientaciones y fuerzas portadoras, al menos en germen, de los contenidos esenciales de la nueva, o simplemente no podrá aparecer.
     Pues bien, el análisis de los diez caminos que abren proce­sos y movimientos orientados en la perspectiva de la economía de solidaridad nos ha puesto ante una multitud inmensa de fuerzas sociales, potencialmente activables en la dirección que han empezado a transitar aquellos grupos que al interior de cada una de ellas están experimentando formas nuevas de hacer las cosas, nuevas formas de pensar, de sentir, de valorar, de relacionarse y de actuar. Esas fuerzas sociales son tan amplias, y están rela­cio­nadas tan directamente con los grandes problemas de la socie­dad latinoamericana, que es realista pensarlas como agentes poten­ciales de un proceso histórico de largo aliento que contri­buya eficazmente a suscitar una civilización nueva.
     Por las características, contenidos y racionalidad de las experiencias que se están formando por esos caminos es posible identificar algunos importantes elementos de contenido con que la economía de solidaridad puede contribuir a la civilización de que hablamos.
     Un primer elemento dice relación con la especial caracterís­tica que define a estas organizaciones como polivalentes y mul­tiac­tivas, en cuanto combinan actividades de carácter económi­co, social, político y cultural como parte de su propio funciona­miento y dinámica. En tal sentido, se da en estas experiencias la búsqueda y la real elaboración de nuevas y más estrechas re­laciones entre economía, política y cultura, aspecto muy destaca­ble atendiendo a cuanto señalamos en el sentido de que la crisis de la actual civilización se caracteriza precisamente por la se­pa­ración y tendencial contradicción entre esos distintos niveles o dimensiones de la vida social.
     Un segundo elemento se refiere a la centralidad del trabajo en la economía, poniéndose de este modo el hombre y su actividad por sobre las cosas y su valor monetario. El trabajo supera su condición subalterna y adquiere autonomía, pudiéndose desplegar por su intermedio aquellas cualidades de creatividad y desarrollo personal que son inherentes a su especial dignidad humana. El trabajo así realizado proporciona sentido a las personas en el marco de su actividad económica y satisface por sí mismo las necesidades y aspiraciones de autorrealización, más allá de la simple generación de ingresos para adquirir en el mercado los bienes de consumo y los servicios indispensables.
     Un tercer elemento tiene relación con el tamaño de las organizaciones y operaciones, que se realizan en la economía solidaria a escala humana. Decíamos que una característica de la civilización moderna era la tendencia a las grandes organizacio­nes, en las cuales el hombre se desarrolla unilateralmente en cuanto cumple en ellas funciones crecientemente especializadas y parciales, y donde el hombre resulta masificado y estandarizado. El privilegiamiento de las dimensiones pequeñas, junto con favorecer una mayor integralidad en el desarrollo personal en cuanto en ellas cada individuo participa y asume responsabilida­des en las diversas funciones y etapas del proceso productivo, permite que las personas perciban su organización como algo propio, que les permite alcanzar un mayor control sobre sus condiciones de vida.
     Un cuarto elemento corresponde al desarrollo de la convivia­lidad, al establecimiento de relaciones humanas personalizadas y socialmente integradoras, en el marco de asociaciones y comunida­des que definen un nivel de pertenencia e interacción social altamente satisfactoria. Se trata de un modo de superar el individualismo mediante la construcción de una solidaridad social que no atenta contra la libertad individual, porque se construye directamente en la relación interpersonal y no por la articula­ción forzada de los individuos a través de la acción ordenadora del Estado o de algún otro ente provisto de poder que se levanta y actúa por encima de las personas. El acceso a niveles más amplios de agregación social y socialización se verifica por el relacionamiento directo entre asociaciones y comunidades, de manera que la sociedad se constituye y ordena como una comunidad de comunidades interrelacionadas.
     Un quinto elemento se refiere al nuevo tipo de relaciones entre dirigentes y dirigidos que se establece por medio de la amplia participación de las asociaciones y de la comunidad orga­nizada en la toma de las decisiones que afectan a todos. En la civilización emergente se superaría de este modo la escisión entre la sociedad civil y la sociedad política, característica de la civilización moderna exacerbada por su crisis. Siendo la re­lación orgánica entre dirigentes y dirigidos uno de los elemen­tos formales constitutivos de cualquier civilización, el aporte que en tal sentido hace la economía de solidaridad a través de la participación y la autogestión resulta decisivo.
     Un sexto elemento dice relación con un significativo proceso de aproximación en los niveles de vida y de riqueza al que pueden acceder las distintas categorías, sectores y grupos sociales que se constituyen a partir de la organización económica. En este sentido destaca el aporte de la economía de solidaridad a la democratización del mercado, que implica una distribución social­mente más equitativa de la riqueza, del poder y del conocimiento, los tres factores generadores de la división y el conflicto entre las clases y sectores sociales. La civilización emergente, en la medida que resulte influida por un alto desarrollo de la economía de solidaridad, será constitutiva de sociedades mejor integradas, menos divididas y conflictuales, sin que ello implique una pér­dida sino incluso un enriquecimiento del pluralismo y la diferen­ciación social resultante de las opciones libres de las personas, comunidades y grupos.
     Un séptimo elemento se refiere a las características y moda­lidades que asuman los procesos de desarrollo y cambio social en la nueva civilización. Allí, naturalmente, se desplegarán también energías orientadas al cambio, que dinamizarán la socie­dad y contribuirán al despliegue de sus potencialidades; pero la economía de solidaridad las orientará constructiva y creativamen­te, en procesos descentralizados y de dimensiones locales, aten­diendo a los problemas particulares que se presenten en cada lugar y a las reales aspiraciones de quienes los viven. El desarrollo podrá desplegarse en sentido más integral y equilibra­do, en correspondencia con aquella concepción del desarrollo alternativo al que apunta la economía de solidaridad. Si los problemas de la civilización contemporánea son en gran medida consecuencia de los desequilibrios que caracterizan sus procesos de crecimiento y desarrollo, la identificación y realización de "otro desarrollo" parece ser un aspecto crucial de una civiliza­ción distinta y superior.
     Un octavo elemento alude al establecimiento de un nuevo tipo de relación entre el hombre y la naturaleza, mediativada por una economía que se responsabiliza de los efectos transformadores del medio ambiente que tienen la producción, la distribución y el con­sumo. Podrá tratarse de una civilización que asume la natura­leza como un todo viviente que ha de ser respetado en sus propios equilibrios y procesos, y no como una realidad articulada mecáni­camente y compuesta de elementos y energías materiales suscepti­bles de ser dominados y utilizados indiscriminadamente por el hombre. Si la cuestión ecológica tal vez sea la que con mayor imperiosidad y urgencia plantea la necesidad de una civilización distinta, el aporte de la economía de solidaridad podría ser realmente crucial.
     Un noveno elemento corresponde a la consolidación de una nueva situación de la mujer y la familia, que podrán desplegar su identidad y potencialidades en todas las esferas de la vida so­cial, política, económica y cultural, en el marco de relaciones equilibradas entre los sexos y las generaciones. La civilización emergente se caracterizará entonces por la presencia no subordi­nada de lo femenino, que marcará con su sello las relaciones y procesos sociales de un modo históricamente original. En la civilización moderna la familia dejó de estar al centro y de ser el sostén de la socialización, como lo había sido en todas las civilizaciones anteriores. Recuperar su centralidad en las di­versas dimensiones de la actividad social, como de hecho empieza a suceder con la economía de solidaridad, tal vez sea una de las sorpresas que nos depare la civilización emergente.
     Un décimo elemento dice relación con la necesidad de que la nueva civilización latinoamericana valorice la diversidad étnica y cultural constituyente de la región. En la medida que la eco­nomía de solidaridad hunde sus raíces, se nutre y vigoriza sus búsquedas en contacto con las formas económicas de los pueblos originarios, su aporte puede ser decisivo en la perspectiva de la búsqueda y elaboración de aquella forma integradora que exprese la identidad de una América Latina unificada según una lógica de integración inversa de aquella que condujo a la formación de los Estados nacionales del subcontinente.
     Un último elemento alude a la dimensión espiritual de la civilización, aquella en que las personas, grupos y sociedades encuentran o proporcionan sentido a lo que hacen y viven, y que parece ser efectivamente la razón definitiva por la que está mu­riendo la civilización actual. La economía de solidaridad res­cata una concepción del hombre como persona libre abierta a la comunidad, sujeto de necesidades y aspiraciones de personaliza­ción en las dimensiones personal y comunitaria, corporal y es­piritual de su naturaleza constituyente, capaz de actuar conforme a valores superiores, que no busca únicamente su utili­dad indivi­dual sino que también ama a sus semejantes y se abre a sus nece­sidades, que se preocupa del bien común y se proyecta a la trascendencia. Los valores del trabajo y la solidaridad son fundantes de la economía de solidaridad, y ellos mismos pueden ser los que sostengan la nueva civilización latinoamericana, que bien podría ser una civilización de la solidaridad y el trabajo.
 
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